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Alberto Ruy Sánchez: Mogador como geografía del deseo

En la recta final del año, Alberto Ruy Sánchez se ha hecho merecedor del Premio Nacional de Literatura y Lingüística del 2017, por “su calidad y originalidad literaria en los géneros de narrativa, ensayo y poesía, así como por el carácter universal de su obra y la proyección de la cultura mexicana a lo largo de su amplia trayectoria”; un premio que se suma al Homenaje al Bibliófilo que le otorgó la FIL Guadalajara en noviembre pasado. Además, Alberto cuenta con el mayor reconocimiento posible: el de sus lectores, que han puesto en las listas de los libros más vendidos su novela más reciente, Los sueños de la serpiente (2017). Recordamos esta conversación con el autor para unirnos a la celebración de su compromiso literario.

 

Hace tres décadas y en otra latitud, cuando Alberto Ruy Sánchez (Ciudad de México, 1951) tuvo que inventarse a sí mismo como escritor, se allegó de las herramientas de la tecnología artesanal, interpretó a su manera la geometría mudéjar y la lógica del cuadrado védico (instrumentos fundamentales de los artesanos islámicos del azulejo o zelije) y puso marcha en una propuesta literaria que describe la dimensión íntima del erotismo con el único lenguaje posible: el de la poesía.

En 2015, se reúnen en el Quinteto de Mogador las cinco narraciones que conforman su proyecto literario, que más allá de géneros o clasificaciones, constituye una espiral que de manera intencional termina por deshilacharse en un muestrario de maneras en que es posible contar una historia. En esa “literatura de ámbito”, como la llama el propio autor, la guía no es el género o la tradición en que se inscribe su prosa, sino un recorrido donde los puntos más luminosos están en el erotismo o en los espacios donde es posible imaginar un encuentro amoroso. El pretexto para que todo suceda es la isla de Mogador, un rincón de Marruecos donde Alberto Ruy Sánchez encontró los paisajes, el ritmo y las evocaciones con las que ha dado un nuevo significado en el imaginario de miles de lectores, pero sobre todo lectoras, de ese punto en el mapa que pertenece a nuestro mundo y a la realidad literaria.

La espiral de Mogador, que conduce no hacia un elogio de la mujer deseada, sino a una novedosa aproximación a la mujer que desea, se compone de una introducción, Nueve veces el asombro –“nueve veces nueve párrafos que detonan con el sabor de las palabras el despertar de los sentidos” – y cuatro expedientes donde la literatura es la puerta de acceso al resto de los sentidos: Los nombres del aire, el primer acercamiento a esta geografía del deseo a través de la piel de la joven Fatma; En los labios del agua, donde se presentan Los Sonámbulos, seres hiperdeseantes que se reconocen entre sí y forman un linaje de parentesco sensible; Los jardines secretos de Mogador, una búsqueda hacia las posibilidades de construir paraísos efímeros con elementos que evocan distintos ámbitos de la existencia: flores, especias, piedras, tinta, música, madera o argumentos; finalmente, La mano del fuego, hecho bajo el concepto de la Jamsa: “un relato amuleto que se dispara en cinco direcciones simbólicas como cinco dedos”.

Alberto Ruy Sánchez conversó con nosotros sobre el camino que ha tenido que andar para cerrar el ciclo más largo de su carrera literaria. Además, ofreció a Correo del Libro un recorrido por su estudio y biblioteca, los lugares que delatan sus facetas complementarias a la de escritor: la del viajero y el editor (junto con su esposa Margarita de Orellana) de la revista Artes de México. En todas las repisas, mesas y paredes, entre libros, artesanías, pinturas y grabados, están en moderado desorden pero bien visibles los elementos con los que se ha construido la realidad literaria de Mogador: libélulas, vasijas, caligrafías, tapetes mudéjares, mapas y jamsas.

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    La lengua del erotismo

    La poesía del acto erótico es lo que la gente ahora no se da permiso de pensar. No tiene los elementos. No tiene las palabras.

    –Los libros de Mogador son sobre el deseo y alguien con ánimo clasificatorio los pondría en los anaqueles de la literatura erótica. Vivimos en un auge del término, que en el cine se traduce a la euforia de las sombras de Grey. Tu erotismo parece moverse en otra órbita. ¿Te merece alguna opinión la concepción actual que vivimos del erotismo?

    –Por supuesto, porque en La mano del fuego hay toda una reflexión sobre eso. Cuando lo escribí no había Grey y su éxito, pero ya estaba preparándose el terreno para que eso pudiera existir. Para mí, en esas novelas el tema es el poder. El erotismo es simplemente un instrumento de actos de poder.

    En los momentos en que hubo prohibición –la prohibición religiosa en la época de la inquisición, la prohibición de la Inglaterra victoriana– se creó la literatura erótica. Cuando se acaba la prohibición con tanta fortaleza como para que la gente se haya prohibido pensar, y luego se da de nuevo el permiso de imaginar una escena erótica, resulta que ya no se tiene el lenguaje para contarla. ¿Qué lenguaje usamos para hablar del erotismo? El del cine y el de la foto. Muchas novelitas que tienen su escena erótica te cuentan una película o una serie de fotos eróticas, es decir, se reducen a la imagen.

    La imagen se convierte en el lenguaje con el que la gente se da permiso de contar las cosas. Pero si tú, cuando haces el amor, te ves en un espejo y reduces todo lo que está sucediendo a lo que se ve en ese espejo, es muy pobre. Lo peor no es que los narradores no tengan lenguaje para contar lo que sucede en la cama y se reduzcan a la imagen. Lo peor es que la gente empieza a vivir lo que sucede en la cama en los términos del espejo y no en los términos del delirio. Cuánta gente pone atención al alucine que es hacer el amor, en esa cosa rarísima que sucede y que no se repite nunca.

    Cuando la gente vive el acto de hacer el amor, coger, fornicar o como lo quieras llamar, como algo mecánico, es porque no puso atención a las pequeñas diferencias que suceden sólo una vez. Entonces, ¿cuál es la nueva trasgresión? La de la vida interior del erotismo. Y el lenguaje para hablar de eso, creo yo, es el de la poesía. La poesía del acto erótico es lo que la gente ahora no se da permiso de pensar. No tiene los elementos para pensarlo. No tiene las palabras. Y eso es en parte lo que este libro propone.

    –Todo este Quinteto… se ofrece al lector con un lenguaje que tiene que ver con transmitir sensaciones, una forma que bien podría denominarse prosa poética, aunque ya antes has explicado que tu propuesta literaria se contiene en otra definición: la “prosa de intensidades” ¿Cómo es la relación que estableces con el lenguaje?

    –Para mí la literatura ha sido importante como un acceso a todos los sentidos. Cuando estoy frente a algo que me emociona (poesía, teatro, novela…), no pienso en su clasificación. Mi relación literaria con la realidad es que a través de las palabras ejercito todos los sentidos. En mis libros está esa sinestesia. Luego de comenzar a escribir, mi conciencia de la composición me llevó a rechazar el concepto de prosa poética; lo que a mí me interesaba era una cosa que, buscando un nombre, llamé “la prosa de intensidades”, que es el equivalente al poema extenso, tal como lo ejerce Octavio Paz, por ejemplo en su ensayo “Contar y cantar”, o Huidobro en “Altazor”: un poema o relato con una composición que tiene más que ver con las sensaciones que con el suspenso clásico de la narración de la cultura protestante, donde lo importante es quién fue el asesino.

    Desde que comencé el Quinteto de Mogador lo que me interesó fue hacer una literatura ámbito, algo que tiene que ver con mi experiencia en el baño público de Marruecos: lo que indica el camino a seguir no es una señalización sino la luz y el calor. Lo relacioné también con los primeros arquitectos góticos, que crearon una arquitectura que era además una teología; al entrar a la iglesia recorres zonas de penumbra y de luz, hasta llegar al momento más luminoso, donde el cura convierte al pan en el cuerpo de Cristo. Quise construir una literatura de ámbito donde el punto más luminoso esté en los momentos eróticos o en ciertos ámbitos privilegiados donde se da el encuentro con la persona amada y que después se desperdiga, porque hay un politeísmo en esa teología luminosa de mi libro.

    –En tu exploración del deseo también se escribe sobre el desamor, que de todas formas queda fuera de la penumbra ¿cómo ese deseo que no se logra o se malogra puede moverse hacia lo luminoso?

    –Esa respuesta tiene que ver con la columna vertebral de todo este proyecto, porque hay una concepción del deseo completamente desligada de la satisfacción. Entre todos los lugares comunes que recibimos en nuestra educación hay la idea de que el propósito del deseo es la satisfacción, algo que no tiene nada que ver con la realidad tal como me ha tocado experimentarla en esta vida.

    Hay en el pensamiento sobre la melancolía (que es una de las dimensiones del deseo malogrado) el principio de la melancolía positiva; aquella que, a diferencia de la acedia, te permite permanecer en movimiento. Entonces el deseo es desear. La meta es parte del camino. Para decirlo en términos gráficos (y la geometría tiene mucho que ver con este libro), en el esquema protestante llegas a una cúspide que tiene que ver con la realización. Aquí, el drama se mueve en espiral, así que el último punto, que es el más pequeño, es al mismo tiempo del tamaño de todo el círculo. Cuando dibujas el círculo ya estás dibujando el punto, que si pensaras como meta, lo estarías tocando desde el inicio.

    Tiene que ver también con una concepción del erotismo en la cual el orgasmo no es la meta. Puede haber una intensidad erótica mucho mayor en dos miradas que se cruzan o cuando se tocan dos pieles que en dos personas penetrándose y no encontrándose realmente. Lo luminoso es la conciencia del pequeño detalle o del sentido enorme de lo pequeño; una idea al revés de qué es lo importante, de qué es el sentido de la vida y el sentido del erotismo. Lo luminoso puede estar también en iluminar lo oscuro. El único requisito para que la vida sea vivible es que consideres que no hay luz absoluta ni penumbra absoluta, sino que nos movemos en diferentes dosis de una cosa y la otra. Para llegar a la máxima luz tienes que pasar por todo el drama de las luces sucesivas o tenues o paradójicas…

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    La reinvención en la tecnología artesanal

    Debes ser radicalmente infiel a tu cultura; debes ser infiel a tu país. Ser fiel es ser leal a la realidad. Hablo de una infidelidad a los dogmas y una fidelidad a la realidad, porque la realidad es plural, por lo tanto, politeísta y polígama.

    –Tus reflexiones sobre la geometría, el erotismo y la literatura miran más hacia la tradición de la cultura oriental que a la occidental o protestante. Unos pocos autores mexicanos, como Octavio Paz o José Juan Tablada, nutrieron su literatura de su propio contacto con esas tradiciones. ¿Crees en el concepto de los padres literarios o de una tradición literaria en la que abonas?

    –Pienso que la tradición la reinventas cada día. En una metáfora artesanal, sucede lo mismo al escribir que en un taller de platería: lo primero que hace el aprendiz es forjar sus instrumentos a la medida de sus manos. Aquellos que creen que aplican una teoría, tienen que crear conceptos a la medida de su cuerpo. Eso lo aprendí de Roland Barthes, que en ese sentido sería un padre literario; uno que lo primero que hacía era no asumir ninguna paternidad. Lo mismo sucedía con Paz: no era alguien que quisiera tener hijos. Tenía una corte, pero no quería hijos. Ese era un problema más complejo.

    Cuando uno hace un proyecto tan delirante como el mío, donde te metes a trabajar treinta años, tomas de todas partes. He tomado muchísimo de Spinoza, como pensador del cuerpo y la trascendencia. También de pensadores que fueron mis maestros como Gilles Deleuze; lo que él llama el “rizoma” o el “cuerpo sin órganos”. La ventaja de haber vivido fuera de México es que tuve acceso a textos que no estaban aquí, como los del pensamiento chino de Joseph Needham, o la idea japonesa de que en la relación entre las personas y la naturaleza hay una erótica –ahí Bashō fue fundamental, a quien muchas veces leí en inglés o en francés.

    Yo he huido siempre del pensamiento, más que occidental, el que yo llamaría protestante. En México tenemos un ingrediente que podría llamarse oriental, que es el barroco. Ese barroco, generado por los ejercicios de San Ignacio, tiene que ver con la idea de que puedes llegar a Dios a través de los sentidos. Una iglesia barroca es una maquinaria de sensaciones donde a través de la combinación de los retablos, la música, la teología de la arquitectura, el ritual de la misa (que es una dramaturgia también), tú descubres una idea de Dios. Eso leído por mí es una erótica. Es también una explicación del deseo y una manera de estar en el mundo. San Juan de la Cruz es para mí un Kamasutra muy intenso, porque ahí está la idea no solamente de que la relación con Dios es una erótica, sino de que hacer el amor es convertir a la persona amada en una diosa. Pero ese acto milagroso dura un instante y tienes que repetirlo constantemente.

    Hay otro ámbito de tu trabajo, como editor de la revista Artes de México, donde estás en contacto permanente con lo que sucede con nuestras culturas originarias ¿Dónde se tocan nuestras culturas prehispánicas y la árabe en ese proyecto literario donde recuperas elementos de ambas cosas?

    –Cuando llegué a Marruecos, lo primero que descubrí fue esa cerámica que es como la talavera de Puebla. La técnica es la misma. Encontré también los textiles de los bereberes, que son idénticos a los de los indígenas de Chiapas. La explicación son los ocho siglos de la España arábigo-andalusí, que al ser disgregada y convertida en lo que ahora es España y Portugal, emigró su tecnología para hacer las cosas de todos los días (cerámica, telas, construcciones) hacia América –con enorme fuerza a México y Perú– y fue llevada por los árabes a Marruecos.

    Esa cultura arábigo-andalusí que llegó a México es la civilización barroca. Cuando fracasa ese proyecto de civilización, la cultura barroca se queda sólo en lo popular: en las fiestas y lo que ahora llamamos artesanía, pero que eran las cosas de todos los días. Ese vínculo entra en el ámbito al que Artes de México dedica sus esfuerzos, que es comprender la cultura mexicana en todas sus dimensiones y diversidad, porque una de sus vertientes, además de la indígena y la mestiza, de la diversidad geográfica y de los pueblos indígenas, es el mundo musulmán. Todo eso está integrado en México.

    Parte de mi esfuerzo está lleno de palabras del español que son de origen árabe. Antonio Alatorre, en Los 1001 años de la lengua española, dice que hay cuatro mil palabras árabes que los españoles trataron de borrar y no pudieron quitar, porque vienen de ámbitos donde la tecnología penetró hasta la médula: lo que nosotros llamamos artesanías, la construcción, la guerra y el amor.

    Por otro lado, hay en mi esfuerzo literario la conciencia de que cuando busqué mi propia voz narrativa no quería ser un imitador más de García Márquez. ¿Cuál es el chiste de poner pescaditos volando en el aire o ángeles que caen en medio de la calle? O imitar a José Agustín. Casi toda mi generación es de cuates ya avanzados de edad que simulan tener 16 años y hablan de su barrio… mi búsqueda está vinculada a la conciencia de que la generación más interesante anterior a la mía se reinventó a sí misma utilizando las técnicas de las vanguardias. Paz lo hizo conscientemente. Para él incluso es una manera de hablar de la historia y de tener un compromiso político sin ser un burdo escritor estalinista. Paz se reinventa después de ver el Guernica de Picasso. Su actitud de tirar a la basura todo y rehacer por completo Libertad bajo palabra tiene que ver con una generación educada en el realismo socialista que descubre las vanguardias y se las apropia en los años 30. Diría que el último escritor que utiliza con éxito el lenguaje de las vanguardias es Roberto Bolaño.

    Cuando a finales de los años 70 tuve el reto de inventarme a mí mismo, procuré utilizar la tecnología narrativa de los artesanos, algo que se cree sencillo y que es un arte menor, pero que es un arte mayor. Un pintor naïf como el aduanero Rousseau, para mí es un pintor mayor. No por nada Picasso se nutre de lo que llamaban primitivismo el arte africano. El gran aprendizaje de Toledo no está en la gráfica del Istmo, que no existía. Está en haber vivido en París y haber ido todos los días, como él me lo confesó, al Museo del Hombre, para estudiar el arte de los aborígenes australianos. La necesidad de encontrar mi propia voz está en lo que parece muy sencillo pero no lo es tanto: en la tecnología artesanal o de las artes aplicadas. Son maneras de contar qué es uno. Yo traté de alimentarme de eso.

    –¿A qué te refieres con la frase de “la infidelidad como vocación literaria” que aparece en las notas al margen de este Quinteto?

    –Pienso que la lealtad es mucho más importante que la idea tradicional de fidelidad. Eso en todos los ámbitos, pero en el de la cultura no puedes estar casado con un libro o con una idea. Hay que ser radicalmente infieles a la cultura; hay que ser infieles al país. El país no es la bandera que me dijeron que es; es mucho más complejo. Ser fiel a tu país es ser leal a la realidad del país y no a lo que la Cámara de Diputados me diga que es el país. Hablo de una infidelidad a los dogmas y una fidelidad a la realidad, porque la realidad es plural, por lo tanto, politeísta y polígama.

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    Mogador en la piel de sus lecturas

    El tiempo que he escuchado a las mujeres permite que sientan que hay algo de ellas en las historias que cuento. De la misma manera, el tiempo que pasé escuchando otras culturas hace que esas culturas encuentren ecos de sí mismas.

    –Dedicaste 30 años al proyecto de Mogador como capital del deseo ¿Fuiste consciente desde siempre de la búsqueda que emprendías?

    –Fui consciente de lo que quería y de que tenía que allegarme instrumentos, pero la vida me fue llenando de sorpresas por supuesto. No podía hacer algo que ya estuviera en un esquema, porque no está vivo, no es literatura, se muere. Mi proyecto se fue transformando… las mujeres empezaron a ponerse tatuajes de las caligrafías que hizo el protagonista de uno de los libros. No sólo comenzaron a meterse en el libro sino a meter el libro en su piel. Una edición del Quinteto de Mogador está en no sé cuántas mujeres. En todo el Quinteto hay algo muy interesante para mí: es un elogio no de la mujer deseada, que aparece mucho en el arte orientalista; no, aquí es la mujer que desea.

    Esa pulsión llega hasta tales extremos sin ningún mérito de mi parte que una de esas mujeres decidió no ponerse un tatuaje sino convertirse en calígrafa. Que una mujer lectora desee convertirse en calígrafa es perfecto. Ella se fue a Marruecos, se convirtió en calígrafa y su trabajo, el de Caterina Camastra (que además es la traductora al italiano de mis libros) está incluido en este libro. Me regaló las caligrafías como su declaración de ya estar iniciada, cosa que ahora me permite incluirla como coautora gráfica del libro.

    –Se sabe del ego del artista, que en algunos casos ejemplares y bien conocidos es esa partícula que lo termina por consumir todo. A pesar de esa retroalimentación profunda que recibes de tus lectores y lectoras, parece que tú estás en paz con esa amenaza. ¿Cómo convive un escritor como tú con su ego de artista?

    –Me asumo como alguien que está aprendiendo todo siempre. Pero no es una pose ni una decisión, es cierto. Por otro lado, entre mis defectos está la pésima memoria. Entonces se me olvida cuando alguien me odia (risas). Luego, mis hijos Santiago y Andrea, y la propia Maggie (Margarita de Orellana) se la pasan dándome bajones… todo el tiempo… esa frase: “dar bajones”, es algo con lo que vivo con bastante felicidad. Porque no me siento herido. Me gusta que la gente sí te diga lo que piensa.

    –En este Mogador que tú dibujas se reconocen también lectores de latitudes distintas a la nuestra. ¿Cómo te retroalimenta verte reflejado en otras culturas que son distintas a la de la cual tú provienes?

    Creo que el tiempo que me he pasado escuchando a las mujeres permite que las mujeres sientan que hay algo de ellas en las historias que cuento. De la misma manera, el tiempo que me pasé escuchando otras culturas hace que esas culturas encuentren más allá de mi designio o de mi plan, ecos de sí mismas. Es un regalo que me da la vida, porque descubres que tú no controlas cómo lee la gente. Es muy interesante la diversidad de códigos que la gente usa para leer. En la India, una señora me preguntó qué tipo de mandala era mi libro. No supe qué decir y ella me explicó que un mandala es “una composición estética que nos ayuda a pensar, por lo tanto, nos ayuda a vivir”. Le pedí que me dijera ella qué tipo de mandala son mis libros y me hizo su lectura con conciencia de la composición, cosa que acá la gente no piensa mucho.

    Estamos muy enfrascados en la idea del género literario… nadie piensa en que al artista le tiran unas canicas, él las acomoda y eso tiene un sentido. Con la mala educación que tenemos buscamos la psicología de la canica o cuál es su relación con la realidad social de México… hay todo un lenguaje de prejuicios que nos impiden ver cosas que en otras culturas sí se ven.

    –Ahora que se cierra este ciclo de Mogador, ¿cómo concluye el ciclo?, ¿cuál es tu nuevo punto de partida?

    –Lo que acabé es una obra. Pero Mogador, la verdadera Mogador, sigue siendo un lugar importante. Hay una novela pendiente de algo que descubrí en el camino y que no está aquí: el príncipe de Joinville, que pasó a la historia por haber tomado Mogador militarmente, nunca tomó Mogador. Tomó la isla de Mogador, que está en frente y que tenía una fortaleza con 40 cañones; Mogador, que tenía 450 y fue hecha por el ayudante del arquitecto que hizo Saint-Malo, era intomable. Entonces nunca hubo incursión, pero cuando dijo que había tomado Mogador, la gente en Francia creyó que se refería a la ciudad. Mi generación estudió la toma de Mogador como un capítulo en la historia. Pues es falso. Además, este príncipe de Joinville hizo otras dos cosas importantes para el continente americano: se casó con la hija del rey de Portugal y fue quien bombardeó San Juan de Ulúa en la Guerra de los Pasteles. Es el enemigo de México y de Mogador al mismo tiempo. Ahí hay por lo menos un relato por hacer, que es completamente de otra cosa.

    Ahora, desde el punto de vista del deseo (y Mogador está completamente vinculada al mundo del deseo) hay una dimensión que no está aquí y es la que trato de explorar ahora. La dimensión del mal: el mal que existe en el entorno y desear el mal de alguien. Es decir, la política y la historia. Pero no quiero que sea una novela histórica ni una novela policiaca, aunque haya asesinatos. Necesito que esté eso, pero que haya otras dimensiones, que tienen que ver con el delirio del poder y con el deseo. Quiero explicar la dimensión del deseo de alguien que es radicalmente malo sin convertirlo en una caricatura del malo. Son los sueños de la serpiente, la dimensión del deseo que no está en Mogador: el mal.

    Carlos Rojas Urrutia – gerente de Mercadotecnia de Educal.