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María Baranda: El devenir en escritura

“Los poemas me localizan y no me queda más que rendirme ante ellos”. Así lo afirma María Baranda, prolífica autora de poemas, narraciones y libros para niños y embajadora para la edición 2017 de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil (FILIJ) que tendrá lugar del 10 al 20 de noviembre en el Parque Bicentenario. En esta conversación, la escritora nos abre una ventana a su personal mundo de raíces y acantilados, regido por el ritmo que renueva, palabra a palabra, la religión del lenguaje.

 

“Desde que empecé a escribir –apunta María Baranda (Ciudad de México, 1962) –compro cuadernos de hojas blancas y poco a poco empiezo a llenarlos de palabras. Palabras raíz, palabras que hacen girar a las otras. Palabras justas… Porque el poeta siempre anda a la caza de la palabra exacta”.

Eso es lo que hace María Baranda: encontrar la palabra y la armonía que precisan cada uno de sus ejercicios literarios; ya sean versos largos y profundos, o en narraciones llenas de lirismo y metáforas sencillas que conforman una trayectoria amplísima, cuyo eje es el ritmo y la sonoridad del lenguaje.

Desde muy pequeña, María tuvo el ímpetu de construir historias que, como juegos, la invitaban a volar para llegar a otros mundos. Más adelante, con esas mismas inquietudes pero con la madurez que proveen las lecturas, decidió quedarse a habitar en la escritura.

Así, sus primeros poemarios reflexionan sobre el acto de escribir y la fundación de otros mundos posibles: libros como El jardín de los encantamientos (1990), Fábula de los perdidos (1990), Ficción de cielo (1995), Los memoriosos (Premio de Poesía Efraín Huerta 1995) o Moradas imposibles (Premio Iberoamericano de Poesía Villa de Madrid 1998) dan cuenta de ello.

En 2003, María Baranda recibió el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes por Dylan y las ballenas, donde se reúnen las inquietudes que marcan el sentido de su obra: el vaivén de las imágenes marítimas, la fascinación por la naturaleza, el paso del tiempo, la fundación de un lugar, y por supuesto, el largo viaje.

Otros de sus poemarios: Ávido mundo (2005), Ficticia (2006), Arcadia (2009) y Un hervidero de pájaros marinos (2015); así como las antologías: El mar insuficiente (2001) y Yegua nocturna corriendo en un prado de luz absoluta (2013).

Para María Baranda, escribir “es ponerte al filo de un acantilado y sentir el vértigo de que te puedes lanzar”. Dentro del abanico en que despliega esa manera de entender su oficio, destacan además sus libros dirigidos a los lectores más jóvenes: Silena y la caja de secretos (Premio Barco de Vapor 2003), Un lugar en el mundo (Premio FILIJ de Cuento para Niños 2004)Digo de noche un gato (2006)Sol de los amigos (2010), entre muchos más.

Sabedora de que la poesía es una necesidad del espíritu y que es la herramienta ideal para que los niños busquen el camino hacia las preguntas más profundas de la existencia, María Baranda ha participado en proyectos que conducen a los pequeños por el camino de la poesía; tal es el caso del libro colectivo Hago de voz un cuerpo (2007), donde diversas voces de la poesía mexicana se reúnen para mirar con ojos renovados las partes que nos componen; o el ensayo El vuelo y el pájaro o cómo acercarse a la poesía (2012), una guía para promotores de lectura sobre cómo acercar la poesía a los niños.

En 2017, esa faceta como promotora del lenguaje poético para los más pequeños ha tenido una recompensa en su nombramiento como Embajadora de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil (FILIJ), un reconocimiento que nació hace tres años y que hoy tiene en María Baranda a una poeta que encarna los esfuerzos para difundir la vitalidad con que evoluciona la literatura para niños y jóvenes en nuestro país.

Con el pretexto de su presencia pública como Embajadora FILIJ y la huella que tiene su obra en el panorama de la poesía mexicana contemporánea, conversamos con María Baranda, quien nos abrió la puerta de su casa de Coyoacán, en la Ciudad de México, para hablarnos de su búsqueda y trayectoria en la resonancia del lenguaje.

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    El eje rector de la poesía

    La construcción de la metáfora y el ritmo, el fluir con ese ritmo es donde yo me concibo a mí misma. La poesía es mi eje. Todo lo demás es derivativo.

    Si bien has participado de casi todos los géneros literarios, cuando alguien te pregunta a qué te dedicas, tú contestas prontamente: “soy poeta”. ¿Es el ritmo y la armonía de la poesía la que rige tu escritura, sin importar la etiqueta del género?

    –Exacto. No creo que haya géneros. No me concibo como alguien que trabaja géneros específicos, sino que parto de una idea como si yo misma deviniera en escritura. Toda la concepción de una imagen, la construcción de la metáfora y el ritmo, el fluir con ese ritmo es donde yo me concibo a mí misma. La poesía es mi eje. Todo lo demás es derivativo.

    Incluso tus cuentos se construyen con frases líricas o metáforas que cuentan una historia. Lo mismo pasa en tus poemas largos: hay una historia, pero la armonía es la que marca la escritura.

    –Todos mis libros de poesía están concebidos como una larga historia; me interesa el poema que cuenta y que canta a la vez. Voy contando al ritmo que voy cantando… es una suerte de épica de lo que sucede allá afuera o acá adentro, pero siempre hay una narración interna.

    Encuentro dos estilos de María Baranda: el que se dirige a un público adulto, y otro que acerca la poesía a los niños. ¿Cómo pueden confluir estos dos estilos en un mismo poeta?

    –Es bastante esquizofrénico o bipolar. Es una cuestión de división, pero partes del mismo eje central, que es la poesía. Detrás de la poesía está ese ser que es escritura, que escribe. Ese es mi motor. Hay poemas que los niños pueden leer y hay otros que no, pero hay que darles lo que es un poema total, completo, con metáfora, imagen, metonimia. Si ellos lo pueden transitar o no, será problema del acercamiento que le des.

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    Habitar en la poesía

    La poesía es una composición musical y cada poema tiene un ritmo especial. Hay que adivinar cuál es ese ritmo que trae el poema en el que te sumerges.

    De tus dos acercamientos a la escritura, entiendo que hay dos momentos que detonaron cada uno de ellos. Háblanos de cómo te asiste de la poesía y comenzaste a escribir para un público adulto…

    –Para mí fue realmente asombroso, fue un golpe… Leí un poema de Xavier Villaurrutia, “Nocturno de la alcoba”, a una edad en la que yo necesitaba escuchar esas palabras. Lo que hizo Villaurrutia fue abrirme un mundo en el cual he tratado de habitar desde mis 15 años. Ni siquiera entendía bien la primera estrofa: la muerte toma siempre la forma de la alcoba que nos contiene. / Es cóncava y oscura y tibia y silenciosa. Recuerdo haberme detenido mucho tiempo en la palabra “cóncava”, pero lo que más me asombraba es que alguien hablara de algo que yo pensaba, que era la muerte ligada al amor.

    Son esos descubrimientos que empiezas a hacer en la adolescencia, cuando comienzas a enamorarte pero también empiezas a padecer, sobre todo a ti mismo. Creo que mucho de eso es lo que hace la poesía: padecer el tiempo, padecer el origen, padecer quiénes somos. A partir de eso es desde donde gira mi poesía. Tengo una superstición, desde que soy lectora, desde los 7 u 8 años, y es que los libros llegan a mí. Las historias me encuentran, los poemas me localizan y entonces no me queda más que rendirme ante ellos.

    Además de ese poema de Villaurrutia, ¿qué otras lecturas fueron decisivas para tu formación?

    –Después leí a Octavio Paz, que me pareció un poeta muy solar, lleno de aire, viento, nubes… Había mucha luz en los poemas de Paz, todo lo contrario a lo que había encontrado en Villaurrutia. Me gustó esa contraposición que había entre dos grandes. Me fui conduciendo un poco fuera de la habitación, hacia qué sucedía en el mundo, de la mano de ese gran poeta que es Paz. Otra influencia determinante fue Gorostiza… Leo mucha poesía en español, mucha poesía mexicana. Creo que México tiene grandes poetas y grandes poemas.

    También hay cercanía en tus libros con los versos de Dylan Thomas y William Wordsworth…

    –Dylan Thomas estuvo muy cercano porque mi padre leía en voz alta en mi casa “Vision and prayer”. A mí me impresionaba lo sonoro del poema. No entendía bien qué decía el poeta, pero la sonoridad era encantatoria. Luego, siempre traigo a cuento a William Wordsworth, sobre su largo poema “Prelude”, porque él hace algo que a mí me interesa que es caminar dentro del texto. Él acostumbraba salir a caminar y yo también creo que como ejercicio espiritual y mental es muy bueno, salir a ejercitar las piernas, el corazón y la cabeza. Esa manera de transitar dentro del texto, sin perder nunca tu camino, es lo que me interesa hacer dentro de la poesía.

    Quizá por eso mis poemas son tan largos, según la caminata que ejerza en el pensamiento. La poesía es ritmo, no podemos olvidar eso. Es una composición musical y cada poema tiene un ritmo especial. Hay que adivinar cuál es ese ritmo que trae el poema en el que te sumerges. Yo leo mucho en voz alta lo que hago, para ir descubriendo cuál es la palpitación o pulsación que requiere el texto.

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    El largo viaje o la fundación de un lugar

    Creo en el poder de la palabra y en esa manera en que me sumerjo en los poemas. Es como ponerte en el filo de un acantilado y sentir el vértigo de que te puedes aventar.

    ¿Cuáles son tus obsesiones, tus marcas más profundas?

    –El paso del tiempo y la fundación de un lugar; un lugar al que nunca llego, por eso siempre retomo la reflexión de si somos o no del mar, si encontramos la tierra o no encontramos la tierra. Siempre está el largo viaje. Lo que más me interesa es el paso del tiempo. Algo que me marcó desde la lectura fue la contraposición entre la vida y la muerte. El morir y el vivir dentro del poema. Alguien una vez me comentó: “¿por qué hay tanta sangre y tanta muerte en tus poemas?” Yo pensé: “porque siempre estoy muriendo y renaciendo en mi propia palabra”. Eso es lo que más me interesa en la poesía. La renovación y la revelación que encuentras cuando realmente te adentras en el poema.

    ¿Cómo se integran las fuerzas de la naturaleza en tu realidad literaria?

    –Creo que hay que establecer un arco, una tensión entre el mundo tan íntimo que debe tener el poema y el poeta con el exterior. Muchas veces me salva tratar de establecer un diálogo con lo otro, con la vida trágica, como la tragedia de ver morir un árbol. La poesía es una religión, y a partir de la poesía todo se convierte en objeto de uso o punto de mira. ¿La naturaleza está en mí? Sí. No sé qué me pasó. Cuál es el punto de quiebre en mi vida, pero me interesa mucho confluir con el afuera, no nada más estar en la abstracción de la intimidad y de mi adentro.

    Ese mar que se repite en tus libros, ¿hace referencia a tus antepasados?

    –Hay un verso en uno de mis poemas que dice: “todas venían del mar”. Todos mis ancestros cruzaron el mar o vivieron en la costa, o fundaron su casa en la costa. Eso determina una manera de ser. Yo soy de tierra adentro. Crecí en el centro del país, pero mis abuelos no. Mis tatarabuelos tampoco. Hay una manera de ver hacia fuera en la gente que crece en el litoral.

    Tus antepasados vienen del mar, pero yo te veo a ti mirando hacia el cielo, a punto de emprender el vuelo. ¿Es otro elemento de la naturaleza lo que te caracteriza?

    –Sí, hay algo que me interesa mucho que es esta suerte de vuelo; además la palabra “vuelo” está o en mis poemas, o en el libro de ensayo de El vuelo y el pájaro o cómo acercarse a la poesía, por ejemplo. Todo está marcado por esa manera de desprenderse de lo que uno vive en la vida cotidiana.

    Fabienne Bradu escribió sobre tu poesía: “el lector se siente a ratos sumergido por esas oleadas que rompen contra el dique del sentido, como perdido y a su vez naufragado, pero la mejor manera de salvarse de un ahogamiento es abandonarse a la corriente que siempre regresa el cuerpo a una playa”. ¿Esta es una premisa válida para que un lector se acerque a tus poemas?

    –Lo que adivinó ahí Fabienne Bradu fue la manera en que escribo. Es una premisa que me impongo a mí misma: dejarme ir. Creo en ese poder de la palabra y en esa manera en que me sumerjo en los poemas. A veces me da miedo porque siento que no voy a regresar, pero se vuelve algo muy atractivo, hasta hipnótico, algo que quiero volver a ver. Es como ponerte en el filo de un acantilado y sentir el vértigo de que te puedes aventar. Así es como escribo.

    Ella adivinó justo esa línea que a veces cruzo. No siempre, porque no es algo que te puedas proponer, es algo a lo que llegas con la fuerza del lenguaje. Para mí es irresistible tratar de volver a ese sitio. Lectores que me he encontrado a lo largo de la vida, me han dicho que les ha pasado eso con mi poesía. Me da gusto, porque me han acompañado en ese trayecto, a donde yo he llegado. No les hablo tanto del miedo, porque lo que me da temor es no salir, a veces tengo miedo de no salir del poema, como de perderme… es una suerte de locura.

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    “Una palabra en mi lengua…”

    Entendí algo que es importante, que es la fuerza de la palabra. Si yo escribía algo suficientemente interesante como para que jugaran conmigo, tenía el poder además de dirigirlos

    En cuanto a la literatura dirigida a los pequeños, ¿cómo se da ese acercamiento?

    –En la mente del escritor ocurre que lees algo que dispara ideas dentro de ti, que funcionan como una especie de trampolín para que llegues a tus propias orillas. Eso es lo que yo empecé a hacer muy joven. O sea, reescribir. Reescribía los libros que estaban en mi casa. Tuve dos abuelos que me regalaban libros, en ese entonces estaba de moda leer a Emilio Salgari y a Julio Verne… En lugar de que hubiera un Hans, había una María, y claro, yo llegaba a las profundidades del mar, y el mundo de Veinte mil leguas de viaje submarino es increíble, pero no me gustaba copiarlo.

    Después empecé a inventar historias mías. Descubrí una especie de obras de teatro, por ahí de sexto de primaria, que yo hacía para poner a jugar a mis hermanos, que no me hacían caso porque era la única mujer, pero la manera de atraer su atención fue jugar a través de los personajes que inventaba. Entendí algo que es importante, que es la fuerza de la palabra. Si yo escribía algo suficientemente interesante como para que ellos jugaran conmigo, tenía el poder además de dirigirlos.

    ¿Encontraste tu poder en la palabra?

    –Me dio toda la fuerza y la posibilidad verdadera de tener un mundo compartido, con la posibilidad de jugar y de que los demás participaran, y eso te hace muy poderosa. Como niña, te hace sentir que puedes mover el mundo a través de lo que inventas. Entre mejor sea la historia, más lúdica, más atrevida y pongas escenarios más extraños, más les interesaba a mis hermanos. La lectura era algo útil, necesario para mí. Yo necesitaba leer, necesitaba nutrirme de otras historias, para escribir nuevas historias. Tuve un entrenamiento absolutamente natural como escritora, desde muy pequeña.

    Me parece que tu poema “Un pedazo de sol” describe lo que podría ser tu arte poética… ¿Compartes esa idea?

    –Es de lo que hemos estado hablando: una palabra raíz, una que haga girar a las otras palabras, una palabra que demuela a todas las otras, a esa superioridad y esa fuerza de la palabra, porque además el poeta siempre anda a la caza de la palabra justa, exacta. No te puedes equivocar en un poema, no puedes decir “río” cuando querías decir “sol”. Sabes perfectamente qué mirar y qué nombrar, lo tienes que saber. Entonces claro que es un arte poética, es una manera de decir “así escribo mis poemas”. Las palabras están llenas de sonidos, de ritmos. Cada palabra tiene un mundo único, un universo que hay que penetrar.

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    Poesía para saciar la sed

    La poesía es necesaria, es una necesidad del alma, del espíritu. Si a los niños y a los jóvenes les diéramos más poesía, seríamos un pueblo distinto.

    Respecto a tu nombramiento como Embajadora FILIJ 2017, siendo la tercera persona que ocupa este puesto, ¿ves saludable la evolución de la literatura para niños en México?

    –Creo que es importantísimo que después de más de 30 años se haya empezado a dar un lugar así a la literatura para niños y jóvenes en México. Este puesto representa todo lo que es la literatura infantil y juvenil mexicana en el exterior. Es una manera de voltear hacia fuera y decir: “tenemos una literatura que es fuerte, que es potente y tenemos además a quien nos pueda representar”. Me parece fundamental que este año se dedique a la poesía, que es uno de los géneros por el que menos apuestan los editores. Creo que en estos momentos es uno de los géneros más importantes, porque es el que verdaderamente conecta la emoción y el pensamiento. Es el género con el que hay que saciar la sed de los niños y jóvenes. Están ávidos de saber quiénes son y a dónde van. Esas preguntas ontológicas sí las responde la poesía.

    –¿Es más sencillo para los niños enfrentarse a la poesía porque la musicalidad forma parte de su esencia?

    –Sí, claro. Sobre todo por la cualidad de la metáfora. Es muy importante otorgarles metáforas e imágenes a los niños, porque eso abre su pensamiento e imaginación, los lleva a lugares insospechados. He tenido muchísima interacción con los niños que leen mis poemas: he recibido muchas cartas, comentarios… Es realmente asombroso cómo leen, de una manera muy dinámica. Jamás se atoran ante una metáfora, no le tienen miedo a la poesía. Entran directamente y empiezan a crear a partir del poema. Eso es lo más divertido. Entienden perfecto la cualidad de juego del poema.

    ¿Cuáles son tus planes y tu responsabilidad como embajadora FILIJ 2017?

    –Una de las cosas que más me han gustado, que yo elegí, fue trabajar con los mediadores de lectura, las personas encargadas de las salas de lectura y bibliotecas, maestros, editores, tutores, padres de familia… porque de esta manera el acercamiento de la poesía con ellos se vuelve exponencial. También iré con embajadores de otros países a la Feria de Bolonia. Ahí el diálogo me interesa centrarlo sobre qué se hace en otros lugares, cómo se difunde la poesía, cómo se edita, qué tanto se apuesta, cómo es la lectura de la poesía y compartir la experiencia que he ido recogiendo a lo largo de los años con diversos maestros y mediadores.

    ¿Cómo aprecias el estado de la poesía para niños?, ¿temen los poetas escribir para nuestros cada vez más exigentes niños?

    –No somos un pueblo con la tradición literaria poética para niños como sí lo son, por ejemplo, los ingleses, que tienen hasta un género muy juguetón, el Limerick. Apenas hace unos 15 años que en México se está volteando a ver la poesía desde el punto de vista del autor. Aun hoy es algo ninguneado trabajar para niños, aunque el niño es uno de los lectores más difíciles, porque si a la primera línea no lo atrapas, ya se te fue. Es un reto inmenso. Abre un mundo no nada más de satisfacción, sino de asombro de todo lo que ellos te pueden dar. La poesía es necesaria, es una necesidad del alma, del espíritu. Si a los niños y a los jóvenes les diéramos más poesía, seríamos un pueblo distinto.

    Como escritora, traductora, editora y ahora, promotora de literatura infantil y juvenil de tiempo completo, ¿sientes una responsabilidad de expandir a otros lugares lo que se hace de literatura en México?

    –Por supuesto. La edición de libros es algo maravilloso, es poder tener una idea, juntar gente. He hecho dos libros que me han interesado mucho: Hago de voz un cuerpo, donde puse a mis amigos poetas a escribir junto conmigo sobre las partes del cuerpo; un libro único en su género, que recibió todos los premios internacionales porque no hay nada igual. El otro fue con palabras en náhuatl: Hablar con el corazón, con poetas residentes en Morelos. Ahí preguntamos a una comunidad de niños “¿cuál es tu palabra favorita?” Ellos en náhuatl nos dieron sus palabras (“pulga”, “tamal”, “tortilla”, “olla”, “huevo”)… y con eso echamos a andar el imaginario poético de cada uno. Se hizo un libro hermosísimo.

    –Todos tus libros para niños están acompañados del trabajo de un artista gráfico. ¿La ilustración es otro tipo de traducción?

    –Sí, no es una ilustración nada más. No están ilustrando las palabras, sino que las acompañan a partir de sus propias metáforas. Lo que es una verdadera traducción. Por eso a mí me interesa tanto traducir a otros poetas, porque vas entendiendo qué hicieron, cómo pensaron y tú tienes que resolver eso sin apropiarte completamente del texto. Hay que respetar la idea, el pensamiento y las palabras del otro. Es un juego increíble. A mí que me han traducido, es muy extraño cómo estás en otra lengua. De pronto hay idiomas que no entiendo, como el turco, el lituano, el japonés o el chino. Cuando escucho mis poemas en esas lenguas tengo que imaginar que ésa soy y que ésas son mis palabras.

    ¿Qué más viene en el corto plazo para María Baranda?

    –Tengo dos libros en el horno editorial; uno se llama Teoría de las niñas, que va a editar Vaso Roto, espero que este mismo año. Es un libro en pequeñas prosas que describe el universo o la vida de unas niñas que salen de un dibujante, que escapan de los dibujos de alguien. Es un libro absolutamente delirante, porque es como si los personajes de un dibujante cobraran vida y empezaran a hablar de lo que les sucede. Otro libro de poesía para niños que está por salir se llama Máquinas imaginadas, de aparatos imaginados o inventados por mí. Estoy que me muero de ganar de verlo.

    Nancy García - Coordinadora de actividades del Centro Cultural Elena Garro