Home»Eusebio Ruvalcaba: El placer y las pasiones

Eusebio Ruvalcaba: El placer y las pasiones

Eusebio Ruvalcaba concedió una entrevista al Correo del Libro en diciembre pasado. Fue la última vez que el autor se prestó a una conversación de este tipo antes de su muerte, acaecida el 7 de febrero del 2017. Recordamos con este trabajo a un escritor que retrató los placeres y la sordidez de la vida; un melómano que nos llevó a los picos más elevados de ese arte; un lector que amó a los escritores devastadores e implacables; un camarada que invitó a quien pudo un par de tragos. A nosotros, nos dejó entrar a su pequeño estudio para contarnos, de manera amistosa y llena de modestia, quién era y qué hacía Eusebio Ruvalcaba.

 

En el estudio de Eusebio Ruvalcaba (Guadalajara, 4 de septiembre de 1951) destacan muchos retratos de músicos y escritores. Pero tres sobresalen del resto: los de Beethoven, Bach y Mozart. Este último está ubicado al centro y en una reproducción de mayor tamaño que la de sus contrapartes. La posición resulta curiosa pues, a diferencia de la impetuosidad de Beethoven o el misticismo de Bach, el compsitor de Salzburgo representa la elegancia del clasicismo. ¿Por qué lo habrá elegido Ruvalcaba para presidir esa tríada y a los otros rostros que lo orbitan?

La duda surge pues los libros de Ruvalcaba suelen involucrarse con la parte más sórdida de las pasiones, al menos, la más intensa, esa que recuerda más a Beethoven o, para entrar ya en términos literarios, a Dostoievski. Desde Atmósfera de fieras (1977), un poemario, hasta los cuentos de 96 grados y el variopinto Pensemos en Beethoven (ambos de 2015), sus páginas desarrollan un hedonismo que desemboca en otra estrella de tres puntas: la pasión por las mujeres, el alcohol y la música.

Los tres forman parte tanto de la vida de Ruvalcaba como de sus escritos, en los que las tres iluminan y cohesionan poemas, aforismos, escenarios para sus personajes, leitmotivs o referencias musicales. Bajo esa égida ha creado libros, dirigido revistas y participado en suplementos culturales. Su obra abarca desde los cuentos, quizá su género preferido, como los de Jueves santo (1992), El despojo soy yo (Premio Nacional de cuento San Luis Potosí 1992) y Por el puro morbo (2004); novelas como la famosa Un hilito de sangre (Premio Nacional Agustín Yáñez 1991 para primera novela), Música de cortesanas (1993), Desde la tersa noche (1994), En defensa propia (1997), Banquete de gusanos (2003), Los ojos de los hombres (2008) y Todos tenemos pensamientos asesinos (2013). Entre sus libros de poesía se cuentan Homenaje a la mentira (1982), Poemas de un oficinista (2001), El frágil latido del corazón de un hombre (2006). Y también libros en los que se encuentran los aforismos, las minificciones y los ensayos como Primero la A (1997), Diccionario inofensivo (2001) o Una cerveza de nombre derrota (2005).

Hijo de músicos, las corcheas y las notas se han transmutado en palabras para mujeres, consejos para gente derrotada frente a una cerveza, novelas de iniciación adolescente y muchos cuentos. En esta entrevista, Ruvalcaba responde a varias preguntas sobre la lectura, el conflicto en la música y en la narrativa, su relación con las mujeres y las razones por las que su ímpetu se ha ido atemperando hasta parecerse al de un Mozart.

  • +

    La guía de la música

    Necesito escuchar música, necesito compenetrarme de las obras de los grandes maestros. A estas alturas, puedo decir que puedo dejar de comer, pero no dejar de oír música.

    Tus libros se enmarcan dentro de eso que tu llamas una triada indivisible: la literatura, la música y el vino ¿Cómo confluyen esos tres elementos  en tu vida y en tu literatura?

    –Ha sido una obsesión que me marcó desde antes de llegar al mundo; sobre todo la música, que es la que va por delante y jala a todas las demás. Mis padres ya hacían música mientras yo estaba en el vientre de mi madre, así que me desarrollé escuchando las obras de los grandes maestros. Fue un modo de crecer que facilita el acceso a la belleza. Más tarde, en lo de la literatura, tuvo mucho que ver el tipo de educación que me dio mi mi madre, quien era una lectora voraz, me enseñó a amar los libros y el mundo de la ficción literaria. Fue como a los 20 años cuando entré de lleno a la lectura, cuando tuve en mis manos las obras que después iría descubriendo.

    – ¿Utilizas la música como inspiración para escribir?

    –No puedo prescindir de la música a estas alturas de mi vida. Necesito el torrente sonoro, lo mismo para leer que para pasar muchas horas de mi existencia escuchando música, al punto de que me duermo con la música en los oídos y cuando despierto está ahí siempre. Para mis actividades de todos los días, necesito escuchar música, necesito compenetrarme de las obras de los grandes maestros. No es por otra cosa más que por habilitar mi corazón y tenerlo así todo el tiempo, al punto del momento. A estas alturas, puedo decir que puedo dejar de comer, pero no dejar de oír música.

    En el poemario ‘Mariana con m de música’ dices que desconfías de la palabra escrita, “de todo lo que pueda apestar a comunicación”. ¿Cómo poder escribir cuando se tiene un vínculo tan fuerte con lo no verbal como es la música?

    –Eso se explica porque la música no apela a tu inteligencia ni a tu comprensión del mundo, sino a la forma como te vinculas con los estímulos que te rodean, que son mucho más inmediatos y verdaderos, porque no te exigen nada a cambio. Por otro lado, la literatura sí exige una disposición, un conocimiento. La música es inmediata y te va llevando de la mano por donde quiere llevarte, la sientes en carne propia. Puedes no estar consciente de que estas oyendo a algún autor grande, pero no es tan necesario saberlo. Eso me llena de prodigio y maravilla, definitivamente.

    En uno de tus libros dices que la música y la literatura se alimentan del conflicto. ¿Es posible una obra de arte sin conflicto?

    –Lo que quise decir es que en la medida del conflicto, la música te ayuda a resolver lo que escuchas y tan tranquilamente empiezas a navegar en aguas que son placenteras, donde no necesitas imbuirte de cierta problemática para llegar a una conclusión. Como yo lo veo, significa: el conflicto de la música en sí mismo lleva su propia solución. Pasas de un conflicto a otro sin que haya ninguna problemática.

  • +

    La expiación en las palabras

    He hecho cosas oprobiosas, he cometido equivocaciones atroces, siempre me dejo llevar por la pasión. He intentado no cometer errores siniestros, pero nadie se salva de eso. Yo lo que pido es un poco de clemencia al tiempo.

    Para ti la música no fue vocación, pero sí lo fue la literatura…

    –En el campo de la música yo tenía lo que se requiere para sobrellevar una existencia a partir de la música: tenía buen oído, habilidad motriz, memoria, pero carecía de lo fundamental, que es la pasión, la vocación verdadera por la música. Para mí la música era para disfrutarla, no estudiarla. Con la literatura fue muy distinto. Cuando comencé a escribir, descubrí otro mundo, genial y enriquecedor, que me llevaba de un extremo a otro. Eran mundos diferentes. En la música encontraba el placer que nunca he sentido en la literatura. Para mí son cosas casi opuestas.

    En tus narraciones, eres capaz de llevarnos de un extremo a otro: de los lugares más sórdidos de nuestro Centro Histórico, a los picos más elevados del arte, como tu acercamiento a Beethoven, por ejemplo… ¿llevas al papel las sensaciones que te produce la música?

    –Hago eso porque me urge comunicar, transmitir a las personas con quienes tengo contacto eso que para mí significa la música, genera en el fondo de ti mismo una sensación placentera, que te da la mano. Esa sensación es maravillosa cuando la empiezas a sentir en carne propia. Es lo que quisiera hacer con mi escritura, pero no sé si lo logro. Creo que aspiro a demasiado, ¿verdad?

    Puede ser que en este mundo tan complicado, sea mucho más sencillo quedarte con lo más simple. Esta sencillez te acompaña todo el tiempo. No tienes más que intentar reproducir en tus oídos algunas melodías que has escuchado y con eso se facilita el transcurso de la vida cotidiana, a veces tan complicada y extraña.

    ¿El Eusebio que se refleja en tus narraciones es el mismo Eusebio que ha ido creciendo en la experiencia vital?

    –Es el mismo de principio a fin. No puedo desprenderme del que yo era desde lo más pequeño, porque todo está en la cabeza, en el interior de tu imaginación donde se generan ideas, sueños ilusiones. No hago más que estirar la mano y ahí tengo ya el eterno Eusebio, que es el mismo que sufría cuando había vicisitudes familiares. Hay ahí unos soldaditos verdes que son de cuando yo era chavito, imagínate. No puedo dejar esas cosas del lado. Incrementan mi imaginación constantemente.

    En tus libros más recientes se nota un autor más mesurado, con recuerdos más sutiles, pero que todavía hace guiños al primer impulso casi de adolescente precoz, que había en tu escritura.

    –Tienes razón. Uno va creciendo y espera que el mundo también lo congratule, que te dé otras cosas. Entre menos pides más te dan en el mundo que te rodea, y eso para mí es muy importante porque va configurando un Eusebio dentro de mí, más arduo. He hecho algunas cosas que son oprobiosas, he cometido equivocaciones atroces, siempre me dejo llevar por la pasión y cuando me doy cuentan ya estoy en el corazón mismo del conflicto de la pasión. He intentado no cometer errores siniestros, pero nadie se salva de eso. Yo lo que pido es un poco de clemencia al tiempo. Eso es para mí muy importante.

  • +

    El pulso de la mujer y la capital

    Salgo a la calle y me enlodo de esta ciudad; eso lo traigo a mi estudio e intento vaciar en el papel en blanco toda esa comunión de sensaciones, porque soy de los que siguen escribiendo a mano.

    ¿El tema de las mujeres cómo funciona para ti?

    –La mujer es un motor de combustión interna. A los varones nos da el empuje sin el cual no es posible avanzar, son quienes nos incitan a descubrir la belleza, la valentía, la pasión, el honor, el pundonor. La mujer está detrás de todas estas emociones tan poderosas; lo obliga a uno como hombre a puntualizar constantemente. La mujer no ha sido a lo largo de la historia literaria o musical un elemento tan vigoroso porque la naturaleza misma de la mujer la obliga a permanecer tantas veces oculta; sin embargo cuando se da ese vigor, es aplastante. Uno como varón está consciente de esa fuerza tan grande, porque además de la pasión y la belleza imbuye en el ánimo personal una fuerza descomunal.

    ¿Cómo se integran los paisajes que va perdiendo la Ciudad de México a tu escritura?

    –Para mí escribir sobre esos lugares significa afianzarme de una obsesión de la cual no quiero desprenderme; si hay en el camino un lector o dos, deseo trasmitirles lo que yo he sentido para que ellos también lo sientan en carne propia. No quiero morir sin haber plasmado algunas de mis impresiones y haber transmitido a los jóvenes lectores algo de lo que siento tan profundamente.

    “No soy cronista, intento ser escritor o narrador para llevar al lector por los avatares de la oscuridad en la Ciudad de México. Me motiva tomarlo de la mano para que conozca mi ciudad, porque se habla tanto de la violencia en la Ciudad de México, pero también hay tantos rincones tan hermosos… a veces en el peligro está precisamente la belleza. Todavía tengo cierto aplomo para caminar por la noche y comunicarle con la palabra escrita una comunicación con la persona que lee de lo que significa mirar la ciudad de noche, que es inmensamente bella.

    ¿Es en esos rincones de la ciudad donde practicas la lectura y la escritura?

    –Bueno, vamos a pensar que salgo a la calle y que me enlodo de esta ciudad; eso lo traigo a mi estudio e intento vaciar en el papel en blanco toda esa comunión de sensaciones, porque soy de los que siguen escribiendo a mano. De golpe me interesa mucho usar el papel en blanco. Eso me atrae, es como una maldición, es algo bien particular: Si no tengo mis plumas, que pueden ser buenas, regulares o chafas, y no tengo mis cuadernos en blanco, siento que estoy desperdiciando el tiempo.

  • +

    La herencia de un aprendiz

    ¿Cómo podríamos acercar a los jóvenes a la lectura? En primer lugar, tendríamos que prohibirles leer. Creo que lo más atractivo es lo prohibido.

     

    El cuento, la poesía, el ensayo, ¿alguno de estos géneros te describe mejor?

    –No creo mucho en los géneros literarios porque tengo la sensación de que todos están íntimamente imbricados; me basta con pensar en la palabra escrita como tal para que mi viaje por el interior de la palabra acontezca. Si me dieras a escoger, me quedaría con el género del cuento porque me toma del hombro y me enseña a tenerme confianza en mí mismo, a tener confianza pese a mis limitaciones. En ese sentido es muy lindo.

      ¿Cuáles son los autores a los que te sientes cercano?

    –Sobre todo, los rusos del siglo XIX y los norteamericanos del siglo XX, son para mí fundamentales, porque son devastadores e implacables, de una fuerza y una virulencia, que me hacen tenerlos en el alma. En México hay autores que me han llenado de sangre y de aplomo, como José Revueltas, Juan Rulfo, José Agustín, autores de diversa índole que leo con devoción porque sé que me dicen cosas de las que me gusta nutrirme. ¿Qué puedo yo esperar de los maestros? Creo que uno podría esperar, como de cualquier persona, un acto sencillo, un acto de entrega de que haya una comunicación sin pretensiones.

    ¿En qué artistas has hallado tu inspiración?

    –Si pensamos en compositores o músicos, desde luego están Beethoven, Brahms, Mozart, Chaikovski, Schubert, son quienes me han contagiado la pasión por el arte. En la literatura, Dostoievski, Tolstói, y escritores norteamericanos, que también están en lo que escribo porque me enseñan cosas. Eso es padrísimo: que uno admire a escritores para aprender de ellos. No nada más por el mundo que te están contando, sino porque narran situaciones que uno a sí mismo se dice ‘yo quiero escribir una cosa así’. A través de esos escritores, se empapan tus manos de lo que significa el sufrimiento y te permiten que en la misma medida que puedas sufrir, obtengas de ese sufrimiento modalidades distintas.

    En el panorama actual de la literatura, ¿cómo se considera Eusebio Ruvalcaba?

    –Me considero un aprendiz, a quien la literatura le tiene reservados momentos que paulatinamente irá poniendo en su mano. El estar sujeto a este vaivén literario es de lo más hermoso que te puede pasar. Ahora hay un deseo inconmensurable de buscar la fama y la premiación, y yo pienso que hay que saber esperar a que eso venga solito.

    Eusebio, ¿cómo podríamos acercar los jóvenes a la lectura?

    –En primer lugar, tendríamos que prohibirles leer. Si a un chico le pones un libro y le dices: ‘mira, no vayas a leer esto’, seguramente te contestaría: ‘¿por qué?’. Todo el tiempo va a tener ganas de leerlo y al primer descuido lo va a hacer de volada. Ese sería un primer paso inmediato. Creo que lo más eficaz es lo prohibido. Es mucho más inquietante para un joven acercarse a un libro cuya lectura está prohibida que ponerle delante de sí un librero lleno. La sensibilidad de un joven está en contra de que le den todo resuelto. Es mejor para él resolver las cosas.

    Nancy García. Coordinadora de actividades del Centro Cultural Elena Garro.