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Amparo Dávila: La fascinación del misterio

Amparo Dávila llega a los 90 años de edad y el martes 20 de febrero se realizará un homenaje en el Palacio de Bellas Artes en su honor. Una versión de este texto fue publicada en La Gaceta del FCE No. 494 (febrero de 2012). Esta nueva versión se enriquece con fragmentos de la entrevista que Jonathan Minila realizó a la autora el 12 de febrero del 2018. 

 

La literatura de Amparo Dávila (Pinos, Zacatecas; 1928) nace en los pliegues de esos lapsos de angustia o desilusión que alteran el cauce normal de la existencia. Con cuatro libros de cuentos y cuatro poemarios, todos cuidadosamente urdidos pero concebidos con “la prisa que da la emoción”, Amparo Dávila ha desenvuelto una obra literaria que se asoma a la realidad siniestra, construida sobre una temática en apariencia limitada: el amor, la locura y la muerte.

El Fondo de Cultura Económica se encargó de reunir la obra que la escritora zacatecana ha decidido publicar hasta hoy en dos libros: Cuentos reunidos (2009) y Poesía reunida (2011).

Amparo Dávila cumple 90 años y vive en la misma casa de la Ciudad de México donde vio crecer a sus hijas, ubicada en los linderos de la zona boscosa al sur de la capital; un rincón en el que aún recibe cada viernes a su hija Jaina Coronel Dávila y sus tres nietos. Es aquí donde ha tenido que recuperarse en los últimos años de una fractura de cadera y del fallecimiento reciente de su otra hija.

Tiene 90 años y aún se emociona cuando le hablan de la fascinación que provocan sus cuentos. Recuerda con cariño las palabras que Julio Cortázar dedicó a su obra (“Julio me dijo: ‘tienes que disciplinarte y leer a Poe porque tienes una hermandad espiritual con él. Sus ambientes son parecidos’”). Está segura de que para morir, mejor que el silencio, será escuchar El mar de Debussy.

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    La niña que miraba pasar la muerte

    “Tenía la idea de transmutar los pedernales en oro y las flores en perfumes… en mi principio fue el sueño alquimista de oro y perfumes. Después, de poesía y cuentos.”

    Rastrear el origen de sus atmósferas literarias conduce al Pinos de su infancia, marcado por la enfermedad, la muerte y la fantasía. En una época en que ese lugar “se convirtió en un pueblo de mujeres solas y tristes”, pues los hombres abandonaron su trabajo en las minas por perseguir “el sueño americano”, la niña Amparo, de salud frágil, se entretenía “mirando pasar la vida o, más bien, la muerte, porque en varias rancherías cercanas no había cementerio. Entonces llevaban a Pinos a enterrar a sus muertos. Como tampoco había funerarias, en lugar de comprar cajas, a veces llevaban a los muertos nada más tirados sobre el piso de una carreta. Un cadáver sobre una cobija. Los que eran todavía más humildes, los llevaban atravesados en el lomo de una mula”.

    La muerte sería algo más que un motivo del marco por donde se mira el mundo: en los primeros años de vida perdería a sus tres hermanos. Descubriría por esa época la más escalofriante previsión de su abuelo, “que tenía en un cuarto su ataúd, con cuatro cirios, preparado para cuando él lo necesitara”, y aprendería a convivir con la soledad, el miedo y la nostalgia.

    Esas experiencias de infancia aún laten en las raíces de esa mujer que tenía un miedo irracional a la oscuridad y experimentaba “una angustia que me hacía despertar bañada en sudor, fría, helada de miedo”. Pero también sembrarían el germen de la creación: dentro de casa, la fascinación de encontrar en la biblioteca familiar un ejemplar de La Divina Comedia para recorrer con terror y asombro las ilustraciones de Gustave Doré; afuera, la ilusión de “salir a jugar con mis dos perros. Con ellos escapaba a la montaña a recoger pedernales y flores. Tenía la idea de transmutar los pedernales en oro y las flores en perfumes. O sea que era una niña alquimista… en mi principio fue el sueño alquimista de oro y perfumes. Después, de poesía y cuentos”.

    Por un encuentro con Dios, Amparo Dávila hizo poemas a los que muy pronto renunciaría (“dígame usted, qué puede escribir una niña”). De esa experiencia queda constancia en Salmos bajo la luna, Meditación a la orilla del sueño y Perfil de soledades, que recorren anhelos y fuerzas que no terminan por desplegarse, donde ya despuntaba la atmósfera de intriga y sombra que se teje en sus relatos.

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    La complicidad del asombro

    “Te dicen: ‘vinieron a traer un telegrama’. Entonces usted comienza a elucubrar, quién lo envío, qué noticia contiene, será buena o será mala… uno se inquieta y angustia. Se desencadena, en una palabra.”

    Al llegar a la Ciudad de México, Amparo Dávila comenzó a escribir los relatos que la colocaron en el mapa de nuestras letras, impulsada por uno de los grandes intelectuales mexicanos. La propia Amparo, en una conversación reciente con Jonathan Minila, lo recuerda así:

    En San Luis Potosí había unos cursos donde invitaban a grandes personalidades. En una ocasión fue Alfonso Reyes, a quien le presentaron a todos los jovencitos que prometían algo. Recuerdo que todos lo escuchamos con gran devoción. Tiempo después fui a Guanajuato para los Entremeses Cervantinos. En uno de los descansos andaba caminando y vi a don Alfonso, que estaba esperando a Manuelita, su esposa. Le recordé que era del grupo de jóvenes que conoció en San Luis Potosí y me dijo: ‘ay, siéntate a platicar conmigo’. Le conté que pensaba venir a la Ciudad de México para estar cerca de los escritores que admiraba… entonces me distraje viendo los crespones de la plaza, que estaban ondulando con el viento; como era el momento en que el sol caía, se veían dorados, cosa que me recordó a El principito, y dije en voz alta una frase del libro, cuando la zorra le dice al niño: ‘ya no voy a tener nostalgia de tus cabellos, porque cuando vea estos crespones dorados recordaré tus rizos’… entonces dijo don Alfonso: ‘no es posible que me estés citando a Saint-Exupéry, uno de mis escritores favoritos’. Entonces me abrazó, me hizo muchos cariños, llegó Manuelita, me presentó con ella y entonces quedé comprometida a que cuando fuera a la Ciudad de México, iría a buscarlos a su casa. Cuando lo fui a buscar, me preguntó si no conocía a alguien que escribiera sin faltas de ortografía. ‘Sí conozco’, le dije, ‘yo le paso en limpio todo lo que usted tenga’. Así me quedé con él como su secretaria.

    Fue el propio Reyes quien la animó a publicar sus relatos, aun a pesar de la reticencia de su padre: “él dudaba; pensaba que el oficio de escritor era de toda la vida. No se le hacía posible que yo fuera comenzando y que publicara luego luego”.

    Publicó así sus primeros cuentos, con la consigna de diferenciar entre “el terror que paraliza y el misterio que fascina”. En Tiempo destrozado (1959) Amparo Dávila se muestra capaz de develar a través del lenguaje los oscuros pensamientos de quien dedica su vida a perfeccionar el arte de sufrir (“Fragmento de un diario”); construir en el vacío de la muerte el único refugio posible al agobio cotidiano (“Muerte en el bosque”); conducir por la acechanza real o imaginada que mina la calma (“La señorita Julia” y “Moisés y Gaspar”); romper el tiempo para caminar por la difusa frontera de sueño y realidad (“Tiempo destrozado” y “La rueda”).

    Aparecería después Música concreta (1964), ocho relatos donde reaparece la angustiosa visión de la enfermedad y el desencanto. También el absurdo de la rutina que recuerda los ambientes de Kafka, una referencia que ella misma reconoce, aunque más cerca de la realidad que de la literatura: “no, nunca he pensado en Kafka mientras escribo algo. Ya traemos lo kafkiano. Si vivimos aquí, participamos de ese mundo. Aunque se vea raro, no lo es. Te dicen: ‘vinieron a traer un telegrama’. Entonces usted comienza a elucubrar, quién lo envió, qué noticia contiene, será buena o será mala… uno se inquieta y angustia. Se desencadena, en una palabra”.

    Tras publicar sus primeros libros, recibió en 1966 una beca del Centro Mexicano de Escritores. Entre sus compañeros estuvieron Salvador Elizondo, Julieta Campos y Juan Vicente Melo; muy especialmente se acercó a Inés Arredondo y Guadalupe Dueñas, con quienes Amparo Dávila reconoce “parentescos o afinidades temáticas, por el tipo de literatura que hicieron ellas y hago yo, aunque con sus cosas particulares de cada una”. En 1977 sus relatos de Árboles petrificados le valieron el Premio Xavier Villaurrutia.

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    La dosis justa de escritura

    “No soy escritora de muchos libros. A veces voy rumiando dentro de mí una estructura, pero si no siento la necesidad de sentarme a escribir no lo hago. Entonces, sencillamente, vivo”.

    Luego de un matrimonio feliz con el pintor Pedro Coronel y tras un divorcio doloroso y no deseado, Amparo Dávila optó por alejarse de la escritura, o cuando menos de la publicación de sus textos. Afirma que no ha padecido de ausencia de escritura, pues ésta “ha estado siempre y en la medida justa. No soy escritora de muchos libros. Vivo muy intensamente. A veces voy rumiando dentro de mí una estructura, pero si no siento la necesidad de sentarme a escribir no lo hago. Entonces, sencillamente, vivo”.

    Prueba de que no ha permanecido del todo alejada de la máquina de escribir es El cuerpo y la noche (1965-2007), que forma parte de Poesía reunida, donde utiliza los elementos del título para crear atmósferas nostálgicas, oscuras y casi dolientes, que dedica al pintor zacatecano que fuera su esposo.

    Además, se dio el tiempo de terminar Con los ojos abiertos, concebido originalmente para la colección de Cuadernos de Malinalco de Luis Mario Schneider, pero que se integró al resto de sus relatos y forma parte de Cuentos reunidos. Ahora mismo, presume que ha escrito una semblanza de su natal Pinos y un poema, melancólico y tierno, que proclama como despedida anticipada: “Semblanza de mi muerte”.

    Hasta ahora ésa es la obra completa de Amparo Dávila, aunque ella ha decidido ser paciente y esperar el dictado de la escritura, “porque nunca sabe uno cuándo van a llegar los cuentos. Ellos surgen y no hago más que obedecer y escribir”. Seguirá ese proceso que le hace ubicarse en el mismo lugar que sus personajes, pues es así y en esos “momentos en que está uno escribiendo y se empapa tanto del tema, que se impresiona. Por eso el cuento transmite terror, fascinación o placidez”.

    Amparo Dávila habla poco del modo en que ha enfrentado las circunstancias de su vida y evade responder preguntas personales. Proclama que ha “tenido una vida común y corriente, con pérdidas, ganancias, sorpresas, desencantos… va uno perdiendo a los seres queridos. Va ganando experiencia y amistades. La vida es así… es riquísima la vida. Por donde se le vea. Es un cubo de riqueza”.

    Y aunque a primera vista pareciera que ha sufrido sequía de escritura, persiste en ella el entusiasmo con que ha elaborado y explicado su obra, “porque he dado todo lo que puedo dar. Hasta ahora, porque uno no sabe si va a dar algo mejor después…”

    Carlos Rojas Urrutia – Gerente de mercadotecnia de Educal