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Carlos Velázquez: La vida en una encrucijada

Luego de ofrecer historias entrañables en La Biblia Vaquera y La marrana negra de la literatura rosa, de compartir crónicas brutales en El karma de vivir al norte, Carlos Velázquez acaba de ganar el Premio Bellas Artes de Narrativa Colima 2018 para Obra Publicada por El pericarzo Sarniento. Velázquez se confirma así como uno de los narradores más celebrados de nuestras letras. De paso por la ciudad de México, en 2015 conversamos con este norteño quien, a lo Robert Johnson, aspira a encontrar a su propio demonio en algún cruce de caminos.

 

La encrucijada, el crossroads de la Ruta 61 donde Robert Johnson vendió su alma al diablo; ese es el símbolo que atraviesa la literatura de Carlos Velázquez (Torreón, Coahuila, 1978). El hipertexto, el cruce de vocablos, las referencias a la cultura pop, se entrelazan en una obra que orbita alrededor del mestizaje incesante. Este año Carlos Velázquez atraviesa de nuevo la encrucijada: en medio de la lucha cotidiana para sobrevivir al karma que azota Torreón, prepara su primera novela, una grata sorpresa para los lectores de quien forjó su reputación por medio de cuentos mutantes y festivos.

De visita en la Ciudad de México, lo entrevistamos en la Plaza de la Conchita en Coyoacán, el tipo de escenarios que después de un tiempo asfixian a este hombre del norte, que no reconoce el horizonte si no encuentra ahí el desierto y “sus cerros pelones”. Su pinta desenfadada –viste una playera con un estampado gigante del rostro de Heath Ledger caracterizado como el guasón– puede despistar, pero Velázquez es un escritor disciplinado y ambicioso.

Cuando se le pregunta si aspira a que su nuevo libro sea la gran novela del norte no se achica: sí, quiere abarcar la multiplicidad de culturas y lenguajes que han pasado desapercibidos en los reportajes y crónicas periodísticas, o en ese género impreciso que es la narconovela. Por eso ha trabajado durante tanto tiempo en la historia de dos hermanos que pretenden fundar su propio sello de música norteña, bajo la sombra de un Diablo que nace de entre las ascuas de la violencia brutal de los años recientes.

Para Velázquez el Norte no es sólo el narco, también es una región que ha producido su propio registro de la existencia, con la cumbia lagunera, el béisbol, su español peculiar y una diversidad humana que va del ranchero al travesti, esa miríada de personajes a los que ha dado vida en el conjunto de remixes que es La Biblia Vaquera (2008); en los cuentos de La marrana negra de la literatura rosa (2011), su libro más conocido; o en El karma de vivir al norte (2013), una colección de crónicas donde la región cómica y fosforescente de sus cuentos se revela en toda su crueldad.

En esta conversación Carlos Velázquez habla sobre el futuro de su obra –que está por llegar a la culminación de su etapa norteña–,  su fidelidad a ultranza por La Laguna, su genealogía creadora (que va desde James Joyce, Fernando del Paso y Rodolfo Fogwill hasta Bob Dylan y Tony Soprano) y las ambiciones de un escritor apasionado por su oficio, que cree en el entretenimiento y en la sinceridad brutal como los pilares de la gran literatura.

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    El Norte como encrucijada

    En la literatura mexicana se abordan una cantidad infinita de temas pero se olvida el ciudadano de a pie. Lo que quise hacer fue retratar esos personajes que pasan desapercibidos para el panorama de las letras nacionales.

    Estás por terminar tu primera novela. ¿Se puede escribir sobre PopStock!, sobre el Norte festivo que retrataste en tus cuentos, después de la experiencia de las guerras contra el narcotráfico?

    –Es evidente que la realidad superó en gran medida lo que la ficción proponía. Sin embargo, creo que tanto en La Biblia Vaquera como en la novela que está por venir existe la prueba irrefutable de que se puede escribir después de la tragedia. Es una idea que ya está sugerida en La Biblia Vaquera y que exploto aún más en la novela: esa mezcla de la mitología clásica con la cultura pop. Eso permite darle un nuevo acercamiento al territorio devastado. Hay un gran equívoco en la narconovela o los libros de reportajes sobre la violencia, y es que se trabaja con material presencial, con hechos que están sucediendo en la actualidad. El fracaso de novelas como La región más transparente o incluso La muerte de Artemio Cruz es el defecto de tratar de exponer una realidad inmediata, que caducó a un grado en que el mexicano ya no se ve reflejado ahí. En mi nueva novela siento que todo lo que está contenido pertenece al pasado, y eso también se encuentra en las grandes obras de la literatura universal. Esa enseñanza está en Rulfo; Pedro Páramo es una novela sobre los muertos, sobre cosas que ya ocurrieron, de un terreno más allá del pasado, que es incluso el más allá.

    Hay un tránsito muy notorio en tus libros: la ambientación surrealista de tus primeros cuentos se difumina en La marrana negra, que precede a El karma de vivir al norte, una crónica de la realidad, ¿tus experiencias de estos años en Torreón te han empujado hacia el realismo?

    –El libro más realista obviamente es el Karma de vivir al norte, porque es una crónica y no tiene absolutamente nada de ficción. Lo que ocurrió con La marrana negra es que me di cuenta de que en la literatura mexicana se abordan una cantidad infinita de temas pero se olvida el ciudadano de a pie. Lo que quise hacer fue retratar esos personajes que pasan desapercibidos para el panorama de las letras nacionales. Por ejemplo, el travesti que, si bien es cierto ya se había intentado, no se había hecho con la intensidad con que me lancé a atacar el tema. Aunque suene pedante, la mejor literatura gay que se hacen en el país la escriben los bugas. La novela que escribo ahora trata sobre el diablo y la brujería, pero pretende ser un reflejo de todo el sistema de creencias que conocemos como “el Norte”. Puede que no sea una novela que esté anclada cien por ciento en la realidad. Así como me sucedió en La Biblia Vaquera, yo sigo obsesionado con el mito de Robert Johnson y no lo puedo trascender, entonces ahora lo ataco de otra manera.

    –Parece que para ti Coahuila es también una especie de cruce de caminos, una encrucijada.

    La Laguna, Coahuila, siempre ha sido un lugar donde se cruzan muchos caminos. Es una zona metropolitana de tres ciudades conformadas por dos estados. Cuando era muy niño me sucedió que vi esa película donde sale Ralph Macchio interpretando de una manera descafeinada a Robert Johnson porque Robert Johnson es negro y a partir de ahí ya no pude trascender esa historia. Hice un cuento como una especie de reinterpretación en La Biblia Vaquera y ahora lo que hice fue volver a poner al Diablo como el centro sobre el cual gira la trama de una novela.

    –El concepto de “el Norte” no es el mismo para quienes vivimos en regiones distintas del país, ¿Cómo se define ese territorio que agrupamos en el imaginario con una misma palabra?

    El Norte tiene la cualidad de que es hasta la fecha una entidad indefinible. No sólo hablo del fenómeno de la violencia, del Norte como etiqueta o cultura que se ha hecho ya muy visible; hablo de Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán… desde ese tiempo ya era indefinible. El Norte cambia constantemente. Por esa razón quizá no se termina esa fascinación por la literatura norteña, porque no ha terminado de confeccionarse. Eso es el Norte: una cultura que está en constante construcción y que ha ofrecido productos culturales de mucha relevancia. Hay varios Nortes. El ejemplo más grande es el del lenguaje. Aunque pareciera que todos hablamos el mismo idioma no es lo mismo la lengua que se habla en Monterrey que la de Sinaloa. Existen muchos matices y eso enriquece la producción literaria. Hay varios Nortes y varias lenguas.

    ¿Cuáles son esos elementos que te colocan como parte de ese universo?

    Haber nacido en el Norte te convierte en un ser particular. Existe una cultura tan rica que no es fácil desprenderse de ella. Honestamente yo no podría vivir en una ciudad del sur, como Guerrero o Oaxaca. Tanto verde me pone nervioso. El hecho de haber nacido en el desierto, que tu panorama sean puros cerros pelones de alguna manera conforma tu carácter. Cuando estuve en Barcelona me sentí sofocado, porque hay edificios altos y no puedes ver el horizonte en muchas partes… eso es algo que a mí me angustia, porque yo me levanto y veo el horizonte, el cielo y los cerros, la inmensidad. Uno está acostumbrado a ese tipo de cosas y cuando las pierdo entro en estado de crisis. Y entre una crisis y otra te vas a quedar con la crisis que te forjó.

    Si México fuera un cuerpo humano, ¿qué parte de él dirías que es el Norte?

    Yo creo que los güevos.

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    El karma de sobrevivir a la violencia

    El karma de vivir al norte plantea una teoría, extendida sobre otra de William Burroughs, de que el mal ya estaba ahí antes de que llegáramos. El norteño es un ser violento por naturaleza.

    ¿Por qué crees que este karma azota al norte?, ¿qué ha hecho la población de esa zona para despertar un mal de esa magnitud?

    Obedece a muchos factores. El karma de vivir al norte plantea una teoría, extendida sobre otra de William Burroughs, de que el mal ya estaba ahí antes de que llegáramos. El norteño es un ser violento por naturaleza. El clima es un factor. Si vives a 45 grados la mayor parte del año, es obvio que estás irritable todo el tiempo. Hay otro rasgo importante: la capital del narcotráfico en México, no sólo de la producción, sino de cómo se lleva el negocio del narco, está en el Pacífico en Sinaloa. El narco siempre estuvo ahí y el gobierno siempre encontró la manera de convivir y lidiar con él. Hasta que irrumpieron Los Zetas se rompieron los viejos códigos del negocio de la droga. Eso provocó que se despertara la violencia, por la simple razón de que vivimos en un país donde no se respeta el estado de derecho. No se cumple la ley. Al no cumplirse la ley no existe la posibilidad de frenar la lucha contra las drogas, o más bien, de frenar a los cárteles.

    –¿Cómo ha cambiado la vida de ese Torreonistán que describes en El karma de vivir al norte?

    Ha disminuido la violencia en cuanto a su visibilidad, pero ahí está. Hay muchos otros problemas generados a partir de la violencia. Es algo que no se dice pero Torreón en poco tiempo será una de las capitales nacionales del crimen de género: hay mucha desaparición de jovencitas. Se está duplicando el fenómeno de las muertas de Juárez. Esto se genera a partir de cómo se rompe el equilibrio entre el negocio de la droga y el gobierno. Al no existir acuerdos o control sobre las plazas, cualquiera se siente con la libertad de delinquir. Hay muchos policías que se metieron de asaltantes o se dedican a la extorsión. Ya no sólo es gente dedicada al negocio de la droga, sino una población envalentonada para delinquir a sus anchas. Hubo un tiempo en que Torreón se convirtió en tierra sin ley y se dedicaron a saquearlo. Cualquiera que tuviera agallas se asociaba con dos o tres, compraban armamento e iban a asaltar. Como la policía siempre ha estado coludida, recibían una mordida por permitir que esto pasara. Todo esto generó un clima de violencia e incertidumbre inédita en la región. No es posible que Torreón, siendo una comunidad de un millón de habitantes, haya sido calificada como la ciudad más peligrosa del sexenio pasado y la quinta más peligrosa del mundo.

    En El karma de vivir al norte compartes con el lector que tu hija fue la principal razón para quedarte en Coahuila, ¿de dónde se obtienen las fuerzas para seguir en Torreón?

    La gente que tuvo la posibilidad económica de huir se fue. Pero no todo mundo corrió con esa suerte o pudo tomar esa elección. Hubo también quien se fue sin nada las manos. Es muy difícil para la clase popular empezar desde cero en otro lugar. Hay mucha gente que se quedó a resistir. No sé si suene dramático pero es una tierra de gente que se dedica a sobrevivir. Yo la verdad me quise quedar como un gesto, no sé si de solidaridad… pero si todos ellos están aguantando tengo que aguantar con ellos. Tengo que resistir.

    ¿Planeas quedarte?

    Cada vez paso menos tiempo en Torreón. Sin embargo es un lugar en donde puedo trabajar, eso es muy importante; entre otras cosas, siento que la atmósfera me ayuda para poder centrarme en mis objetivos. Es evidente que ha resultado por momentos doloroso vivir ahí. La modificación de las rutinas representa pequeñas batallas que uno pierde como individuo, como ente social, que quieras o no afectan. Simplemente ya no podías entrar a un bar o una cantina. Ahora las cosas han cambiado, se está revitalizando el centro de la ciudad y han abierto muchos bares, pero la violencia sigue ahí y los muertos los sigue poniendo Torreón.

    Además de escribir sobre las realidades que afrontas y conoces, ¿de qué realidad te gustaría escribir que no tuviera que ver con lo que vives?

    El proyecto del norte en mí se va a agotar, es evidente. Después de esta novela quizá haga otro libro sobre ese tema. Pero después quiero hacer cosas distintas. Tengo por ahí un borrador, que es una novela de un gordo que trabaja en Kentucky Fried Chicken y se dedica a comer pollo frito como orate, como Precious, porque tiene la intención de arruinar un concurso de pesca de tiburón en Tampico.

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    El canon de una genealogía pop

    La calidad no está reñida con el humor ni con el entretenimiento… la literatura es regocijo y creo que por esa razón la mayoría de la gente que se acerca a mis libros se va con una buena impresión

    Has dicho antes que cuando creas un cuento acumulas lo que quieres contar y después lo escribes de una sola sentada. ¿En tu novela has seguido la misma ruta?

    El único libro en el que he trabajado muchísimo es El karma. En la novela trabajo sobre un solo borrador y casi todo es de primera intención. No soy partidario de la reescritura. Obviamente debe haber un proceso de edición donde se corrigen los problemas del tiempo. Cuando escribo un texto, si siento que funciona, ya no le veo la necesidad de insistir en la corrección hasta el momento de editar. Si no funciona me deshago de él. Hay personas que escriben textos que no funcionan y los trabajan hasta que los hacen funcionar. Yo no tengo esa capacidad.

    ¿Te gusta que los lectores reciban tus textos con el mismo vértigo con el que escribes, con el mismo flujo de lenguaje que te caracteriza?

    Lo que más me interesa es que el lector se entretenga. Obviamente existe el rigor y debe haber un estándar de calidad, pero para mí no hay algo que me defraude más que leer un libro aburrido. Creo que la calidad no está reñida con el humor ni con el entretenimiento. Eso los lectores lo agradecen. En el caso de La marrana han respondido bien porque quieren historias bien escritas, con mucho humor, para divertirse. La literatura es regocijo y creo que por esa razón la mayoría de la gente que se acerca a mis libros se va con una buena impresión.

    ¿Te sientes más cómodo haciendo referencias fuera de la literatura,  como son el cine, la cultura popular o la música?

    No es que me sienta incómodo con la literatura pero cuando empecé a escribir trataba de mezclar la mitología clásica con la popular, alimentar el espectro pop de mi obra. Me gusta mucho la referencialidad, que proviene sobre todo de haber leído desde muy joven a James Joyce. Si no utilizara el pop como materia prima sonaría falso, impostado. Mi realidad es esta que estamos atravesando y tiene un gran influjo de la cultura pop. Si yo me pongo a escribir desde la impostura, el lector lo advierte. Todos aquellos que escriben sobre asuntos ajenos a nuestra cultura no van a perdurar. Creo que el escritor está obligado a reflejar su realidad. A mí me gusta que mis textos tengan hipertextualidad, que haya varios niveles de prosa o de referencia, distintas voces, otros textos dentro del texto. Es por eso que hay referencias a series o películas, pero no lo hago con ninguna intención que no sea la hipertextualidad. Todo el tiempo hay cruces y eso no es original; ya está en Joyce.

    ¿Cuál dirías que es tu genealogía literaria, los autores que te han acompañado como lector y como escritor?

    Las influencias van cambiando, pero quien siempre está presente es Rodolfo Fogwill, más que nada como mentor de vida. Como escritor, el modo en que vivió su vida, para mí es un ejemplo muy grande. En cuanto a la crónica –yo me revelé como cronista hace relativamente poco– me gusta mucho lo que hace Hunter S. Thompson. Un autor capital que ha hecho que encuentre la manera de expresarme es Fernando del Paso. La Biblia Vaquera nació de mi encuentro con José Trigo. Otro que no es autor, es Bob Dylan y lo estoy escuchando todo el tiempo. Otro es Tony Soprano, que es un personaje de ficción. Varios más como Lou Reed o Jack Kerouac. En Kerouac aprendí a escribir en primera persona desde la honestidad, a hablar de manera directa y sin concesiones sobre mi mismo. El escritor tiene la obligación de que cuando la caga tiene que decirlo. Eso lo aprendí de Jack Kerouac.

    ¿Y  Daniel Sada, José Agustín u otros autores más recientes?

    José Agustín es uno de mis escritores favoritos y me ayudó mucho a abrirme paso. De mis contemporáneos me gusta mucho el trabajo de Yuri Herrera, creo que es el mejor escritor de mi generación. Me gusta también como cuentista Antonio Ortuño. Leo a escritores de generaciones anteriores como Fogwill, Pedro Juan Gutiérrez, Pedro Lemebel, Reinaldo Arenas…

    ¿Imaginaste alguna vez que serías escritor?

    Nunca lo imaginé. En mi casa no había ningún lector. Mi papá leía novelas de Marcial Lafuente Estefanía, esas novelas de vaqueros que no tienen ilustraciones. Quizás eso se me quedó grabado y el primer libro que cayó en mis manos, creo que a los doces años, me dejó sumamente defraudado. Tardé varios años en volver a tomar un libro. Cuando leí Trópico de Cáncer, que fue a los quince o dieciséis, no me di cuenta de que quería ser escritor pero sí de que todo era posible. A los veintitrés años cayó en mis manos una máquina de escribir y ahí escribí mi primer libro de cuentos. A partir de ahí todo ha sucedido de manera muy rápida, ni siquiera he tenido tiempo de darme cuenta de todo lo que está pasando.

    ¿Te gusta el oficio de escritor?

    Escribir no es una vocación, es un accidente. Luego uno se trata de convencer de que es una vocación y el accidente se transforma. Si yo no escribiera no sé a qué me podría dedicar, no sabría qué hacer… ya no es tanto como una elección propia sino una necesidad. No quiero decir que si no escribo me muero; al contrario, si no escribo me la paso muy bien, pero no sabría definir un oficio para mí.

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    El diablo en un corrido

    El lector es despiadado, pero hay algo contra lo que no puede es la honestidad; si tú eres honestamente brutal en lo que haces el lector lo va a identificar y lo va a agradecer.

    ¿Cómo logras la naturalidad de lenguaje y las historias que narras?

    Yo me preparé muchísimos años para escribir. Fui un lector consumado desde como los veinte años y pasé seis años de mi vida encerrado leyendo. Tenía muy poca vida social, tenía poco interés por otras cosas, me despertaba a leer y me dormía leyendo. Lo que se necesita es dominar una técnica; sea cual sea tu estilo tienes que encontrarlo rápido. En segundo lugar, hay que saber que el lector es despiadado, pero hay algo contra lo que no puede que es la honestidad; si tú eres honestamente brutal en lo que haces el lector lo va a identificar y lo va a agradecer.

    De los libros que has publicado hasta ahora, ¿cuál es tu preferido?

    Al que le tengo más cariño es a La marrana negra. Es el libro con el que llegué a la editorial Sexto Piso y me divertí mucho escribiéndolo. La Biblia Vaquera es un libro muy experimental. Con La marrana negra me propuse ser un escritor, escribir cuentos y creo que no salí mal librado. Sus personajes me parecen sensacionales, me siguen gustando, el libro ya se va a convertir en un longseller y eso me da mucha satisfacción. Pero creo que la novela va a ser mi libro preferido por todo lo que me ha costado y porque me está gustando mucho el resultado.

    ¿Esta nueva novela será como una especie de Palinuro de México conoce a La Biblia Vaquera?

    Me gustaría decir que va a ser como Palinuro de México pero la verdad es que no, sería muy tonto de mi parte compararme con Fernando del Paso. Mi referente más próximo en esta novela es Al filo del agua de Agustín Yáñez. Será más como Al filo del agua conoce La Biblia Vaquera: una historia ambientada en el norte. ¿Qué nos puedes adelantar de la novela? –Tentativamente se va a llamar El corrido del Santo MaderoEs la historia de dos hermanos que quieren poner un sello discográfico de música norteña pero no tienen dinero. El abuelo había enterrado un tesoro y ellos quieren encontrarlo. Para contactar al espíritu del abuelo contratan a una médium y organizan sesiones espiritistas. Paralelamente hay una historia en el que el mayor de los hermanos vaga con una maleta que sangra y que no sabe qué lleva dentro; ahí es cuando se le aparece el diablo con la intención de repatriarlo a un ejido que se llama El Diablo, lugar donde nació el protagonista.

    Después de escribir cuentos y crónica, ¿cómo te sentiste al saltar hacia la novela?

    Me he tardado en publicar una novela porque no quiero escribir cualquier novela, sino una que pueda perdurar como La marrana negra. Quería demostrar el narrador que se supone voy a ser. En un principio se pensó que no podía escribir una novela porque no la había sacado, pero no lo he hecho porque le estoy dedicando el tiempo que necesita. Honestamente creí que sería mejor cuentista que otra cosa, pero cuando salga la novela se va a demostrar que es el género para el cual estoy más capacitado.

    ¿Buscas con este libro lograr la gran novela del Norte?

    Esa es una de las intenciones: capturar por fin un universo muy completo de lo que es el Norte. El Norte en gran medida es eso que te digo: sí es la violencia, sí es el mal, pero está otro mal, en este caso el del aspecto sobrenatural. El Norte es una tierra indefinible y hay muchas manifestaciones sobrenaturales. Quiero que eso también quede retratado. No sólo la carne asada y el narco. Quiero hacer un apunte de ese otro lado del cual se habla mucho pero no está visible.

    Olmo Balam - Editor del Correo del Libro