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José Agustín: un clásico de lectura obligada

A sus 70 años, José Agustín nos explica cómo concibe la escritura, su preparación para la vejez y su manera de afrontar la tragicomedia del mundo.

 

Foto: Rodulfo Gea / CNL-INBA

Foto: Rodulfo Gea / CNL-INBA

Llega a los 70 años y cuando José Agustín (Acapulco, Guerrero, 1944) expone sus puntos de vista aun ríe sabroso, fuerte, con una risa que se contagia. A veces, ríe en los momentos más inoportunos, cuando piensa en el terrible abismo al que se dirige la humanidad o cuando expone “lo terrible” de la tragicomedia política mexicana.

Con más de medio siglo de carrera literaria José Agustín es uno de los escritores más leídos en el panorama de las letras mexicanas. Ha escrito 21 libros, entre novelas y cuentos, una autobiografía, guiones cinematográficos y obras de teatro. Su Tragicomedia mexicana y la Contracultura en México son ejemplos de  lo que se puede hacer cuando la irreverencia es también herramienta historiográfica.

Preocupado por hacer literatura de forma honesta, la obra de José Agustín fue más allá de lo que él mismo hubiera imaginado: rompió las barreras generacionales en la literatura; cruzó la frontera entre música y literatura, dedicado a hacer lo que él mismo define como “un rockcito verbal”; puso las preocupaciones de los jóvenes en el primer plano de la literatura; concibió nuevas atmósferas a partir de tomar el riesgo de escribir con estructuras poco frecuentadas.

Para las nuevas generaciones, José Agustín sigue siendo el primer clásico de lectura obligada para quien se precie de ser joven. Desde hace 40 años vive en la casa de Cuautla que le compró a su padre. En este mismo lugar, en 2007, en bermudas y con una guayabera azul, fumando tabaco fuerte, respondió algunas preguntas sobre su creación literaria, sobre la vejez por la que se sintió acosado mucho antes de tenerla encima, y claro, sobre la contracultura, un tema al que su nombre ha quedado ligado por su forma de hacer literatura y por los planteamientos que expone en su obra.

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    Literatura de cuerpo entero

    Trato de tocarme el fondo con cada uno de los libros que escribo; porque sé que al tocar el fondo de mí mismo, puedo tocar el fondo verdadero de los demás.

    —Tus novelas tienen la estructura de una serie de relatos interconectados, ¿piensas la novela como una pieza completa o en pequeños fragmentos que después hay que articular?

    —Generalmente tengo una visión general de lo que voy a hacer. Desde que tengo un tema redondeado o entrevisto, ese mismo tema genera sus necesidades estructurales y su ordenación. A veces sí comienzo tanteando; escribiendo como si fuera metiendo un pie en la alberca: escribo un texto corto. Esos pequeños intentos me pueden salir redondeados y cumplir la condición de cuentos, con toda la estructura que se requiere.

    — ¿Qué le pides al lector que se adentra a la literatura agustiniana?

    —Yo pido que me lean como se debiera leer cualquier libro: sin preconcepciones, sin prejuicios, sin ideas preestablecidas de si te va a gustar o no. Uno debe entrar a los libros como una aventura y descubrir en ellos lo que verdaderamente te dan; hacer que tu vida se incorpore a la vida del libro. Creo que los libros son entidades objetivas también, y admito toda la subjetividad para enjuiciarlos, que es la que predomina, pero es conveniente tomar en cuenta la objetividad del texto.

    — ¿Tú qué le ofreces al lector?

    —Yo le doy lo mejor que puedo con mi literatura, mano. Trato de que mis historias sean interesantes, aunque muchas veces no sigan una corriente de moda. Trato de tocarme el fondo con cada uno de los libros que escribo; porque sé que al tocar el fondo de mí mismo, puedo tocar el fondo verdadero de los demás. Mi entrega es definitiva y absoluta cada vez que escribo.

    — ¿Escribes con esa misma compulsión con que te recibe el lector?

    —Escribo con mucha intensidad, como no. Pero también en un estado de alerta total. Desde el momento mismo de la escritura ya estoy limpiando el texto. No me levanto de la máquina sin hacer una revisión a fondo de lo que escribí. Mis libros llevan mucho más trabajo de corrección de lo que parece. Al leer con facilidad, pareciera que el que escribe lo hace con esa misma fluidez, pero no es así; cuesta mucho trabajo despejar todo para que la lectura sea muy fluida.

    —En la última parte de Cerca del fuego emprendes un viaje onírico con el lector, ¿crees en el psicoanálisis y en la teoría de la interpretación de los sueños?

    —Creo, pero con sus asegunes. A mí me interesó mucho el psicoanálisis desde que siendo casi niño leí a Sartre. Gran parte de mis lecturas juveniles eran libros de psicología, porque sobre todo los primeros psicoanalistas, eran muy abundantes en casos clínicos; y hay unos casos absolutamente sensacionales. Jung cuenta unos increíbles, Freud no se diga, Steckler, Adler…todos esos cuates cuentan historias fascinantes. A mí me encantaba leerlos. Jamás he estado en un diván con un psicoanalista ni en una consultoría psicológica de ningún tipo. Creo en la autoterapia. Creo que uno puede curarse a sí mismo y aún no he llegado al momento en que por mi estado mental diga Help, I need somebody!

    — ¿Hay alguna de tus novelas que prefieras sobre todas las demás?

    —Sí, Vida con mi viuda. Jamás había tenido una experiencia como la que tuve al escribirla. La respuesta del público ha sido sensacional. Es por mucho el mejor libro que he escrito.

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    La vejez indomable

    Uno puede estar lleno de entusiasmo, de ideas y posibilidades, pero a lo mejor el cuerpo ya no responde igual.

    — ¿Llegas a los 70 años con tantos proyectos por hacer como en tu juventud?

    —Pues sí. Estoy escribiendo dos novelas. De repente me agarra una, luego me jala la otra… quisiera escribir cuando menos cuatro novelas más, que ya tengo en la cabeza; aunque tampoco me caso con ninguna idea, porque sé que se me pueden ocurrir dos tres ondas nuevas. Ya tengo ahí algunos cuentos y quiero escribir otros más para quizás hacer un nuevo volumen de relatos.

    —Algunos escritores ven en la vejez un problema terrible, ¿Cómo la enfrentas tú?

    —La vejez, como dijo Gerardo de la Torre, es una chinga. Las facultades físicas se van erosionando; uno no reacciona de la misma forma ni tiene la misma energía. Yo estoy ahora en pleno proceso de transición de sistemas para escribir, porque los que tenía eran para una persona mucho más joven, y ya no puedo ni remotamente trabajar así. Ahora necesito administrar mi energía, descansar lo suficiente y tratar de aprovechar el tiempo. Desde que cumplí los cuarenta años comencé a ver hacia la vejez. Además, las circunstancias mismas te van preparando. Se va descomponiendo la maquinita poco a poco. Tienes que hacerte análisis de próstata, química sanguínea y un chorro de cosas, que antes ni remotamente. Todo eso te prepara el ánimo para llegar a los inicios de la vejez. Yo creo que el espíritu no envejece, pero el cuerpo sí, ese es el dilema. Uno puede estar lleno de entusiasmo, de ideas y posibilidades, pero a lo mejor el cuerpo ya no responde igual.

    — ¿Te molesta la casilla de rebelde eterno en que te han colocado algunos críticos?

    —Yo no me siento encasillado en nada, el problema es de los que te ponen en las casillas. Eso no es una bronca mía; no me preocupa demasiado.

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    La tragicomedia de la contracultura

    Hay una enorme cantidad de pequeñas células contraculturales. Hasta en los pueblos más pequeños, de repente comienzan a llegar todo tipo de aires.

    —Ahora que lo rebelde es un producto de telenovela y la vestimenta punk se compra en tiendas departamentales, ¿Dónde está la contracultura?

    —Pues no entre los que van a comprar a Liverpool obviamente. Todo mundo necesita tener un contrapeso dentro de sí mismo. Se ha vuelto muy convencional y muy cuadradote en la vida tener rasgos contraculturales. Quizá cuando alguien se baña canta sin saber qué significa I can get no satisfaction… (ríe con sorna). Pero sí existe la contracultura, como demonios no. Se manifiesta a través de una enormidad de fanzines que se distribuyen casi de mano a mano o por correo electrónico a lo largo de toda la República Mexicana. Hay una enorme cantidad de pequeñas células contraculturales. Hasta en los pueblos más pequeños, de repente comienzan a llegar todo tipo de aires. Y si llega Televisa, también es probable que lleguen ahí mismo cosas muchísimo mejores, como buen rock

    — ¿Los medios masivos se empeñan en comercializar los rasgos característicos de la contracultura?

    —Claro. Los medios tratan siempre de neutralizar el fenómeno. Primero, si no les gusta, tratan de detenerlo y lo combaten. Si ven que se resiste y no lo pueden exterminar, tratan de neutralizarlo y desnaturalizarlo, vestirlo a su conveniencia para tratar de montarse en él y llevarlo hacia sus fines. A veces funciona, pero las más de las veces no. Los medios en ese sentido han jugado un papel muy importante, pero la contracultura se sigue desarrollando al margen de todo eso.

    — ¿Consideras tu ensayo de La contracultura en México un documento trabajado con el mismo rigor con que realizaste los tres tomos de Tragicomedia Mexicana?

    —No, ni remotamente. Yo mismo lo aclaro en el prólogo. Me tomé la molestia de hacer un prólogo que al parecer mucha gente no leyó, porque me reclamaban cosas que están aclaradas ahí. Yo aclaré que no era la persona idónea para hacer ese trabajo, que llevaba 20 años esperando que un investigador en el campo de la sociología o la antropología se metiera a trabajar la contracultura con todos los rigores de la disciplina, pero nadie lo hacía. Entonces me dije que tampoco era un fenómeno social que se debiera soslayar, así que lancé la primera piedra. Eso es lo que considero que es mi libro: tratar de hacer planteamientos en torno a ese tema que se había manejado muy aisladamente, y darles una visión central; hacer una propuesta distinta del concepto de contracultura. Pero también era consciente de que hay muchos fenómenos, sobre todo los más recientes, a los que ya no puedo acceder directamente. De La contracultura en México ha habido respuestas ambivalentes. Me he dado cuenta que ha tenido una gran funcionalidad, sobre todo para los nuevos jóvenes, interesados en la historia de todas esas cosas. A cada rato me encuentro lectores chavos que están contentos con mi libro.

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    Una broma de mal gusto

    Pienso que la vida vale la pena vivirse. Ya estás aquí y no tiene ningún caso darle la espalda, sino más bien enfrentarla con los problemas cada vez más horribles que se presentan.

    —Nuestra tragicomedia nacional comienza a adquirir tintes verdaderamente dramáticos, ¿cómo la percibes?

    — ¡Hay qué horror! La percibo gravísima. Estamos llegando a un punto de degradación política muy alarmante. La corrupción está llegando a sus máximos niveles. Quien sabe cuánto tiempo aguante la telaraña con el peso de tantos elefantes que le brincan encima. Ellos creen que va a aguantar todo, como siempre. Pero quien sabe. El momento histórico que hemos vivido era decisivo y nos lo escamotearon de la forma más terrible del mundo. No sólo nos dieron la misma medicina, sino que nos la dieron más cara; nada más en una nueva presentación, que es un viejo truco mercadotécnico. Creo que estamos llegando a una decadencia definitiva en ese terreno. Y algo va a pasar.

    — Después del gran movimiento contracultural del hippismo, parece que la humanidad cayó en un vacío sin esperanza. ¿Ves al hombre como una criatura equivocada?

    —Pues mira en eso yo soy sartriano. Muchas veces pienso que la vida es totalmente absurda, o una broma de mal gusto, como decía Julio Haro en una canción. Pero así como Sartre y los existencialistas, pienso que la vida vale la pena vivirse. Ya estás aquí y no tiene ningún caso darle la espalda, sino más bien enfrentarla con los problemas cada vez más horribles que se presentan y que tienden a empeorar. La deshumanización es cada vez más visible; las tendencias a la represión están durísimas; las presiones de Estados Unidos para que el gobierno mexicano se vuelva más represivo con pretextos como el terrorismo o el narco son alarmantes.

    — ¿Están terminando con la resistencia los gobiernos represores?

    —Tiene que haber resistencia. Han intentado acabarla y en buena medida lo han logrado. Cuando menos, la han domesticado o desintegrado en una forma que no resulte muy operativa. Siempre habrá resistencia y brotará por donde menos se espera. Si un grupo muy rebelde logra ser domesticado, surgirá otro inmediatamente, porque la realidad que se vive presenta problemas tan intensos que deja a la gente muy dolida; entonces es inevitable la sucesión de protestas. Con las protestas, se espera que la gente entienda los fenómenos más a fondo y presente formas de resistencia que resulten más interesantes y efectivas.

    Carlos Rojas Urrutia