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Héctor Aguilar Camín: La reconstrucción de la pérdida

Esta entrevista, que se reproduce aquí de manera íntegra, se realizó en exclusiva para Correo del Libro el 23 de marzo del 2017. Una versión reducida de este texto apareció en el número 201 del Confabulario, suplemento cultural con el que Correo del Libro ha establecido una colaboración permanente, aun cuando el dr. Héctor Aguilar Camín no la concedió para publicarse en ningún otro medio impreso o digital. Agradecemos el apoyo del Confabulario para promover los contenidos de esta revista digital.

 

En un extremo de la vida intelectual de Héctor Aguilar Camín (Chetumal, Quintana Roo, 1946) está el historiador de La frontera nómada (1977) que recurre al rigor de las fuentes para reconstruir la vida en Sonora desde 1910 hasta 1914, año del triunfo de los ejércitos constitucionalistas. En el otro, el escritor de Adiós a los padres (2016), que retoma las memorias familiares para saldar cuentas con su pasado.

En esas casi cuatro décadas que separan ambos libros, Aguilar Camín se ha construido como el escritor e intelectual capaz de recrear, desde la imaginación literaria y el ensayo político, los movimientos profundos de nuestras costumbres y vida en comunidad.

Inscrito en la tradición de Martín Luis Guzmán y José Vasconcelos —“por hablar de los abuelos”— Aguilar Camín es autor de Morir en el golfo (1985) y La guerra de Galio (1991), novelas que retratan un momento de nuestro siglo XX que aún persiste, marcado por la intriga del amiguismo y el encubrimiento de la política mexicana. En el resto de sus libros, Héctor Aguilar Camín despliega la oralidad que aprendió de su madre y su tía, dos cubanas parlanchinas que muy jóvenes se instalaron en la península mexicana del sur, en ese pueblo que se llamó Payo Obispo antes que Chetumal.

Ejemplo de esas enseñanzas que devinieron en literatura son libros como Historias conversadas (1992), Un soplo en el río (Premio Mazatlán de Literatura 1998), El resplandor de la madera (1999), Las mujeres de Adriano (2001), La conspiración de la fortuna (2005) y La provincia perdida (2007), relatos donde se interroga no sólo la fuerza del poder sino también la del amor, en estructuras narrativas que derivan siempre de un intento por poner la conversación en el centro de la construcción literaria.

Recientemente, Héctor Aguilar Camín publicó Adiós a los padres (2014), una “novela sin ficción” donde recobra y reconstruye la memoria compartida de su familia para cerrar el ciclo de obsesiones que lo convirtieron en escritor: entender la historia de la pérdida. Le queda ahora “el placer de las historias pendientes”, circuito por el que transita ya su novela más reciente, Toda la vida (2016).

Héctor Aguilar Camín es también una referencia de la intelectualidad mexicana. Doctor en historia por el El Colegio de México, sus ensayos ocupan un lugar destacado en la bibliografía de la política, la economía y cultura nacionales. Ha participado de manera activa en los ámbitos del periodismo –formó parte de los proyectos de prensa escrita más importantes del México contemporáneo: el suplemento de La cultura en México, los diarios Unomásuno y La jornada, la revista Proceso– y el mundo editorial –es fundador de la revista Nexos y la editorial Cal y Arena.

Inscrito en una generación para la cual “mojarse las manos en las aguas turbias de la política, a través de la crítica, era una obligación”, el doctor Aguilar Camín mira con melancolía el balance de logros y deudas que deja su trabajo en la vida pública. Al hacer un recuento de los temas y combates que ha emprendido, reconoce: “hemos fracasado y nuestro porcentaje de bateo es ridículo”. Al final, se refugia en el consuelo de pensar en Gramsci, Cioran y Fitzgerald, con quienes reafirma la certeza de saber que las cosas “no tienen remedio, pero hay que mantenerse, sin embargo, decidido a cambiarlas”.

El año pasado, cuando Héctor Aguilar Camín cumplía 70 años, obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez, que otorga la FIL Guadalajara. A finales de marzo de este año recibió la Medalla Bellas Artes, en un acto público donde su hermano Luis Miguel y Rafael Pérez Gay hablaron de su obra y legado. El propio autor enunció ahí los ejes vitales que han conducido su trayectoria.

La entrevista que aquí se reproduce sucedió unos días antes de esa ceremonia en el Palacio de Bellas Artes y tuvo lugar en las instalaciones de la revista Nexos. El escritor sale a recibirnos a la puerta de su oficina y se disculpa por el “largo desencuentro” de nuestro intercambio previo de correos electrónicos. Es un hombre alto de manos largas, que mira fijo y dibuja casi siempre una media sonrisa. Aclara sus pensamientos antes de enunciarlos, y a lo largo de la conversación recuerda anécdotas y encuentros que involucran a sus lectores y amigos.

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    Escribir para recordar

    La historia y el periodismo son géneros distintos en su naturaleza misma de la creación literaria. No hay gran periodismo ni gran historia donde no existe gran literatura.

    Entre el historiador que recurre al rigor de las fuentes en La frontera nómada y el escritor que toma los testimonios de su familia para reconstruir sus recuerdos en Adiós a los padres, ¿qué puntos en común conserva el Héctor Aguilar Camín de hace casi cuatro décadas con el de hoy?

    La frontera nómada es el primer libro que escribí profesionalmente, en el sentido de que había trazado una estructura que después traté de llenar con investigación. La escritura fue un proceso aparte, donde aprendí realmente a escribir con todos los elementos de complejidad, calidad de la información, visión de conjunto del problema y atención a los detalles. Esos aprendizajes me han acompañando en todos mis escritos, como novelista y ensayista. En ese sentido, soy un escritor muy premeditado, pero saber a dónde voy, en lugar de constreñirme, me da libertad para inventar libremente. Estoy en el caso de un viajero que sabe perfectamente cuál es su itinerario y por tanto puede distraerse en el camino. Esa ha sido desde entonces mi manera de acercarme a la construcción y escritura de un libro: saber de antemano dónde empiezo y a dónde voy. Una vez en el trayecto, escribir muy libremente. Sigo el curso de lo que es más interesante, más sorprendente, lo que me permite comunicarme con mi propia sorpresa como autor, y por tanto espero, con la sorpresa del lector.

    Usted ha hecho una obra donde la historia se cuela a la realidad literaria y viceversa, ¿se puede entender la historia desde la literatura y se pueden reconstruir los recuerdos a través de la imaginación?

    Ambas cosas son posibles, pero la historia y el periodismo son géneros distintos en su naturaleza misma de la creación literaria. No hay gran periodismo ni gran historia donde no existe gran literatura. Pero los rigores y exigencias del periodismo y la historia son que lo que está narrado sea posible de documentar, que provenga de una investigación de la realidad. Por otro lado, la creación literaria busca una verdad de distinta índole, una que revela el movimiento más profundo de la naturaleza humana, de las costumbres y de la vida en comunidad. Su camino es la imaginación; no la inteligencia ni la razón, sino la intuición y la visión de eso que es más profundo, que es la verdad de la realidad. Algo mucho más difícil de encontrar o recobrar. Lo que llamamos vida real no reconoce fronteras. La imaginación literaria está obligada a tener un recato y una credibilidad interna mucho más alta que las exigencias de la historia o el periodismo. La realidad de todos los días no necesita ser verosímil. Le basta con existir. Hoy en México, los novelistas que intentan acercarse a la violencia, ese trasfondo de buena parte de nuestra vida en los últimos años, se quedan siempre inevitablemente cortos, limitados y poco creíbles frente a la potencia salvaje y desaforada de la violencia mexicana.

    El gran poder de convicción y de transmisión de la literatura, de la novela en particular, es que resulta capaz de generar la ilusión de hacer transparente la vida. En una muy buena novela, uno sabe todo lo que sucede en ese universo, las razones que cada quien tiene para actuar de tal o cual manera, qué lugar ocupa cada uno de los personajes. La vida real en cambio es opaca. Uno nunca sabe bien cuáles son las razones de los otros, a veces ni siquiera cuáles son las de uno mismo. Aun en el ámbito de esa inteligencia peculiar que es entender a los demás, propia de los políticos, maestros y líderes, sucede por un proceso de aproximación, de saber más o menos cómo son los otros. Así es la vida: opaca, difícil, enigmática. El gran poder de atracción de las novelas es que ahí la vida es fundamentalmente transparente. Uno lee Cien años de soledad y sabe de principio a fin qué es lo que pasa en el fondo del corazón y en la superficie de las conductas de todos los personajes. Esa vida loca y desordenada adquiere una luminosidad por arte del artificio literario que no podemos encontrar en ninguna otra parte.  Vamos a las novelas a buscar la impresión de ese mundo otro que se parece mucho al nuestro, que refleja nuestras emociones, pero que tiene la increíble ventaja respecto de nuestra vida cotidiana de ser transparente. Eso que sólo puede dar la lectura de una gran novela es el gran sustituto imaginario de la vida. Por su poder y su capacidad de transmitir algo que se parece o que quisiéramos que se pareciese tanto a la vida, que fuese como una encarnación de la vida misma.

    La reflexión sobre las consecuencias del poder en nuestra vida social que aparece en el conjunto de su obra, ¿es un elemento premeditado?

    Los escenarios donde suceden mis novelas son una necesidad de verosimilitud. Necesito entender en qué entorno de costumbres y momento histórico viven mis personajes. Es en muchos sentidos inverosímil que un periodista como el que narra Morir en el golfo tenga un amor tan intenso y duradero por una mujer, que a su vez tiene ese mismo amor por el amigo, y que ese triángulo de emociones se puedan sostener a lo largo de tantos años y sean las marcas de esas tres vidas. No pretendía conocer el escenario petrolero antes de escribir la novela, sino que necesitaba crear una realidad externa a las personajes que fuese verosímil y que en cierto modo garantizara la verdad de las emociones, que son el fondo de esa historia. Lo logré al máximo en Morir en el golfo porque hablé del mundo petrolero sin conocerlo. Todo lo que recogí y que está en la novela es una elaboración de crónicas periodísticas a las que les fui añadiendo lo que me parecía suficiente para que la narración fuese creíble. Hasta el día de hoy, cuando alguien me comenta lo bien que retraté el mundo petrolero y “lo parecido que sigue siendo ese mundo petrolero con el de nuestros días”, lo que pienso es que hablo con personas que tampoco saben nada del tema, pero que tienen la idea que yo les transmití.

    Tengo la anécdota de una lectora, cocinera de don Manuel Moreno Sánchez, antiguo senador de la República, que era de Chicontepec (una buena parte de Morir en el golfo sucede en ese lugar) y que me cuestionó por las inexactitudes del pueblo que yo describí; al final, de todas formas, le había parecido un libro entretenido. Pudo pasar por encima de esas inexactitudes en seguimiento de lo verdaderamente importante, que es la fábula de un trío de personajes en una relación trágica. Lo que a mí me gusta al final del libro es esa idea del amor fatal, que por cierto se repite de otra manera en Toda la vida. Es difícil imaginar, o aceptar la verosimilitud de una pasión tan profunda y originaria como la que el narrador tiene por el personaje femenino de esa novela, sin que ambos estén insertos en una Ciudad de México y una época reconocibles, en un ambiente de ilegalidad de las costumbres, paralelo a la ilegalidad profunda de sus amores.

    Hay una anécdota de Gabriel García Márquez con Frederick Forsyth, autor de El día del chacal, el thriller sobre el intento verdadero de asesinato contra Charles de Gaulle (un atentado que efectivamente sucedió: por azar de la providencia, en el último momento el chacal falló porque De Gaulle se inclinó a saludar a un niño). Un día García Márquez le dijo a Forsyth: “tu libro es una gran novela, pero el defecto que tiene es que el chacal no mata a De Gaulle”. Forsyth responde: “¡pero es que no lo mató!” y Gabo dijo: “eso no importa, porque si lo hubiera matado en la novela, tarde o temprano habría sido cierto que el chacal mató a De Gaulle”. Ahí está la ambigüedad de la verdad literaria.

    ¿Considera que su trabajo abona en una tradición literaria o intelectual?, ¿cree usted en el concepto de los padres literarios?

    –En la tradición de los abuelos, me siento muy cerca en la literatura mexicana de Martín Luis Guzmán y José Vasconcelos. Eso es porque mi impulso de ser escritor no viene de una necesidad artística sino vital: la de contar la historia de la pérdida de mi casa. Eso me hizo escritor. No busco una originalidad estilística o una expresión intelectual, sino los instrumentos necesarios para contar la historia de la caída de mi casa. Soy un escritor que está marcado por la búsqueda de la expresión de las cosas que han marcado su vida, no su estética, su inteligencia o sus ambiciones como lector. Por eso me siento cerca de Martín Luis Guzmán y Vasconcelos, porque en ellos se reúne de una manera muy visible el registro de la experiencia con la alta efectividad y el alto ejercicio del oficio literario. Esos son mis dos grandes personajes de la genealogía literaria mexicana con que me siento identificado.

    La otra es desde luego Juan Rulfo, pero en él como en Jorge Luis Borges en una impresión originaria de que esa calidad literaria está tan lejos de mí, que es imposible siquiera intentar someterme a una imitación, como hacemos tanto los escritores noveles (todos somos siempre escritores noveles de una u otra manera). Tenía un deslumbramiento de tal tamaño con Rulfo y veía de tal intensidad las calidades que había en esa prosa de una resonancia única, que nunca pensé que estaba en la liga de poder intentar algo como eso. Más cercanos me parecieron, y no porque haya llegado a esas alturas, sino porque me parecían más de tamaño humano, escritores como Martín Luis Guzmán, Mariano Azuela o Vasconcelos. Más recientemente, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa o el propio García Márquez (aunque no en Cien años de soledad, que está en un lugar aparte). Sentía que había algo ahí que yo podía de alguna manera tomar y recrear dentro de mí. Con esos escritores mexicanos y latinoamericanos me identifico y han sido parte constante del alambique, de la fábrica de mi literatura.

    Rehacer su historia de la pérdida culmina con Adiós a los padres, que junto con Toda la vida son novelas posteriores a la muerte de su madre. Por ese motivo o algún otro, ¿considera que esos libros se mueven en un circuito distinto al resto de su obra?

    Adiós a los padres es el libro para el que me hice escritor, el que escribí siempre de manera fracasada desde que empecé a oír esa historia de boca de mi madre y de mi tía, que eran grandes conversadoras. La historia fundamental que escuché en mi vida es la historia de la pérdida de mi casa. La empecé a oír desde que mi padre se fue, cuando yo tenía 13 años. Hice un primer intento de volverla una novela en El resplandor de la madera. Finalmente, puse a un lado la fabulación novelística y traté de escribir una novela sin ficción, con la historia tal y como podía recobrarla y reconstruirla. Adiós a los padres cierra ese ciclo. Desde el punto de vista de las razones por las que me hice escritor, ya terminé.

    Ahora me queda, fundamentalmente, el placer de escribir y el placer de las historias que tengo pendientes. Acudo a ellas con una libertad que no tenía hasta ahora, porque estaba bajo la condena de no haber escrito el libro para el cual me había hecho escritor. Ya estoy en paz con eso. Al final, mi gran tema como escritor es el destino, el tema de la pérdida, o como dice célebremente el poeta árabe, “la forma en que el destino atropella a los seres humanos como un camello ciego”. Ese es mi tema: la pérdida del reino. Cómo el fracaso y la derrota son algo que tiene algo de elección, de construcción trágica en la cual no es sólo lo que viene de afuera lo que lastima o atropella, sino también algo construido íntimamente, en una extraña simbiosis de los hechos con los deseos. Ese es el tema fundamental de todo lo que he escrito literariamente, y creo que es reconocible en cada uno de mis libros.

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    La melancolía de un fracaso intelectual

    Pertenezco a una generación que participó en la reflexión pública y  se mojó las manos en las aguas turbias de la política, a través de la crítica, una generación para la cual combatir en la vida pública no era una elección.

    ¿Persisten hoy en día esas formas que permitieron que en el siglo XX mexicano tomaran fuerza dos grupos culturales que se percibieron como antagónicos y en pugna permanente?

    Creo que la figura del intelectual en general ha sido desplazada como voz resonante en el entorno público. Esas revistas de cenáculo o de grupo siguen existiendo y tienen aun una vitalidad peculiar que no existe en otros países de América Latina, desde luego ni en España, pero hoy en día forman parte de un concierto de reflexión y debate públicos donde ya no son las piezas centrales. El foco se ha desplazado hacia los medios, las instituciones e iniciativas culturales de entidades más amplias: periódicos, canales de televisión y radio son los lugares donde está hoy viva la conversación pública, misma que antes se comentaba de una manera especializada en las revistas y medios intelectuales.

    El escenario es muy distinto al de las épocas en que las revistas Vuelta y Nexos parecían representar dos polos de la cultura mexicana. En este momento la cultura mexicana, en su sentido amplio, como el capital intelectual total del país, es un mundo mucho más amplio, diverso, vital y descentralizado que lo que puedan aportar dos revistas o dos grupos de académicos, críticos y ensayistas. La figura del intelectual está diluida en un archipiélago enorme de emisores que componen una conversación a veces caótica, pero mucho más rica que la que había. Me parece que hoy la discusion es más desordenada, anárquica, a veces de menor calidad, pero mucho más democrática, horizontal e ingobernable. En ese sentido hemos perdido polos dominantes de la cultura, pero hemos ganado una enorme extensión de la reflexión y de la creación pública.

    –¿Cuáles considera que son las posibilidades de la figura del intelectual hoy en día en México?

    –Son enormes, mucho más grandes que las que había cuando yo empecé a participar en el ámbito intelectual de México, a principios de los años 70. Yo y mi generación abrimos espacios para ser reconocidos en el ámbito de la literatura, de la edición y del periodismo. Esas tres vertientes se han enriquecido enormemente en los últimos años con un edificio gigantesco y cada vez de mayor penetración y fuerza, que es el espacio de la academia. Si uno pone los cuatro órdenes fundamentales donde puede trabajar un intelectual (como autor, como editor, como periodista en los medios y como miembro de la comunidad académica), es un mundo tan verdaderamente rico y variado, que es lo que explica en el fondo por qué los cenáculos han perdido la gravitación que tenían.

    Usted ha participado en reuniones públicas y privadas que han tenido una influencia decisiva en temas relevantes para nuestro país. En Adiós a los padres escribe: “quien no ejerce el poder que tiene, es devorado por el poder que negó”. ¿Cómo afronta el papel que desempeña en nuestra vida pública?

    Con un balance un tanto cuanto melancólico. Pertenezco a una generación para la que participar en la reflexión pública y mojarse las manos en las aguas turbias de la política, a través de la crítica, tratando de comprender el proceso histórico y el momento del país, era una parte consustancial al hecho de pensar y crear una obra. Esta reflexión se da en mi generación porque crecimos mirando hacia personajes como Daniel Cosío Villegas, Octavio Paz o Carlos Fuentes. Es una generación para la cual combatir en la vida pública no es una elección. Nuestro último interés fue que de alguna manera nuestros esfuerzos incidieran en la realidad y así cambiar las cosas para bien, pero mi generación ha tenido sobre el país una influencia muy pequeña respecto de las intenciones de esa participación pública.

    Nos hemos quedado muy cortos para hacer realidad muchas de nuestras inconformidades y críticas. Trajimos la democracia; fuimos partidarios de abrir la economía mexicana para modernizarla; acompañamos el proceso de institucionalizar la diversidad social en organismos autónomos; combatimos largamente en la idea de tratar de que esta sociedad sea menos inequitativa, más generosa con sus hijos… hechas todas las cuentas, son cuentas pobres. Este país será próspero, democrático y equitativo, pero no lo será por las transformaciones que hayamos hecho en el curso de mi generación. Hemos vivido un país que convirtió en problemas lo que para otros fueron soluciones: corrompimos nuestra democracia, lastramos nuestro desarrollo económico, profundizamos nuestra desigualdad.

    El balance que puedo hacer de mi generación, que se abocó a la reflexión crítica sobre el espacio público y a la transformación virtuosa del país, es muy negativa. Hemos fracasado y nuestro porcentaje de bateo es ridículo. En ese sentido, me queda solo el consuelo de algunos ejemplos clásicos de la melancolía de la vida activa: Gramsci: “hay que proceder siempre con el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la inteligencia”; Cioran: “hay que estar del lado de los oprimidos, sin olvidar nunca que están hechos del mismo barro que sus opresores”; por último, Scott Fitzgerald, que es mi favorito: “la verdadera prueba de una inteligencia es poder sostener dos ideas contradictorias al mismo tiempo en la cabeza y seguir funcionando. Sostener, por ejemplo, que las cosas no tienen remedio y mantenerse, sin embargo, decidido a cambiarlas”. Ese es el resumen del balance generacional que puedo hacer.

    Pareciera que al hacer el recuento de la vida se pone más atención en la acumulación de pérdidas que en las ganancias. ¿Cómo se equilibran en el doctor Héctor Aguilar Camín las propias pérdidas y ganancias?

    Es que en la exploración de las pérdidas hay también una reconciliación con el mundo. Mis últimos libros son melancólicos y tristes, pero escritos durante todo el camino con felicidad. Mientras escribía cosas terribles, gozaba enormemente la precisión con que al final pude hablar de lo que no me había atrevido, cosas que hasta entonces para mí eran inefables. Esa conquista de lo hasta entonces no había hablado es una fuente de felicidad. Es recuperar un sentido de la vida de mis padres, que eran cualquier cosa menos transparentes para mí. Es una manera también de despejar esa zona de melancolía y poner en ella, en lugar de la tristeza opaca de la pérdida, una historia transparente y legible a la que se puede regresar continuamente. Yo quería terminar Adiós a los padres con mi madre y mi tía hablando en tiempo real, en una grabación de muchos años antes. Así termina el libro: con ellas hablando en esa grabación. Todo el que lea mi libro las encontrará hablando. En el fondo es una manera de reparar la pérdida y de que no se mueran. De que sigan viviendo cuando menos en ese pequeño espacio de ese libro.

    Carlos Rojas Urrutia – Gerente de mercadotecnia de Educal.