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Enrique Florescano: una Biblioteca Mexicana infinita

Enrique Florescano, quien acaba de cumplir 80 años este 10 de julio, ha construido una obra tan variada como su país,  libros sobre la iconografía prehispánica, el mito de Quetzalcóatl,  las escuelas de la historiografía o la función de esta disciplina en la sociedad. También es uno de nuestros editores más prestigiados, fundador de revistas y de colecciones que buscan cartografiar el mapa cambiante que es México. Una de esas colecciones, la Biblioteca Mexicana, acaba de llegar a  la media centena de volúmenes. En esta conversación, Florescano nos habla sobre la importancia de esta Biblioteca y sobre su vida como lector e historiador.

 

La edición número cincuenta de la colección Biblioteca Mexicana que dirige Enrique Florescano (San Juan de Coscomatepec, Veracruz, 1937) es el volumen celebratorio de un mapa y espejo de México que ofrece la visión de conjunto más diversa y plural que se haya hecho sobre nuestro país. El número cincuenta corresponde a la edición de Redes sociodigitales en México bajo la coordinación de Rosalía Winocur Iparraguirre y José Alberto Sánchez Martínez.

En este momento, sin embargo, ya hay más de una docena de títulos por entrar o salir de imprenta. Es una Biblioteca inagotable porque así son los problemas de México y sus abordajes, los miradores múltiples que se presentan para entender y proponer, para fincar un diálogo con todos los poderes y actores que conforman la nación y son capaces de contribuir a la transformación del país. Un acto de confianza en el libro como un agente de cambio y comprensión.

Colección bisagra entre dos siglos, el XX que se niega a despedirse y que extiende sus temas y problemáticas al XXI, la Biblioteca Mexicana también representa la posibilidad de pensar el país como un continuum que se modifica a medida que se hacen más complejas las relaciones de los aspectos –como las redes sociales, la poesía, el arte, la política electoral- de que trata cada uno de sus volúmenes.

El sello de Enrique Florescano consiste en reunir a expertos de los signos más diversos para constituir esta gran colección sobre México, un conjunto de fuentes que por su naturaleza plural, credibilidad y rigor son un recurso indispensable de consulta a la hora de indagar lo que se llama en el medio académico “el estado de la cuestión”.

La tarea del Dr. Florescano es una realización ambiciosa en términos de poner su comprensión al alcance de un público que, aun con estudios equivalentes a la educación básica de la secundaria, pueda entender los planteamientos sustanciales de cada tomo, sin que el nivel de especialización sea una causa excluyente. Con todo y que la temática de la Biblioteca Mexicana es actual, la indagación en muchos momentos cruza el umbral del siglo XIX para rastrear indagaciones que no serían accesibles sin una radiografía de sus orígenes.

Enrique Florescano cree y promueve el trabajo en equipo, pero su alcance intelectual y su conocimiento de México lo sitúan como uno de los más grandes conocedores de las problemáticas actuales del país por sus abordajes académicos, políticos, culturales; y por el conocimiento y trato con quienes hacen posible esa comprensión del país. Esta Biblioteca se conforma por poco más de 600 expertos, académicos y partícipes del más alto nivel de conocimiento sobre los temas, todos ellos mexicanos o tan arraigados entre nosotros que el conocimiento que expresan siempre es de primera mano.

Comparto este diálogo, tal como ocurrió en la oficina del Dr. Enrique Florescano, titular de Proyectos Históricos en la Secretaría de Cultura, desde donde ejerce su oficio, concentrado en entender que su trabajo no sólo es resultado del conocimiento sobre México si no también de su capacidad para imaginarlo e imaginar el futuro.

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    Mirador de la transformación mexicana

    Nuestros libros dan un panorama general de un campo de la realidad mexicana. Nos preocupamos porque estén escrito en un español legible, que lleguen a un público muy amplio, a ese sector que tiene interés en conocer la diversidad y la actualidad mexicana.

    El próximo año se cumplen dos décadas de la Biblioteca Mexicana, ¿ya había usted imaginado esa biblioteca ideal desde que inició este recorrido?

    –El asunto real es que México cambia todos los días. En Biblioteca Mexicana invitamos a los autores para que nos expliquen esa transformación o den cuenta de ella, la sigan o manifiesten sus puntos de vista en favor o en contra de lo que sucede. Tratamos de actualizar el pensamiento analítico que hay sobre el país en sus distintos campos. Es una tarea inmensa, dificilísima, que nos corresponde a muchos autores, editores, expertos en la comunicación. Realmente no hay un término.

    – ¿La configuración actual de esa colección fue pensada así desde su inicio, puso en papel todos los libros que quería leer sobre México?

    –Hay una concepción general. La idea original era ofrecer al público una imagen de lo que estaba ocurriendo en el país. Una imagen, por lo tanto, diversa, porque es un país complejo. Desde sus inicios se concibió como una biblioteca plural que abarcaría distintos campos y que tendría diversos autores, una variedad que hoy suma más de seiscientos escritores que han colaborado en estos primeros cincuenta libros.

    Usted, tal vez como nadie en México, ha logrado que converja la academia con el pensamiento cultural. En sus publicaciones se integran académicos de alto nivel y especialistas que a lo largo de su trayectoria han logrado, sin méritos académicos, alguna credibilidad o liderazgo. ¿Cómo hacer posible esa convergencia? Por ejemplo, en el terreno de las bibliografías, ¿cómo combinar una bibliografía clásica obligada con una bibliografía actual?

    –La línea central que dirige a la colección Biblioteca Mexicana es ofrecer lo mejor que tenemos en el país con el mejor lenguaje posible y dirigido al público más amplio. Para eso tenemos que buscar a los mejores autores y ahí tenemos una doble política, que se refleja en la colección: buscar a autores reconocidos de una calidad alta, con méritos ya establecidos; al mismo tiempo, convocamos a la nueva generación, a quienes están pensando en temas nuevos, desarrollando investigaciones sobre campos que no se habían analizado, a esos jóvenes que tienen un nuevo punto de vista y nuevos planteamientos. Con ese equilibrio entre generaciones maduras, escritores consagrados y nuevas generaciones que empiezan a hacer investigación calificada, logramos la combinación que nos ha servido para ofrecer al público un abanico tan grande y bien escrito de obras que tienen un interés inmediato para la población.

    La fórmula es esa: tener a los mejores autores; buscar que los libros estén escritos en un español legible, convincente, seductor, atractivo; y tercero, que los libros tengan un precio accesible al público. Con esos tres elementos sí podemos acercar el libro a un lector aquí en la capital, en las distintas regiones del país, en las ciudades más alejadas.

     ¿Cómo se elige a los autores para cada título de Biblioteca Mexicana?

    –Ahí es donde está una de las partes explicativas de la colección. Hay que buscar autores que conozcan muy bien su tema, acreditados, profesionales, rigurosos. Buscamos además que tengan la capacidad de invitar a otro grupo de colaboradores, es decir, que tengan capacidad de convocatoria, liderazgo. Con esas condiciones le encargamos a alguien que haga un libro.

    Nuestros libros se caracterizan por dar un panorama general de un campo de la realidad mexicana. Como están hechos por autores reconocidos en alguna especialidad, eso les asegura una buena recepción. Nos preocupamos porque el libro no esté escrito en un lenguaje especializado para llegue a un público muy amplio, sobre todo para los jóvenes que se están formando. Apuntamos a ese sector que se prepara, que tiene interés en conocer la diversidad y la actualidad mexicana. Esas son nuestras miras, nuestros objetivos y estamos contentos con lo realizado. Todo ha sido posible gracias al apoyo que hemos tenido, en primer lugar, del antes Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), hoy Secretaría de la Cultura, que desde el principio absorbió como una responsabilidad el apoyo para el pago a los autores.

    Aunado a eso, hicimos un acuerdo con otra institución muy importante, el Fondo de Cultura Económica (FCE), que aceptó la propuesta de ser el distribuidor y coeditor de nuestros libros, de modo que la Biblioteca Mexicana circula por toda Hispanoamérica y en las principales librerías de México. Eso nos hace cumplir con nuestra tarea, que es llegar a ese público extenso que queremos, que es lo que yo más ambicionaba. En México las editoriales universitarias publican muchos libros, pero la mayoría se quedan en bodega o no se distribuyen bien. No tiene caso hacer libros si no llegan al lector, para eso fue el acuerdo con el FCE.

    Una característica de Biblioteca Mexicana es que está hecha por autores mexicanos en su mayoría.

    –Si es una biblioteca mexicana la mayoría de sus autores tendrían que ser mexicanos. Pero también incluimos a los expertos extranjeros cuando así lo requiere el tema. Estamos muy orgullosos de eso. En otras ocasiones, cuando trabajé en otras editoriales, a lo que me dediqué fue a traducir las grandes obras que se estaban haciendo sobre México. Y todavía desempeño esa labor en el FCE, porque soy asesor del comité de libros de historia. Yo y mis otros compañeros proponemos los libros que están renovando la interpretación del pasado mexicano. A veces esos son libros hechos por extranjeros y ya no solamente norteamericanos, también hay franceses, italianos, ingleses, holandeses, australianos.

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    La vuelta al mundo en un historiador

    Un historiador, antes y ahora, está obligado a ver lo que ocurre fuera de las fronteras de nuestro país. Si no se volvería un mal historiador, uno que no tiene la sensibilidad en la piel, ni en la nariz, ni en los ojos, para ver el gran cambio que está ocurriendo.

    Hay un tipo de historiadores que son los historiadores migrantes, que son extranjeros pero ya son mexicanos. Está el caso de la vida breve de Ralph Roeder o Friedrich Katz, por ejemplo. Hay otros que pican en México y se van. Esa mirada de los historiadores extranjeros sobre México. ¿Qué la hace posible? En ese gran panorama que usted tiene de muchos años de conocer, ¿qué clase de historiadores ve usted en el panorama sobre México?

    –México es un país extraordinariamente rico en todo, en su geografía, en su naturaleza, en su diversidad social, su pluralidad, su inmensa riqueza humana. Pero además es un país que atraviesa por distintos estadios históricos apasionantes. Esa riqueza hace que los extranjeros pongan un pie se enamoren perdidamente del país desde el punto de vista del conocimiento. Y ya no cejan. Es lo que le ocurrió a autores como David Brading, Marcel Łoziński, Friedrich Katz y otros que han trabajado el mundo prehispánico o el colonial, temas a los que han consagrado prácticamente su vida.

    Muchos de ellos tienen el apoyo y el sustento de sus universidades. Y cuando llegan a publicar dos libros sobre México los apoya muchísimo su propia universidad y fundación. Prácticamente vienen a México cada año, en estadías durante los veranos. Pero ahora, las universidades mexicanas los invitan periódicamente y dan la vuelta al país, porque los invitan en Veracruz, Monterrey, Guadalajara. Entonces pueden proseguir sus estudios con más apoyo, con más tiempo.

    Le voy a hacer una pregunta rara: Pienso en historiadores como Jaques Le Goff cuando hace una gran obra como San Luis. Uno se ve obligado a revisar la obra hacia atrás. Ha pasado lo mismo con usted: ahora que establece esas tres líneas, la de la imagen, la oral, la de los mitos, ¿usted es un historiador mexicano?, ¿es usted un historiador también inglés o también francés?

    –Soy un historiador. Y un historiador antes y ahora, quizás más ahora, está obligado a ver lo que ocurre fuera de las fronteras de nuestro país. Si no se volvería un mal historiador, uno que no tiene la sensibilidad en la piel, ni en la nariz, ni en los ojos, para ver el gran cambio que está ocurriendo. Ese cambio ocurre en todo el mundo y ahora también en los países que antes se decía que eran del Tercer Mundo, o sea, en la India, en África, Asia… ahí se está produciendo una historiografía nueva, que ya no es dependiente de las escuelas europea o norteamericana, y que además es muy contradictoria, muy opuesta en metodología a las interpretaciones eurocentristas o puramente anglosajonas.

    Hay una reacción muy fuerte en todo el mundo, de modo que un historiador de México, Perú, Brasil o Argentina tiene que estar abierto a lo que pasa en el mundo. Ahí es en donde lamentamos nuestros problemas del no apoyo al sistema bibliotecario mexicano. La mayoría de los libros sobre México están en inglés, francés u holandés, pero es muy difícil encontrar esos libros en las bibliotecas mexicanas, porque son libros muy caros. Afortunadamente, con las nuevas tecnologías, los podemos leer en línea. Pero si vamos a la biblioteca equis no encontramos las grandes obras que están renovando la historiografía mundial. Hay ese problema y hay el problema más interno de que el mexicano se encasille, se encierre en las fronteras de su país o en el conocimiento que está trabajando.

    Usted ha sido muy crítico con la visión que se tiene sobre el pasado mexicano, del México antiguo o prehispánico, por su ensalzamiento… ¿Toda esta nueva visión pone en su lugar esos estudios?

    –En realidad, en estos nuevos estudios hay una revaloración. Cada generación escribe una nueva historia. Eso ocurre ahora con más fuerza quizá. Cada uno de estos nuevos autores ofrece otra interpretación del pasado mexicano. A veces una muy crítica, cada vez más crítica, de modo que los antiguos mitos que teníamos sobre el nacionalismo mexicano se han derrumbado completamente. Hay una apreciación diferente de la formación histórica de México y de la participación de los grandes hombres, de los héroes, de los mitos.

    Estamos haciendo una historia más diversa, más plural, más democrática en el sentido de que ya no son los grandes hombres ni los grandes hechos el objeto principal del estudio de la historia, sino que es el conjunto, la gran riqueza de la sociedad la que es objeto de los nuevos análisis.

    –Doctor: se hizo una ley de archivos pero falta un reglamento. Los archivos son un desastre en México. Hay más de dos mil archivos municipales, estatales, pero pocos son los que admiten un trabajo historiográfico que fluya. A lo largo de su vida, de su obra, los archivos han sido una cuestión fundamental, pues usted es un historiador de archivos.

    Nuestros políticos, funcionarios y gobernantes se ocupan por el producto, pero casi no le dan importancia a cómo se hace ese producto, a los apoyos que necesita el libro, a los apoyos que necesita la enseñanza, la educación. Toda esa parte que es la produce el conocimiento –en el caso de la historia, el archivo-, está descuidada. El mayor problema de los archivos es el mantenimiento de las bibliotecas, porque hay que equipar un enorme edificio que requiere cada año impermeabilización, condiciones eléctricas al día para que esté en perfecto funcionamiento, limpieza, innovación de los inmuebles, etc. Eso es un dinero inmenso. Y luego la compra y la conservación de los documentos o de los libros. Todo eso implica una inversión muy alta y a esa se le hace poco caso.

    El Archivo General de la Nación, que es el archivo más importante de América Latina, pasa por una situación muy crítica, porque se ha pensado en su renovación, se aprobaron proyectos para mejorar sus condiciones de recibir documentación impresa y conservarla. Se necesitaba ampliar los laboratorios, las tecnologías y no tenemos el recurso. Están en una situación difícil los archivos. Luego tenemos que hacer una ley nacional de protección de los archivos porque si el Archivo Nacional pasa por esas circunstancias difíciles los archivos de los estados, los archivos municipales y los archivos de los pueblos todavía están en peores condiciones.

    Ahí se necesitaría una campaña de concientización de nuestros gobernantes, diputados y senadores, que no dan la atención debida a estos problemas pero sin embargo están muy atentos a los aniversarios que celebran. Ahora con la constitución que vamos a celebrar, antes con la Revolución o la Independencia, hacemos edificaciones y gastos suntuosos extraordinarios que no nos dejan ningún provecho, que no dejan nada y que al contrario, causan un intenso sentido de malestar y de preocupación, porque vemos que nuestros gobernantes, que deberían ser el apoyo principal del patrimonio histórico y cultural del país, no hacen lo que deben de hacer.

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    El espejo de la obra personal

    Mi problema es cómo seguir la línea continua de crecimiento, cambio y transformación del estudio del pasado mexicano. Yo estoy feliz, entusiasmado, a veces abrumado, porque no me da tiempo de continuar la línea de todas las nuevas investigaciones.

    En su labor como editor tenemos el espejo de su propia obra. ¿Cuándo decide hacer ensayo y cuándo trabajo más académico?, ¿cómo pensar su trabajo como investigador?, ¿tiene también el alcance de una planeación a futuro?, ¿percibe los libros de ensayo que están por venir?

    –Ahí es una situación distinta, porque Biblioteca Mexicana y otras colecciones que dirijo apuntan a llegar al gran público lector, así que utilizo los instrumentos, métodos y facilidades que le he mencionado. Pero para producir mis propios libros es diferente, porque no me he despegado de la línea de la Historia. Soy primordialmente un historiador, entonces mis temas siguen mi propio orden, siguen el desarrollo especial que tengo en la historia. Me inicié como historiador de la economía y luego me interesaron los temas sociales, de identidad; ahora trabajo mucho sobre los lenguajes en que se expresa la sociedad, o sea los lenguajes oral, visual escrito y sobre todo de la imagen; esos tipos de lenguaje que son al fin y al cabo la manera de transmitir la memoria al futuro. Ahí están los temas que me han perseguido en los últimos años.

    Acabo de terminar un libro basado fundamentalmente en el análisis iconográfico sobre cómo se hacen los dioses en Mesoamérica y en el México antiguo. Se publicará en un par de meses en Penguin Random House. Al mismo tiempo me están reeditando un libro que hice hace poco, Quetzalcóatl y los mitos fundadores de Mesoamérica… en fin, la elaboración de mis propios libros sigue otra ruta, que es la de los problemas que me va planteando la propia investigación. En eso sí, afortunadamente, en cuanto te metes a un tema, ahí mismo encuentras el desafío, la pregunta para resolver otras interrogantes.

    Afortunadamente ahora en la historiografía mexicana vemos un crecimiento extraordinario de los nuevos métodos de análisis. Hay una nueva generación de jóvenes y una multiplicidad de enfoques que se debe a que están concurriendo historiadores de todas partes del mundo, sobre todo para la parte prehispánica. Hay toda una revolución en los temas y métodos, un crecimiento extraordinario de los libros, pero sobre todo, de las nuevas explicaciones, teorías, respuestas para explicar este México tan complejo y tan rico.

    Tenemos una renovación, una revolución yo diría, de los estudios sobre la época prehispánica. Yo estoy muy asombrado y perturbado porque no me da tiempo para seguir todas estas nuevas interpretaciones, algunas de ellas fascinantes. Mi problema es cómo ponerme al día, cómo seguir la línea continua de crecimiento, cambio y transformación del estudio del pasado mexicano. Es asombroso y yo estoy feliz, entusiasmado, a veces abrumado, porque no me da tiempo de continuar la línea de todas estas nuevas investigaciones, y porque la bibliografía es inmensa. Siendo cauto, más realista, me limito a unos cuantos temas que son los que sigo trabajando.

    En 1953 Roland Barthes ve una foto de André Gide y escribe en sus Mitologías: “El escritor en vacaciones”. Dice Barthes que el escritor no vacaciona, solo cambia de actividad. El próximo año usted va a cumplir 80 años y nunca lo hemos visto de vacaciones; sólo cambiando de actividad, no lo vemos pensando en jubilarse ni nada por el estilo. ¿Cómo ve su obra a esa distancia?, ¿qué hacer?, ¿le ha dedicado el suficiente tiempo a su propia obra?

    –Me tocó una circunstancia particular, que fue que en la época en que me tocaba el año sabático he cambiado de institución. Del Colegio de México me fui al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y de ahí, donde estaba haciendo investigación, pasé a ser director de un área y luego director del Instituto. No tuve tiempo sabático porque asumí tareas de administración. Después vine a la hoy Secretaría de Cultura, desde que se fundó como Conaculta, para tratar de hacer que estos libros llegaran al público. Usted sabe que en las universidades uno de los problemas mayores es que sus libros no se distribuyen. Desde mi primer libro, que hice como tesis en el Colegio de México, no he vuelto a publicar en una editorial académica. Eso ha hecho que no tenga los años sabáticos que le dan a quien normalmente es un profesor o investigador.

    No me arrepiento porque afortunadamente tengo muchas invitaciones en el interior del país y en el extranjero para presentar mis libros u ofrecer ponencias. Ahí aprovecho siempre para conocer algún lugar que no conozco, disfrutar de la riqueza tanto cultural como gastronómica, o el paisaje de otro lugar. A veces me ha dado la idea de tener más tiempo, pero no me da. Me he metido tanto en este trabajo, que lo que he hecho bien es dividirlo. En la mañana trabajo de tiempo completo en la preparación de los libros y ya en la tarde trabajo en mis lecturas y escrituras.

    Cuando puedo me tomo algunas vacaciones pero no, nunca he tenido un año sabático. Es una de las cosas a las que he aspirado siempre remotamente y a veces me da envidia. Ayer hablaba con una compañera historiadora y me decía que estaba por irse a Río de Janeiro a estudiar y luego de vacaciones a Bahía. Yo le dije “¡Dios mío! Qué afortunada”.

    Pues sí, son 59 años de trabajo y vienen muchos más, doctor. Que así sea.

    Miguel  Ángel Quemain