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Irma Pineda: El canto de la gente nube

Poesía de las nubes, hecha de tonos y metáforas, sobre la familia y los otros, sobre el conflicto y el terruño de Juchitán, entre la resistencia y la tradición; así se podrían describir, de un plumazo, los libros de poemas de Irma Pineda y la tensión que los caracteriza. En esta entrevista, ocurrida unas semanas después de los terremotos en Juchitán, tierra que no ha dejado de moverse desde entonces, la poeta repasa su carrera, su idea de la poesía y el papel de esta última en un mundo concreto e implacable como lo son, en última instancia, las propias palabras.

 

Su madre depositó en su oído el canto de la gente nube y su padre le leía poemas mientras la mecía en una hamaca. Más tarde, involuntariamente, la ausencia de ese hombre le enseñó a no olvidar, a conservar el coraje y transformarlo en denuncia y reivindicación para su gente. Enedino Jiménez y Víctor Terán la guiaron en el paisaje de las formas poéticas. Su pueblo natal le dio los mitos originarios y la lengua diidxazá (zapoteco), llena de armonía y metáforas. Todo esto: la raíz, los maestros, la lengua y el amor son los elementos de los que se nutren los versos de Irma Pineda (Juchitán, Oaxaca, 1974).

Originaria de la séptima sección del barrio de Juchitán, “donde todavía hoy existen callejones sin pavimentar”, Irma Pineda es una de las escritoras en lenguas originarias más activa en los ámbitos de creación, traducción y preservación de su cultura. Desde pequeña se refugió en la escritura para liberarse del dolor que le causó la desaparición forzada de su padre a manos del Ejército, a principios de los años 80.

Con ímpetu, la poeta levanta su voz y lee los poemas que ha escrito en su lengua y que ella misma ha traducido al español en foros nacionales e internacionales. Su obra se ha traducido además al inglés, alemán, italiano, portugués, serbio y ruso.

En su juventud, cuando cursaba la licenciatura en comunicación fuera de Oaxaca, usó la poesía para vencer la nostalgia. Escribía en zapoteco y leía para ella misma, para resistir la soledad y anclarse a su raíz. Los poemarios Ndaani’ Gueela / En el vientre de la noche (2005), Xilase Nisado’/ Nostalgias del mar (2006) y Xilase qui rié di’ sicasi rié nisa guiigu’/ La nostalgia no se marcha como el agua de los ríos (2007), dan cuenta del dolor personal y colectivo de un pueblo a causa de la pobreza o la violencia.

Por otro lado, Doo yoo ne ga’ bia’ / De la casa del ombligo a las nueve cuartas (2008) es un libro que celebra la vida y el ciclo de los binnizá, o gente nube, como se autodenominan los zapotecas. Habla de los ritos ancestrales que conllevan el nacimiento, la vida y la muerte.

Más adelante, Irma Pineda retomó la guía de la denuncia de las injusticias cotidianas con Guie’ ni zinebe / La flor que se llevó (2013), donde pone de manifiesto el ciclo inagotable de represión, agresión y violencia hacia los pueblos originarios; un canto doloroso de las mujeres que resisten las heridas abiertas que han provocado los cuerpos militares.

Irma también ha incursionado en el ensayo, donde reflexiona sobre la importancia de las lenguas originarias, su traducción y su escritura. Destaca entre sus temas, la relevancia de la mujer creadora, no sólo de vida, cantos y conjuros para sanar, sino aquella que recrea el mundo mediante la escritura.

De vuelta en Juchitán, Irma ejerce la docencia en la Universidad Pedagógica Nacional y colabora en el proyecto México Nación Multicultural de la UNAM. También ofrece recitales poéticos en casas de cultura locales y es reconocida y apreciada por la gente del lugar.

Tras los sismos del pasado septiembre, Irma imparte talleres sobre arte y resiliencia. Es consciente de que la reconstrucción de Juchitán tomará un tiempo, así que ella lleva a los niños que aún viven en campamentos las herramientas para que puedan canalizar su dolor, miedo y tristeza mediante la escritura, la pintura y el baile.

Para esta entrevista, coincidimos con la poeta durante su participación en la Feria Internacional del Libro de Oaxaca. Los escenarios en que sucedió esta conversación fueron el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, el Templo de Santo Domingo y el corredor turístico Macedonio Alcalá de la capital oaxaqueña. Agradecemos a Irma Pineda por compartirnos su proceso creador, su trayectoria y su apuesta por preservar la lengua zapoteca mediante la poesía.

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    “Si la flor de sus labios se hubiese extendido para pedir la palabra”

    El diidxazá es una lengua que ha producido muchos escritores, pintores y músicos. Todo juchiteca sabe de la magia y riqueza del lenguaje, con el que todo el tiempo jugamos.

    —La lengua zapoteca es un idioma tonal, donde hay que imprimir un acento particular a cada palabra que se pronuncia. ¿Tu lengua natal es un idioma propenso a la poesía?

    —Sí, claro. Mi idioma, conocido como diidxazá (palabra nube) entre nosotros los binnizá (zapotecas) es una lengua muy tonal, pero también muy rítmica. Ninguna palabra en zapoteco termina en consonante, salvo algunas que hemos adoptado del español. Eso hace que las palabras tengan un sonido suave, que facilita la armonía. Es además una lengua muy metafórica, que todo el tiempo dibuja palabras. Cuando decimos, por ejemplo, “me gusta alguien” o “me gusta algo” decimos “biuladxe”. “la´dxe´” es corazón, hígado, entrañas; no es nada más “me gustó ese muchacho” o “me gustó esa comida”, es “entró a mi corazón”, “a mi hígado”, “a mis entrañas”… algo mucho más profundo. Una sola palabra nos da imágenes, por eso el diidxazá es una de las lenguas que a lo largo de la historia ha producido muchos escritores, pintores y músicos, porque es una lengua que ayuda a la creatividad. Todo juchiteco sabe de la magia y riqueza del lenguaje, con el que todo el tiempo jugamos.

    —En “Cándida” recuerdas: “mi madre descifró para mis ojos el lenguaje de las estrellas / depositó en mis oídos los cantos de la gente nube / me enseño los signos de mi nombre…”¿Fue ella quien te acercó a esas posibilidades de tu lengua?

    —Mi madre, igual que el resto de mi familia, contribuyó mucho, pero el aprendizaje fuerte fue en la calle, en lo cotidiano, jugando con los niños, escuchando a la gente comprar y vender… Pertenezco a una generación que ya es prácticamente bilingüe. Mis abuelos fueron monolingües en zapoteco, pero cuando sus hijos fueron a la escuela, el impacto fue muy violento. Hay que entender que había una política educativa por parte del Estado de desaparecer las lenguas indígenas. Los maestros tenían la encomienda de hacer que los niños aprendieran español como fuera, lo que significaba golpes, humillaciones, maltrato. Vengo de una generación lastimada por haber hablado su lengua. La generación de mis padres aceptó que sus hijos ya no sólo aprendieran zapoteco sino también español. Desde que tengo memoria hablo estos dos idiomas.

    Además de esa herencia natual de tu lengua materna, ¿en qué momento decides ser poeta formalmente?

    —Tuve la fortuna de que uno de mis primeros maestros en la primaria fue el profesor Enedino Jiménez, recordado en Juchitán como uno de los principales promotores de la lengua y un gran poeta bilingüe (zapoteco-español). Enedino veía que me gustaba la poesía y me prestaba libros. Me dejaba de tarea hacer cuentos y poemas; luego me llevaba a la radio para leer esos cuentos. Eso de escribir para otros y que la gente te devuelva sus impresiones me gustó. Tenía tal vez como ocho años cuando Enedino me llevaba a la radio. De hecho, me quedé conduciendo un programa infantil bilingüe porque les gustó que yo podía leer en zapoteco y en español. Ya en la adolescencia busqué el apoyo de otro poeta, Víctor Terán. Entre Enedino y Víctor me enseñaron la parte formal de la poesía; me enseñaron la construcción del verso, a pensar en las imágenes retóricas, cómo armar un poema, pensar en el ritmo… sobre todo, su mayor recomendación era leer. Después tomé talleres más formales con el maestro Alberto Blanco, aquí en Oaxaca y en la Ciudad de México, con el maestro Óscar Wong.

    ¿Tenías acceso a los libros que te recomendaban tus maestros en Juchitán?

    —Tuve la fortuna de que mis papás fueran maestros y eso ayudaba a que en casa pudiera encontrar algunos materiales, pero lo que me nutrió fue la Casa de la Cultura de Juchitán, que por cierto con los recientes sismos quedó muy dañada, casi la hemos perdido, espero que la puedan restaurar… Durante mucho tiempo la dirigió un escritor, Macario Matus, quien puso una sala de lectura infantil y la llenó de libros. La magia no eran sólo los libros, sino la posibilidad de entrar sin tener que dejar identificación ni vestir de manera adecuada. Esa sala de lectura infantil y la biblioteca de la Casa de la Cultura eran mi tesoro. Cuando regresaba de la escuela, podía estar ahí toda la tarde. Teníamos libros que había donado gente como el maestro Francisco Toledo, que no se conseguían en cualquier lado. Recuerdo que al principio buscaba los que tenían dibujitos; me acuerdo de las series de Astérix y Obélix, de Tintín, con ellos empecé a viajar, a saber que existía Egipto, que existía Roma.

    ¿Cuáles fueron los autores capitales para desarrollar tu voz como poeta?

    —Uno de los primeros autores que recuerdo y que sigue siendo muy importante por el ritmo que maneja es Federico García Lorca, a quien me leían cuando tenía cuatro o cinco años, al igual que otros autores de la Generación del 27: Rafael Alberti y Miguel Hernández, entre los que más recuerdo. En la poesía zapoteca descubrí a Pancho Nácar cuando era niña. Su característica era que sólo escribió versos, cuartetas y rimas en zapoteco. Era fascinante leerlo en voz alta, por su ritmo y sonoridad. Creo que hasta ahora nadie de los que escribimos en zapoteco ha logrado el nivel del trabajo de Pacho Nácar. Me enamoré tanto de este autor que con los años me he dedicado a traducir su obra. Es parte de los proyectos que tenemos ahora con el maestro Francisco Toledo. De ahí, otros autores que me han gustado mucho y que sigo leyendo son Fernando Pessoa, Octavio Paz, Oliverio Girondo, Marco Antonio Campos, Silvia Tomasa Rivera… hay muchos que disfruto.

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    “Mujer tierra soy, tierra abierta, tierra rasgada, tierra violentada”

    La poesía me ha ayudado a ir sacando esos dolores, que no se queden tan adentro y hagan más daño aquí, sino que puedan fluir para ser compartidos.

    —En muchos de tus poemas hay una crítica a la indiferencia de los “otros”; incluso en algunos poemas preguntas: “¿qué es transparente mi piel morena?”… ¿Quiénes son esos “otros”?

    Xilase qui rié di’ sicasi rié nisa guiigu’ / La nostalgia no se marcha como el agua de los ríos es un libro pensado y escrito con la idea de la migración. En los últimos años me he encontrado con que cada vez más gente emigra hacia los campos agrícolas del norte. Al conversar con ellos me doy cuenta de cuáles son las cosas que más les duelen o molestan, además de toda la violencia y el cambio que implica mudarse, moverse, migrar. Algo que me señalan es ese desinterés, antipatía incluso, o indiferencia de otros, me dicen: como si no existiéramos, como si no nos pudieran mirar, como si fuéramos como el aire que no ven. Ese libro está dedicado a los migrantes y por eso hay este tipo de poemas, que reclaman la indiferencia, la antipatía, el maltrato, pero que también nos devuelven la fortaleza de la cultura. Por eso también está esa parte de que sí, tenemos que migrar para sobrevivir y tenemos que pasar por esta civilización, por el no escuchar mi lengua y no mirarme, pero no me verás morir. La misma cultura nos dará la fortaleza para seguir y trascender.

    —A quienes se van también les pides que regresen, que tejan junto contigo una vuelta al ombligo. Abrirse al mundo, pero con un hilo que lleve de regreso a Juchitán, para volver a la raíz…

    —Sí, plantear una aspiración de que la gente pueda volver y fortalecer su cultura. Ya no es el mismo el que regresa, vendrá con otros pensamientos que no vamos a reconocer, pero aun así, aquí le esperamos con el corazón. Por eso empecé a escribir de manera más constante. Cuando salí del pueblo, llegué a una ciudad donde no encontré paisanos, nadie con quien hablar mi idioma. Una de las formas de volver a mi cultura fue precisamente a través de la poesía. Escribía poemas en zapoteco y me los leía a mí misma para recordar el sonido, para estar vinculada con el lenguaje, con la cultura, con la tierra. Fue mi puente para volver siempre.

    En La flor que se llevó tocas el tema de las desapariciones forzadas, en una forma de diálogo con aquellas madres, esposas e hijas que siguen buscando a sus seres queridos.

    —En la época más dura de la represión en el Istmo, el 11 de julio de 1978, el  Estado desapareció a mi padre. Yo crecí con eso, con la imagen de los soldados violentando al pueblo. Luego sucedió en la década de los 90 con el EZLN y se suma el periodo de Calderón de esa llamada guerra contra el narco, que lo volvió a hacer. Yo no puedo tener otra imagen de las fuerzas armadas más que violentando al pueblo. Para mí era como un nudo atorado aquí en la garganta… “¡híjoles, cómo saco esto!” Entonces empecé a escribir y salió ese libro, que muchos días escribí llorando. Es un libro que escribí para mi madre, pero pensando en todas esas mamás, esposas, compañeras e hijas que siempre están con esa pregunta de dónde dónde buscar, porque cuando la represión del Estado mata a alguien es doloroso, pero al menos la familia puede hacer un proceso de duelo y cerrar un círculo. En el caso de la desaparición forzada, queda toda la incertidumbre. Es difícil retomar lo cotidiano para la gente que se queda. Está la ausencia, pero no sabes: voy a llorar un cadáver que no existe o sigo esperando por alguien que está vivo. Esa incertidumbre es terrible y creo que mi madre lo ha vivido de forma muy estóica, muy dura.

    —En lo que corresponde a tus vivencias cercanas, ¿la poesía sirve para ayudar a cerrar esos ciclos, para saber qué hacer con ese dolor e incertidumbre y seguir en la búsqueda?

    No sé si cerrar el circulo, pero al menos la poesía me ha ayudado a ir sacando esos dolores, que no se queden tan adentro y hagan más daño aquí, sino que puedan fluir para ser compartidos. He encontrado que hay una red grande de familiares de desaparecidos, donde nos vamos conociendo. Escribo sobre ese no poder, por ejemplo, reconstruirse como mujeres; no saber si cerrar esa parte de tu vida y buscar una nueva pareja o seguir esperando eternamente… eso es bien difícil para nuestras madres. Cuando escribo esas cosas hay gente que me busca y me dice: “oye, qué bueno que escribiste eso porque así me siento” o “es lo que yo quería decir y no sabía cómo”. Para mí ha sido terapéutico, he ayudado a otros compañeros, a otros hijos, a otras mujeres, familiares o personas cercanas a los desaparecidos con una especie de catarsis para poder sacar el dolor, decir las cosas que tal vez ellos no se han atrevido a decir y que yo a través de la poesía cuento o digo.

    —Hacer poemas es una forma de resiliencia. Ante los efectos de los recientes sismos en Juchitán, ¿haces algún tipo de ejercicio para que tu gente tenga fortaleza ante la pérdida?

    Yo estaba ahí la noche del terremoto del 7 de septiembre. Me tocó vivirlo con la gente. Fue dramático por las pérdidas humanas, pero también por la pérdida de una vida de trabajo. A la gente se le cayó encima una vida de esfuerzo, que en dos minutos se nos fue. Sí hay mucho dolor. Para los niños ha sido muy difícil también; pensando en que los adultos estaban preocupados por resolver lo urgente y que nadie los atendía, nos juntamos un grupo de creadores que tenemos fe en que el arte, en cualquier expresión (danza, música, pintura, literatura) nos sana. Como no dejaba de temblar (de verdad era horrible, teníamos cada cinco minutos un temblor) se generó el miedo de no poder volver a entrar a lo que quedó de tu casa; nos preguntábamos: “¿va a ser así por siempre?”, “¿tendremos que migrar y dejar esta tierra?”, “¿va a pasar en algún momento?”… Nadie estaba ayudando a los chavitos a canalizar su dolor, miedo, tristeza, así que armamos talleres en distintos albergues y campamentos, para invitar a los niños a escribir, pintar y bailar sus historias. El trabajar con otros niños que están viviendo el mismo proceso, creo que es bastante liberador y sanador, porque entre ellos se hacen recomendaciones y se cuidan… sí, nos cambió la vida, pero también están saliendo cosas positivas, como el arte ahí, ayudando a los niños.

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    “Yo le hable padre, al hombre del traje verde”

    La literatura en lenguas originarias debe tener una función social. Ese es el papel de nosotros los escritores: contribuir a que haya esa resistencia del lenguaje.

    En libros como Doo yoo ne ga’ bia’ / La casa del ombligo a las nueve cuartas se nota una preocupación por que los rituales y creencias de la “gente nube” no se olviden, para que perdure la cultura y la lengua…

    —Estoy convencida de que la literatura en lenguas originarias debe tener una función social. En otros idiomas posicionados tal vez no hay esta preocupación y muchos escriben porque quieren sacar sus emociones, más en términos personales. En el caso de quienes escribimos en alguna de las lenguas originarias de este país, debemos preocuparnos por asumir un compromiso con nuestra propia cultura, en el sentido de que la literatura que hacemos ayude a hacer trascender y difundir nuestros elementos. Uno de los problemas por los que la gente deja de hablar zapoteco es porque no lo ve prestigiado socialmente, ¿y cómo lo prestigiamos? Desafortunadamente, teniendo el reconocimiento de quienes están afuera.

    Si el otro nos reconoce nos vemos reconocidos; pensamos que sí es importante nuestro idioma. Cuando hacemos un libro y la gente de afuera lo valora y aprecia, entonces nos sentimos apreciados. Eso va a enseñarle a las nuevas generaciones que nuestro idioma tiene un sentido, es importante, vale y por lo tanto es necesario seguirlo hablando y conservando. Ese es el papel de nosotros los escritores: contribuir a que haya esa resistencia del lenguaje. En nuestros autores de principios del siglo XX, como Andrés Henestrosa o Nazario Chacón, mi generación ve paisajes que ya no existen, pero que a través de eso que ellos escribieron, podemos conocer. Así que lo que nosotros hacemos ahora, en 30 o 50 años será una referencia cultural para las siguientes generaciones y ahí es donde puede ayudar la literatura.

    — ¿Sientes que tu presencia pública conlleva la responsabilidad de expandir la literatura que se hace en lenguas originarias?

    —Más bien quiero verlo como la oportunidad de que si mi generación ya está disfrutando de espacios que abrieron quienes me precedieron –escritores como Enedino Jimenez, Macario Matus, Víctor de la Cruz, y aun antes, Andrés Henestrosa y Gabriel López Chiñas– ahora nos toca mantener abiertos esos espacios, y en la medida que podamos también jalar a las nuevas voces. La gente en nuestra localidad nos conoce porque generalmente hacemos cosas ahí, siempre en nuestro propio idioma. Pero la posibilidad de estar en un foro público significa que tu trabajo y tu idioma tienen una trascendencia. Significa que el escribir en zapoteco es importante, entonces sigamos hablando zapoteco.

    ¿Cuáles son las particularidades del esfuerzo de creación que se hace en zapoteco y se traduce al español?

    —Cuando traduces literatura, sabes que lo que dices en diidxazá lo entiende la gente de tu pueblo, pero también tienes que pensar en que sea comprensible para quienes sólo lo van a leer en español. Eso implica un esfuerzo bastante rudo, porque algunas voces en zapoteco no existen en español, entonces tienes que encontrar un símil para poder trasladar esa idea, imagen o emoción, pero que sea entendible para el otro, ya no desde tu idioma sino desde la otra lengua a la que va a llegar. Tienes que traducir cuidando que el lenguaje tanto en español como en diidxazá tenga calidad estética, sea bello, fuerte; pensar también en que el ritmo se conserve en ambos idiomas. Tenemos que construir ese espejo idiomático: que lo que está en un idioma se refleje en el otro y pueda traspasar emociones, sentimientos, pensamientos. A los que somos escritores y autotraductores nos toca parir gemelos cabezones (gemelos cabezones… ¿cómo los sacas?… ) pero también se disfruta… es rico el proceso de traducción, uno aprende mucho.

    Tienes un hijo, ¿él te inspira para hacer poemas?

    Sí, muchísimo. La casa del ombligo a las nueve cuartas es un libro que trabajé justamente durante su año de gestación, porque la anunciación de que esperaba un bebé fue tal como empieza el libro: una niña, del otro lado del río, me dijo: “vas a tener un bebé”. Por eso el libro empieza así: tu vientre está habitado / dijo la niña / del otro lado del río / la que habla con los espíritus. A partir de la gestación de Sebastián quise recuperar los cuidados que tiene una mujer embarazada en la comunidad. Fue un momento muy lindo porque mientras lo esperaba, hablaba mucho con las mujeres de mi familia, para recuperar los rituales del nacimiento. Le escribí también un poema que me gusta mucho, que está en Ndaani’ gueela’ / En el vientre de la noche, donde le hablo mientras lo espero. Le digo que le guardo un rayo de luna, un caracol, mi corazón… le he escrito mucho.

    — ¿Cuáles son los temas que persigue actualmente tu búsqueda como poeta?

    Me sigue preocupando mi entorno social. Eso es difícil desprendérmelo. Tengo un libro inédito sobre la violencia hacia las mujeres que se llama Azul anhelo, donde hablo del maltrato y de cómo lo invisibilizamos como sociedad. Ahora me he enfocado en la producción de textos amorosos, eróticos, que no había hecho tanto. Estamos preparando para principios de año con Pluralia un libro que se llama Rojo deseo. Y bueno, el próximo año se cumplen 40 años de la desaparición forzada de mi padre. Me di cuenta que le he escrito a mi abuela, a mi madre, a la gente que ha sufrido su desaparición, pero no he escrito su propia historia. Quiero recuperar la memoria sobre él que tiene la gente que conoció; reconstruir su vida a partir de lo que la gente nos cuenta.

    — ¿Cuál es tu balance de cómo se reciben los textos en lenguas originarias en la industria editorial de nuestro país?

    —Esa parte es muy lenta todavía. Son muy pocos los espacios editoriales. Pluralia, que tiene poco más de 15 años trabajando, ha sido de las pocas editoriales constantes en este esfuerzo. Luego algunas instituciones, como la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas o la Dirección de Culturas Populares, pero creen que cumplen con publicarte; no se preocupan por la distribución y difusión de tu trabajo. Hay que trabajar mucho no sólo en que existan más editoriales que publiquen lenguas indígenas, sino que sean editoriales serias que se preocupen por la promoción, difusión y distribución. Hacer que cada libro impreso llegue a manos de alguien, que no que se queden embodegados.

    Nancy García – Jefa de actividades culturales de Centro Cultural Elena Garro