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David Toscana: La locura del mundo racional

De “la tumba” a la culminación de una obra, que pasó de enmarcarse en su contexto norteño a encontrar una voz propia, las narraciones de David Toscana han supuesto una relectura de la historia, la vida cotidiana e incluso las Sagradas Escrituras. En esta entrevista a propósito de su obra —y en el contexto de la entrega del Premio Xavier Villaurrutia a su más reciente novela, Olegaroy— Toscana hace un balance de su escritura y de la superación del antiguo dilema entre la ficción y la que quizá sea su sombra, la realidad.

 

No han sido pocos los escritores que han dejado su profesión por incursionar en la literatura. De pronto viene a la memoria el creador de ese prodigio definido como antipoesía, el viejo ermitaño Nicanor Parra que se refugiaba en Isla Negra, quien pasó muchos años impartiendo clases de física y matemáticas. Ni hablar de aquél agente viajero, vendedor de llantas y neumáticos de automóviles que se dio el tiempo para crear a un hombre llamado Pedro Páramo y a todo un pueblo fantasma que hasta la fecha da de qué hablar.

La literatura se cambia por todo. Así lo concibió el escritor regiomontano David Toscana (Monterrey, Nuevo León, 1961) cuando en 1992 dejó la ingeniería industrial y de sistemas y llegó a la Ciudad de México junto a dos de sus amigos, también escritores en ciernes, para probar suerte. Eduardo Antonio Parra, Hugo Valdez y él conformaron un grupo literario llamado “El Panteón”, porque querían enterrar a la novela o, por lo menos, hacerla pasar a mejor vida, según recuerdan.

David Toscana pasó de los manuales de control de calidad a leer efusivamente Don Quijote de la Mancha; de estudiar sobre resistencia de materiales a abordar por completo la novela, género al que ha dedicado todos sus esfuerzos de escritor. Con Estación Tula (1995), su segunda novela, no sólo se consolidó la propuesta literaria de David Toscana sino también su prestigio, pues comenzó a ser reconocido en Estados Unidos, España y por supuesto México. A la historia de Juan Capistrán, su familia y Tula, un lugar apartado en medio del desierto, le otorgaron críticas favorables en medios como The New York Times, y en algunas de ellas incluso lo perfilaron como uno de los mejores autores latinoamericanos del momento; no por nada esta novela ha sido traducida al alemán, inglés y griego, entre otros idiomas.

Los focos de atención que atrae la fama literaria no son relevantes para este regiomontano, quien desde hace unos años radica en España; para él lo verdaderamente importante es la responsabilidad con su obra y sobre todo con sus lectores; los cuales no son muchos, dice, pero sí fieles y leen todo lo que publica. Incluso se sabe un autor que difícilmente agota una primera edición.

En algunos de sus libros David Toscana deja ver su lado de historiador. Si en Estación Tula recrea la vida de un pueblo real al norte de Monterrey en vías de modernización, con su posterior decadencia al no formar parte del camino del ferrocarril, y donde se habla de la pérdida del territorio que ahora es Texas, después nos entrega en El ejército iluminado (Premio José María Arguedas 2008) una historia entrañable de un grupo de infantes con ansias de venganza por recuperar ese territorio perdido.

¿Porqué contar la Historia desde la Literatura? Para David Toscana, el novelista siempre va un paso más adelante al aprovechar esos huecos de la historia donde se puede crear un mundo al cual no tiene acceso el historiador. Sin embargo, la imaginación a veces es corta y un escritor no llegaría a concebir algunas historias sin la información que brinda la realidad. El novelista tiene algo de historiador, dice Toscana, pero tiene que pelear contantemente contra ese primer momento para hacer literatura.

Lucio, uno de los personajes más entrañables de Toscana, protagonista de El último lector, tiene una relación entrañable con sus libros y sus lecturas. Para él la Historia es Literatura, pero sobre todo, los personajes de los relatos le parecen más reales que el mundo en el que vive. ¿Cómo puede llegar a sentir la vida de la literatura más real que la de los libros de historia que lee? La respuesta es compleja. Toscana pone un ejemplo׃ en la sección de ficción en una librería se puede encontrar Guerra y Paz y en no-ficción están las memorias de López Portillo. Para él hay más historias y personas verídicas en la novela de León Tolstói que en la biografía del expresidente mexicano, por ejemplo.

La situación va más lejos. ″La ficción bajo ciertos criterios me parece real″, dice Toscana. Don Quijote puede llegar a ser más real que uno de sus vecinos, de quien no sabe nada. Esa línea de división entre realidad y ficción. ¿Porqué pensar que las palabras son ficticias, que los personajes que más nos han gustado son ficticios, que nuestros sueños son ficticios? La respuesta la ha convertido en tema de sus novelas.

David Toscana sólo tiene un libro de cuentos. En Historias del Lontananza (1997) el lector se encontrará con un bar como lugar común de fracasos y esperanzas de personajes entre los que se encuentran desempleados, oficinistas y poetas, entre otros. Los relatos, lejos de ser historias independientes, conservan vasos comunicantes.

En Santa María del Circo (1998), Toscana aborda la vida de unos gitanos itinerantes y hace un retrato de cirqueros en su plena decadencia. Comparte este tema con otro escritor norteño de gran influencia para generaciones recientes de escritores mexicanos: Daniel Sada y su libro Albedrío.

En El último lector, Lucio salva a la Biblia, entre otros libros, de ser quemada. Este simple guiño se vuelve aún más interesante en Evangelia, donde se constata que David Toscana es un gran lector de ese libro religioso, el cual recomienda leer como si fuera cualquier otra obra de la literatura, lejos del sentido sagrado que tiene para muchos. Toscana retoma pasajes de la Biblia para narrar la historia de la hija de Dios, Emanuel. La protagonista de este Nuevo Testamento es una mujer y a partir de esa premisa se desarrolla una historia en la que ella se rebela contra algunas enseñanzas tradicionales.

Este año el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 2017 le fue concedido a David Toscana por su libro Olegaroy, donde un hombre de 53 años, insomne y con apego a su madre, despierta a la realidad al leer en los periódicos sobre el asesinato de una mujer. El elemento interesante en esta novela es ver a un narrador que no sólo se limita a contar la historia, sino que toma parte de ésta al responder los cuestionamientos de tipo filosófico por parte del personaje principal, el cual le da título a esta novela.

Para David Toscana, el pertenecer a la generación conocida como los narradores del norte que comenzaron a escribir en los años 90 fue una buena experiencia, pues crearon un grupo sólido. A pesar de no tener tantos elementos en común entre ellos, si algo los caracterizó fue la presencia de historias más regionales y personajes más primitivos en relación a los cosmopolitas del centro de México. Ahora, viéndolo a la distancia y después de haber escrito nueve novelas, sabe que lo único cierto es el compromiso con cada una de sus historias.

″Quién sabe si uno va escribiendo mejor o peor con el tiempo. Uno nunca sabe si le está dando más vida a las historias que cuenta o no. Vaya uno a saber si uno va escribiendo mejor o peor con el tiempo, solo sé que trato de darle lo que exige a cada novela” nos dice Toscana en esta conversación que sucede en su paso por la Ciudad de México, donde ha quedado a residir por un breve periodo, mientras suceden los protocolos del Premio al que recientemente se ha hecho acreedor.

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    Una encarnación de la “literatura del norte”

    Recuerdo cuando llevamos nuestros libros a las editoriales y nos decían que en Monterrey no había escritores y que, sobre todo, no había novelistas.

    —Usted forma parte de ese grupo que llegó a la Ciudad de México de Monterrey, a quienes se les llamó “El Panteón”.

    Sí. Venimos en un viaje al DF y se nos ocurrió formar un taller, disciplinado, para un grupo literario y ahí alguien dijo que la novela o la íbamos a enterrar o la íbamos a hacer pasar a mejor vida, y por eso le quedó lo del panteón. Estábamos Eduardo Antonio Parra, Hugo Valdés, Ramón López Castro y teníamos otro integrante: Rubén Soto, que tristemente murió hace como un año. Disfrutamos mucho que nos llamaran los narradores del norte porque se organizaban coloquios, festivales y demás. Siempre estábamos visitando ciudades, presentando libros y lo que sí terminamos haciendo es que nos convertimos en buenos amigos todos.

    ¿Qué inquietudes movían a este grupo, qué afinidades los reunieron?

    Nada más las ganas de escribir y de publicar, porque en aquel entonces en Monterrey era muy complicado suponer que podíamos publicar en la capital, las puertas estaban muy poco abiertas. El primero fue Hugo Valdés, que publicó Monterrey News en Grijalbo; de ahí publicamos en Tierra Adentro y luego Parra publicó en Era. En aquel entonces recuerdo cuando llevamos nuestros libros a las editoriales y nos decían que en Monterrey no había escritores, sobre todo no había novelistas, decían.

    Ahora hemos conocido lo que algunos llaman “lo postnorteño”. Usted, siendo un escritor del norte que venía con aquel grupo de jóvenes en ese entonces, ¿cree que hay en la escritura norteña, un signo, un lazo que los identifica, un común denominador?

    A veces es más fácil encontrar las diferencias que el común denominador, y por eso siempre nos ha costado trabajo asimilar la idea de que somos narradores del norte. Qué tiene que ver Eduardo Antonio Parra con Hugo Valdés, Felipe Montes u otros narradores de Tijuana o Sinaloa… si la literatura está hecha de palabras, vamos a ver lenguajes muy diferentes; si está hecha de geografía, que supongo que no, entonces sí vamos a encontrar elementos que nos caracterizan. Después de mucho pensar, creo que simplemente hay cierta aridez en los narradores del norte. Somos más regionales en las historias que contamos; pero esto es forzar un poco la idea de si somos de veras los bárbaros del norte contra los cosmopolitas del centro. Los mismos que han estudiado la literatura del norte batallan un poco para decir qué cosa es eso.

    —Cuando se publicó Estación Tula era usted muy joven y ya lo llamaban uno de los mejores narradores de Latinoamérica. Ricardo Piglia, con quien comparte el mismo título de un libro (El último lector), decía que definitivamente la suya era una mejor novela. ¿Cómo ha lidiado con el éxito? ¿Siente cierta responsabilidad por todo esto que se ha generado a su alrededor?

    Por un lado, no me quejo porque me ha ido bien con la crítica. Han hecho ciertas comparaciones un poco estrambóticas, sobre todo los medios extranjeros, porque buscan puntos de referencia y ven a un escritor latinoamericano e inmediatamente tratan de compararlo con Fuentes o con Vargas Llosa o García Márquez. En México, si me relacionan con un autor es por ejemplo con Ibargüengoitia, pero este es un punto de referencia que no existe en Estados Unidos, donde echan mano de otros. Siempre a uno le da gusto cuando aparecen estas reseñas, pero… yo tenía un agente en Nueva York, que cuando vio que salían estas reseñas en el New York Times, en el Washington Post, en Los Angeles Times, me dijo: ‘¿sabes qué?, si fueras gringo, ya serías millonario pero en Estados Unidos no interesa la literatura latinoamericana, así que no esperes que ocurra nada’, y efectivamente no ocurrió nada. Aun ahora, soy de esos escritores que difícilmente agotan una primera edición, entonces pues esto no me provoca responsabilidad alguna.

    Desde el principio, la responsabilidad es con lo que uno está escribiendo. Uno trata de escribir según los criterios que cada quien tenga de qué es una novela, qué es, cómo te vas a ganar el derecho a que a esto se le llame una de las bellas artes. La mayoría de los textos que se escriben no encajan en esta clasificación, pero como escritor uno tiene que aspirar a lograr esto.

    —Esos personajes de sus libros, algunos perdedores natos, otros arrojados pero sin armas para la vida, ¿son mexicanos, humanos o latinos?

    —Me gustaría pensar que son humanos y que entonces se puede leer de manera universal, pero esta es una mera intención. Por supuesto que uno escribe a partir de cierta experiencia, de lo que ves, de la nostalgia del pasado, de algún pariente al que vas a su personaje, y entonces haces una mezcla que ya queda un poco diluida. Al final, pues son mexicanos porque la mayoría de ellos están en Monterrey. No creo en estos personajes que representen algo socialmente, sino que tiene que representar algo individualmente y ya el individuo, a veces un crítico literario, salta a decir cosas como esto que mencionas: “este personaje representa México, porque los mexicanos por más sueños que tenemos nunca los alcanzamos”. A veces leo cosas así y digo bueno, cada lector tiene derecho de leerlo así, cuando yo más bien estaba pensando en una persona en particular.

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    La composición ficticia de la historia

    Independientemente de qué historia se cuente, hay muchas lagunas donde el historiador ya no puede meterse, pero donde cabe el novelista.

    —Hay elementos que se repiten en su literatura, como el ambiente de las cantinas y los personajes al borde de la locura, ¿usar esos temas es un acto deliberado o sucede de manera natural?

    Cuando escribí un libro sobre cantinas que es Lontananza, tenía fama de que yo no bebía alcohol. Alguien me lanzó el reto, me dijo: ‘tú no puedes escribir un libro de cantinas porque no bebes’. Entonces dije ‘yo sé que hay gente que escribe sobre marcianos y nunca ha ido a Marte’. Cuando terminé el libro, ya empezaba a beber y luego me convertí en un asiduo de las cantinas, pero al principio fue una especie de reto. Después me gustó la idea de las cantinas y de los borrachos, no tanto por el ambiente del alcohol, sino por darle a los personajes la facilidad de ser libres a la hora de expresarse. Me gustan que los personajes estén un poco trastornados, o que sean locos o que tengan cualquier motivo para no ser perfectamente razonables, y uno de estos motivos, pues es el alcohol.

    Su segunda novela, Estación Tula, tuvo mucho reconocimiento y no sólo en México, ¿cómo tuvo la idea original de esta novela, que es tan compleja, donde mezcla crónica, cartas, e incluso usted aparece como personaje?

    Tenía ganas de contar una historia donde la ausencia de un ferrocarril hiciera que un pueblo viniera a menos. Le comenté esa idea a Emmanuel Carballo y él fue el que me mandó a visitar Tula, Tamaulipas. Para mí era mera imaginación, pero encontré que en Tula había una fuente de historias y anécdotas que partían de la realidad. Yo trataba, a través de los relatos de los personajes, tomar una historia verdadera y convertirla en leyenda, mezclando un montón de elementos; porque por un lado tenemos la historia verdadera, por otro lado la que relata el anciano y por otro, la que va escribiendo el protagonista.

    —Luego de publicar un libro como Evangelia, ¿usted se considera feminista?

    —Hace años se me ocurrió esta idea de qué hubiera pasado si a José y María les nacía una niña. Lo primero que supuse fue que alguien ya lo había escrito. Me puse a investigar y para mis sorpresa nadie lo había hecho. Sentí la tentación de escribirlo, pero como que la anécdota no daba para más. Hasta que entendí que había algo esencial a la hora de contar esta historia, y es que yo no soy evangelista, soy novelista. Cuando leemos los evangelios nos dicen lo que pasó y si no lo creemos vamos al infierno. Pero un novelista no puede hacer esto; uno tiene que ser convincente, seducir al lector, llenar una serie de huecos con historias razonables.

    En el cambio del lenguaje de evangelista a novelista, salió la novela, que cuenta una historia muy diferente a la que tenemos en los textos bíblicos, no porque yo me salga a contar otra historia, sino porque el mero hecho de mencionar los detalles hace que el lector cuestione todos estos relatos en otro nivel, los vea de manera diferente, que tengan una dosis de humanidad que no tienen en los evangelios. Llegué a tener en su momento la tentación de decirle a una amiga novelista, “creo que esto lo tiene que escribir una mujer y no yo”, pero al final, me ganaron las ganas de hacerlo.

    De pronto empezaron a decir que Toscana era feminista, porque en otras novelas más bien habían dicho que yo era misógino… La novela no tiene que reflejar el carácter del escritor. Si tu escribes sobre un asesino pues no te van a decir que tienes sangre de asesino o eres violento. Siempre hay que separar estas dos cosas. Ahora, si me lo preguntas, te digo que aunque no tenga que ver con la novela, yo siempre me declaraba feminista. Ahora no lo sé, porque el feminismo se volvió tan radical en muchas cosas que a lo mejor me dirían que lo mío es un feminismo anticuado y a lo mejor ya no me llaman feminista, pero yo aún me considero como tal.

    —Un libro que queda en el extremo contrario es Santa María del Circo. Siempre que se lo presto una mujer me lo regresa de mala gana.

    —Cuando escribí este libro hasta de misógino me acusaron y luego cuando escribí este otro me dijeron feminista. Son temas que uno cuenta como ciertos personajes. En Santa María del Circo por supuesto que hay personajes misóginos, el mismo narrador es así un poco y tiene que ver con esta especie de modelo de una sociedad. Con unos cuantos personajes en un pueblo abandonado, trato de meter todas estas críticas sociales. A veces a lo mejor se me pasó la mano, porque me decían “maldito misógino” y ¡yo no soy, son ellos! Espero que las mujeres me perdonen.

    ¿Cómo entiende la diferencia entre la buena y la mala literatura?

    Esa es una de las preguntas nunca resueltas en la literatura, pero claro que hay elementos que uno puede identificar. El primero tiene que ver con lo que mencionaba del lenguaje, el segundo con que una novela o un texto literario puedan tener varias lecturas; que sea un texto que necesite de la participación del lector. Si todo está dicho, y tú y yo leemos un libro, nos sentamos a hablar de él y nos ponemos de acuerdo, entonces es un libro que no tiene mayor potencial. Pero hay otros textos en que cada lector encuentra algo distinto, entonces podemos hablar mucho de Pedro Páramo y vamos a ver que cada quien encontró algo distinto que se puede interpretar a nivel de la historia, del episodio, de la frase y entonces esta es una gran novela por eso.

    Hay veces que nos encontramos con personajes es planos y otros bastante ricos. Los personajes más ricos de la literatura quizá sean los de Dostoievsky, y entonces vemos la diferencia entre un personaje que no tiene mayor encanto, que no puede seducir, y otro que nos fascina a pesar de no ser, en la vida real, el tipo de persona que quisiéramos conocer, pero en la literatura es encantador. Cuando vemos estos contrastes nos damos cuenta que hay una novela con fuerza, con poder, que pone un montón de ingredientes químicos pero que necesita al lector para terminar esta reacción.

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    El lenguaje de la realidad

    La literatura debe ser bella: con una serie de juegos, con ritmo, con buscar esa palabra justa que te empiece a encender luces cuando vas leyendo.

    Otro elemento recurrente en sus libros es la guerra, que aparece en el Ejército de iluminados y también en Estación Tula, ¿por qué contar la historia desde la literatura? ¿Qué pros y qué contras ha encontrado al hacer esto?

    Nunca he escrito novela histórica, pero me gusta situar la novela en un contexto histórico. Todo lo que no nos da la imaginación, nos lo da la historia. Para escribir leo historia, sobre todo periódicos de la época, que están llenos de anécdotas que pueden servir para ambientar la historia. La historia del algún modo engendra las novelas. Hay muchos casos de novelas en que el novelista te dice de dónde viene la idea; si la leyó en el periódico, si trató de novelar un personaje histórico, si buscó cierta época para situar a sus personajes, pero siempre la historia tiene que estar ahí detrás y el novelista suele tener mucha tentación de historiador. Encontramos un montón de datos fascinantes cuando nos metemos en archivos, en textos antiguos. Hay que reconocer que algunos por fascinantes que sean no corresponden a la novela que estamos contando. El novelista tiene que vencer la tentación de convertirse en historiador.

    ¿Cree que de cierta manera la historia también tenga un poco de ficción al compararla con la literatura?

    Si no sabemos si lo que nos dicen los candidatos es verdad o no, quién se robó la lana o quien mató a no sé quién, si el mundo contemporáneo está lleno de ficción, la historia también está muy llena de ficción. Tenemos historiadores de izquierda que cuentan una versión, historiadores de derecha que cuentan otra, y lo interesante es que independientemente de qué historia se cuente, hay muchas lagunas, donde el historiador ya no se puede meterse, pero es donde cabe el novelista, en todos los vacíos que tiene la historia, y sobre toda esa parte que tampoco es tan fascinante para los historiadores: la vida personal. Tenemos a los personajes actuando en la historia, pero ya cuando se retiran a tomarse una copa con los amigos, cuando salen de noche y buscan mujeres, esa parte ya no interesa al historiador, y esa es la carne que le puede interesar al novelista.

    — ¿Usted da la misma importancia al lenguaje que a la anécdota de sus historias?

    El lenguaje siempre se tiene que sostener en una historia, pero para mí lo importante es el lenguaje. Es el que tiene que ser protagonista. Tiene que ser bello, según lo que cada quien tienda por belleza, porque siempre lo he dicho, es una palabra que ya nadie quiere usar, en ningún lugar del arte. Siempre tratamos de interpretarlo de manera más intelectual, pero creo que la literatura debe ser bella y cómo entendemos la belleza, pues yo la entiendo a través del lenguaje con una serie de juegos, con ritmo, con buscar esa palabra justa que te empiece a encender luces cuando vas leyendo.

    —Justamente en eso que dice me recuerda a Lucio, el protagonista de El último lector, quien llega a pensar que los libros son más reales que la gente que ve. ¿Cómo se llega a pensar que la vida de los libros es más real que la que todos conocemos como real?

    —Buena parte de los personajes de la literatura los conocemos mejor que a la gente de la vida real. Podemos tener un vecino durante años y sabemos que es una persona real, pero su influencia sobre nosotros puede ser prácticamente nula. Leemos a Don Quijote y es un personaje que llevamos en la cabeza y nos modela en muchas situaciones, que influye en nuestra vida. A los que queremos leer a esta novela como una especie de experiencia, vamos a tener a don Quijote como alguien que nos influye mucho. Ricardo Garibay tenía una programa de televisión y recuerdo mucho una vez que alguien llamó a su programa para preguntar cual es el chiste de leer novela si son puras cosas que no ocurrieron. Entonces él, un hombre impetuoso, a veces malhumorado, regañó al espectador y recuerdo que terminó diciendo: “Para acabar pronto le voy a decir que usted, le debe más a Sancho Panza que a su propio padre”. Eso se me grabó mucho y en buena medida sí tiene que ver con todo esto que encontramos en la literatura. Al llamarle ficción empezamos a suponer que es algo irreal, porqué vamos a llamarle irreal a una experiencia de lectura. Nunca he querido separar los conceptos de realidad y ficción. Creo que el texto escrito, la novela, es real.

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    La locura de lo “toscaniano”

    Quiero llamarle “quijotesco” al uso del lenguaje, a esta libertad para expresarse, pensar y a través de locuras enseñarnos un mundo que es mucho más razonable que lo que llamamos el mundo racional.

    —De Las bicicletas a Olegaroy, ¿cómo ha cambiado la forma en que se relaciona con la literatura?

    —No estoy muy seguro de esto. Siempre quiero pensar que como escritor vas ganando experiencia a la hora de narrar. Tienes mas control sobre el lenguaje, lo vas conociendo mejor, y si el lenguaje es tu herramienta, pues tengo que pensar que la utilizo mejor ahora que antes, pero uno nunca sabe si finalmente le está dando más vida a las historias que cuenta o no. Tienes también a veces un espíritu mas arriesgado cuando eres joven, después a lo mejor eres un poco más conservador y vaya uno a saber si uno va escribiendo mejor o peor con el tiempo. Solo se que trato de darle a cada novela lo que exige esa novela. Al final, como padre de varios hijos, me costaría trabajo saber si el último hijo salió mejor que el primero.

    —El libro de Albedrío de Daniel Sada ha sido comparado un poco con el de Santa María del Circo. Más allá del tema de las similitudes, me gustaría preguntarle si el maestro Daniel Sada representó en algún momento algo importante para usted como escritor, porque él también venía del norte.

    —Sí, claro. Daniel es un autor que hay que leerlo incluso en voz alta; notas todo el trabajo que hay con las palabras, con el ritmo. Uno empieza a identificar endecasílabos, que vienen uno detrás de otro. Daniel era por supuesto un gran lector de poesía, de los clásicos del Siglo de Oro. Fue de algún modo nuestro maestro. Digo nuestro porque incluyo  a muchos autores del norte, que lo admiramos. Muchas veces que trabajo con escritores jóvenes, les señalo cuales son los escritores de prosa. Uno es por supuesto Rulfo, pero ahí está Daniel Sada y lo importante es leerlos en voz alta. Casi siempre los escritores jóvenes que no leen en voz alta, llegan al taller literario y cuando empiezan a leer, se dan cuenta de que su texto rechina por acá, de que la frase se les quedó corta… en silencio, las frases parecen simplemente una composición visual, pero a la hora de darles voz, uno se da cuenta que la prosa es mucho más que algo visual, y hay que aprender el ritmo de la prosa a través de estos grandes escritores que manejaron bien la prosa, a través de la poesía, incluso a través de la música.

    —Además de Daniel Sada, ¿hay algún otro autor mexicano que usted piense que le influyó?

    —Mencionaba hace un rato a Ibargüengoitia, que es un escritor que me gusta mucho, su ingenio, su vuelta de tuerca hasta en las situaciones más sencillas. El que más leo y releo es Rulfo. Es una prosa tan bella. Los pasajes que son un poco más largos y que sin embargo manejan la frase corta; es un hombre de un oído fantástico, que construye todo esto con un lenguaje muy sencillo. Habla de nubes, de polvo, de lluvia, de tierra, de agua, todos estos elementos que no tenemos que estar en un mundo contemporáneo para hablar de ellos. Todo es sencillo y sin embargo, es el engaño de la sencillez. La brevedad y la sencillez son mucho más complicadas que la expansividad. Casi todos somos expansivos a la hora de narrar. Es lo más fácil del mundo. Lo difícil es quitar todo lo que no es esencial. Siempre he dicho que la pluma, metafóricamente hablando, podrá ser un gran instrumento del escritor, pero la tijera es todavía más importante saberla usar.

    — ¿Qué podríamos llamar en este momento que es lo “toscaniano”?

    —Pues, lo toscaniano es algo que se quiere acercar siempre a don Quijote, un personaje que me fascina por su absoluta libertad de palabra y pensamiento. Si don Quijote en vez de estar loco fuera un cuerdo aventurero, sería una novela quizá interesante, pero no tendría la grandeza que tiene. Cuando Don Quijote habla, cuando todo mundo se maravilla de sus buenas razones, pero al mismo tiempo están combinadas con su locura, con esta forma de ver el mundo que parece no corresponde a la realidad, a mi me pareció fascinante y entonces es lo que yo trato de hacer en mi literatura. Personajes de algún modo quijotescos, pero yo quiero llamarle quijotesco al uso del lenguaje, a esta libertad que tiene para hablar, para expresarse, para pensar y para a través de locuras enseñarnos un mundo que es mucho más razonable que lo que llamamos el mundo racional. Eso es lo que en buena medida trato de hacer con mis novelas. Alguien le llamó a esto realismo desquiciado. Sí, la parte desquiciada es la que me interesa en la literatura y es lo que respondería a tu pregunta sobre lo “toscaniano”.

    Alfonso Navarrete - Jefe de información de la Coordinación Nacional de Literatura del INBA.