Home»Francisco Hernández: la poesía como método curativo

Francisco Hernández: la poesía como método curativo

Francisco Hernández recibe este año la Medalla Bellas Artes, al tiempo que su obra se publica en el Fondo de Cultura Económica. Recuperamos esta visita que hicimos a Francisco Hernández en su estudio de la capital, ese “universo” donde caben todos los viajes que el poeta necesita realizar.  Francisco Hernández es uno de los poetas más destacados del siglo XX mexicano. Escribir, asegura, es una necesidad, una medicina que le permite mantenerse vivo en esa línea fronteriza de la locura; un modo de existir “que tiene que ver con la poesía de verdad”.

 

 La muerte es una isla, pensé.
Una isla idéntica a un cementerio.
Alrededor de ella flotamos algún tiempo y a eso llamamos vida.
La isla de las breves ausencias, 2009
 

Francisco Hernández (San Andrés Tuxtla, Veracruz, 1946) se hizo publicista antes que poeta porque tenía la respuesta correcta a un anunció de la sección de empleos del periódico: ¿No sabe qué hacer con su imaginación? Pero fue en la poesía donde encontró su verdadera pasión: “fue encontrar un camino, cuando ya está uno etiquetado como el bueno para nada. Encontré algo que me gustaba, que poco a poco me fue apasionando y que podía ejercer”.

Después del oficio, la necesidad. Escribir para sentirse vivo: “Me hace falta. No me siento a gusto cuando pasa el tiempo y no he escrito nada. He pasado hasta ocho meses sin escribir. Otros dirían que no importa si pasan ocho años. Yo no sé lo que podría ser ese infierno. Un día, escribo un poema. Y eso rompe lo desértico de la mano, la mente y el corazón y puedo sentirme vivo nuevamente”.

Francisco Hernández nació en Veracruz y decidió quedarse a vivir en la Ciudad de México, tierra de nadie que le asegura el equilibrio emocional. Su universo, dice, es el espacio que habita, un estudio lleno de luz en la colonia Roma donde nos recibe para hablar de su manera de concebir la poesía. Como Lezama, asume que los viajes que necesita hacer caben ahí dentro y sale poco de casa.

Su obra poética se ha impuesto como una de las más relevantes del siglo XX mexicano. No ha sido necesario recurrir a despliegues publicitarios. El autor aparece poco en público y si de vez en cuando otorga entrevistas es porque a veces no encuentra una forma educada de negarse. Cuando participa en presentaciones de libros o mesas en torno a otros autores, destaca siempre por la precisión de sus conceptos, concebidos de forma que en momentos parecen poemas.

  • +

    El dictado de la melancolía

    Somos otros. No es el yo es otro de Rimbaud, sino un yo soy otro

    No conduce su poesía a través de búsquedas formales ni para convivir con alguna tradición literaria, pero atiende las deudas que tiene con dos poetas que le descubrió Francisco Cervantes, “para tener con él una deuda que va a durar mientras yo viva”: José Lezama Lima y Fernando Pessoa, ambos “genios del lenguaje que abren y cierran caminos”; de Pessoa “da la multiplicidad de poetas que hay dentro de uno mismo. Somos otros. No es el yo es otro de Rimbaud, sino un yo soy otros”; de Lezama, “es el barroco  tropical que nos queda tan cerca y resulta sorprendente, gozoso, rítmico. Muy rumboso podría decirse”.

    De otras literaturas fundamentales para poder escribir, rememora la “fuente inagotable de frescura y dolor” de la poesía de Darío (“¿cómo puedo uno vivir y perderse de una música como la de Rubén Darío?”); sobre todo, la lección de uno de los versos que el poeta nicaragüense dedica a Salvador Díaz Mirón: lo que en tu lira suena, lejos resuena.

    Francisco Hernández encuentra inspiración en biografías marcadas por la melancolía, en su propia existencia y sobre todo, en los misteriosos cruces del azar en la vida cotidiana. Esos elementos construyen en su imaginación una resonancia que le empuja a compartir imágenes y sensaciones, “algo que llega y ya no es posible retener, que casi donde estés necesitas escribirlo. Yo he escrito mucho en los cines. Me ha pasado en los taxis, o en algún viaje por no traer cámara fotográfica. Apuntar, apuntar, apuntar…”

    Así que espera a que aparezca un personaje, circunstancia o coincidencia que detona las primeras palabras de un poema. Su más reciente libro publicado, Mal de Graves (Almadía, 2013), está concebido sobre la coincidencia de dos Robert Graves, el poeta inglés y el médico que dio nombre a la enfermedad tiroidea, conjugados con una realidad dolorosa: el padecimiento de su esposa de la enfermedad de Graves. “Entonces ahí aparece la chispa. Hablan Graves el médico y Graves el poeta. En el centro aparece una mujer que dice: ahora me estoy peinando con mis recuerdos. Mi mujer me dio esa línea cuando ya empezaba a perder la vista del ojo izquierdo. Luego de esa chispa entonces sí a apuntar la primera línea, como si te estuvieran dictando”.

  • +

    “No es lo mismo inventar que mentir”

    Los elementos característicos de la poesía de Francisco Hernández se integran en bloques que dibujan el lienzo de su exploración al mirarse a sí mismo a través de la poesía.

     

    De niño, Francisco Hernández recibió sus primeras imágenes poéticas en las historias que le contaba su padre, un dentista y cazador veracruzano, que le leía en voz alta lo mismo a Darío que a Hemmingway, y en cuyas historias descubrió una verdad que ha guiado su camino como poeta: “no es lo mismo inventar que mentir”.

    Publicó primero en editoriales pequeñas Gritar es cosa de mudos (1974), Portarretratos (1976), Cuerpo disperso (1978) y Textos criminales (1980). En 1982 recibió el Premio de Poesía Aguascalientes por Mar de fondo. En recuerdo a su natal San Andrés Tuxtla, escribió las coplas de su alter ego, el cantante jaranero Mardonio Sinta, en ¿Quién me quita lo cantado? (1991), donde recita versos felices impregnados del ambiente vorazmente húmedo del sureste mexicano.

    Otros de sus libros son Soledad al cubo (2003) e Imán para fantasmas (2004). En sus poemarios recientes, los elementos característicos de la poesía de Francisco Hernández se integran en bloques que dibujan el lienzo de su exploración al mirarse a sí mismo a través de la poesía: en Mi vida con la perra (2007) narra la experiencia de vivir acompañado de la perra Depresión; en La isla de las breves ausencias (2009) dibuja el mapa de un archipiélago sentimental; en Población de la máscara (2010) el poeta invoca a 62 artistas plásticos marcados por el genio, el delirio, el fulgor y la penumbra, a quienes presta su imaginación para autorretratarse con palabras.

    Se han publicado también algunos libros recopilatorios de su obra, como El infierno es un decir (1994) y Obra suspendida (2013), además de publicaciones donde se ha encargado de seleccionar poesías de otros autores y otros tiempos, como El placer de soñar (1998) y El corazón y su avispero (2004).

  • +

    La inminencia de la catástrofe

    La poesía es un espejo negro donde te reconoces, pero no estás viendo nada

    Con más de 20 libros publicados, confirma que el impulso para escribir se conserva intacto, si acaso, “ahora lo que tengo son más lecturas, más viajes –aunque no me gusten mucho. Algunas otras perspectivas. Más sueños, desde luego. Y muchos libros publicados, quizá demasiados”.

    De todos sus libros, prefiere Moneda de tres caras, la trilogía de poemas por la que recibió en 1994 el Premio Xavier Villaurrutia, donde se reúnen sus versos dedicados a Schumann (Cómo Roberto Schumann fue vencido por los demonios), Friederich Hölderlin (Habla Scardanelli) y Georg Trakl (Cuaderno de Borneo); todos artistas cuya existencia “estaba en el centro de la tormenta, entre Dios y el diablo, en un vivir continuo en la inminencia de la catástrofe.”

    Para Francisco Hernández, la poesía “no admite engaño ni autoengaño, hay que escribir lo que uno cree como una verdad. La poesía es un espejo negro donde te reconoces, pero no estás viendo nada”. Sus versos no tienen más remedio que, tal como las biografías que ha abordado,  rendir testimonio a una existencia asumida en vértigo.

    Recuerda una época pasada donde “no estaba a gusto” y tentaba a la muerte a través del alcohol y las drogas. Hoy en día, se ayuda de una imagen para explicar su manera de cohabitar el mundo: “es como haber tenido mucho tiempo frente a mí una horca, y luego tomarla y ponerla detrás. Ya no la veo, pero ahí está. En cualquier momento me la puedo volver a poner en frente. Lo siento o lo sueño a veces. La neurosis, la depresión, la melancolía, son parte de mi vida”.

    Sin esa horca de su imaginación, tampoco existiría el hombre poeta: “es como un intercambio o una razón de ser. Si no tuviera la sensibilidad que me permite escribir, quizá yo no sería un insomne o un depresivo. Sería un muy sano licenciado o un prestigioso arquitecto o contador público”.

    Como recordatorio de su condición, hace casi dos décadas, mientras vivía en la Colonia Condesa,  el poeta recuperó un juego de palabras de Jaime Jaramillo Escobar y lo tatuó en su brazo: Poesía: lo cura… “Ahí se resume. Es eso. De alguna manera, escribir es curativo. Algo que me permite vivir y está en una borderline con la locura. Es jugar con eso y saber por dónde anda uno caminando. Si te aventuras a eso, tiene que ver con la poesía de verdad, no con otras cosas que se le parecen pero que no lo son, que no provocan emociones”.

    Ahora mismo, ha terminado un poemario donde se cruzan la lectura de Patterson de Williams Carlos Williams, un ensayo histórico del Perú, su propio divorcio, un viaje a París acompañado del Libro del desasosiego de Pessoa, una canción de Leonard Cohen y el deslumbrante descubrimiento de Ilyá Kamínsky, un poeta ruso que quedó sordo a los cuatro años; esos elementos,  “mundo de epígrafes y pretextos para escribir”, le sirven para imaginar la relación de un hombre con su caballo, que se llama Dios. Esa es pues la premisa de su próximo libro, Odioso caballo.

    Carlos Rojas Urrutia