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Elena Poniatowska: la perpetuidad del asombro

Elena Poniatowska cumple 85 años. Para conmemorarlo retomamos esta entrevista con la escritora, quien a pesar de los múltiples premios y los años de experiencia en su oficio, es todavía la aprendiz de periodista que desubicaba a sus interlocutores con preguntas salidas de tono. En esta conversación nos habla de su vida, sus convicciones y lo mucho que le queda por aprender.

 

Elena. Elenita. La Poni. Pocas figuras de la literatura mexicana son nombradas con el cariño que ha cultivado Elena Poniatowska (París, Francia, 1932). Se habla de ella como una mujer cercana, como alguien con quien, de una u otra forma, se está emparentado. Algo tendrá que ver en esto la manera en que planta los pies frente al mundo, con una candidez que escapa de la petulancia de los títulos nobiliarios y de la acumulación de premios literarios. Será también por la manera en que escruta a los otros, con los ojos entrecerrados y preguntas directas, como si el mundo y sus habitantes le parecieran, si no raros, peculiares.

Influirá que Elena escribe. Descendiente de príncipe polaco y madre francesa; nacida en París, Elena llegó a México durante la segunda Guerra Mundial y aprendió a hablar español hasta los diez años. Fue a través del periodismo escrito, a través de las charlas con extraños, que encontró la manera de entender un mundo ajeno. La Poni se fue transformando en una figura cercana a punta de dar testimonio a través de la crónica, de entrevistar a quienes ella define como “héroes nacionales” y de recorrer calle para encontrar historias: del movimiento ferrocarrilero de 1959 a la masacre estudiantil en Tlatelolco; del gran temblor de la Ciudad de México a la ocupación del Zócalo tras las elecciones de 2006.

Cumple 84 años de vivir en el asombro. Aún se sorprende cada vez que le anuncian que ha recibido un premio. No cree que algún día vaya a perder esa manera de vivir, como tampoco cree que deje de escribir (“yo soy así y ya estoy grande para cambiar”). Nos recibe en su casa, al sur de la ciudad de México, en pleno periodo de recuperación de una cirugía. Pero así es Elenita, una mujer cándida a la que le es imposible negarse demasiado a algo: “A todo el mundo le digo: sí, sí, sí. Para mí, decir no es súper difícil”.

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    El periodismo como mirador del mundo

    Yo estoy llena de preguntas todo el tiempo. Toda la vida. Por eso he hecho tantas entrevistas. Quizá porque nunca he encontrado ninguna respuesta

    En su quehacer periodístico usted creó un estilo cuya característica es la inocencia. Al formular preguntas aparentemente inocentes, acorrala al entrevistado.

    –Me inicié muy chavita tras salir de un convento de monjas. No conocía mi país. Tuve una educación sumamente francesa. Después empecé a hacer muchas entrevistas y a conocer México. Entrevisté, por ejemplo, a Diego Rivera, cuando nunca había visto un cuadro suyo. Él estaba satanizado en mi casa, porque pintó desnudo…¡desnuda! Bueno, no sé si él estaba desnudo también, pero él pintó desnuda a la tía Pita Amor.

    A Rivera lo veía altísimo, gordísimo, enorme, vestido de tweed. Le pregunté si sus dientes eran de leche, porque se los veía muy chiquititos para semejante estatura. Él me dijo: “Sí. Con ellos me como a las polaquitas preguntonas”. Siempre había un interés de los lectores por saber qué imbecilidad iba a preguntar, o qué cosa fuera de contexto, porque el periodismo era muy tieso.

    ¿Cuánto tiempo transcurrió para que usted “agarrara tablas” en el periodismo?

    –No, uno nunca “agarra tablas”. Eso depende mucho del carácter. Voy a cumplir 84 años y no siento que tenga nada de “tablas”. Todo me cuesta trabajo. Me chiveo ante cualquier cosa, por ejemplo, al final de una conferencia, cuando toca responder preguntas. Yo siempre llevo todo lo que voy a decir por escrito. Necesito tener el papel ahí.

    En una entrevista, Fernando Canales recordaba la primera vez que la vio en la redacción del periódico Novedades. La definía como “frágil”. Que usted fuese identificada como la chica inocente, frágil, que iba a preguntar barbaridades, ¿le molestaba?

    – ¡Ná! A mí nada me causa molestia. Bueno, un poco la vejez. Tengo que fijarme dónde pongo las patas para no caerme, porque si me caigo, voy a dar al hospital con algo roto. Y la gripa, que antes duraba cinco días ahora dura un mes.

    Yo siempre fui una “niña bien”. Muy obediente, muy de rendir pleitesía a los mayores. Era más bien tímida y esa timidez creo que se la heredé a mi mamá. En el periodismo no tengo herramientas. Nunca las he tenido. Simplemente hago mi trabajo. Pero no siento que tenga ninguna herramienta. Al contrario. Lo que sí es que ahora, cuando hago una entrevista, voy más preparada. Pero ya no hago casi entrevistas. Hago crónicas.

    ¿Qué le ofrece el género de la crónica para ejercer su trabajo?

    –Me gusta porque tú eres la que ves, la que observas, la que oyes; y puedes poner lo que a ti te interesa. Claro, tiene que ser lo que dicen ellos, los entrevistados. Pero el solo hecho de estar ahí, significa que tú vas a escoger lo que vas a escribir.

    ¿Cómo define su mirada de cronista?, ¿cómo ve usted al mundo?

    – ¡Al mundo! Lo veo desde el asombro, desde la sorpresa y, en general, desde la admiración. Yo he entrevistado y aplaudido a mucha gente. Muchos escritores. Desde Octavio Paz, Carlos Fuentes, Elena Garro, hasta escritores actuales: Juan Villoro, Fabrizio Mejía Madrid, Jenaro Villamil. Tengo mucha admiración por los creadores.

    Hay gente que, conforme crece y vive experiencias, va perdiendo inocencia y asombro.

    –De ser así, no estaría trabajando ahorita. Yo le puedo decir que conservo el asombro por el solo hecho de continuar siendo periodista y continuar escribiendo. Es algo que ya no puedo cambiar, porque estoy demasiado grande.

    Usted, cuando hace entrevistas, ¿busca respuestas a inquietudes personales?

    –Yo estoy llena de preguntas todo el tiempo. Toda la vida. Por eso he hecho tantas entrevistas. Quizá porque nunca he encontrado ninguna respuesta.

    ¿Recuerda la respuesta de algún entrevistado que fuera lo más parecido a una verdad que usted estuviera buscando?

    –Desde luego: Luis Buñuel. Tenía muchas respuestas, muchas coincidencias. Además era un hombre del que aprendía uno muchísimo. Encuentro verdades en mucha gente. Por ejemplo, hace unas semanas entrevisté a Alejandro Solalinde y vino aquí a mi casa comer. Él está lleno de respuestas y de críticas. A mí me interesa la gente que critica, que sabe decir lo que piensa.

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    La raíz mexicana de una princesa europea

    Yo siento que pertenezco a México, que México es mi país, que aquí voy a morir. Aquí están mis tres hijos y mis diez nietos. Siento que voy a estar aquí siempre.

    Usted aprendió español hasta que llegó a México. ¿Fue en la calle, o también en casa?

    –A los 10 años. En la calle y sí, también oyendo a las muchachas en la azotea y ese tipo de cosas. Debió ser más en la casa, porque no se la vive uno en la calle. Aprendí rápido porque cuando se es chavita se aprende todo.

    ¿En qué momento México dejó de ser territorio desconocido para usted?

    –A partir del periodismo. Las entrevistas fueron mi escuela. Hablé con gente muy generosa como Alfonso Reyes, Octavio Paz, David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, María Félix, Dolores del Río. Todos eran muy cariñosos conmigo y quizá por ser joven me invitaban mucho. Luis Buñuel me decía: “Bueno, ya me hiciste la entrevista, pero quédate a comer”. Y entonces seguía una amistad y una posibilidad de conocer mejor a México.

    Usted nació en Francia, su abuelo materno es de origen polaco y su familia pertenece a una clase privilegiada, pero por su oficio, sus intereses y su personalidad, usted se identifica con las clases populares y sobre eso es de lo que escribe. ¿En qué patria y en qué clase social tiene usted sus raíces?

    –Yo siento que pertenezco a México, que México es mi país, que aquí voy a morir. Aquí están mis tres hijos y mis diez nietos. Siento que voy a estar aquí siempre. El hecho de haber nacido en Francia me permitió ver a México con ojos críticos y saber, desde que era muy joven, que hay otras maneras de ser. En Japón estuve un mes y fui muy feliz allá. Fui a dar conferencias en español a gente que sabía mucho más de México que lo que nosotros sabemos de Japón.

    En Francia me siento muy bien, porque recupero todo lo que se me quedó. La esencia de uno mismo que está en el país donde naciste. Pero no lo cambiaría, porque aquí es donde trabajo. México y el periodismo me han dado todo lo que soy. Lo poco que sé es gracias al periodismo y a que, en la época en que me inicié, hubo gente de un valor incalculable, que ahora forma parte de los héroes de México y que conmigo se portó con mucha generosidad, que fue cariñosa y me permitió que les preguntara hasta de lo que se iban a morir. Era muy lindo.

    Existen los padres y las madres literarias,  ¿cuáles son los suyos?,  ¿usted se considera una madre literaria?

    –De mí misma es muy difícil que hable, porque eso lo podrán hacer más tarde los críticos o los que quieran hablar. Las madres literarias en México han sido, desde luego, Sor Juana Inés de la Cruz, que es una maravilla de figura. También Rosario Castellanos y Elena Garro. En general he leído con mucho interés a las mujeres. Ahorita hay un rescate de Amparo Dávila y sus cuentos de terror. Tons no sé. Uno no sabe si hace escuela o no. Eso ya se ve a la larga.

    Conforme pasan los años uno cambia, y lo mismo ocurre con la escritura. ¿Qué cambios ha notado en su prosa?

    –La esencia es la misma. Pero yo he escrito muchísimo. Tengo más… ¿cómo le dicen? esa palabra que no es bonita… ¡Oficio! Yo te puedo decir muy bien cuándo un artículo o un libro mío es malo. La que mejor sabe es mi hija Paula. Le dediqué uno de mis libros cuando ella era pequeña y al preguntarle “¿Cómo te pareció, Paula?”, ella me dijo: “chafa”. Así que tengo un crítico en casa; aunque ahora vive en Mérida, Yucatán. Siempre encuentras críticos, gente exigente que te dice por dónde.

    ¿Usted cómo maneja la crítica?

    –Pues muy bien porque soy súper masoquista. Si a mí me dicen que lo que hice fue una porquería, estoy muy feliz. Si me dicen que está muy bien, no me lo creo. Son rasgos de carácter.

    ¿Qué le falta por hacer?

    –Tengo tres novelas que quiero hacer. Una se llama Las Adelitas, que ya estoy por terminar y trata sobre las mujeres que siempre están olvidadas. Además, ahora sí quiero hablar de mis antepasados polaco-franceses, pero me cuesta mucho trabajo porque no sé ni una palabra de polaco. Dependo de que me lean y me expliquen.

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    La fortaleza de lo femenino

    México es un país que no lee, un país muy duro, muy difícil para cualquier persona que quiere emprender algo. Hay muy poca respuesta. Hay que tener esa palabra que no me gusta, pero es “tesón”.

    Háblenos de Josefina Bórquez, en quien se inspiró para escribir Hasta no verte, Jesús mío. Usted afirma que a ella le aprendió tanto como a su madre….

    –Sí, era un ser excepcional e inteligente, sin ninguna oportunidad. Tuvo una vida durísima. Pero tenía carácter y agallas. Le debo muchísimo… yo le puse en la novela Jesusa, pero se llamaba Josefina Borquez. La amé mucho. Verla cada semana era un gran regalo.

    ¿Qué tienen en común todas las mujeres de las que decidió hacer una novela: Josefina Borquez, Tina Modotti, Leonora Carrington, Lupe Marín?

    –Son mujeres que salen de lo común, que tienen carácter y decisión propia. Logran lo que se proponen. Destacan por su coraje, por su valentía. Eso es lo que me interesa… pero también a ratos son cobardes y chillonas y padecen todo lo que le pasa a una. 

    ¿Es por admiración que se retrata a una mujer en una novela?

    –Bueno, sobretodo porque sentí muy pronto que a las mujeres siempre las barrían afuera de todo, las hacían a un lado. Recuerdo que una vez pregunté por qué no ingresaba Rosario Castellanos en el Colegio Nacional. Me dijeron: “porque es mujer”. En esa época era muy difícil que una mujer tuviera acceso a algo. Las mujeres eran o madres o monjas.

    ¿Y las mujeres de su casa?, ¿cómo era su madre, Paulette?

    –Era bellísima. Una mujer muy feliz, yo creo. Su marido, es decir, mi papá, estaba en la guerra y a ella la invitaban muchos, salía muchísimo, iba al Jockey Club, a los toros (yo ahorita estoy totalmente en contra de los toros). La invitaban mucho porque era muy guapa. Muy simpática.

    ¿Qué le heredó?

    –Nos hizo fuertes, a mi hermana y a mí. Siento que somos mujeres fuertes. Salimos adelante a pesar de todo. Mi hermana, Kizza, tuvo un hijo que estuvo paralítico en una cama 37 años.  Ella sabía, cada día que amanecía, que su hijo Alejandro, quien estaba en una recámara al lado de la suya, nunca iba a levantarse. Lo cuidó maravillosamente. Para hacer algo así, hay que ser muy fuerte.

    ¿Qué se requiere para que una mujer alcance lo que quiere?, ¿sólo carácter?

    –Buenas circunstancias y espíritu de continuidad. No desmayar a medio camino y no cambiar de oficio. Es muy difícil saber exactamente, pero yo creo que hay que estar duro y duro, incluso en circunstancias muy adversas por la ignorancia, el desconocimiento o la total indiferencia. México es un país que no lee, donde hay muchísimos analfabetas. Un país muy duro, muy difícil para cualquier persona que quiere emprender algo. Hay muy poca respuesta. Hay que tener esa palabra que no me gusta, pero es “tesón”.

    ¿Por qué no le gusta?

    –No me gusta. Tampoco me gusta “sin embargo”… me parece horrible; o “no obstante”. Son palabras que me chocan, porque no entiendo qué quieren decir. Nunca las escribo. Otra palabra que me parece espeluznante es “entrepierna”. Si algún escritor tiene eso en su texto yo dejo el libro ahí. Son palabras inútiles. No hacen falta.

    Cuando publicó de La noche de Tlatelolco, ¿hubo intentos de censura?

    – ¡Ah! Hubo mucho cuando salió la novela. No es novela, ¡perdón! Es un libro de testimonios. Cuando salió llegaban mensajes de que le iban a poner una bomba a la editorial. Entonces don Tomás Espresate, que era entonces el editor de ERA, dijo que él había estado en la Guerra Civil en España, que sabía lo que eran las bombas y que el libro se publicaba. A mí se me estacionó un coche frente a mi casa por varios días, con unos señores vestidos de caqui. En fin, sí hubo represalias, pero el hecho de que dijeran que iban a confiscar el libro sirvió para que hubiera muchísimos más lectores que acudían a las escasas librerías de México a comprarlo.

    ¿Nunca se sintió atemorizada?

    –Supongo que tengo una capacidad de inconsciencia de veras muy grande. No sé. El temor lo siento ahora, de caerme o de enfermarme del estómago. Cuando uno es joven, es muy inconsciente. Bueno, tampoco era tan joven, pero no, es ahora que siento temor de no poder hacer todo lo que tengo ahí en el tintero.

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    La rebeldía de la obediencia

    Una se rebela en su escritura. Desde luego, contra el gobierno de México me rebelo desde Luis Echeverría y Gustavo Díaz Ordaz. Mi postura política está muy bien definida.

    Conforme la vida avanza, uno sufre pérdidas, pero también acumula ganancias. ¿Cuál es el balance de su vida hasta ahora?

     –Las pérdidas han sido enormes. Mi hermano más pequeño, Jan, murió a los 21 años en un accidente. Eso ha sido de los golpes más terribles, sobre todo para mis padres. No se puede pensar en nada peor. También recuerdo la vez que me llamaron por teléfono y me preguntaron qué pensaba de la muerte de Rosario Castellanos en Tel Aviv. De veras me quedé paralizada con la bocina, porque yo quería muchísimo a Rosario y estaba esperando que regresara. Fue un trancazo. Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco eran más jóvenes que yo. Que ellos murieran antes que yo resultaba incomprensible. Son muertes inesperadas. Luego digo: “Le voy a hablar a José Emilio para que me diga dónde pasó esto o en qué libro busco lo otro” y ya no está. ¿Ya a quién le hablo?

    ¿Y cuando la razón de la ausencia es la enemistad, como en el caso de su relación con Octavio Paz?

    – ¡Ah! Octavio se enojó porque no quería que escribiera sobre Tina Modotti. Me dijo: “tú no sabes lo suficiente ni de política ni de historia para escribir eso”. Además, él no quería a Tina porque decía que era estalinista. También mi mamá era súper anticomunista y se enojó un chorro. Una vez hicieron una exposición de todas las fotos de Tina Modotti y me pidieron que hiciera el texto de la exposición. Llegó mi mamá y me dijo: “¿Qué estás haciendo?”. Le digo: “Ay, estoy escribiendo este texto sobre una exposición de Tina Modotti”. Y me dijo en francés:  “Tu vas encore ecrire de cette communiste”, así, enojadísima, de veras desconsolada de que yo dedicara tiempo y trabajo a una comunista. Ella odiaba a los rusos,  era anticomunista a morir.

    Pero luego Paz se contentó. La última vez que cené con él ocurrió en su casa. Ya estaba en silla de ruedas. Me invitó a cenar y preguntó “¿con quién quieres venir?”. Le dije, “¿Te parece con Carlos Monsiváis?” y me dijo que sí.  Monsiváis y yo pasamos la última noche, del último año nuevo de Octavio, en su casa. 

    Usted no ha dejado de “hacer”, aun en los periodos en que ha estado enferma…

    –Pues sí, pero prefiero la salud. Si yo, ahorita, frotara una lámpara y se me apareciera el genio de Aladino, le pediría que me dejara conservar todo lo que sé ahora y que me quitara unos cuarenta años. Sería feliz.

    ¿Y usted reza?

    –Pues admiro muchísimo a la gente que tiene fe. La amo mucho. La veo con muchísima curiosidad y mucho cariño. Me conmueve. Pero yo no puedo decir… yo me casé con un científico, Guillermo Haro. Era astrofísico. Una vez me llevó al observatorio de Tonantzintla y abrió la cúpula, lo cual es muy bello, porque entran todas las estrellas. Él estaba en la plataforma, manejando la consola. Yo me quedé abajo. Él me llamaba “Elena-no”, por chaparra. Esa vez me dijo: “A ver, ¿qué estás haciendo, Elena-no?”. “Rezo”, respondí y él se molestó: “Nunca te vuelvo a traer, ¡tonta!”.

    Es decir, usted sí reza.

    –En esa época, ahora ya no. Pero estoy segura que a la hora de la muerte, algo haré que tenga que ver con la religión, porque es algo que he tenido durante toda la vida. Hasta los 22 años, yo comulgaba diario y estudié en un convento de monjas en Filadelfia.

    ¿Y no dudó entonces de la existencia de Dios?

    –Pues después pensé: ¿dónde está Dios que permite tantos asesinatos, muerte, injusticias sociales y tantos imbéciles que andan por el mundo?

    ¿Usted tiene fe?

    –Espero. No voy a misa. Pero no es un problema… yo creo que mi educación fue tan religiosa que fue muy difícil irme separando.

    Usted se define como una persona muy obediente.

    – ¡Ah! Sí. Muy obediente. Sí, claro. Yo estoy llena de sís. A todo el mundo le digo: sí, sí, sí. Lo que digan. Sí. Para mí, decir no es súper difícil.

    ¿Nunca se ha rebelado contra alguien?

    –Supongo que una se rebela en su escritura. Desde luego, contra el gobierno de México me rebelo desde Luis Echeverría y Gustavo Díaz Ordaz. También contra Vicente Fox y Felipe Calderón. Mi postura política está muy bien definida.

    ¿Alguna rebelión más cercana? Los padres, el esposo…

    –No. No creo. Quién sabe, ¿no?

    ¿Y los premios Elena, para qué sirven?

    –Hay gente que dice que son una condescendencia. Para mí son un estímulo enorme. Y una alegría muy grande. Además, casi siempre han sido una sorpresa.

    Tatiana Maillard