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Ámparo Dávila: La fascinación del misterio

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Foto: Gabriela Bautista

 

La literatura de Amparo Dávila (Pinos Altos, 1928) nace en los pliegues de esos lapsos de angustia o desilusión que alteran el cauce normal de la existencia. Con cuatro libros de cuentos y cuatro poemarios, todos cuidadosamente urdidos pero concebidos con la “prisa que da la emoción”, Amparo Dávila ha desenvuelto una obra literaria que se asoma a la realidad siniestra, construida sobre una temática en apariencia limitada: el amor, la locura y la muerte. El más reciente de los reconocimientos a su talento es la Medalla Bellas Artes, que recibió de manos de la directora del INBA, María Cristina García Cepeda.

Hace poco más de un lustro se reunió la obra que la escritora zacatecana se ha decidido a publicar hasta hoy en dos libros del Fondo de Cultura Económica: Cuentos reunidos (2009) y Poesía reunida (2011). Amparo Dávila habita una casa ubicada en los linderos de la zona boscosa del sur de la ciudad de México. Se mueve en esa atmósfera fría y húmeda de este rincón que la escritora ha elegido como refugio desde donde se recupera lentamente de una fractura de cadera y del fallecimiento reciente de una de sus hijas.

Se emociona cuando le hablan de la fascinación que aún provocan sus cuentos. Recuerda con cariño las palabras que Julio Cortázar dedicó a su obra (“Julio me dijo: tienes que disciplinarte y leer a Poe porque tienes una hermandad espiritual con él. Sus ambientes son parecidos”). Está segura de que para morir, mejor que el silencio, será escuchar La mar de Debussy.

 

La niña que miraba pasar la muerte

Rastrear el origen de sus atmósferas literarias conduce al Pinos de su infancia, marcado por la enfermedad, la muerte y la fantasía. En una época en que ese lugar “se convirtió en un pueblo de mujeres solas y tristes”, pues los hombres abandonaron su trabajo en las minas por perseguir el sueño americano, la niña Amparo, de salud frágil, se entretenía “mirando pasar la vida o, más bien, la muerte, porque en varias rancherías cercanas no había cementerio. Entonces llevaban a Pinos a enterrar a sus muertos. Como tampoco había funerarias, en lugar de comprar cajas, a veces llevaban a los muertos nada más tirados sobre el piso de una carreta. Un cadáver sobre una cobija. Los que eran todavía más humildes, los llevaban atravesados en el lomo de una mula.”

La muerte sería algo más que un motivo del marco por donde se mira el mundo: en los primeros años de vida perdería a su único hermano, Ángel. Descubriría luego la más escalofriante previsión de su abuelo, “que tenía en un cuarto su ataúd, con cuatro cirios, preparado para cuando él lo necesitara”, y aprendería a convivir con la soledad, el miedo y la nostalgia.

Esas experiencias de infancia formarían a la mujer que tenía un miedo irracional a la oscuridad y experimentaba “una angustia que me hacía despertar bañada en sudor, fría, helada de miedo”. Pero también sembrarían el germen de la creación: dentro de casa, la fascinación de encontrar en la biblioteca familiar un ejemplar de La Divina comedia para recorrer con terror y asombro las ilustraciones de Gustave Doré; afuera, la ilusión de “salir a jugar con mis dos perros. Con ellos escapaba a la montaña a recoger pedernales y flores. Tenía la idea de transmutar los pedernales en oro y las flores en perfumes. O sea que era una niña alquimista… en mi principio fue el sueño alquimista de oro y perfumes. Después, de poesía y cuentos.”

 

El misterio que fascina

Por un encuentro con Dios, Amparo Dávila hizo poemas a los que muy pronto renunciaría (“dígame usted, qué puede escribir una niña”). De esa experiencia queda constancia en “Salmo de la ciudad transparente”, “Salmos bajo la luna”, “Meditación a la orilla del sueño” y “Perfil de soledades”, que recorren anhelos y fuerzas que no terminan por desplegarse, donde ya despuntaba la atmósfera recurrente de intriga y sombra que se teje en sus relatos.

Al llegar a la ciudad de México, animada por Alfonso Reyes y a pesar de la reticencia de su padre (“él dudaba; pensaba que el oficio de escritor era de toda la vida. No se le hacía posible que yo fuera comenzando y que publicara luego luego”), Amparo Dávila comenzaría a escribir los relatos que la colocaron en el mapa de nuestras letras.

Con la consigna de diferenciar entre “el terror que paraliza y el misterio que fascina”, en Tiempo destrozado (1959) Amparo Dávila se muestra capaz de develar a través del lenguaje los oscuros pensamientos de quien dedica su vida a perfeccionar el arte de sufrir (“Fragmento de un diario”); construir en el vacío de la muerte el único refugio posible al agobio cotidiano (“Muerte en el bosque”); conducir por la acechanza real o imaginada que mina la calma (“La señorita Julia” y “Moisés y Gaspar”); romper el tiempo para caminar por la difusa frontera de sueño y realidad (“Tiempo destrozado” y “La rueda”).

Aparecería después Música concreta (1964), ocho relatos donde reaparece la angustiosa visión de la enfermedad y el desencanto. También el absurdo de la rutina que recuerda los ambientes de Kafka, una referencia que ella misma reconoce, aunque más cerca de la realidad que de la literatura: “No, nunca he pensado en Kafka mientras escribo algo. Ya traemos lo kafkiano. Si vivimos aquí, participamos de ese mundo. Aunque se vea raro, no lo es. Te dicen: vinieron a traer un telegrama. Entonces usted comienza a elucubrar, quién lo envío, qué noticia contiene, será buena o será mala… uno se inquieta y angustia. Se desencadena, en una palabra.”

Tras publicar sus primeros libros, recibió en 1966 una beca del Centro Mexicano de Escritores. Entre sus compañeros estuvieron Salvador Elizondo, Julieta Campos y Juan Vicente Melo; muy especialmente se acercó a Inés Arredondo y Guadalupe Dueñas, con quienes Amparo Dávila reconoce “parentescos o afinidades temáticas, por el tipo de literatura que hicieron ellas y hago yo, aunque con sus cosas particulares de cada una”. En 1977 sus relatos de Árboles petrificados, le valieron el Premio Xavier Villaurrutia.

 

La dosis justa de escritura

Luego de un matrimonio feliz con el pintor Pedro Coronel y tras un divorcio doloroso y no deseado, Amparo Dávila optó por alejarse de la escritura, o cuando menos de la publicación de sus textos. Afirma que no ha padecido de ausencia de escritura, pues ésta “ha estado siempre y en la medida justa. No soy escritora de muchos libros. Vivo muy intensamente. A veces voy rumiando dentro de mí una estructura. Pero si no siento la necesidad de sentarme a escribir no lo hago. Entonces, sencillamente, vivo.”

Prueba de que no ha permanecido del todo alejada de la máquina de escribir es El cuerpo y la noche (1965-2007) que forma parte de Poesía reunida, donde utiliza los elementos del título para crear atmósferas nostálgicas, oscuras y casi dolientes, que dedica al pintor zacatecano que fuera su esposo: “El cuerpo es una llama errante / un terco dolor / la noche caída y fragmentada.”

Recientemente se dio el tiempo de terminar Con los ojos abiertos, concebido originalmente para la colección de Cuadernos de Malinalco de Luis Mario Schneider, pero que se integró al resto de sus relatos y forma parte de Cuentos reunidos.

Ambos libros se ciernen sobre la misma exploración de rutinas que se ven alteradas por los detonantes del amor o la muerte, esos dos conceptos que evidencian la fragilidad del equilibrio emocional que nos sostiene de pie sobre el resbaladizo piso de la cordura.

Hasta ahora ésa es la obra completa de Amparo Dávila, aunque ella ha decidido continuar siendo paciente y esperar el dictado de la escritura, “porque nunca sabe uno cuándo van a llegar los cuentos. Ellos surgen y no hago más que obedecer y escribir.” Seguirá ese proceso que le hace ubicarse en el mismo lugar que sus personajes, pues es así y en esos “momentos en que está uno escribiendo y se empapa tanto del tema, que se impresiona. Por eso el cuento transmite terror, o fascinación, o placidez.”

En 2012, Amparo Dávila recibió un homenaje de parte del Instituto Nacional de Bellas Artes y participó en la Feria del Libro de Guadalajara con la presentación de su poemario. Habla poco del modo en que ha enfrentado las circunstancias de su vida y evade responder preguntas personales. Proclama que ha “tenido una vida común y corriente, con pérdidas, ganancias, sorpresas, desencantos… va uno perdiendo a los seres queridos. Va ganando experiencia y amistades. La vida es así… es riquísima la vida. Por donde se le vea. Es un cubo de riqueza.”

Y aunque a primera vista pareciera que ha sufrido sequía de escritura, persiste en ella el entusiasmo con que ha elaborado y explicado su obra, “porque he dado todo lo que puedo dar. Hasta ahora, porque uno no sabe si va a dar algo mejor después…”

Carlos Rojas Urrutia