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Etgar Keret: El incendio del inconsciente

Etgar Keret visitó recientemente la Ciudad de México para presentar Tuberías (Sexto Piso, 2017), el primer libro que el autor publicó en su natal Israel a principios de los 90, pero que hasta ahora no había sido traducido al español. Aprovechamos su paso por nuestro país para que Diego Rabasa, su editor en México, conversara con él para el Correo del Libro. 

 

Dice el editor Roberto Calasso que los libros importantes son aquellos que no podían no haber sido escritos. “Libros únicos”, los llama el italiano. Etgar Keret (Ramat Gan, Israel, 1967) pertenece a esta estirpe de escritores para los que la creación no es un acto de voluntad sino de salvación. Un ejercicio existencial sin el cual la mente no podría pactar con las exigencias de la realidad.

Dueño de un universo único e inconfundible, Keret se ha hecho de una legión de lectores en todo el mundo a partir de la honestidad delirante de su imaginación. En esta charla, nos muestra algunas de las claves de su proceso creativo mientras revela los acontecimientos y el contexto que le permitieron descubrir su vocación.

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    Acerca del valor nutricional de los sueños

    Cuando escribo un cuento es como si estuviera soñando. A veces me doy cuenta que los cuentos tratan de decirme algo; que mi inconsciente, a través de la ficción, trata de comunicarme alguna idea.

    —Sobre algo que has dicho en muchas de tus entrevistas y presentaciones públicas, respecto a cómo la experiencia del servicio militar influenció tu vocación de escritor, quisiera que nos hablaras de ese contexto: cómo entraste en conflicto con tus superiores, qué cosas específicas te condujeron a la escritura, cómo fue esa experiencia contigo mismo cuando comenzaste a escribir…

    Unirme al Ejército fue un acontecimiento traumático, porque vengo de una familia que aboga por la individualidad, la libertad y la creatividad como los valores más elevados. Mis padres siempre quisieron que confrontáramos, que tuviéramos una identidad propia para dar nuestros puntos de vista; en el Ejército había que hacer exactamente lo contrario. El trauma del primer día de reclutamiento fue que el comandante nos ordenó correr a un lugar, tocar un muro y regresar. Luego que lo hicimos dijo: “uno de ustedes se movió en la formación, así que van a correr de nuevo”. Lo hicimos cinco veces más, pero en la última le dije al comandante: “mire, cuando usted dice que alguien se movió está mirando hacia un lugar donde no hay nadie, así que si nos quiere hacer correr, ordene que corramos, pero no haga esa mierda de decir que alguien se movió”. Ese es un diálogo que no debes tener con un comandante, por lo que muy pronto me encontré en arresto, castigado, haciendo horas de guardia. No tengo el carácter de un luchador o un rebelde, estar en esa posición, en ese momento de represión, no era un lugar natural para mí.

    En el Ejército estuve en tres unidades diferentes de las que me expulsaron, hasta que conmutaron mi entrenamiento con trabajo en la Unidad de Informática. Lo bueno fue que ya no tuve que interactuar con los oficiales, aunque lo malo es que pasé mucho tiempo totalmente solo. Tener que estar en el Ejército durante meses antes de poder ser libre, y luego pasar 24 o 48 horas moviéndome en un cuarto pequeño, hizo que esas emociones hirvieran. Necesitaba una manera de dejarlas salir y el único lugar seguro era escribir mis sentimientos e ideas. Cuando escribí mi primer relato, “Tuberías”, ni siquiera sabía que era un cuento. Sólo escribía cosas que quería sacar de mi sistema. Escribí muchos relatos durante el servicio militar sin siquiera pensar en algún día publicarlos. Nunca intenté enviar lo que escribía a un periódico o un editor. Simplemente escribía porque quería tener la habilidad de mostrar a mi gente cercana (amigos y familia) lo que me molestaba y sentía en ese momento específico.

    —Has dicho que muchas de tus historias provienen o bien de una imagen o de algo que escuchas. ¿Es ese el caso de Tuberías”, tu primer relato, o crees que ese cuento en particular tiene una especie de efecto acumulativo?

    Creo que en casi todo lo que he escrito, aunque hay alguna cosa que lo detona, siempre existe ese efecto acumulativo. Mi primer relato, “Tuberías”, trata sobre alguien que no encaja en su mundo, que es como me sentía mientras estaba en el Ejército. El personaje del cuento trabaja en una fábrica de tuberías y yo estaba en un campo militar, pero en principio escribí algo acerca de mi situación.

    Pero la cosa específica que resuena en esa historia es que en Israel, cuando terminas la escuela secundaria, te aplican un examen donde se supone que checan tu tipo de inteligencia; de acuerdo con eso, te recomiendan a qué escuela asistir. Si tienes buenas calificaciones vas a una escuela de prestigio, pero si tus notas son malas normalmente te envían a una escuela de oficios, para ser carpintero o algo así. El examen consiste en que te enseñan unas imágenes y te preguntan qué es lo que está fuera de lugar en cada una. Por ejemplo, te muestran un automóvil que en vez de tener ruedas circulares, las tiene cuadradas, o un gato con cinco patas. Cuando me enseñaron esos dibujos, todos me parecieron correctos, porque veía un gato con cinco patas y era un muy bonito gato de cinco patas, no había nada malo. Mi definición del término “incorrecto” era que es algo que no está bien, pero ahí esas figuras extrañas de hecho me hacían sentir alegría. No parecían errores sino un ejercicio de imaginación. Tuve unas notas muy bajas en ese examen y hubo una junta donde invitaron a mi madre y le dijeron: “hemos revisado las opciones para que Etgar vaya a la preparatoria, pero él deberá ser carpintero u obrero. No creemos que pueda estudiar alguna licenciatura”. Mi madre estaba reacia y el orientador vocacional le dijo: “mire, hemos hecho esta prueba durante muchos años y sabemos que podemos confiar en ella”; a lo que mi mamá le respondió: “si esta prueba para estudiantes es la misma que se usa para elegir consejeros vocacionales, entonces probaré mi suerte”. Así fue que me mandaron a estudiar matemáticas y física, que era lo que quería y me convertí en un alumno destacado.

    Mientras estuve en el Ejército algo quedó claro: la idea de que el sistema no te comprende. Hay un sistema que no acepta la idea de un gato con cinco patas. Me fue sencillo volver e imaginar, tomar eso como una metáfora para implementarla en el presente. De esa manera sucede en mis relatos: hay una cosa ambigua de sentimientos oscuros, pero cuando ves algo a tu paso o te fijas en lo que te rodea, puedes decir: “muy bien, esto puede servir como una buena metáfora de lo que siento. Quizá pueda comenzar un pequeño cuento a partir de esta metáfora”.

    —Es curioso, mientras decías esto recordé un cuento que publicaste no hace mucho, que es la imagen de un niño a quien le enseñan unos dibujos y tiene que decir qué está mal en cada imagen. Creo que es un relato que escribiste hace poco…

    De hecho, esa es una historia antigua también pero que acaba de ser publicada. Tengo la idea de que cuando alguien te dice que eres un genio o un retrasado te deja una marca. Soy exactamente ese tipo de persona que algunos creen que es estúpida y otros que es inteligente, pero la mayoría del tiempo siento que la gente no me comprende. En la universidad estuve en un programa diseñado para fomentar la excelencia, lo que significaba tomar al mejor estudiante de cada campo y ponerlo en el programa, para tener así a los mejores investigadores y profesores. Mientras estuve allí me di cuenta de que la idea de tener que ser el mejor, alcanzar la excelencia en lo que querías hacer, se convertía en un asunto tan importante que todo lo que hacías parecía irrelevante. La gente podía investigar distintas cosas, pero lo que en verdad les importaba era ser el mejor. Había veces que mientras estaba en el programa o iba a la escuela sentía cierto malestar que me impedía articular una sola palabra.

    Luego, muchos años después, cuando me senté a escribir una historia, fue cuando pude descifrar ciertas cosas. De pronto sé dónde estoy parado y cuáles son mis sentimientos hacia esas experiencias. Es un proceso que se parece mucho al intento de interpretar un sueño, porque cuando escribo un cuento es como si estuviera soñando. Si me preguntas por qué el personaje murió o qué hace un gato hablando, no lo sé, de la misma manera que no sé cómo funciona eso en mis sueños. A veces puedo mirarlo y entonces me doy cuenta de que los cuentos tratan de decirme algo; que mi inconsciente, a través de la ficción, trata de comunicarme alguna idea.

    —Me pregunto cómo funciona ese mecanismo en ti, porque dices que escribir te permite de alguna manera entender mejor tus sentimientos, ¿pero es hasta que lees los cuentos cuando se concreta un pensamiento, como algo que ya eres capaz de racionalizar? Percibo que por un lado hay algo que te permite conocerte a ti mismo a través de la ficción, pero también veo otro ángulo donde esa ficción es casi un sistema filosófico. Tratas asuntos que afectan a otras personas también: la libertad, la empatía, la soledad… Tus cuentos son muy políticos; aun cuando no aborden asuntos políticos específicos, tratan de cómo la sociedad interfiere en la vida cotidiana del ciudadano común…

    Mis cuentos pueden abordar ideas abstractas, pero normalmente mi punto de entrada a cada relato es muy específico. Puedo escribir una historia acerca de la libertad, pero la escribo luego de que me detienen en un punto fronterizo porque mi pasaporte tiene algún error. Siempre hay algo muy concreto; de hecho, esa experiencia concreta, una vez que la escribes, como es tan específica acerca de tu punto de vista o tu ansiedad, permite que se convierta en algo más grande.

    Respecto a interpretar sueños, casi todas las historias que he escrito -aun cuando no las comprendo del todo- siento que me dan un consejo concreto, como ”Tuberías”; luego de escribir ese cuento me pregunté qué trataba de decirme. Creo que intentaba decirme que estar en el Ejército era un mundo donde no era feliz. Descubrí que necesitaba buscar otro mundo si quería alcanzar un lugar donde mis emociones tuvieran sentido. Estaba en mí y tenía que encontrar alguna manera para llegar ahí. Probablemente la manera era escribir cuentos. Así que básicamente escribí mi primer relato y ese relato me dijo: “tienes que escribir más cuentos”. Pero no siempre es así. Algunas historias, cuando las atrapas, tienen toda clase de sentimientos, a veces contradictorios, y uno no puede obtener de ellas ninguna conclusión o advertencia pragmática; aún así, me ayudan a capturar una emoción, no importa si no la entiendo del todo. Al atraparla, la tengo en una página donde puedo regresar a ella y revisar los ángulos que trataba de comunicar vinculados con mis sentimientos.

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    Canción de cuna para el tiempo

    Ser como soy provoca mucha fricción en los sistemas tradicionales. Durante toda mi vida ha habido lugares donde el modo en que percibo la vida crea conflicto.

    —Percibo de manera particular en “Tuberías”, pero también en muchos de tus cuentos, que la soledad es un tema recurrente, ¿por qué?

    Cuando era niño padecía asma, así que a veces no iba a la escuela y me quedaba en casa solo. Eso podía durar semanas o meses. Mis padres trabajaban duro, día y noche, así que no veía a nadie hasta la tarde. Luego quizá me visitaban los amigos de la escuela o regresaban mis hermanos. El estar conmigo mismo durante la infancia fue una experiencia muy fuerte. No creo haberlo vivido como una experiencia mala en su momento. Ahora, mirando atrás, creo que fue difícil estar tanto tiempo solo, y eso hizo que desarrollara un mundo muy privado. Inventaba palabras para mí. Podía sentarme y divagar con el pensamiento por horas, aunque una parte de mí deseaba conseguir algún tipo de interacción; estar con la gente, jugar con otros niños. Esas fueran cosas que por muchos años no tuve la oportunidad de hacer.

    — ¿Qué piensan tus padres de tus cuentos?

    Ellos siempre apoyaron mi escritura. También creían que no había ninguna posibilidad de que me ganara la vida con eso; tenían mucho temor de que eligiera la escritura como carrera. Querían que la tomara como un pasatiempo. Supongo que algo en esa reacción de mis padres hizo que no tomara la actitud de “ir por todas las canicas” con mis cuentos. Nunca fui a una editorial porque en el fondo, aunque estaba seguro de que escribía cosas lindas, el mundo de la edición de libros, de escritores hablando en público, no era mi mundo. Yo vengo de un pequeño pueblo frente a Tel Aviv, y hasta que tuve 22 o 23 años, nunca conocí a un artista, pintor, actor o cantante que viviera en el pueblo. Casi todos eran profesionistas de carreras tecnológicas. Con seguridad pude quedarme ahí y comenzar a trabajar en una tienda. La idea de que escribir podía ser mi identidad, y no sólo algo que podía hacer, fue algo de lo que me di cuenta en retrospectiva.

    —Para tener un ejemplo de la forma en que estructuras un relato, quizá puedas decirnos cómo funciona ese mecanismo del que hablas en una historia específica de Tuberías: “Pegamento loco”…

    —Esa historia surge del comercial de Krazy Kola Loka (Crazy Glue) de los años 80, cuando casi todos los comerciales eran impresos. No había movimiento y sólo teníamos una imagen. El comercial del pegamento era de un hombre pegado al techo de las suelas de sus zapatos. Recuerdo que lo veía y me asombraba. Me parecía tan surrealista y sicodélico… al mismo tiempo me decía: “¡oh!, podemos de veras hacer eso. Puedo comprar ese pegamento y pegarme al techo”. Pero mis amigos no creían que fuera posible; decían que había algún truco de cámara o de edición en la fotografía. Tuve una discusión con ellos y me harté. En algún punto, la discusión ya no era acerca del Krazy Kola Loka, sino que era algo casi existencial, porque su actitud era muy escéptica respecto a la idea de que una persona puede pararse en el techo. Si alguien viene y me dice que podemos caminar en el techo, yo le doy una oportunidad. Quiero ir y pararme en el techo también. Quiero ver cómo se ven las cosas de cabeza.

    Luego tuve la certeza de que tenía una historia cuando el término “Pegamento loco” se volvió dominante. Si lo piensas, esas dos palabras, “pegamento” y “loco”, son la mejor manera de definir una relación de amor entre un hombre y una mujer. Muchas veces las personas que están juntas sufren por estarlo y les es muy difícil separarse. Están atrapadas, pero no siempre pueden justificar el motivo. Así que pensé que tomar esa imagen del hombre en el techo y juntarla con el término “pegamento loco” podía ayudarme a hablar de una historia de amor, donde el amor que somos o construimos puede llevarnos de alguna manera a combatir el concepto de realidad.

    —¿Crees que el rechazo a aceptar una narrativa impuesta de lo que es o debería ser la realidad está de alguna manera vinculado con el pasado de tus padres?

    —Mis padres crecieron durante la Segunda Guerra Mundial y en realidad nunca tuvieron una autoridad social a la cual respetar, porque mi madre quedó huérfana y los adultos que estaban alrededor suyo, así como los huérfanos de otros lugares, no pensaban en ella ni en lo que más le convenía a sus intereses. Toda su ideología y concepto de realidad fue algo que ella hizo en su cerebro y nunca fue confrontado, porque la gente con la que tendría que haberlo confrontado cambiaba con mucha frecuencia. Hubo algo en la manera en que ella me crió que me condujo a hacer lo mismo. Mi mamá no quería que yo escuchara a las personas para aprender cómo era la realidad, sino que quería que tomara todo tipo de cosas y construyera esa realidad en mi mente, para mí mismo. Eso aún hoy es algo fundamental, no sólo para mi escritura, sino para la manera en que percibo el mundo a mi alrededor.

    —Esa marca particular de tu personalidad, ¿cómo te ha metido en problemas?, ¿cuáles son las dificultades que has tenido que enfrentar por ese rasgo de tu carácter?

    Creo que confrontar las cosas y verlas desde tu propia perspectiva es el tipo de cosas que crea conflictos, porque piensas de un modo distinto y los profesores en la escuela lo desaprueban. Sucedía lo mismo en el Ejército por mostrar una identidad propia, cuando es más cómodo que la gente actúe para seguir instrucciones en ese mundo tan rígido. Ser como soy hace mucha fricción en los sistemas tradicionales, y cuando tienes que llevarlo a la práctica es cuando se vuelve complicado. Siempre ha habido lugares donde el modo en que percibo la vida crea conflicto.…  Cuando era más chico, me enojaba, no me rendía, era muy necio. Si la maestra en la escuela me hacía una pregunta, yo le decía: “esa pregunta no está bien formulada”, y le explicaba por qué era importante detenerse en ello. Luego pensaba que quizá no debía decirle eso, que tal vez era mejor dar una mala respuesta a una mala pregunta, pero había algo en mí que creía que las cosas podían ser mejores a través del diálogo. La gente quiere escuchar, quiere saber más. Eso es algo ingenuo que aprendí de mis padres, pero cuando trato de implementarlo en la vida real a veces simplemente no funciona.

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    Quedémonos al nivel de la metáfora

    Quiero mirar bajo una resolución diferente, para descubrir ahí cosas que son mucho más auténticas y poderosas que la manera en que las usamos o nos referimos a ellas.

    —Quisiera hablar un poco de la dimensión política de tus relatos de ficción. No sólo confrontas ciertos símbolos, como el Ejército, sino algo más poderoso, que es ir en contra de esos símbolos a través del uso del lenguaje. El otro día me hablabas de las calcomanías que algunas personas en Israel pegan en sus automóviles… La idea de “nosotros” y cómo la extrema derecha usa el lenguaje para imponer cierta manera de ver la realidad, que te deja sin ninguna posibilidad de que las cosas sean distintas a como son ahora mismo. Pero la manera en que te acercas a esos símbolos nacionales es muy poderosa, en el sentido de que te revelas contra una narrativa convencional, la que usa el gobierno para intentar construir la identidad nacional, por ejemplo…

    Creo que usamos el lenguaje para crear el mundo. Si vas a un lugar donde un grupo de personas se refiere a alguien como un terrorista, y otros se refieren a él como un guerrero de la libertad, y hay un tercer grupo que dice de él que es un shahid (mártir que muere por la causa de Dios), lo que están haciendo es darte su punto de vista acerca de la realidad, pero siendo honestos, lo que hacen es expresar su ideología de la vida.

    Para alguien que escribe y es muy sensible a las palabras, muchas veces le surge la necesidad de hablar con las personas, explicarles: “si tú dices ‘paz’ y luego dices ‘compromiso’, no expresas la misma cosa. Porque ‘paz’ es algo que todos queremos, significa que todo llega a algún tipo de término; ‘compromiso’ en cambio es algo que no todos quieren, porque significa que das alguna cosa para conseguir otra a cambio, pero no sabes exactamente qué será lo que recibas. Así que piensa: ¿lo que quieres es paz, o quieres comprometerte?”

    Es muy extraño: cómo, sin querer, puedes fácilmente usar un conjunto de palabras que afectan la manera en que percibes la realidad y, al mismo tiempo, nunca llegas al punto en que puedes admitir el hecho de que hay un tipo de ideología que te fue inducida. Es algo muy complicado. Cuando escribo, muchas ocasiones me digo que debo intentar deconstruir el lenguaje de ciertas personas. Que piensen lo que quieran, pero que sepan que cuando dicen ciertas cosas de cierta manera, significa algo que no es lo mismo que ellos creían. Como escritor, muchas veces siento que me encuentro interactuando con personas que usan el lenguaje de un modo que no es preciso, y por el hecho de usarlo tan a la ligera, no pueden hacerse las preguntas cruciales acerca de las cosas que les interesan, porque su realidad del lenguaje está construida en una especie de fundamento distorsionado.

    —¿Escuchas esa deconstrucción del lenguaje en tu obra de ficción?

    En mi literatura, muchas veces tengo que lidiar con expresiones hechas metáfora. Algo que me gusta hacer es tomar una metáfora que se ha vuelto cliché para convertirla en una acción. El cuento “Extrañando a Kissinger”, por ejemplo, es de un hombre que le da a su novia el corazón de su madre. La historia se vincula con esa expresión, “dame tu corazón”. Cuando le dices a alguien “dame tu corazón” o “quiero que tu corazón sea mío”, no te imaginas nada del tipo Indiana Jones y el templo de la perdición, a alguien sacando un corazón del pecho de otra persona… Lo dices como una metáfora que funciona pero que se ha convertido en cliché; sabes lo que representa pero ya no lo piensas demasiado. Creo que cuando haces que en la historia alguien en serio extraiga un corazón del pecho de un ser humano, entiendes con qué ligereza usamos algunas expresiones que son en realidad muy extremas, muy agresivas.

    —¿Crees que liberas al lenguaje del peso de las convenciones?

    Lo que creo es que me muevo en dos direcciones: una es liberar al lenguaje de esa carga de la convención, pero la otra es que puedo poner algo en el foco de atención o bajo un microscopio para mirarlo en una resolución diferente, para descubrir ahí cosas que son mucho más auténticas y poderosas que la manera en que las usamos o nos referimos a ellas.

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    Nada de política

    Si hay algo que arruina tu argumento de qué es la realidad, ignóralo, porque lo importante es mantener tu punto de vista rígido sobre la vida, que permanezca intacto y nadie lo toque.

    —Nos contaste antes cómo fue que comenzaste a escribir y también has dicho cómo al principio escribías para tu círculo más cercano, que eran tus amigos y hermanos. Pero dinos, ¿cómo es que evolucionaste hasta convertirte en un escritor que publica?, ¿cómo comenzaste a publicar libros?

    —Cuando comencé la universidad, recibía una beca para mis estudios. Como escribía de noche, me levantaba tarde y siempre perdía las primeras clases de la mañana. En algún punto la gente que otorgaba la beca consideró que no era correcto darle dinero a alguien que le faltaba al respeto al sistema y no iba a clases. En ese programa cada estudiante tenía un consejero, y el mío era un filósofo muy sabio que me dijo: “mira, no quiero que te corten del programa, así que voy a reunirme con el consejo y vamos a tener una discusión acerca de ti. El programa fomenta que los alumnos se involucren en actividades intelectuales, ¿tú haces algo que califique como actividad intelectual?” A lo que le respondí: “escribo cuentos, pero casi a nadie le gustan”. Y me contestó: “bueno, voy a llevarme algunos y se los voy a dar al profesor a cargo”. Ese maestro al que le llevaron mis cuentos, juzgó que en la universidad todos escribíamos “basura o cosas aburridas”, aunque lo que yo hacía le pareció “posmoderno y subversivo”, por lo que decidió defenderme para continuar en el programa. Lo hizo y me ayudó mucho. Conservé mi beca y pude seguir escribiendo de noche. Lo que sucedió al final es que al cabo de unos meses, ese profesor que pensó que mi trabajo era posmoderno y subversivo se convirtió en editor de un lugar donde se hicieron The View Books, una serie de primeras publicaciones de escritores jóvenes. Me contactó y me dijo: “de esos cuentos que me mandaste, ¿tienes algunos otros?, ¿puedo leerlos?” Yo se los di y así fue que él publicó mi primer libro.

    Sé que tu escritura te ha metido en algunos problemas con el gobierno israelí, ¿qué sucedió cuando esas historias aparecieron por primera vez? Entonces había un contexto radicalmente distinto. La atmósfera política no era la misma que la de ahora, pero en casi todos los cuentos de Tuberías haces un retrato de un ambiente infernal vinculado con los grados del Ejército. ¿Cómo fue recibido ese libro?, ¿fuiste duramente criticado entonces?

    —Puede ser que casi todos los cuentos de Tuberías sean acerca del Ejército, de la preparatoria o de la escuela primaria. Todos son muy críticos y muestran una realidad que era muy agresiva. Uno de los asuntos de la vida humana es que cuando vives en cierto tipo de sociedad tiendes a sujetarte de tu propia experiencia, para de algún modo empujar hacia un lado todo lo que no te gusta de esa sociedad. Quizá la mayor crítica que recibí de ese primer volumen de cuentos fue que exhibí una especie de falta de violencia, parecía que Israel no era un lugar tan violento. Claro que Israel es un país violento. Es un lugar donde cualquier chico de 18 años sabe usar una metralleta o lanzar una granada de mano. La ansiedad y la agresión están siempre ahí, pero creo que para una generación más vieja, para los padres de los personajes de mis cuentos, les fue muy difícil aceptar un punto de vista o una descripción de la realidad que yo trataba de poner entre nosotros.

    —Uno de los cuentos que me impresionó mucho es ese donde una anciana le pide a un hombre que les ordene a unos niños que se bajen del árbol donde están jugando, y todos terminan peleando. Es una imagen muy poderosa: un hombre a quien su abuela obliga a vestirse de uniforme para regañar a unos niños con quienes termina dándose de puñetazos…

    —Esa historia es en realidad graciosa, porque se basa en algo que de veras presencié. En mi vecindario, cuando había peleas, si alguien tenía un hermano mayor que era soldado, venía con su uniforme, a veces incluso con su arma, no para usarla, pero sí para mostrar una especie de posición elevada sobre el grupo. Te decían: “este es mi hermano, es soldado y quiere saber por qué robaste esa tabla o hiciste tal cosa”. Yo no podía evitar pensar que la presencia de un soldado en el ambiente civil era potencialmente agresiva, porque una pelea de vecinos se podía convertir en una especie de intifada dentro de Israel. Así como los civiles palestinos combaten a los soldados en sus ciudades, de pronto un militar israelí que llega con su uniforme para proyectar autoridad, podía desatar una pelea con niños, del mismo modo que lo haría en un enfrentamiento con los palestinos durante su guardia. En ciertos cuentos quisiera mostrar que no se puede equilibrar la agresión en una parte de tu vida sin llevarla también al otro lado. No puedes arrestar gente, gritarle y luego volver a tu casa y ser amable. Puedes ser amable, pero ese tipo de agresividad, ese lugar donde ya cruzaste la línea, permanece contigo.

    En Israel han habido algunos ejemplos aislados de gente que en la calle, desde su automóvil, ha insultado a algún oficial del Ejército. Cuando se estacionan, hay alguien que saca un arma y le dispara a las llantas de su coche. Existe esa idea de que el momento en que vivimos es de conflicto, de agresión, en un territorio donde la gente posee armas. Es muy difícil para alguien decir: “bueno, ahora me doy vuelta y voy a ser moral, relajado, pretenderé que vivo en Suiza y voy a ir a la ópera”. Incluso cuando vas a la ópera, vas con el concepto de quién eres y cómo te ves involucrado en algunas circunstancias extremas.

    No creo que de manera explícita denuncies en tu libro una cosa así, pero no existe la posibilidad de estar en desacuerdo con la sociedad israelí…

    —El diálogo en Israel, en particular el diálogo político, es muy complicado. Por cierto, ahora que observo el modo de hacer política durante las campañas de Donald Trump y Hillary Clinton, el diálogo en contra del Brexit o más recientemente la candidatura de Le Pen en Francia, siento que eso es algo que siempre ha sucedido en Israel, pero ahora lo veo en el resto del mundo. Muchas veces un desacuerdo, uno verdadero, no es una discusión; no son dos bandos tratando de escucharse o que piensen: “quizá tenemos raíces políticas distintas, pero vivimos de la misma manera y tenemos algunas metas en común que podemos compartir”.

    En vez de eso, lo que sucede es que se convierte en algo muy trivial: la idea de que eres mi enemigo porque yo no pienso como tú y no quiero escuchar nada de lo que tengas por decir, y cuando digo algo no es para convencerte, sino para intimidarte. Te grito. Lo digo más con furia que como un acto de persuasión. La curiosidad no existe en este punto del diálogo. La curiosidad es debilidad pura. Si hay algo que arruina tu argumento de qué es la realidad, ignóralo, porque lo fundamental es no preguntarte nada, ni aprender cosas nuevas acerca de la realidad. Lo que importa es mantener tu punto de vista rígido sobre la vida, que permanezca intacto y nadie lo toque. Eso para mí es el gran tema de la humanidad, nuestra capacidad de reflexionar, aprender, examinar las cosas. Si elegimos guiarnos por el miedo o la inseguridad, nos convertimos en algo mucho menor de lo que deberíamos ser. Por eso es que intento entender esa especie de rechazo a escuchar. Creo que eso es algo que toco en mis relatos.

    Diego Rabasa -  Fundador y editor de la Editorial Sexto Piso. (Traducción de Carlos Rojas Urrutia)