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Las ciento y una noches de César Aira

Ciencia ficción, historias de fantasmas, relatos fantásticos, autoficciones, libros de aventuras, parábolas. Es difícil encontrar algo que no haya sido tema de inspiración para César Aira en su extensa y todavía no razonada bibliografía. En alguna ocasión, él mismo definió sus libros como una larga nota al pie de la obra de Jorge Luis Borges. Aunque también podría mirarse, como dice en esta entrevista, como un cómic, o una serie de cuadros en una galería, o viñetas de un cómic febril. En entrevista para Correo del Libro, habla el maestro de la novela asimétrica y un defensor a ultranza del derecho y el placer de imaginar.

 

Scherezada de nuestros tiempos, César Aira (23 de febrero de 1949; Coronel Pringles, Argentina) tiene casi una centena de libros. Hay de todo en el gabinete de artista de Aira: la historia de un monje que lleva a dos turistas franceses por parajes fantásticos –incluido un parque nacional de las Brujas de Corea- (El pequeño monje budista); un diablo que no causa miedo sino pena cuando trata de aterrorizar a los mapuches del cacique Cafulcurá; un filósofo salvaje de la Pampa (Entre los indios); un niño que desdeña la nieve de fresa y presencia cómo su padre mata al heladero del barrio (Cómo me hice monja); el cuento de dos editores de poesía novatos que, en una nueva encarnación de El libro de arena de Borges, terminan por reducir en un par de pliegos de imprenta el universo (del cuento “La revista Atenea”); los avatares del gran pintor viajero Johan Mortiz Rugendas (Un episodio en la vida del pintor viajero), y la búsqueda por dibujar la liebre perfecta de un dibujante darwinista (La liebre).

Eso por mencionar sólo algo de la producción ingente de este argentino, en la que cada libro es un cuadro o la viñeta de un cómic —no es coincidencia que muchos protagonistas de las novelas de Aira sean pintores, o seres que piensan visualmente—. La imaginación de Aira, más que fructífera, es juguetona, ajena al deber de crear un libro bien escrito, esa suerte de cadena que provoca que el escritor se preocupe más por él mismo (su estilo y la estructura narratológica) que por sus lectores, o peor aún, sus personajes y los mundos que habitan.

Esta distinción no se basa únicamente en el ímpetu de Aira, quien es capaz de escribir sin empacho sobre lugares que no ha visitado o que sólo conoce por los libros. La diversidad de sus historias no se debe a una irresponsabilidad narrativa. Para buscarle una causa, habría que ver la propia extensión de sus libros, en sí misma un indicio creativo. Para decirlo pronto, César Aira es quizás el más grande escritor, y el único especialista, de eso que Jorge Volpi llama “la media distancia”, cuya peculiaridad es el difícil equilibrio entre la densidad narrativa de la novela, su voluntad de meter el mundo en un libro y la tensión sostenida del cuento.

El límite hace al artista, más que el tema o el estilo, procedimiento que Aira enuncia en El congreso de literatura: “sólo en el minimalismo se puede lograr la asimetría que para mí es la flor del arte; en la complicación es inevitable que se configuren pesadas simetrías vulgares y efectistas”. Ya sea que se lean como cuentos largos o nouvelles, César Aira domina con maestría ese marco propicio a la experimentación y a la hibridación que ya es un género en sí mismo. De ahí que sus cuentos, reunidos en El cerebro musical, se sientan a veces asfixiados, poco propicios para el remate o la línea final que caracterizan a la ficción corta. Es por eso, también, que Aira, quien envidiaba la delgadez de los libros de los poetas, diga tantas veces que su escritura se acerca a la poesía, no por versificar y tampoco necesariamente por sus cualidades rítmicas, sino por su concentración verbal y visual.

Todos recuerdan a Scherezada por haber logrado la hazaña de salvar su cabeza tras narrarle historias al sultán Shahriar durante mil y una noches. Pero pocos recuerdan lo que pasó la noche después de su liberación, cuando Scherezada, ya absuelta, improvisó un cuento desbocado de invención y acumulación fantástica que no le agradó al sultán y provocó así su postergada decapitación. Esto no lo relata ningún libro árabe, sino Edgar Allan Poe en “El cuento mil y dos de Scherezade”. Un comentario sobre los peligros de la imaginación y el riesgo que conlleva, mismo del que está enterado César Aira, consciente de la dicha que supone tener lectores atentos y la posibilidad de desencantarlos, tarea primera de la literatura.

Este año, Aira visitó México para presentarse en el Hay Festival de Querétaro y visitar la que ha sido su casa en nuestro país, la editorial Era, principal curadora fuera de Argentina de sus libros. No es que sean los únicos que se hayan fijado en el de Pringles —sujeto de múltiples traducciones a lo largo del mundo—, pero se han encargado de seguir el febril ritmo de publicación de Aira (sólo en 2017 se editaron tres libros suyos; uno en Chile y dos en Argentina). Fue ahí, en el domicilio sito en la calle Mérida 4 de la colonia Roma, donde tuvo lugar esta conversación con Aira.

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    El marco de una escritura

    Si veo que un libro no tiene posibilidades, cuya idea se agota en tres, cuatro o cinco páginas, la abandono e inicio con otra

    -Borges decía que imaginarse la trama o la idea de un libro es fácil, pero desarrollarla y emprenderla es lo verdaderamente difícil, en su caso particular parece lo contrario, como si fuera muy sencillo…

    -No, no es tan fácil. Muchas veces se me ocurren ideas que parecen muy fecundas, pero pienso y me doy cuenta de que no era tan fácil, sobre todo estas ideas un poco extrañas en las que hay un juego sobre una topología irracional. Suenan muy bien en la cabeza, pero en el papel se hacen difíciles. De hecho, de cinco relatos que empiezo, termino uno.

    -Tengo entendido que usted cuando piensa el proyecto de un libro se lo imagina dentro de un marco, como de 100 páginas. Y así ha sacado adelante varios libros, sin un rumbo definido, pero sí con un marco establecido…

    -Claro, necesito una idea de arranque pero trato de que no haya un plan definido, de modo que me permita ir improvisando, ir inventando a medida que lo voy escribiendo. Es lo que me funciona. Para otros escritores es todo lo contrario. Sé que muchos necesitan tener todo pensado antes de ponerse a escribir. En mi caso no es así, yo creo que me aburriría si supiera cómo va a terminar el relato que empiezo, prefiero dejarlo en la nebulosa e ir viendo qué pasa.

    -¿Cuándo se da cuenta que algo no lo divierte mientras escribe un libro?

    -No es tanto que me divierta o no, pero si veo que un libro no tiene posibilidades, cuya idea se agota en tres, cuatro o cinco páginas, la abandono e inicio con otra. Es así.

    -Usted ha dicho también que sus libros son más cercanos a la poesía. ¿A qué se refiere con esto?

    -En realidad son narrativa. Con el tiempo me he ido acercando más a la poesía, al ensayo, un género híbrido que ya no es narrativa estricta. En realidad, yo empecé como todo adolescente, escribiendo poemas, pero me di cuenta de que no había nacido poeta, no tenía lo que debe tener un poeta, así que me resigné a escribir relatos. Esos sí me salían naturalmente y creo que esa vocación frustrada, no realizada de poeta, la fui realizando poco a poco dentro de mis relatos.

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    La estirpe de encantador

    Trato de ser un “Scherezado” que mantenga encantados a sus lectores y que sus lectores no lo maten, no le corten la cabeza.

    -Hablando de este transcurso entre poesía y narrativa, ¿en la literatura del siglo XXI ya no importan los géneros? ¿Es una cuestión irrelevante?

    -La novela comercial, la novela de entretenimiento, la de pasatiempo, sigue siendo la misma novela que era en el siglo XIX, no ha cambiado mucho. Pero entre los experimentos literarios que se han hecho a partir de la vanguardia de comienzos del siglo XX —el surrealismo, el dadaísmo— los géneros se han ido hibridizando. A mí, en realidad, cuando me preguntan, especialmente alguien que no me ha leído y no sabe quién soy: “¿usted qué hace?”, le digo: “soy escritor”; “¿y qué escribe?” Para simplificar le digo: “novelas”, y cuando me dice: “¿qué tipo de novelas?, ¿de qué tratan?” Ahí ya me encuentro en problemas porque de qué tratan mis novelas. De literatura, de experimentos literarios. No puedo decir que sean ni policiales, ni fantásticas, ni de ciencia ficción. Tienen un elemento de todas esas cosas, pero son más bien juegos literarios.

    -Esta variedad y esta voluntad de narrar me recuerda mucho a Las mil y una noches

    -Bueno, sí. El maestro Borges era un gran admirador y lector de Las mil y una noches y yo también. En realidad ese es el objetivo que persigo, porque los relatos de Las mil y una noches son muy diversos, pero todos tienen como finalidad hechizar al que los escucha, al que los lee, mantenerlo atento, mantenerlo encantado. Ese es el objetivo de todo narrador de estirpe narrativa, ¿no? Encantar a su lector.

    -Sobre esa estirpe, ¿usted se siente identificado de alguna manera con Scherezada?

    -Sí, trato de ser un “Scherezado” que mantenga encantados a sus lectores y que sus lectores no lo maten, no le corten la cabeza.

    -Por esta misma mutación entre géneros, veo que ha logrado un equilibro poco común entre la narración de aventuras y la metaliteratura…

    -Sí, efectivamente. Superficialmente mis libros son narraciones de aventuras o de recuerdos infantiles, bueno, de muchas cosas, pero siempre tienen ese transfondo de juego con los mecanismos de la literatura.

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    El gabinete de un escritor

    Sería muy lindo imaginarme todos mis libros como una suerte de galería, de cuadros coloridos.

    -En otras ocasiones ha dicho que su imaginación es principalmente visual. Si yo tuviera que darle una imagen a su obra sería el de un gabinete de pintor, donde hay muchas pinturas. ¿Qué imagen tiene usted de los libros que ha escrito?

    -Una influencia grande que tuve en mi formación, en la infancia, fue el cómic y muchas veces he pensado en mis libros como una serie de figuras que se van sucediendo. Algo de eso y de cine, que también fue una pasión inicial mía. Sería muy lindo imaginarme todos mis libros como una suerte de galería, de cuadros coloridos. Es muy halagador de mi parte imaginármelo así, pero me gusta la idea.

    -Ahora que dice que espera que no le corten la cabeza sus lectores, le pregunto: ¿qué relación tiene con ellos?

    -Tuve la suerte, desde la aparición de mi primer libro, de tener un pequeño grupo de lectores entusiastas, un cenáculo, un grupito. Con ellos yo me había conformado. Ahora hay más, no muchos más, pero los necesarios. Yo en mi juventud escribí mucho y no me preocupé de publicar, pero hubo un momento en que se me hizo necesario tener una respuesta, porque si no ese trabajo de escribir se vuelve algo de maniático, patológico. Así que ese contacto con los lectores es lo que sigue estimulándome para seguir escribiendo.

    -¿Considera que tiene más lectores que son escritores que lectores que no lo son?

    -Sí, puede ser, totalmente, por esto que decimos recién de que lo mío siempre tiene algo que ver con los juegos internos de los mecanismos de la literatura, los escritores creo que se sienten más afines a lo mío.

    -En Entre los indios, el cacique Cafulcurá se burla de los mitos, de esa condescendencia de los relatos mitológicos de los mapuches y dice algo así como: “ah, estas mitologías que me dan pena a mí mismo”. ¿Usted percibe, de manera similar a Cafulcurá, el empeño de la literatura por hacerse mitológica?

    -Se me ocurrió que el cacique Cafulcurá— que viene de varios libros míos y con quien me he terminado de identificar, hasta hacerlo el vocero de mis propias ideas — en ese capítulo hiciera un repaso de todos los elementos de la sociedad, de la civilización y se mostrara completamente nihilista. No tiene nada, no tiene cultura, no tiene religión, no tiene nada. Es un salvaje radical, quiere que lo dejen tranquilo. Ahí estoy yo. Fueron ideas mías. Una señora que leyó el libro me dijo a propósito de ese capítulo: “qué sujeto tan desagradable este Cafulcurá”. No le dije que era yo.

    -Ediciones Era ha sido su mayor difusor en México, además de que ha sido la única editorial que le ha mantenido el paso al ritmo de publicación que tiene usted en Argentina, ¿qué afinidades siente usted con esta editorial?

    -Bueno, de chico yo leía los libros de Era, que se difundían mucho en Argentina y en toda Latinoamérica, así que cuando me hablaron y me propusieron publicarme acá me dio alegría. Con el tiempo hemos tenido una relación excelente. Es una de las editoriales en el mundo que tiene más títulos míos y que ha ido haciendo de todos mis libros una selección muy bien pensada. Así que creo que estoy muy bien representado acá en México.

    Olmo Balam – Editor del Correo del Libro