Home»Hernán Lara Zavala: Pasión natural desde la Península

Hernán Lara Zavala: Pasión natural desde la Península

Hernán Lara Zavala acaba de llegar a los 70 años. El escritor nacido en la Ciudad de México pero habitante permanente de la Península de Yucatán por medio de su obra, tiene en su porvenir más de una novela. Lector asiduo de Shakespeare, profesor y editor, Lara Zavala nos habla aquí de diversos temas: las poéticas del cuento, la historia y la literatura, su novela más reciente, Macho viejo y el inusitado placer de ser lector.

 

Hernán Lara Zavala (Ciudad de México, 1946) aprendió de sus maestros Juan José Arreola y Juan García Ponce que “hay que vivir la vida con la misma intensidad con la que uno vive la literatura cuando la lee”. Esa premisa, combinada con su conocimiento amplio de la literatura inglesa del siglo XIX y de Shakespeare (“el escritor más grande que ha dado la humanidad”), así como la indagación del origen de su descendencia, que se ubica en la Península de Yucatán, son los elementos que conforman el cuerpo de su creación literaria.

Estudió ingeniería, luego una maestría en letras inglesas en la UNAM e hizo estudios de posgrado en la Universidad de East Anglia, Inglaterra. Volvió a la Universidad Nacional, donde ha desarrollado su carrera desde entonces como escritor, editor, profesor y funcionario: en la Facultad de Filosofía y Letras, en el Centro de Estudios Literarios del Instituto de Investigaciones Filológicas y en la Coordinación Cultural y su área de publicaciones. Entre los reconocimientos más importantes que ha recibido están la Medalla Yucatán 2008, otorgada por su trayectoria, y el Premio de la Real Academia Española 2010 por Península, Península.

Su intento por ser escritor comienza con De Zitilchén, donde se establece como primera coordenada de su literatura la atmósfera de la Península de Yucatán, ese lugar que, puertas adentro, ocupa los recuerdos de su infancia. Le siguen en el género de cuento El mismo cielo, Después del amor y El guante negro, volúmenes hechos con la convicción de que todo buen relato encierra un misterio, un secreto o un enigma que debe revelarse al lector como una epifanía.

En su primera novela, Charras, da forma literaria a un suceso histórico que a mediados de los 70 conmovió a los habitantes de la Península: el secuestro y asesinato de “Charras”, un activista político que comenzó colaborando con los sindicatos de la zona y terminó por convertirse en un personaje incómodo para los empresarios cercanos al gobierno de Carlos Loret de Mola.

Casi dos décadas después publicaría su segunda novela, Península, Península, donde se monta en el pretexto histórico de la Guerra de Castas para construir un mosaico de personajes cuyas vidas quedan marcadas por esa batalla sin precedentes que a punto estuvo de expulsar a los habitantes no mayas de aquella región del país. Esa novela, cuyo fondo es histórico, es la prueba de que una historia inventada puede ser la herramienta necesaria para mirar la Historia y desde ahí entender el presente.

Acaba de publicar Macho viejo, una reflexión melancólica y marítima de la vejez que comparte el balance de pérdidas y ganancias de la dichosa vida de Ricardo Villamonte en alguna costa del Pacífico. Es además, un homenaje al mundo natural y la integración del hombre con su entorno, una muestra de que Hernán ha aprendido la lección de D.H. Lawrence para ubicar la pasión en la naturaleza.

Hernán Lara Zavala nos recibe en su casa, que queda muy cerca de la entrada al bosque de los Dinamos, una de las pocas reservas boscosas que aún bordean la Ciudad de México. Está por recibir un homenaje en la edición XXXVI de la FIL Minería y nos promete que su carrera como escritor no terminará antes de publicar al menos diez novelas. Ya presume la tercera y va en camino de las cuarta y quinta. En su estado personal de pérdidas y ganancias, Hernán llega a los 70 años y, antes que nada, agradece haber podido conquistar un espacio como escritor profesional.

  • +

    La integración del lejano México peninsular

    Mi mundo de la infancia estaba relacionado con la Península de Yucatán. Vislumbré desde el principio que si quería decir algo más o menos original, tenía que explorar ese mundo abandonado por el México central.

    ¿Qué significa para ti esa región particular que es la Península de Yucatán?, ¿cómo está integrada a tu vida?

    –De una manera muy profunda. Uno no es sólo del lugar donde creces o te formas. Eres también de dónde vienes, quiénes son tus padres, quiénes eran tus abuelos. Juan Rulfo decía: “yo no quiero saber donde nació usted, quiero saber de dónde son sus muertos”. Mis muertos son, tanto por parte de madre como de padre, de la Península de Yucatán. Mi padre nació en un pueblo de Campeche, que es en el que basé De Zilitchén, mi primer libro, que en cierto modo podría ser también una novela, pero que planteé como un libro de cuentos interconectados… a veces el lugar es el que te da el entorno.

    Yo crecí, nací y he vivido en la Ciudad de México, cosa que ha sido un gran privilegio. Pero mi mundo interior, el de la infancia, sobre todo paredes para adentro, estaba relacionado con la Península de Yucatán. Cuando era niño tuve la oportunidad de sentir la presencia muy importante de la cultura maya  en la vida cotidiana. Vislumbré desde el principio que si yo quería decir algo más o menos original, algo que pudiera salir de mi directamente, ese algo era tratar de explorar ese mundo, uno muy lejano, muy abandonado por el México central. Los yucatecos son un poco como las catalanes por diferentes razones, pero siempre ha habido un anhelo de separación; también como los catalanes, arguyen una falta de justicia económica e histórica que no ha hecho que embone bien la Península con México.

    Además de esa geografía que refieres como parte de tu infancia, en novelas como Península, Península y Charras está otra coordenada, que es una mirada a la historia de esa región.

    –Luego esta eso: la parte histórica. Charras, mi primera novela, tiene la condición de ser una novela testimonial que quiere dar fe de un crimen de estado. Como sabes, en los crímenes de estado nunca se descubre al autor intelectual. Siempre se sabe del pobre diablo, el gatillero que se va a la cárcel. Es una novela política que ocurre en la ciudad de Mérida

    Península, Península tiene otra característica que para mí es muy importante, porque plantea un problema que todavía no se resuelve en nuestro país: la integración de los descendientes de los españoles con los indígenas. En el siglo XIX se dio una confrontación como no se ha dado en la República Mexicana. Los mayas estuvieron a punto de expulsar a los descendientes de los españoles de sus territorios. Después de la Guerra de Castas, Benito Juárez, de una manera bastante salomónica, dividió en tres la Península de Yucatán. Se dio muy bien cuenta de que mientras no la dividiera, la Península seguiría separándose. El famoso dictum de divide y vencerás. A los de la ciudad de Campeche les dio el territorio pegado al Golfo.  A los yucatecos, que eran los más rebeldes, la porción del centro. Y a los indígenas vencidos el territorio de Quintana Roo. Lo único malo fue que hizo que yucatecos y campechanos tengan una continua hostilidad, que es ridícula y no tiene ningún sentido porque son exactamente lo mismo. Los pobladores de la Península son unos solos. Mismos españoles, mismos mayas, pero no hay mejor enemigo que el vecino. El vecino es el enemigo consentido.

    La actualidad de Charras y de Península, Península radica en que al mirar hacia atrás e imaginar la historia, podemos ver hacia el futuro, ¿crees que la realidad literaria puede intervenir en el devenir de la Historia?

    –En Charras traté de subordinarme lo más posible a datos duros, cosas que podía comprobar por periódicos o revistas. Era una indagación en los documentos, aunque es una novela, que quede muy claro. No es un reportaje. Pude haber intentado hacer un reportaje, pero preferí no hacerlo. Hay personajes, situación, suspenso, diferencias de actitudes para que el propio lector pueda sacar sus conclusiones.

    En el caso de Península, Península, el escenario final es histórico, pero la mayor parte de lo que ocurre, de los incidentes y episodios son inventados. Los personajes principales, como el doctor Fitzpatrick, María (la indígena que se hace amante de Cecilio Chi), el novelista, Lorenza… son inventados, porque en ese tipo de novela la carne que le puedes sacar se da con la creación literaria. La Historia está fija. El chiste es imaginar cómo esa Historia afecta la vida de las personas en una guerra civil. No es una invasión. Cuando hay una guerra de invasión, uno siente el deber y el honor de combatir al invasor. Pero cuando el invasor es tu hermano… hay dos niveles. El primero es el del dato histórico, lo que ocurrió. Luego es la creación. Es muy importante para un escritor mirar hacia el pasado, con anhelo de entender el presente y luego de prever qué puede suceder.

  • +

    La formación ambivalente en dos lenguas

    El asunto es que uno encuentre su voz. Si no la encuentras te conviertes en un epígono, un imitador; eso da literatura de segunda categoría. En su búsqueda interna, todo autor tiene que aprender de otros escritores.

    Además de la tradición de la literatura mexicana, tienes los referentes de tu formación en letras inglesas, ¿crees en el concepto de los padres literarios o de una tradición en la que te inscribes?

    –Sí, claro que sí. Todos los escritores, empezando por William Shakespeare que es el más grande que ha dado la humanidad, siguiendo con Miguel de Cervantes que es uno de los que se le acercan, todos se nutren de otros escritores. El asunto, el verdadero elemento importante, es que uno encuentre su voz. Si no la encuentras te conviertes en un epígono, un imitador: alguien te influye y quieres ser como el modelo, eso da literatura de segunda categoría. En su búsqueda interna, todo autor tiene que aprender de otros escritores. Como escritor no nada más lees a los autores, sino que los estudias, para saber cómo hizo esto o aquello.

    Las influencias son muy raras. De mis dos principales maestros, el primero fue Juan José Arreola. Yo sabía que él impartía talleres y cuando entré a la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM, lo primero que hice fue meterme a su clase de creación literaria, lo cual para mí fue una bendición. El otro muy importante, aunque no me parezco mas que de una manera tangencial, es Juan García Ponce. Cuando leí su autobiografía, pensé: “si este hombre, que tiene circunstancias muy parecidas a las mías, se pudo convertir en escritor, a lo mejor yo también puedo convertirme en uno.” Tuve otros maestros como Antonio Alatorre, Sergio Fernández, Colin White… la otra parte importante es mi formación en la carrera de letras inglesas. Yo no tengo nada del barroquismo de algunos de mis colegas anteriores y contemporáneos. Soy mucho más directo en mi lenguaje. Menos barroco. Me gusta la frase llana, clara, ágil.

    Ese conjunto formado por tu conocimiento de las letras inglesas, la vida en la ciudad de México y tu perspectiva de la Península que forman tu literatura, a la hora de escribir, ¿se agrupan de manera deliberada o de forma intuitiva?

    –Están las dos cosas. Nadie puede impostar su voz. Es una manera de reflejar cómo percibes el mundo. Te aficionas a ciertos autores que se parecen a ti, con quienes encuentras un eco. Por otro lado… es como caminar: no puedes caminar diferente de como te lo dio Diosito. Caminas como Dios te da a entender. El movimiento del cuerpo es algo que te viene. Igual así lo siento en la escritura. Hay una parte de intuición, involuntaria, pero hay otra en la que sí tienes que tratar de corregir las cosas que no te gustan. Todo escritor sabe que está el borrador y después la corrección. A veces la corrección es más amable, pero es más cansada y lleva más tiempo.

    En la tradición moderna del cuento, donde hay dos tipos de relatos, unos donde predomina la anécdota y otros donde el elemento central es la atmósfera, ¿dónde se ubican tus cuentos?

    –La anécdota es inevitable. En el primer tipo de cuento el final es más efectista, termina por redondear por completo la historia. En el otro, el final es más sutil. De la anécdota no se puede prescindir y de hecho no creo en esos cuentos que son prosa poética, porque me aburren. Me gusta cuando la historia se cuenta de una manera sutil. Es lo que hicieron Chéjov, Joyce, Carver… poner una historia e inducir al lector a que reflexione y sienta, o que se sorprenda de lo que siente porque no era lo esperado. Si uno puede adivinar el final de un cuento, es un cuento fallido. Por eso me he inclinado desde el principio, desde De Zitilchén, por las soluciones ligeramente ambiguas, evanescentes, como nos enseñaron los grandes. Epifánicas, que es lo que debe ser.

    Uno de los elementos de muchos de tus cuentos es el amor y una manera de expresar la sensualidad. El erotismo que vivimos ahora tiene que ver con una representación fotográfica, no con la concepción de un encuentro íntimo… ¿Cuál es el lenguaje que nos queda para hablar del amor y del erotismo?

    –No sé si es exclusivamente cuestión del lenguaje. Cuando me preguntan en términos de profesor o tallerista qué hace una buena novela erótica, digo que lo primero es que tiene que estar bien escrita. Eso no quiere decir que no tenga palabras altisonantes o escenas fuertes. Bien escrita quiere decir de una manera que resulte atractiva en términos sexuales. El acto sexual es tan común y tan limitado, que no tiene ningún sentido si no le das un poquito de vida interna. Describir una orgía no tiene chiste, lo que tiene chiste es encontrar el hilo fino del erotismo, a veces con humor, a veces con sensualidad, a veces con sorpresa. Porque el erotismo también llega por asalto. Tú no estás necesariamente buscándolo cuando aparece.

  • +

    La melancolía marítima de un “macho viejo”

    Macho Viejo es una reflexión melancólica sobre la vida, el amor, los animales, el mar, la amistad, los hijos, o sea, sobre las cosas importantes de la vida.

     

    –Macho Viejo, tu novela más reciente, es un canto a la naturaleza y un homenaje a los románticos ingleses, como Keats y Byron (cuyos versos abren el libro), autores que eran adoradores del mundo natural, ¿Cuáles son los otros referentes literarios que aparecen en esa novela? 

    –Tuve mucha inspiración de Joseph Conrad, de su novela breve La línea de sombra, que es la última etapa de su vida como el capitán que era. Recordemos que la juventud siempre es experimento. Uno se puede dar el lujo de cometer algunos errores, tienes el derecho a intentar buscar tu camino, tu ámbito, tu lugar en el mundo. Esa primera parte en la obra de Conrad se llama Juventud (Youth). Luego fue la famosa El corazón de las tinieblas, donde se conoce ya el horror. Y la tercera, que es La línea de sombra, sobre un hombre que se retira. No era viejo, pero sí para los cánones del siglo XIX, porque ya es un capitán que va a pasar a la línea de sombra. Conrad dejó de ser marino y fue marinero en tierra.

    Esa etapa es muy interesante, porque es lo que te permite la reflexión. A mi edad, me fascina leer, pero ya no me interesa tanto leer los libros recientes (los leo, sobre todo autores que me interesan. Los sigo. Amigos y no amigos), pero me interesa muchísimo la relectura. Releo El viejo y el mar para ver hasta qué punto se sostiene. O Moby Dick, o el Cuarteto de Alejandría, o Ulises, o En busca del tiempo perdido. Todo eso te da una emoción para mí insólita. Descubres muchas cosas y a veces puede ser que te decepciones de otras. Pero bueno, esa es la vida.

    Para esta tercera novela, una de las primeras cosas que discutí con los editores era que ellos decían que los dos nombres eran políticamente incorrectos. A nadie le interesa el machismo ni a nadie le interesan los viejos. Bueno, pues por eso le puse Macho Viejo, porque es un antídoto al machismo por un lado, y una especie de revaloración o reapreciación de una edad que en este momento está considerada como equivocada.

    Macho Viejo ya no sucede en el ámbito de la Península, sino que es una reflexión melancólica y marítima de la vejez, una etapa donde pareciera que la vida se convierte en una acumulación de pérdidas en vez de ganancias…

    –Hay algo de eso. Más que una acumulación de pérdidas, diría que un balance de las pérdidas y las ganancias. Si has vivido una vida plena y llega la muerte, puedes irte como se va Macho Viejo: satisfecho. Y no fue un presidente, ni un gran actor, ni un gran artista, fue un hombre común y corriente que se dedicaba a la medicina y que conoció el amor… es una reflexión melancólica sobre la vida, el amor, los animales, el mar, la amistad, los hijos, o sea, sobre las cosas importantes de la vida.

    Macho Viejo es también una especie de propuesta antitética a El viejo y el mar de Hemingway. El viejo y el mar contempla la naturaleza como algo que hay que subyugar o que dominar. Aquí la naturaleza es algo que es cómplice. La apreciación del hombre a la naturaleza, sobre todo durante los últimos 50 o 100 años ha cambiado de una manera extraordinaria. Ubico la novela en un lugar de nombre fantástico pero en realidad es Puerto Escondido, porque está basado en unos libros que me regalaron, cuando me contaron la historia del pargo.

    Este año celebras los 70 años. Como profesor, escritor y editor, ¿qué pérdidas y qué ganancias has acumulado en tu vida?

    –Lo único que puedo decir es que estoy muy contento de haber podido ser escritor. Como dije, cuando leí la Autobiografía precoz de Juan García Ponce, como tantos otros, tenía la duda de si podría o no. Los escritores tenemos una vida muy intensa, atractiva, pero también muy limitada. Sabemos que no podemos ser ricos, no todos podemos ser García Márquez, Carlos Fuentes o José Saramago, pero como yo concebí la literatura, como me enseñaron sobre todo Arreola y García Ponce, es que hay que vivir la vida con la misma intensidad con la que uno vive la literatura cuando la lee. El chiste de ser escritor es que te publiquen y seas profesional, porque si nada mas escribes para guardar tus papeles en el escritorio, no lo eres. El escritor es el que escribe y al que lo publican. El que ya tiene un espacio.

    Recuerda que yo estudié primero ingeniería. Soy el mayor de una familia de nueve hermanos. No creas que la tenía tan regalada. A mi papá le causé una desilusión muy grande cuando le dije que no sería el heredero de su empresa y que me la iba a jugar (como decíamos en la juventud) tratando de ser escritor. Gracias a eso ingresé en la Facultad, adquirí los conocimientos que tengo y gracias a eso vivo, porque vivo como profesor en la Universidad, cosa que me da mucho orgullo.

  • +

    El inusitado placer de ser lector

    El mejor índice para saber si un libro es bueno o no es que te brinde un placer inusitado. El placer es la regla número uno. Los libros importantes son los que te producen placer pero también los que tienen conocimiento del mundo.

    En la solapa de Península, Península haces una breve semblanza de ti mismo y anotas esta frase: “Diosito le obsequió el don del cuentista, pero él se ha esforzado en también ser novelista”. ¿Escribir novela es una necedad o una necesidad?

    –Es un acto de voluntad, de disciplina, de tiempo y de paciencia, porque el cuento te lo regala Diosito. Se te ocurre un cuento y a lo mejor te lo escribes en una noche o una semana. Pero a la novela le tienes que meter muchas mas ganas. A los mexicanos y a los latinoamericanos a veces lo que nos falta, como en el fútbol, es paciencia y disciplina.

    Otro gran escritor, William Trevor (uno de los escritores que más admiro, que tiene 87 años, que cada cosa que publica la sigo fervorosamente), cuando un día tuve la oportunidad de hablar con él, le dije “usted es un gran cuentista. Usted reinventó el cuento”. Él me respondió: “sí, pero tú no debes conformarte nada más con ser cuentista. Hay que ser cuentista y novelista si de veras quieres tener la categoría de escritor”. Y pues me he esforzado. En esta parte de mi carrera, estoy comprometido a escribir y llegar a diez novelas. No quiero más. Voy en la tercera. Estoy en camino de la cuarta y la quinta. Me falta la mitad del camino. Espero no desilusionar a los lectores que me siguen.

    En algún artículo recordabas la primera vez que sentiste la emoción lectora. Te referías a los primeros párrafos de Justine de Lawrence Durrell. ¿Cómo o dónde se tocan y conviven las emociones que te da el leer y la necesidad de escribir?

    –El mejor índice para saber si un libro es bueno o no es que te brinde placer. Y que te brinde un placer inusitado. Yo digo a mis alumnos que esos libros que les aburren a lo mejor no son aburridos, sino que ellos todavía no tienen la capacidad o la madurez para seguirlos. El placer es la regla número uno. Como decía Antonio Alatorre: lo que uno siente no puede ser falso. A lo mejor está equivocado. Los libros importantes son los que te producen placer pero también los que tienen conocimiento del mundo.

    Hay una correlación entre la lectura y la escritura. Detrás de todo escritor tiene que haber un lector, pero no detrás de todo lector tiene que haber un escritor. No concibo a un escritor que no haya leído nada pero sí puedo concebir a grandes lectores, que son casi como escritores… acaba de morir Raúl Ortiz y Ortiz. No sabes qué personaje era. Se conocía toda la literatura inglesa, española, mexicana, era gran amigo de Rosario Castellanos. Es una delicia conversar con lectores como él, que tienen una sensibilidad fina, profunda. Hay ciertos textos como Justine que no sólo te producen placer, sino que te invitan a querer ser escritor. Me pasó con mi contemporáneo José Agustín. Cuando José empezó a escribir fue una revelación para todos nosotros. Un gran parte aguas. Pero yo tuve el cuidado de saber que lo que él había hecho lo había hecho muy bien y que yo no haría lo mismo

    ¿Cuál es la importancia de la lectura de los libros clásicos para la formación de nuevos profesionales de la literatura?

    –Como profesor, tengo muchos alumnos perceptivos, a quienes les muestro a los clásicos, porque ahora en estas modas, los profesores más jóvenes revisan a los escritores contemporáneos exitosos. Y yo digo bueno, ¿qué pasó con los clásicos? Stevenson, Melville, Hawthorne, Joyce… o Shakespeare, Johnson, Keats, Byron… ahora todo mundo está metido en los bestsellers y en esa cosa que llamó Harold Bloom “la literatura de los resentidos”: la de los homosexuales, negros, chicanos y todos los grupos marginales, que tienen todo el derecho de tener su literatura, pero hacer de ese elemento un juicio de valor… que sea negro o víctima del colonialismo y lo denuncia no lo hace bueno. Yo soy de los que creen que hay novelas buenas que pueden ser incluso reaccionarias, con las que no necesito estar ideológicamente de acuerdo, pero que tienen un valor intrínseco, tienen literatura, tienen esa manera de percibir el mundo profundo. Caray, eso lo agradeces y lo agradeces mucho.