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Una historia por descubrir: Michael K. Schuessler y la cultura gay en México

Michael K. Schuessler. Foto: Universidad Autónoma Metropolitana-División de Ciencias Sociales y Humanidades.

La nueva edición de México se escribe con J, coordinado por Michael K. Schuessler y Miguel Capistrán, reúne a ensayistas como los escritores César Cañedo, Pável Granados o el activista Salvador Irys. En esta entrevista, Michael K. Schuessler, quien recientemente también publicó un libro sobre Pita Amor, habla sobre el origen de este volumen colaborativo y el estado de los estudios sobre la comunidad gay y su contribución a la cultura mexicana.

¿Cómo fue que usted y Miguel Capistrán se conocieron para colaborar en este libro?

— Fue ahí por 1998 o 1999, por medio de un amigo en común, Luis Terán, quien  junto con Miguel formó parte del seminario que tuvo el maestro Salvador Novo sobre la historia de la Ciudad de México. Se reunían en el Palacio del Conde de Calimaya, que ahora es el Museo de la Ciudad de México. Nuestra relación fue de maestro y discípulo porque Miguel tenía ya para entonces más de 60 años y él fue el asistente de Salvador Novo durante sus últimos ocho años de vida. Lo conoció muy bien, tanto en persona como por medio de su obra.

En ese contexto, el maestro Novo le encomendó a Miguel un texto sobre la redada de los 41 para la revista Contenido. Miguel pudo platicar muchas cosas con Novo que de otra manera yo creo que se habrían olvidado para siempre.

Me puse a leer las obras de Luis Zapata, por ejemplo, de José Joaquín Blanco y otros más cuyos nombres siempre se me olvidan porque son autores, digamos, de un solo libro, de una sola novela. Uno muy interesante: Carlo Cóccioli, un italiano radicado en México, que publicó aquí su Fabrizio Lupo, que fue una de las primeras de estas novelas. Empecé a interesarme en estas cosas y a investigar y entrevistar cuando fuera posible a los autores. Entonces así nació este proyecto y claro que tardamos mucho.

En México se escribe con J se menciona que en México no hay un estudio de estas manifestaciones. Digamos que en ese sentido, ¿este libro es pionero?

— Es pionero por ser el primero dirigido a un público general -también a los expertos-, en México. Hay algunas cosas publicadas como Ay, mi hijo es gay, como de autoayuda y ese tipo de libros, pero hay pocos estudios históricos, literarios, artísticos, filológicos en forma de libro.

Recientemente platiqué con Braulio Peralta, quien también publicó unos libros sobre el movimiento homosexual, y me comentaba que quiso escribirlos justamente porque no hay historiadores que se encarguen de ese tema. ¿Cómo ve este panorama de la falta de estudios de la cultura homosexual en México en pleno siglo XXI?

— Bueno, yo quisiera pensar que nuestro libro en cierto sentido avivó y promovió el interés sobre ese tipo de investigación, y como prueba, han salido varios libros desde 2010, cuando se publicó éste, y Braulio fue el editor de la primera edición.

También me llama mucho la atención que varios de los participantes mencionan las vivencias que Novo le contaba a Miguel Capistrán. ¿Capistrán representa un puente entre la generación de Novo y las nuevas generaciones de homosexuales?

— Siempre digo que Miguel Capistrán fue el último de los Contemporáneos. Construyó un puente cultural, literario, entre dos eras lejanas y muy distintas. Gracias a Miguel pude estar en contacto con Xavier Villaurrutia (a quien Miguel nunca conoció, por cierto), y de manera virtual, claro, con Salvador Novo y Manuel Rodríguez Lozano. Capistrán es alguien que ha mantenido esa bandera de interés por la cultura gay mexicana, y que abarca desde una época en la que no se hablaba de eso bajo pena carcelaria o de muerte incluso, a una época cuando él vio que los hombres y mujeres gay se podían casar si querían.

¿Usted cree que estos prejuicios sobre la homosexualidad han pesado para que no se realicen estos estudios culturales?

— Sí, creo que hasta cierto punto. Entre la época en que yo me crié en Estados Unidos y en México -me refiero a los años 80 y 90- había un abismo en cuanto a actitudes, a la apertura que existe ahora, a los derechos y libertades que tenemos en ese sentido. Cuando yo tenía 17 años, vivía en Guadalajara una parte del año, y en los veranos, uno iba a los bares casi en secreto. Y nadie sabía la orientación sexual de uno. No era causa de vergüenza sino tal vez de preocupación de que tuvieras problemas en la familia, de que tuvieras problemas en el trabajo, ese tipo de cosas. Digo, ahora veo a mis alumnos de la UAM de la misma edad, para quienes esa cuestión ya no es relevante, es decir, no viene al caso. Ya no hacen -que yo sepa- bullying por eso. Es impresionante.

Ahora que menciona que usted se crio también en Estados Unidos, dice en el libro que en aquella nación ha habido un mayor interés por estudiar la cultura homosexual mexicana. ¿Qué dice acerca de esto?

— Ha habido investigadores de diferentes universidades de Estados Unidos que han publicado libros importantes en este campo. Uno se llama Robert Irwin, que ha hecho un libro sobre masculinidades, sexualidades en México en un contexto cultural. También reeditó, hace ya varios años, una novela anónima publicada en 1906, que se llama Los 41: novela histórico-ejemplar y también trabajó con Carlos Monsiváis.

No se aborda la presencia de las mujeres en México se escribe con J. Tenemos conocimiento de algunas mujeres lesbianas que han participado activamente en el movimiento homosexual, como Nancy Cárdenas, por ejemplo. ¿Por qué no incluirlas en este libro? Me gustaría que me ampliara un poco lo que menciona en su introducción.

— Lo digo en mi introducción -y con todo respeto y cuidado- que mujeres como, precisamente, Nancy Cárdenas, han sido clave en este paulatino movimiento hacia la libertad. Pero si un hombre gay, u hombres gay, empiezan a tratar de crear o de contar la historia lésbica mexicana, nos vamos a meter en muchos problemas. Por eso en la introducción hago la invitación para que ellas hagan su propio libro. Me pareció menos problemático hacerlo así, a que alguien que ni siquiera es del mismo género se ponga a hacerlo.

¿Cuáles episodios cree que son definitorios para hablar de la evolución que ha habido dentro de la cultura gay?

— Muchas personas lo mencionan, y no creo que estén equivocadas: la redada de 1901, que toma una realidad soslayada y la pone frente a los ojos de todos los que leen un periódico, o una de las hojas sueltas de José Guadalupe Posada. Otro momento muy importante ocurriría hasta 1968, cuando los movimientos estudiantiles, en cierto sentido organizados por homosexuales mexicanos como Luis González de Alba. Creo que conmovidos y emocionados por lo que sucedió en México en 1968, en unos 11 años más tarde se realiza el primer desfile de orgullo homosexual en México. Otro también es cuando se legalizó el matrimonio en la Ciudad de México.

A pesar de los avances, siguen ocurriendo asesinatos y crímenes de odio contra la comunidad gay. ¿De qué manera cree que este libro puede llegar a visibilizar esta situación?

— Es difícil, para empezar, porque México es un país en el que muy poca gente lee. Los que van a leer este libro, pienso, ya forman parte del coro, pero si logramos que una persona que tenía unas ideas prehistóricas al respecto cambie de parecer, creo que ya es ganancia. Lo que a mí me importaría más que nada es llegar a la provincia. Me gustaría llegar a esas personas, pero es difícil. Así que, si alguien quiere saber más de sí mismo, de dónde viene, cómo llegó hasta donde estamos, puede obtener este libro y así aprender sobre su historia, la historia colectiva.

Alfonso Navarrete – Jefe de Información de la Coordinación Nacional de Literatura del INBA.

 

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