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Hubert Matiúwàa: Cicatriz de la montaña

Los pueblos originarios de México tienen en su lengua, en su piel, una cicatriz que mira hacia el tiempo. Los libros de Hubert Matiúwàa, escritos en mè’phàà -a la vez una cultura, una cosmovisión y un instrumento poético- y español, son una obra de enseñanza y testimonio contra la violencia. En esta entrevista, Hubert reivindica la palabra de los pueblos de nuestro país y su propia historia como poeta.

 

En la cultura Mè’phàà no se recibe un nombre. Se vive para merecerlo. Cuando una mujer está embarazada, se dice que “carga el pensamiento”; cuando nace, a su bebé se le nombra como “nacido pueblo”; y cuando se hace adulto y puede sostener por sí mismo a una familia, se dice que “ya es capaz de buscar su nombre”. Ese es el destino de la gente Mè’phàà de la montaña de Guerrero: hacerse de una palabra con la que su cultura pueda nombrarle.

Hubert Matiúwàa (Malinaltepec, Guerrero, 1986) contribuye desde el lenguaje poético a la resistencia que viene de la montaña. Hace poemas para que la lengua Mè’phàà no muera. “Mi generación es responsable de lo que ocurra en la montaña hoy, de si la lengua vive o muere”, explica Hubert una tarde en que nos encontramos bajo el calor seco de Chilpancingo. “Es necesario contar la historia del tiempo que nos tocó vivir, dejar testimonio y generar enseñanza a los que vienen, para no volver a un tiempo tan violento, para construir mundos mejores que esto”.

Los versos de Hubert son, en sus propias palabras,“formas de resistencia encadenadas a la posibilidad de los momentos que configuran la esperanza”. Recobra las raíces y mitos ancestrales para exhibir desde su cosmovisión la actualidad cruda y sangrienta de una región donde se reflejan las contradicciones e injusticias de todo un país.

Poemas construidos desde el Mè’phàà, que entra en comunión con el español “mediante un diálogo estético de dos culturas, condensadas en un poema, a través de la traducción”, porque “cada lengua es un mundo simbólico distinto. A veces, tengo un borrador en Mè’phàà y resulta que encuentro en el español elementos que no hay en mi lengua. Entonces reconfiguro y resulta que queda perfecto en ambos idiomas. Esos son los poemas más chingones”.

El Mè’phàà es también la piel que protege a Hubert para no amedentrarse ante la ofensa del mundo mestizo: “Dicen los abuelos que la lengua es como una cobija. Si hace frío, te tapas; si te recuestas en un lugar duro, la haces almohada; depende de ti si la olvidas, la ensucias o la mantienes limpia… así es la lengua. Nuestra piel. Si la negamos dejamos de ser, entramos en la lógica de que no valemos nada. Si le damos el lugar que merece en nuestro corazón, nos fortalece, ya no queda lugar para aceptar la discriminación y la volencia cotidianas”.

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    La noche en que no duerma

    “Nosotros venimos de la noche”es el poema más hermoso que haya escrito un pueblo originario. Eso debe hacer un poema: transformar, mover pueblos, hacer que reencarnen.

    Hubert forma parte de esa colectividad de autores en lenguas originarias que hacen arte en su propio idioma y construyen una nueva audiencia dentro de sus comunidades, para defenderse así de la dominación y el despojo. En el prólogo de su segundo libro, Tsína rí nàyaxà’ / Cicatriz que te mira (Pluralia Ediciones/Secretaría de Cultura de la CDMX, 2018) Herman Bellinghausen asegura que “Matiúwàa consigue una de las obras más redondas y reveladoras de esta literatura mexicana ‘paralela’ del nuevo siglo”.

    En casi todas sus lecturas públicas y presentaciones, Hubert va de sombrero, gabán y botas. Ha llevado su lengua a espacios donde hasta hace unos años habría sido impensable. Su pueblo está en el corazón de la montaña. Según cifras del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), de los 26 mil habitantes de Malinaltepec, la mitad son pobres a secas. El resto vive en el parámetro de la pobreza extrema.

    En los versos de Hubert, la injusticia, la explotación, la muerte y la guerra develan su esencia poética. Su primer libro, Xtámbaa / Piel de tierra (Pluralia Ediciones/Secretaría de Cultura, 2016), aborda esos temas y al mismo tiempo reconstruye una manera de nombrar las cosas donde todos somos responsables de todo.

    Es heredero de la tradición oral de sus ancestros, pero también de un magisterio que desde finales del siglo XX ha procurado que las comunidades reivindiquen su lengua. La sacudida que animó esos esfuerzos fue el movimiento zapatista. Hubert también venía de la noche y había vivido en ella. No lo sabía aún, pero también quería que la luz fuera para los demás. Recuerda la llegada de los zapatistas a la cancha de basquetbol de Malinaltepec como un suceso extraordinario, que le abrió los ojos y le descubrió que desde su palabra se podía crear y construir una forma distinta:

    “No nada más ustedes, también los pueblos originarios nos sorprendimos. Los abuelos decían que ellos no eran humanos, que tenían poderes sobrenaturales, pues ¿quién se atrevía a rebelarse contra el gobierno? ‘Nosotros venimos de la noche…’ es el poema más hermoso que haya escrito un pueblo originario. Eso debe hacer un poema: transformar, mover pueblos, hacer que reencarnen”.

    Al aceptar un nombre, se asume una responsabilidad. Hubert decidió formar parte de “los hombres que hacen reír, que dicen la palabra que cuenta”. Para ello, tomó el seudónimo Matiúwàa del pueblo de su padre. La expresión se refiere al “río de la calabaza”; el epicentro del mito sobre el que se funda la cultura Mé’phàà y sus castas de trabajo. Usa ese nombre para firmar sus libros por “seguir el camino de la descolonización. Descubres que te nombraste de muchas maneras, pero nunca como debiste hacerlo en un principio”.

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    Volar lejos y poner la palabra

    Nada ha cambiado. Por eso es fundamental seguir nombrando esta montaña, para que no se olvide, para que tanta violencia no se normalice, para que haya esperanza.

    Salió de Malinaltepec para estudiar Filosofía en la Universidad Autónoma de Guerrero y luego Estudios Latinoamericanos en la UNAM. Como el colibrí de sus versos, Hubert ha volado lejos para compartir su palabra. Siempre regresa, para devolverle a su pueblo lo que le debe: “a veces hay que estar afuera para poder estar adentro. Eso te da la posibilidad de devolver tu palabra, compartirla con los otros, sobre todo con los niños, para generarles la esperanza de abrazar nuestra lengua y llevarla a vivir por los caminos del mundo”.

    No recuerda referencias precisas de la poesía occidental para descubrir su espíritu de poeta, pero sí rememora que cuando comenzó a leer, le marcaron el poema de un canario que halló en un libro escolar y un libro de historia del Islam. Más tarde comenzó su formación filosófica y una pasión por el rock y el metal pesado que le acercaron a los poetas malditos, como Baudelaire y Rimbaud.

    Hubert escribe sobre todo para la audiencia de la montaña, para dar identidad a quienes les han pisoteado su tierra y su cultura, que han nacido y crecido “en la casa de Lucío”, ese hombre que se hizo nahual porque tuvo la capacidad de convertirse en los otros, en una conciencia colectiva inmortal, en el alma de una geografía donde persisten los motivos que la engendraron:

    “Es la violencia la que ha hecho que surjan personajes como Lucio Cabañas o Genaro Vázquez. Nada ha cambiado, simplemente cambiaron las formas de ejercer esa violencia. Ahora está bajo las banderas del crimen organizado y el Ejército. Despojan de la tierra a los pueblos. Roban, violan y matan niñas. Por eso es fundamental seguir nombrando esta montaña, para que no se olvide, para que tanta violencia no se normalice, para que haya esperanza”.

    De todas formas, en la cosmovisión Mè’phàà no hay una palabra que identifique al enemigo como un ente ajeno. “El pueblo Mè’hpàà dice ‘nosotros’ aun cuando nos referimos a otros, que se nombran ‘el nosotros de los otros’. No hay distinción. Una de las riquezas de los pueblos originarios es que en vez de excluir, integran. Caminar juntos depende del otro, de su acción, de cómo construye su identidad. Cada uno asume ese ‘nosotros’ y ahí es donde le llega su nombre”.

    Antes que poemas, los textos de Hubert son heridas de sucesos que han marcado la infamia de nuestros días recientes, escritos con los nombres propios de sus amigos y hermanos: Iguala, Ayotzinapa, la tragedia de los niños sicarios y las niñas rayadoras de amapola. “Mis libros, antes de ser esta cicatriz, fueron historias. En la montaña hay vidas antes que poemas. Todo lo que digo parte de la realidad y de ahí se transforma en poesía. Lo que importa es cómo regresa, cómo se mueve entre la gente y se revitaliza. Son cosas muy tristes, que no me gustaría haber escrito, pero hay una necesidad de decirlas”.

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    La cicatriz que nos mira

    Somos un cuerpo. No puede haber justicia general si no aceptamos las diferencias de todos los pensamientos. Si no pensamos en reeducarnos en el proceso de violencia contra la mujer, por ejemplo, nos condenamos a caminar sin una pierna.

    En uno de sus versos, Hubert escribe: respeta la chicharra que enterraron en tu garganta. Sobre esa responsabilidad que conlleva el convertirse en la voz de la montaña, la tarea es mucho más un suceso colectivo que un deseo privado, una “manera pequeñita de contribuir a contar una misma historia”:

    “La responsabilidad no es única. Cuando era niño veía a los abuelos y me parecía imposible llegar a ser como ellos. Luego me pregunté si yo llegaría a serlo, una responsabilidad que todo hijo de una cultura tiene que asumir para que su lengua viva. No soy un portavoz o vocero de la palabra. Eso no existe para mí. Lo que intento hacer es hablar en el lenguaje propio de la poesía lo que durante muchos años se ha dicho en la montaña”.

    Hubert hace que las palabras se enreden en la memoria para que confluyan la dignidad y la tristeza, la injusticia y la esperanza, la rebeldía y la resignación. Traza una estética que asume su posición política porque toca lo más profundo de su espíritu.

    Con apenas dos libros publicados, ha sido reconocido ya con el V Premio de Literaturas Indígenas de América y el Premio a la Creación Literaria en Lenguas Originarias Centzontle 2017. En el balance de lo que se ha hecho y falta por hacer para apoyar las lenguas originarias, Hubert acusa que seguimos perdiendo, porque el sistema político en que vivimos abre brechas en lugar de acortarlas:

    “Este país debería respetar a sus pueblos originarios y no lo hace. En México somos 68 naciones-pueblos y no es justo que seamos excluidos. Hay una desigualdad sistemática. En la región de la montaña no hay acceso a salud o educación. No te enseñan tu lengua para que puedas leerla. Esas condiciones son las que excluyen a los pueblos originarios. Hay que hacer bloqueos para demandar maestros. Debería haber más apoyos o espacios enfocados a la creación de los pueblos originarios”.

    Más alla de la confrontación, habrá que buscar una identidad como país que no desprecie ninguna de sus partes. Mientras no lo hagamos, estamos condenados a caminar incompletos, porque “somos un cuerpo. No puede haber justicia general si no aceptamos las diferencias de todos los pensamientos. No sólo con los pueblos originarios. Si no pensamos en reeducarnos en el proceso de violencia contra la mujer, por ejemplo, estamos condenados a caminar sin una pierna”.

    Si, como dice Hubert, “cada pueblo tiene su montaña, un lugar donde siempre hay esperanza, porque ahí se genera la vida, pero también hay muerte y soledad”, quizá sea hora entonces de aceptar nuestra propia montaña, para encontrar juntos una manera de nombrarnos mejor.

    Carlos Rojas Urrutia – Gerente de mercadotecnia de Educal.

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    Dos poemas

    Ru’wa gìnii

    Xó ní’thiin xíñù’:

    Xí mà gàa

    gàjmii ru’wa gìnii

    mbàya ajngáa wiyáá

    màgo’ ìdáa ma’gàa

    kanjgó ikháán májrá’an mìnaa ajngáa

    májra’an minaa nìmá.

     

    Nìnújngoo weñoo ru’wa nàkhi rí nìkháa xíñù’

    khamí ikhúun rá, xóó àjmà ja’ñuu,

    xóó tsíga rí tsíjra’a ja’ñuu.

     

    La primera lluvia

    Como dijo la abuela:

    Si he de irme

    con las primeras lluvias,

    me llevaré tu silencio

    y tus ojos,

    para que tú brotes palabra,

    brotes corazón.

     

    Hace muchas lluvias que se fue,

    yo sigo raíz,

    sigo semillla que no brota.

     

    De Xtámbaa / Piel de Tierra, Pluralia Ediciones/Secretaría de Cultura, 2016.

     

    VIII

    Dxóo,

    jayà’xàyáa

    khamí pañíti’druwii

    khamí jayà’ajwàn’ki’níí asndo nákhi rí nidxúù,

    rí màxpíta ga’kwìì tsí’gu,

    jayà’ ajngáa rí nàguwíín wajèn è’nè,

    jàyáa mángaa tsù’tsún tsí mba’yàá itsáà,

    ikhaa tsí magèwíin adíín siàn’lo’

    mí mastíngàà yujndòò xuwià’,

    ná awùún ixè dxama,

    ná awùún ixè kafè, ná rawùùn dxá’gu tsí ndiyáa xtáyáa

    asndo náá nìrigòò nimià’,

    jàyá mangaà mbà tsingíná rí nìxnáxìì inuu jùbá’,

    mbá ndèla rí màtsikhá xuwià’ló’,

    khamí jagoò atsú tsí’tsún iya mikha rí ma’nìì rawàan’,

    khamí jayà’ mangaà mbá xndú ajwàn’ rí mba’yáà mbi’yàá.

     

    VIII

    Hermano,

    traigo el gabán,

    el paliacate del barranqueño

    y la pistola pintada desde que te fuiste,

    para romper los años,

    traigo esta lengua de arranca muertos,

    este colibrí para encontrar tu hueso,

    para medir los gusanos de la rabia

    y esparcir el polvo de tu carne

    entre los platanares,

    en los cafetales,

    en los labios de la muchacha que quisiste,

    en doquier que anduvo tu ánima,

    traigo una tristeza que entregué a la tierra,

    una vela para encender la piel,

    tres botellas que curen tu boca

    y una bala para buscar tu nombre.

    aa la tierra

    teza que entregue quisiste,

    intada desde que te fuiste,

    a hexho extraordinario: ables de todo. uuna é a e

     

    De Tsína rí nàyaxà’ / Cicatriz que te mira, Pluralia Ediciones/Secretaría de Cultura de la CDMX, 2018.