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Hanif Kureishi: Elevarse al encuentro del camino

De ser un outsider a recibir la Orden del Imperio Británico, Hanif Kureishi ha vivido su carrera dentro de la literatura desde distintas facetas -novelista, guionista, profesor-, pero nunca desde la del sufrimiento.  Una versión reducida de este texto fue publicado en el número 831 / 832 de la Revista de la Universidad“Propiedad” (diciembre de 2017 / enero de 2018). Agradecemos al equipo del Hay Festival y a Lluisa Matarradona, de Anagrama México, por las gestiones para la realización de esta entrevista.

 

En su búsqueda de identidad, Hanif Kureishi (Londres, 1954) supo hacer que el camino se elevara a su encuentro. A partir de sus intereses (“la música, las drogas, la moda y la literatura”) construyó historias que se ubican en esa frontera donde la honestidad se convierte en cinismo; es ahí donde radica la fuerza de su perspicacia formidable.

Es una especie de figura paterna para una generación de artistas británicos que encontraron inspiración en su escritura. Antes de él, los jóvenes como Kureishi eran invisibles: vivir en el suburbio de Bromley en los 70 y tener padres jamaiquinos, indios o árabes significaba no ser del todo inglés. Ahí estaba Hanif, hijo de madre inglesa y padre pakistaní, “en un sistema que de veras nos odiaba”.

A unos cuantos kilómetros de casa, en el King’s Road de Chelsea, bullía la fauna londinense que marcaría el cambio de paradigma de finales de los 60. Se necesitaba que alguien diera existencia a su generación y ahí apareció Hanif Kureishi, quien fue recibido con halagos estridentes. Luego de abandonar las clases de filosofía del King’s College para pulir en el Court Royal Theatre las formas dramáticas de su guión para Mi hermosa lavandería (My Beautiful Laundrette, 1985) —la primera aparición en cine de Daniel Day-Lewis, a working class actor— fue nominado al premio Óscar. Después su novela El buda de los suburbios (The Buddha of Suburbia, 1990) fue leída con fervor por los adolescentes de Londres, al grado que hoy día es una referencia para los colegios británicos.

Desde entonces, lo que ha hecho Hanif Kureishi en sus guiones y relatos es compartir su visión personal del mundo. Fue la voz de quienes no habían sido escuchados en un momento en que Londres era el epicentro de la búsqueda de identidad. Kureishi buscó la suya propia no en una pandilla o una banda de rock, sino en la soledad de la escritura.

Luego de tantos años, Kureishi prefiere no dar entrevistas fuera de Inglaterra. Sin embargo, en su reciente visita a México, donde participó en el Hay Festival de este año, apenas aceptó ofrecer una conferencia de prensa y concedió un par de entrevistas. De algún modo, su personalidad se ubica en ese límite sobre el que va y viene con su escritura: es a un tiempo arrogante y tímido; un chico malo y un buen padre; profesor de literatura y hooligan; puede citar a Beckett y Chéjov, pero la frase que más repite cuando habla en público es esa con la que Johnny Rotten de los Sex Pistols cantó la muerte de toda esperanza: There is no future.

Cuando una pregunta no le gusta, la evade con una salida que mezcla sinceridad e ironía, mientras te mira y permanece impasible. Le gusta sentirse “un escritor de humor, en la misma tradición de Martin Amis o Angus Wilson”. De aquel día en 2008, cuando recibió de manos de la reina la Orden del Imperio Británico, recuerda: “voltée la medalla y vi que decía: por Dios y por el Imperio… no hay mejores cosas que las que no existen. Me parece hermosamente inútil que luego de todos estos años de esforzarme por ser aceptado, lo logré. Ahora soy uno de ellos”.

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    Transgredir la identidad

    La verdadera transgresión  significa encontrar nuevas maneras de vivir. Eso es cada vez más difícil en una época en que el neoliberalismo y el capitalismo global lo han acaparado todo.

    El colegio de Bromley, donde estudió Kureishi, es el mismo por el que pasaron (bien o mal) David Bowie, Billy Idol, Johnny Rotten y Siouxsie Sioux. Con Karim, el protagonista de El buda de los suburbios, Kureishi rememora las problemas que tenía ahí por ser “un inglés de los pies a la cabeza, casi”:

    Estaba harto de que cariñosamente me llamaran ‘Cara de Mierda’ y ‘Cara de Curry’ y de regresar a casa cubierto de escupitajos y mocos… un chaval trató de marcarme el brazo con un pedazo de metal al rojo vivo, otro se meó en mis zapatos y lo único que pensaba papá era que fuera médico…

    Cuarenta años después, Hanif Kureishi actúa como alguien a quien aún le sorprende en lo que se ha convertido, pero está acostumbrado a esa sorpresa. Para el día de esta entrevista, tiene puesta una playera de Blackstar, el último álbum de David Bowie. Usa en los dedos meñiques anillos gruesos con figuras de animales. Mueve la nariz de manera permanente y tiene un ligero “tic” que lo hace fruncir el ceño, así que cada tanto parece que gruñe. Mas que un intelectual, tiene la pinta de un viejo punk, inglés y estoico.

    La honestidad es una marca de su escritura, donde lo que importa es “mantener la conversación sobre qué pensamos y cómo somos, porque el mal sucede en el silencio”. La contradicción es la marca de sus personajes, que forman parte y están marginados de la sociedad a la que pertenecen: un skinhead gay, un adolescente bisexual y cínico con una familia tradicional pakistaní, un chico aferrado a la cultura pop que encuentra la solución a su vacío en el fundamentalismo del Islam, un hombre que quiere una familia pero odia a su mujer…

    Aunque no lo pretende, el tema de la transgresión cruza por todo su trabajo. Cuando le pregunto si esa fuerza para quebrantar las reglas es la manera de sacar a la gente de la indeferencia en que vive, Kureishi retoma su idea de que estamos atrapados en la era moderna: “Vivimos en tiempos de mucho conformismo. Tenemos el fundamentalismo extremo del Islam y el fundamentalismo extremo del neoliberalismo. La transgresión termina por ser una playera, tu peinado o alguna otra marca de individualidad. Hay una diferencia entre transgresión con estilo y la verdadera transgresión, que significa encontrar nuevas maneras de vivir. Eso es cada vez más difícil en una época en que el neoliberalismo y el capitalismo global han acaparado todo en el mundo. No queda nada fuera de ellos ahora”.

    De todas formas, como Chéjov y Dostoievsky —autores a los que recuerda de manera permanente— Kureishi disfruta de sorprenderse por la catástrofe cotidiana, una sorpresa a la que agrega el matiz del humor, esa característica definitiva de su literatura, aunque “tu estilo o tu voz como escritor… tan sólo aflora. No lo inventas en realidad. Yo tengo el humor de mi familia. Aunque el mundo es terrible, trágico, violento, implacable, cruel, nihilista, es también muy divertido. Encuentro al mundo gracioso, aunque a veces, eso sí, es como una mala broma”.

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    La ira es energía

    Ha sido un gran placer hacer una vida a partir de ser escritor. El precio no ha sido alto. Ha sido de verdad muy buena diversión. El dolor de ser artista está muy exagerado.

    En sus participaciones públicas, Hanif Kureishi lanza ideas divertidas con un tono de voz monótono, elocuente y sin emoción, donde el escritor se refracta en el personaje. Sobre el disco Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band, de The Beatles, explica que su sonido es “todo lo que se supone que son los años 60, un álbum hecho para escuchar colocado en LSD. Si no lo has hecho, has desperdiciado tu vida”, aunque el uso de alucinógenos ha quedado atrás: “no quiero ver a Dios así de cerca nunca más. No tengo la fuerza emocional para hacer eso de nuevo”.

    Forma parte de una generación que creció escuchando punk, para quienes la furia era el motor que conducía la esperanza de terminar con todo esquema de autoridad. Sobre la ira como energía para escribir, Kureishi reflexiona: puedes escribir a partir del enojo, pero también a partir del amor, de la desconfianza o de la curiosidad. Si escuchas a David Bowie, verás que tiene una enorme gama de calidad de canciones: baladas, potentes, rock and roll, infantiles… si eres un artista, escribes en esa gama de pasiones. No puedes escribir sólo a partir de la furia o la ira. Hay mucho más allá en la vida emocional que eso”.

    Por esa manera de mirar el mundo con ironía y perspicacia, Kureishi intuyó antes que nadie el horror del terrorismo y fue pionero en escribir sobre el fundamentalismo islámico como una nueva forma de fascismo. En 1995 publicó la novela El álbum negro; dos años después se estrenaría la película Mi hijo, el fanático, basada en un guión suyo.

    En ambas historias, Kureishi toma como punto de partida la fatwa que se le impuso a Salman Rushdie por Los versos satánicos (“uno de los momentos más significativos en la historia de la literatura desde la posguerra”). Los protagonistas, jóvenes nacidos en Inglaterra y de origen pakistaní, se mueven entre dos identidades e ideologías; por un lado, en el nihilismo férreo de la cultura pop, con sus drogas y erotismo, y por otro, en el llamado espiritual y la estructura estricta del Islam radical.

    Al final, lo que siempre triunfa es la búsqueda del placer. Sobre esos trabajos, Kureishi afirma que tan solo quería escribir acerca de las cosas de las que fue testigo durante dos décadas, desde los años que marcaron “el final de la fiesta, algo decadente, cruel y vacío”, hasta el inicio del siglo XXI: “en los 70 hicimos todo para destruir las cosas, deshacernos de todo lo que tuviera que ver con autoridad. Luego, esa fuerza osciló de regreso de forma terrible, en una especie de fascismo religioso. Es muy impactante porque no esperábamos algo así. Creímos que habíamos liquidado esa forma de autoridad anticuada y paternalista, pero volvió con el horror que ya conocemos”.

    Hanif Kureishi narra en tiempo presente. Hace al lector cómplice de los actos de sus personajes, en una especie de acción teatral. No tiene piedad para mirarse a sí mismo y son bien conocidas las historias donde su propia famila se ha enfrentado públicamente con él, acusándolo de usar sus vidas íntimas como material para sus libros. Sobre el precio que ha tenido que pagar por tocar y exponer sus sentimientos, Kureishi minimiza las consecuencias:

    “Conozco a muchos escritores que se quejan, sudan, se fatigan, se parten el alma… Yo tengo 60 años, he escrito desde que tengo 20. Debo decir que ha sido un gran placer hacer una vida a partir de ser escritor, hablar acerca de escribir, ser profesor, educar a mis hijos. El precio de ser escritor no ha sido alto. Ha sido de verdad muy buena diversión. El dolor de ser artista está muy exagerado”; agrega que lo que le interesa es “escribir sobre cómo quedamos reducidos por el deseo”, ese motor que conduce a sus personajes a la búsqueda y reconocimiento del amor, aunque al final siempre se encuentren con un nuevo fracaso.

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    La intimidad expuesta

    Es terrible tener niños, porque los amas tanto, pero luego también los odias mucho. Es insportable odiar tanto a tus propios hijos.

    Hacia el final del siglo XX, Hanif Kureishi volvió al centro de la atención literaria con Intimidad (Intimacy, 1998), un relato en primera persona que acompaña a Jay, un escritor cuarentón, la noche en que decide abandonar a su esposa e hijos. La novela, de trasfondo evidentemente autobiográfico (Kureishi abandonaría por esas fechas a su mujer y a sus hijos gemelos), causó furor entre la crítica y el público.

    Intimidad es un retrato severo de lo lujuriosa e inútil que es la masculinidad de la edad madura, en una cultura más dispuesta a llenarnos de excusas que a propiciar la sinceridad. Kureishi rememora: “cuando se publicó ese libro, mi teléfono no dejaba de sonar… eran periodistas de todo el mundo, dispuestos a darme una buena madriza. Pensé que debía haber escrito algo bueno si la gente estaba tan enfadada. Claro que no era mi intención hacerlos enojar, pero al pasar por una separación, es necesario dejar a las personas, y no crees que sea tan necesario que ellos deban dejarte a ti. Mucha de esa amargura y rencor del libro es tan sólo que escribía lo que sucedía del modo que sucedía”.

    El padre de Kureishi mantuvo durante toda su vida un trabajo burocrático en la embajada de Pakistán y dedicó sus desvelos a escribir novelas que fueron invariablemente rechazadas. Fue también quien incentivó en Hanif el deseo de convertirse en escritor. En Mi oído en su corazón (My ear at his heart, 2004), a partir de que recupera el manuscrito de una novela de su padre, Kureishi pone a la luz la relación con su familia, en un ensayo donde se mezclan las reflexiones de un padre con los recuerdos del entorno del artista, que forman parte de su realidad literaria.

    Actualmente, Hanif Kureishi es profesor de literatura creativa en la Universidad de Kingston y vive en West London, el territorio al que hace referencia de manera permanente en sus libros. Del mismo modo que hizo su padre, ha fomentado la carrera de escritores en sus propios hijos. Cuando le pregunto qué escucharán esos chicos cuando sean ellos quienes pongan el oído en el corazón de su padre, Hanif Kureishi sonríe por primera y única vez: “no sé qué será lo que ellos escuchen o qué harán de mí, aunque es terrible tener niños, porque los amas tanto, pero luego también los odias mucho. Es insportable odiar tanto a tus propios hijos. Cuando son adultos, la relación se hace mucho más tranquila. Es una nueva manera de relacionarse y sólo puedo decir que estoy muy complacido de que los gemelos y yo hayamos alcanzado eso”.

    En los últimos años se han publicado en español sus novelas El cuerpo (The Body, 2003), Algo que contarte (Something to Tell You, 2008) y La última palabra (The Last Word, 2014). Además, ha trabajado en los guiones para las películas The Mother (2003), Venus (2006) y Le Week-End (2013). Su libro más reciente es La nada (The Nothing, 2017), que pronto será lanzado en español, tal como el resto de su obra, bajo el sello Anagrama.

    El protagonita de La nada es Waldo, un anciano egoista y misógino que vive atado a una silla de ruedas, que sufre casi todas las enfermedades posibles. Desde su confinamiento, a través de los ruidos que se cuelan a su alcoba, comienza a nutrir la sospecha de que su esposa Zee, 22 años menor que él, tiene un amorío ahí con Eddie, un amigo mutuo que pasa cada vez más tiempo con ellos; una historia que en palabras de Kureishi tiene “pasión, arrepentimiento, esperanza, ira, furia, amargura, cobardía y celos. Hay todos esos tonos en esa pieza”.

    Carlos Rojas Urrutia – Gerente de Mercadotecnia de Educal