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Angelina Muñiz-Huberman: seudomemoria como género literario

Desde que publicó su primer libro, Morada interior (1972), Angelina Muñiz-Huberman ha puesto en guardia a críticos y lectores que han encontrado en su obra una hibridación de géneros y recursos: el diario, la novela histórica, el cuento, las formas de la poesía, la infancia, el sueño y la otredad. Un conjunto que se ha dado en llamar “seudomemoria”, un género más allá de los límites literarios y editoriales convencionales y que tiene su más nueva encarnación en Arritmias (2015). Ofrecemos aquí un análisis de la obra de Muñiz-Huberman, quien cumple 80 años este 2016, así como una conversación sobre el misticismo, la memoria y la creación.

 

Angelina Muñiz-Huberman (Hyères, Francia, 1936) trazó un camino donde terminó por encontrar un nombre para su rebeldía inicial, para referirse a los modos en que logró separarse de un genero y construir un signo de identidad para una escritura de oscilaciones pendulares donde el pasado es el presente y el presente construye; un Yo capaz de crear identidades aptas para producir efectos temporales como la anticipación, por ejemplo, que es un viaje hacia formas del futuro donde el narrador acata una realidad que parece invencible.

Casi tres décadas después se habían formulado todas las pruebas de su originalidad en los cientos de páginas publicadas bajo la forma del ensayo, la investigación, la docencia que orienta trabajos de largo aliento y la propia obra creativa que va del cuento a la novela y la poesía.

Morada interior, su primera novela publicada en 1972 y Arritmias, el libro (un libro: porque no sabemos si se trata de un conjunto de relatos, de retratos, de perfiles, de todo eso), son el eje de este diálogo con la autora. Son dos textos que están separados por poco un poco más de cuatro décadas; 43 años, en los que se ha construido un universo creador sostenido en la hibridez de sus reflexiones: filosofía de la historia, antropología de precisiones psicoanalíticas, sociologías de la historicidad de las formas. A continuación este diálogo:

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    Las moradas de la literatura

    Me pongo a escribir y punto. Es un ahondar, un dejar que fluyan las palabras, una gran libertad, y falta de preocupación. A lo mejor es una irresponsabilidad.

    Este año se tocan dos extremos: Arritmias y Morada interior. ¿Qué ajuste de cuentas pueden hacer los lectores que te han seguido con esta manera de revivir Morada interior?

    –Originalmente salió en 1972, es mi primera novela. Y fue una novela que comparada con lo que se escribía en esa época rompió géneros tradicionales en la literatura mexicana. Fue la primera novela neohistórica; cosa que se puede comprobar en el libro de La novela neohistórica latinoamericana de Seymour Menton. Era un género que comenzaba a desarrollarse: primero hubo dos novelas de Alejo Carpentier, otra de Reinaldo Arenas y la cuarta fue la mía, la primera de México. La siguiente es Terra Nostra de Carlos Fuentes que fue cuatro años después.

    Los editores decidieron sacarla otra vez porque se cumplen 500 años del nacimiento de Teresa de Jesús, cuya vida conforma la historia de este libro. Es un libro del que todavía se siguen escribiendo artículos y tesis, que sigue en circulación, sobre todo por la idea de la ruptura de géneros, de la mezcla de ficción y autobiografía –que ahorita está de moda- y que yo inicié hace 44 años.

    ¿Cómo lograr arrancar esa eternidad de un personaje como Santa Teresa de Jesús? ¿Cuándo se convierte una persona en un personaje y queda en la historia eterna, no sólo del patrimonio de la literatura sino del mundo?

    –Ahí es donde entra esta ruptura de lo neohistórico que, al hablar de una figura histórica muy conocida que tenía su diario personal, puede atreverse a transgredir y a adjudicarle otro diario, desde luego apócrifo, en el cual puedes sacar, digamos, la parte oscura de las personas, la parte que uno trata que no se conozca. Eso fue el intento que hice. Es como una imagen en espejo del siglo XVI y del siglo XX en una situación conflictiva como puede ser también el exilio español.

    Comprender a un personaje eterno desde el siglo XX, ¿qué perspectiva le da?,¿a qué se refiere ese lado oscuro? ¿El lado oscuro del siglo XX?

    –Pues podría abarcar todo eso en un personaje que se está confesando, diríamos. Porque es clara la posición política de la salida de España al exilio, de la acogida en México. La doble vida que le adjudico a Teresa de Jesús: que era católica por fuera y hasta santa de la Iglesia, y por dentro recordaba sus orígenes judíos. Es un personaje que está en constante ir y venir, en constante movilidad interna. Jugué con dos títulos de Santa Teresa que son El castillo interior y Las moradas, y por eso llamé a mi novela Morada interior, porque toda la acción es hacia dentro, pero con movilidad.

    ¿Morada interior puede caber en esa visión de seudomemorias?

    –Ese género lo bauticé posteriormente pero podría ser, claro. Porque, de nuevo, lo que importa es el manejo de la memoria arbitrariamente, no tradicional ni biológica o genéticamente, sino una memoria que es capaz de crear hacia atrás. O sea, de borrar la memoria hacia atrás e instaurar una nueva.

    La visión de la poesía es muy cercana también a Santa Teresa. Has dicho que tal vez eres más poeta que cualquier otra cosa.

    –De hecho en esta primera novela también manejo conceptos, ideas o técnicas de la poesía pero les doy una apariencia de prosa. Es un libro que juega con lo real, la apariencia, la invención y la memoria que no tienen límite. Es un libro muy abierto, muy confesional.

    –Arritmias es el cuarto libro de un conjunto que has bautizado como Seudomemorias. ¿Vale la pena tener ese universo conjunto y usar esa manera de vivir la experiencia, la infancia, los sueños? ¿Cómo se continúan entre sí los libros?, ¿cómo surgieron estos cuatro libros que llamamos seudomemorias ahora?

    –Yo no hago plan. Tengo una idea, otra revelación de pronto y empiezo a escribir y todo va sobre la marcha. Claro, tengo una idea de cómo se va a desarrollar la historia pero nunca me hago un esquema ni siquiera. Me pongo a escribir y punto. Si los críticos quieren ver cómo fue el proceso… Pero es, de nuevo, un ahondar, un buscar, un dejar que fluyan las palabras, una gran libertad y falta de preocupación. A lo mejor es una irresponsabilidad.

    ¿Cómo está construida Arritmias? ¿Por qué Arritmias?

    –Por varias razones. Se puede pensar en la arritmia real, por eso en la ilustración está un electrocardiograma con sus arritmias. Ese título me permite también, de nuevo… el ritmo es lo monótono, un encajonamiento, otra vez lo que he dicho desde el principio.  La arritmia te permite hacer más cortas las pausas, más largas, algunos de los relatos ahí son largos; otros son como reflexiones muy breves; algunos son muy personales, otros son inventados. Es una gran libertad lo que te da la arritmia, independientemente de que yo la padezco, pero no importa.

    Es un ritmo sin ritmo. De nuevo, fluyen las palabras pero según lo que les exige lo que estoy hablando. La manera de puntuar mía también es así, puede ser arrítmica porque de pronto hago: punto y aparte, punto y aparte. O corto la frase totalmente: “Una casa de.” porque quiero que el lector participe en ese goce que yo he tenido y esto lo da la puntuación. Entonces se tiene que detener el lector o a veces tengo cuentos que como no terminan pues no les pongo el punto final. Y tengo que luchar mucho con los editores porque ellos quieren ponerle el punto final, y yo les tengo que decir que no, que los dejen sin punto. Todo lo que sea miedos, preceptos, cosas que te detengan, que te estancan, es lo que a mí no se me da.

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    Las coordenadas de la creación

    Tengo la teoría de que en la época de las cavernas la que empezó a contar cuentos fue la mujer, porque ella se quedaba con los hijos, tenía que preparar la comida… ella tenía tiempo para pensar.

    Los lectores que frecuentan espacios como este, el Correo del Libro de Educal, encuentran en Rompeolas la oportunidad de salvar una búsqueda exhaustiva de los libros, algunos ya agotados, de tus poemas. ¿Cuáles serían los vasos comunicantes de ese gran libro de libros con la narrativa, sobre todo con las novelas?

    –Mi primer libro de poesía es sobre el exilio y ahí también abordo otra línea, la línea mística laica, o neomisticismo que también lo he llamado así, en el cual no necesariamente se es religioso pero sí se llega a comprender y a identificarse con el fenómeno místico. Por ejemplo, con Santa Teresa o San Juan, pero sin que necesariamente se sea creyente. Se puede ser ateo y místico. Es una de mis concepciones, siempre estoy en la posición fronteriza, creo que debido al exilio. Porque el exilio es lo que hace que ya no estés donde deberías estar, y estás donde sí estás pero en una añoranza, y es un ir y venir.

    Las novelas que se han publicado en un orden sucesivo, ¿se han escrito en ese orden? ¿Cómo se piensa la literatura?

    –He tenido problemas con la publicación de los libros porque son muy distintos a lo habitual, y sin embargo quien los lee sí puede encontrar ahí unas pautas. No necesariamente se han publicado en el orden en que las escribí. Mientras yo ya he escrito otros libros de poesía actuales, hay algunos que aún no se publican. Con los cuentos ha pasado igual. Y las novelas también han tenido un gran desorden. Pero yo creo que eso no importa, porque lo que importa en lo que yo escribo es seguir las líneas, las propuestas.

    Hay algunos escritores que van abandonando sus propios pasos, ya no se reconocen en los anteriores. Hay otros en los que la obra se mantiene viva, como en una esfericidad en la que el tiempo queda abolido, como si la creación misma trabajara como trabaja el inconsciente, sin tiempo ni espacio, sino que están ahí a la mano las ideas y las propuestas. ¿Es así como encuentras el pasado?

    –Tocas un punto clave: el del tiempo y espacio. Yo trato de fundirlo, de llegar a la conclusión de que no existen, de que son un invento. Realmente dentro del universo y el cosmos no existen, son algo que hemos inventado, porque nos conviene, pero en realidad es un fluir general, y eso es lo que trato de dar también en mis libros, este fluir sin principio ni fin, como un horizonte eterno que en determinado momento se detiene y es el libro, pero puede fluir hasta el siguiente.

    La historicidad de las obras, ¿quién la determina? ¿Cómo se vive la historicidad desde el horizonte de la creación?

    –Yo no creo en la historicidad. No creo en nada, soy atea en todo. Esto me permite ser totalmente libre, pero lo que no soy es intolerante, porque yo puedo utilizar personajes de todo tipo. En La burladora de Toledo, por ejemplo, hay una hermafrodita esclava, lesbiana, un personaje histórico adaptado a lo que yo quiero describir con influencia de la alquimia y la cábala. Todos esos personajes heréticos son los que me atraen, los personajes que están fuera del tiempo. O están y no están. Pero no me interesa eso de la historicidad. Yo salto de cualquier clasificación, de cualquier encajonamiento. Eso me da mucha libertad y es lo que me divierte al escribir.

    ¿Ser mujer tiene alguna particularidad en la escritura?

    –Me lo he preguntado. Sí creo que la visión del mundo de la mujer es otra. Pero yo la veo también con mucha apertura. Si la mujer sabe escoger esa visión amplia del mundo es increíble, porque entonces comprende al hombre. Otra vez estamos en la posibilidad de ser otra persona. Incluso de ser de otro sexo. Si la mujer tiene esa habilidad de poder ampliarse así, es muy rica su visión, y creo que es más rica que la del hombre. Creo que la mujer tiene mucha flexibilidad y puede estar en varios mundos a la vez. Puede compartir el mundo femenino pero puede compartir el mundo masculino.

    Creo que esa división que se ha hecho es muy artificial. Claro, no estoy hablando biológicamente pero sí mentalmente. Yo tengo la teoría de que en la época de las cavernas la que empezó a contar cuentos fue la mujer, no el hombre, porque ella se quedaba con los hijos, tenía que preparar la comida, y el hombre cazaba por aquí y por allá y no sé qué. Ella tenía tiempo para pensar y el hombre no.

    Es una teoría como todas las mías, loca. Ella podía estar inventando y ella es la que crea el mito del héroe. Creo que el mundo de la mujer es muy observador, es muy completo, y tiene la capacidad de adaptarse y a veces hacerle creer al hombre que es la maravilla. Y tener por dentro esta otra posibilidad de seguir combinando todas las cosas que se le ocurran.

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    La multiplicidad de la mirada: ver es ser visto

    Para mí escribir es un placer, un gozo. Es un juego, algo lúdico, y cuando estás jugando no estás pensando en otras cosas más que en el juego en sí.

    Hay una visión que ha orientado la mirada de muchas personas que se han dedicado a la crítica o los estudios literarios. Tú has indagado de una manera muy exhaustiva durante mucho tiempo en qué era lo que pasaba en la literatura mexicana. ¿Esa mirada es una manera de observar lo histórico, lo circunstancial de nuestras letras?

    –Desde los años sesenta hice reseñas de libros nuevos que aparecían en la literatura mexicana y traté de encontrar el camino que los dirigía. Creo que en mi caso puedo saltar a muchas posiciones, es como un actor que pudiera representar distintos papeles. Eso es lo que hago en los distintos géneros cuando estoy tratando con ellos: tener diferentes personalidades, hacer una fracción o una fractura de mi yo y poder entrar a representar otros seres y ponerme en el lugar de otro. Tanto con mis personajes, como cuando hago crítica literaria o cuando hago una investigación, estoy siempre metiéndome en otra piel.

    Esa representación de distintos papeles rompe con muchos poderes. Por una parte, eres una persona que tiene el máximo reconocimiento en la Universidad,pero por otra eres una ensayista muy libre. ¿Cómo observas las posibilidades de la crítica, del entretenimiento, de la literatura, desde esos dos territorios tan distintos?

    –Es por porque tengo esta como múltiple… no voy a decir que personalidad porque sería la locura y no creo que esté loca, pero puedo representar papeles, puedo adaptarme a las circunstancias. Es como saltar de una cosa a la otra. No sé cómo explicarlo realmente porque me sale espontáneamente y tampoco me pongo a reflexionar sobre cómo, cuándo o dónde. Es extraño, diría que esa es la palabra.

    – ¿La lectura que haces de tu propia obra logra poseer esas dimensiones de la mirada que tiene el crítico o el académico? ¿Puedes ver tu obra desde esa mirada?

    –La verdad es que también me salto lo académico. No sé cómo me soportan en la facultad. Pero conociendo las teorías literarias, las veo tan reducidas, tan dirigidas a lo que el crítico –Derrida, Foucault, el que tú quieras- ha escogido, que no me convence ninguna. Yo creo mi propio sistema de análisis, que es el que les paso a los estudiantes. Como ellos ya tienen toda esa base teórica muy afianzada, que de pronto se les deshaga esta base teórica, que se les hagan otras propuestas, creo que les abre mundos. Es el ateísmo aplicado a la crítica literaria también.

    – Tomás Segovia tuvo una lectura atenta desde muchas geografías, ¿eso ha pasado también con tu obra? ¿Cómo logra comunicarse la literatura en espacios que no son exclusivamente idiosincráticos?

    –Yo no me preocupo por esas cosas. Por eso no estoy en ninguna mafia, en ningún grupo, en ninguna capilla, por eso a veces no se me toma en cuenta, pero tampoco me importa. Es que para mí escribir es un placer, un gozo. Para mí es un juego, algo lúdico, y cuando estás jugando no estás pensando en otras cosas más que en el juego en sí. Ese doble pensamiento que a lo mejor tienen otros autores yo no lo tengo.

    Simplemente es el disfrute, el goce, la percepción, lo que está pasando, el descubrir mi propio proceso interno que después cuando yo leo un poema me sorprende y digo “¿cómo llegué a unir estas palabras o de dónde me vinieron?” Es como una revelación. Y esa sería la parte mística pero aplicada a lo escrito.

    Estos múltiples intereses y orientaciones también te han llevado al ensayo, a un profundo conocimiento del mundo judío. ¿Cómo se coloca en la invención esa sabiduría, ese conocimiento?

    –Eso es por una cosa personal muy específica de España. Durante la Edad Media los judíos convivían con su propia religión, su propio idioma, combinaban las lenguas romances con el hebreo, pero cuando esto se acaba en 1492 con los Reyes Católicos y ocurre el edicto de expulsión hay dos situaciones: los que salen de España, que son los judeo-españoles o sefardíes, que están hasta nuestros días en la cuenca mediterránea, que fueron llegando a todos los países.

    Pero hubo otros que se quedaron y fueron convertidos. Como el caso de Teresa de Jesús. En su casa llevaban la religión judía pero afuera eran católicos y tenían que ir a la iglesia y cumplir con los rezos. Y en su casa, internamente, seguían con su religión judía. Otra vez estamos en una situación fronteriza, en una situación de exilio. Mi familia fue de los que se quedaron, a los que se les llamó cripto-judíos, porque eran judíos a escondidas (“cripto”, escondidos). Por línea femenina siempre se transmitía el judaísmo, de la madre a la hija, y así me llega a mí. Eso lo he contado también en algunos libros.

    Entonces un día ya en México, cuando tenía unos cinco o seis años, mi mamá me lleva al balcón de la casa y me dice que somos de origen judío. Esto me hace buscar estas raíces. Hay un capítulo precisamente de Morada interior donde planteo también esto de la identidad. Me lleva a buscar y a estudiar por mi cuenta y a leer, no desde el punto de vista religioso –no lo soy- pero sí lo que es la cultura judía. Por eso está muy presente en todos mis libros y en mis clases.

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    La lengua florida del sueño y el amor

    Un sueño puede ser tan poderoso que me despierta y en ese momento tengo que escribirlo para no olvidarlo y para que las palabras del sueño queden.

    El mundo de los sueños, ¿cómo ha sido a lo largo de tu vida? ¿Cuándo descubriste que un sueño te acompañaría mucho tiempo? ¿Es en la infancia?

    –El sueño es fundamental y desde niña, por suerte, he soñado y he recordado mis sueños. Cada mañana, Alberto y yo nos contamos nuestros sueños. Hay cuentos que son sueños tal cual. Estoy incluida en la antología del cuento hispanoamericano de Seymour Menton. Él escogió para esa antología el que es de principio a fin un sueño elaborado, no un cuento. Es el de “Las mejores galas”.

    Un sueño puede ser tan poderoso que me despierta y en ese momento tengo que escribirlo para no olvidarlo y para que las palabras del sueño queden. Me ha pasado en sueños inventar música también y me he levantado, he ido al piano y he sacado la melodía. Es un sueño con música y con letra. Para mí el sueño es tan real como ahora mismo que estamos frente a frente.

    Ese ver las cosas no desde el punto de vista religioso sino desde el lado oscuro me llama la atención en esa suma que es La burladora de Toledo.

    –Sí, porque, de nuevo, es lo que se trata de tapar, pero yo lo quiero sacar a la luz. Tengo un ensayo en uno de mis libros que se llama “De las tinieblas a la luz”, y precisamente es eso. ¿Por qué se le llama lado oscuro? También lo podemos hacer lumínico. Es complicado pero yo por dentro lo entiendo.

    Un poco como lectora, ¿cuáles son los motivos amor, si hiciéramos un recuento de tus novelas?

    –Sería pasar a otro tema: el amor, que está siempre presente. Yo destaco la parte positiva del amor, porque el amor puede tener una parte de incomprensión, de tristeza, de pérdida, de dejar de creer. Ahí sí soy creyente del amor. Y lo puedo abarcar en su totalidad. Por eso siempre está el personaje, digamos, redimido, junto al que sería el oscuro. Entonces hay un juego de claroscuros.

    Sería también un retomar los temas del barroco de lo claroscuro pero siempre con un tema que no sea el propio barroco. Otra vez, es una complicación lo que estoy haciendo, porque sería ese barroquismo que puede haber en el amor pero con un lenguaje sencillo. Y con un lenguaje erótico pero poético. Que las palabras sean eróticas. Qué sé yo, escoger palabras como “muslo”. No entrar al campo pornográfico, que es lo que está de moda, o de las malas palabras, porque eso no es erotismo tampoco. Es un erotismo de la palabra que también aparece en la cábala, porque la cábala presenta el mundo amoroso, el mundo sexual, con gran belleza, con mucha claridad y sencillez. Sería también como relacionarme con ese mundo de la cábala.

    Tú escribes en español pero hay muchas lenguas que susurran a lo largo de muchos libros. ¿Una lengua basta para imaginar la propia literatura en español? ¿Cómo es esa relación con los idiomas, esa contigüidad, esa sonoridad, ese erotismo de la palabra, su musicalidad en francés, en inglés, en alemán, en yiddish, hebreo, etcétera? ¿Cómo lo vives?

    –Desde niña participé de varios idiomas. Nací en Francia y escuchaba el francés y el español de mis padres; hablaba un francés-español mezclado. Me pasó una cosa muy curiosa y es que cuando llegamos a Cuba ya nada más oía español. Y me enfermé. Estaba triste, triste, pero no tenía fiebre ni ningún síntoma de enfermedad. Entonces llamaron a un médico que había estudiado en Francia, y cuando supo que nosotros veníamos de Francia me empezó a hablar en francés.

    Yo renací, me iluminé, sonreí y ya no estaba enferma. Me gusta mucho todo lo de los idiomas, cómo funcionan, qué cosas hay en unos idiomas, qué verbos se pierden. “Ser” y “estar”, por ejemplo, que en español son dos, que en inglés sea uno, que en hebreo no exista. Te abre también muchos mundos.

    Hay una cosa que es fascinante, que muy pocos escritores logran y muy pocos lo han logrado a lo largo del siglo XX, que es ese retrato de la infancia. Parece que ser escritor y vivir una vida, la vida de la monotonía, hace que ya la infancia sea un territorio que desaparece de la invención.

    –Eso es otro de mis temas, qué bien que lo mencionaste. Y otro de mis temas es el humor y la ironía, que no hemos mencionado. Que también te permite transgredir todo lo que quieras. Tengo ahí una frase en francés. En las novelas o cuando hay un crimen pasional, en francés dicen cherchez la femme, “hay que buscar a la mujer”; ella es el origen de los males, del crimen, de todos los desastres. Entonces yo digo, en uno de mis libros lo puse, cherchez la enfance. Hay que buscar la infancia. Ahí está la base, yo creo.

    ¿Cómo se logra no olvidar la infancia, en términos de la imaginación, colocarse en la mirada infantil?

    –Eso es lo que hace el escritor, sigue conectado con el mundo de la infancia. Porque si lo pierde no hay más sorpresa. Hace lo que hace un niño: está preguntando el porqué, el porqué, el porqué. Yo creo que la base del escritor es esa pregunta, y seguirse admirando del mundo y no que se te vuelva, como tú dices ahora, una costumbre, una rutina. Si logras eso y te sigues sorprendiendo de que el sol sale por aquí y se pone por allá, estás en activo, estás completamente descubriendo todos los días, aunque sea lo mismo.

    Miguel Ángel Quemain