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Margo Glantz. Memorias para un “longseller”

Margo Glantz, portadora de la Presea Sor Juana Inés de la Cruz entregada por el Claustro de Sor Juana en el marco de la FIL Guadalajara 2018, conversa en esta entrevista con su editor en Sexto Piso, Eduardo Rabasa, para hablar de su exploración literaria, de la indagación en la genealogía de los recuerdos y la necesidad del viaje.

 

En enero de 2015 Margo Glantz (Ciudad de México 1930), una de nuestras más destacadas escritoras y académicas, celebró un significativo cumpleaños de manera plena: en el ámbito literario acababa de publicarse Simple perversión oral (La caja de Cerillos / Conaculta) un divertimento donde la autora recrea una visita al dentista y se desdobla en su propio personaje; en la experiencia vital, regresa de un viaje a Marruecos, un rincón del mundo que no había visitado y que le sirve para ratificarse dentro de la genealogía de escritores viajeros.

Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, Doctora Honoris causa por la Universidad Nacional (donde ha sido profesora durante más de medio siglo) entre muchos otros reconocimientos, Margo Glantz, tuitera confesa, nos recibió en su casa de Coyoacán para sostener esta conversación con Eduardo Rabasa, su editor en Sexto Piso, donde ha publicado dos de sus libros más recientes: Coronada de moscas (el título con el que se dio a conocer la colección Realidades de esa editorial en 2012) y Yo también me acuerdo (2014), donde hace un rastreo a través de su propia biografía y escritura.

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    El espejo de la banalidad erudita

    Siempre soy autorreferencial. Mis libros de ficción están en relación con temas que me obsesionan, que tienen que ver con mi propia historia y mi propio cuerpo.

    Un rasgo muy importante de tu obra es esa combinación ecléctica y original de una formación literaria muy basta, de un imponente bagaje literario, musical, cultural… de eso que se llama alta cultura, que mezclas de manera muy natural con temas muy cotidianos como la moda, los zapatos o el chococolate. Son dos vertienes que confluyen en tu obra.

     Me costó mucho trabajo llegar a escribir algo natural. De los ensayos que escribía en los años 60 algunos eran buenos, pero otros sufrían de un barroquismo intolerable. Me acuerdo que de jovencita tenía muchos amigos a los que les gustaba la música popular. A mí me gustaba también pero sentía que era muy banal: cómo podía interesarme Edith Piaf cuando escuchaba a Mozart. Me burlaba de mi primer marido porque le gustaba lo popular.

    Soy una escritora tardía. Mi primera novela de ficción apareció cuando tenía 47 años. Así que durante mucho tiempo estuve tratando de ver cómo podía escribir hasta que me pude desembarazar de un bagaje excesivamente erudito. Me pasó a partir de Las genealogías y también el periodismo me ha ayudado mucho. Me di cuenta de que los lectores son de muchos tipos, que uno tiene que alcanzar a un público muy heterogéneo, y que si uno no escribe de manera cotidiana y accesible no funciona, sin que por eso deje del lado mis preocupaciones esenciales, que tienen que ver con la cultura.

    Has trabajado el género de la literatura autobiográfica pero no en un sentido estrictamente apegado a la vida real, sino que te has permitido experimentar el método narrativo a partir de este género. ¿Cómo es tu relación con la literatura desde el género que has elegido?

    Probablemente soy muy narcisista, porque siempre soy autorreferencial. Todos mis libros de ficción están en primera persona y están en relación con temas que me obsesionan, que tienen que ver con mi propia historia y mi propio cuerpo. De ahí paso a otras historias, a otros cuerpos. El cuerpo lo manejo en pedacitos, como manejo la literatura.

    El primer libro que publiqué a cuenta de autor, Las mil y una calorías, novela dietética, es un libro de pequeños textos, como píldoras. Pensé que la escritura del libro me serviría para adelgazar, así que los hice como textos dietéticos, en el sentido de que son muy pequeñitos, como pequeñas cantidades de comida.

    Como mis preocupaciones son muy dispersas, al mismo tiempo me interesan varias cosas; entonces ¿cómo trabajar esas varias cosas al mismo tiempo?… en ese sentido el tuitear me sirve mucho, porque puedo decir lo que me da la gana y pasar de un tema a otro por asociaciones, por lo que veo en la vida cotidiana, por lo que se me ocurre en la noche, que puedo decantar en pequeños textos, que vuelven a ser autorreferenciales.

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    Las genealogías andantes e imaginarias

    Mi única forma para estar viva y vital es el viaje. Entonces lo quiero poner siempre en escritura, porque es mi modo de organizarme mentalmente.

    Sobre las referencias familiares que aparecen en tus libros, parece que no te interesa la madre real o la genealogía histórica, sino lo que se filtra por tu mirada en una recreación personal de los acontecimientos…

    Uno tiene una relación peculiar con los padres. Muy cercana pero muy extraña, muy distante. Luego está el problema de las hermanas. Yo tengo tres. En mis libros mis hermanas aparecen siempre, pero no como son ellas, sino como creo que son.

    Acabo de recibir una reseña de Adriana Kanzepolsky, quien trabajó muy bien Las genealogías. También consiguió Yo también me acuerdo y en su reseña habla de la importancia que tiene la reiteración, de cómo aparecen mis padres casi de la misma manera, pero al mismo tiempo completamente diferentes en cada libro, porque la forma que elegí exige que escriba de manera diferente y que el recuerdo, aunque sea semejante al de Las genealogías o al de Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador, sea distinto, porque los recuerdos son muy engañosos. Casi nunca quieren aparecer nuevos recuerdos, siempre están fijados los mismos.

    En Yo también me acuerdo, la posibilidad de hacer pequeños textos me permitió un trabajo muy interesante de asociación, porque cada recuerdo disparaba varios más. Entonces estaba como en “estado de recuerdo”: había puesto en marcha un aparato cerebral. Fue muy bonito. Yo hubiera hecho mil páginas pero quizá ustedes no hubieran querido leer mil páginas de mis recuerdos.

     Esa reiteración a la que te refieres es de alguna manera la idea central de tu obra: una especie de recreación infinita. No es que agotes el tema de tus padres, sino que haces una recreación, con nuevos matices que iluminan un tema ya trabajado.

    Esta chica Kanzepolsky decía algo muy importante: el hecho de que yo quería que este libro (Yo también me acuerdo) no sólo fuera una autobiografía de los hechos de mi vida cotidiana tal y como han sucedido a lo largo de muchísimos años, sino también una historia de mi propia escritura. De cómo he retomado textos de otros libros y los he puesto aquí. A mí me interesaba hacer una biografía de mi propia genealogía literaria, de la tradición en la que yo me inserto, de los autores que más me interesan: están ahí los tangos de Carlos Gardel y Rosita Quiroga que oía mientras leía a Verne y comía chocolates rellenos de cereza y aguardiente. Ese recuerdo me vuelve y me vuelve… Siempre se aglutina lo del chocolate de cereza, la lectura de Julio Verne o Los tres mosqueteros, el que yo me escondiera para leer mientras debía atender una zapatería… escuchar en la radio a Brahms y dejar a los clientes esperando; entregar a alguien un zapato equivocado porque estaba muy perdida en la música y la lectura…

    Eres también una viajera incansable, que ha recorrido buena parte del mundo, ¿cómo es para ti cuando esta gran pasión del viaje encuentra su camino en un texto?

    Para mí es importante viajar porque viajo para escribir que estoy viajando. Veo que un viaje tiene más interés cuando alguien escribe. Me interesa porque es otra genealogía en la que me inscribo: la de los viajeros como Jan Potocki (autor de Manuscrito encontrado en Zaragoza); también me interesan mucho Bruce Chatwin y Casanova como viajeros; o Robert Walser, quien murió caminando.

    Sin el viaje la literatura no tendría sentido. El viaje es una posibilidad de romper la rutina y hacer algo nuevo. Aunque siempre viaje a la misma ciudad (a París porque estudié allí, o a Nueva York porque ahí viví, o a Londres porque ahí trabajé), me encanta volver. Cada vez que vuelvo encuentro cosas nuevas. Lo mismo hacía Georges Perec: escribía su propia autobiografía yendo cada año a la calle donde había nacido para registrar qué había cambiado.

    Mi única forma para estar viva y vital es el viaje, es una de las cosas importantes. Entonces lo quiero poner siempre en escritura, porque es mi modo de organizarme mentalmente. Hablo mal, pero escribo bien, porque me organizo. Nunca puedes tener las cosas tan claras como cuando las escribes. Por eso creo que es muy importante escribir sobre los viajes.

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    El respeto por el "longseller"

    Soy una autora que de alguna manera tiene algo de clásico, y lo clásico es longseller. Yo soy worstseller.

    ¿Cómo es tu relación con el mundo del libro, con esa industria que distribuye y difunde la producción de nuestros escritores e intelectuales?

    Muchos de los libros que publican el estado y las universidades se quedan en la bodega. El trabajo de distribución lleva más de 50 años sin resolverse. Ahora ayuda mucho que las redes sociales permitan difundir los libros de una manera más adecuada, porque cada autor tiene su propia cuenta de Twitter o Facebook, y puede hacerse propaganda.

    Pienso que las librerías tienen un defecto fundamental: no aceptan mantener libros durante un largo tiempo. Si un libro se agota como novedad ya no se distribuye. Libros como los míos o de muchos autores, que no tienen una repercusión inmediata, no aparecen siempre en las librerías, a diferencia de lo que puede ser uno de ese miserable de Pérez Reverte, u otro de gran difusión como El código Da Vinci.

    Sería muy importante que las redes de librerías tuvieran más respeto por los libros, y plantearlos como libros clásicos, que siempre deben estar en el mercado. Entiendo que hay muchos libros que se producen, que no hay lugar suficiente en las librerías y que el problema del almacenamiento es muy importante, pero tendría que haber una especie de circulación para que los libros se pudiesen conseguir.

    Cuando estaba en la SEP surgió la idea original del Correo del Libro, antes de que yo llegara, creo que por iniciativa de Roger Díaz de Cossío, quien era muy ingenioso para las posibilidades de difusión. Buscaba que los libros se difundieran. Debería haber más gente en las oficinas públicas que no sólo se interese en publicar, sino también en difundir lo que se publica, para así crear redes extensas y eficaces, como sucede en España o en Argentina, donde son muy buenos para la distribución. En México fallamos todavía.

    ¿Cuál es el cambio más radical que percibes en la concepción actual de las librerías, que han pasado de un concepto tradicional donde el librero podía recomendar libros, al de grandes conglomerados que distribuyen libros?

    Creo que hay muy pocos libreros en México. Si uno va a una librería en París o en Buenos Aires, los libreros saben qué títulos son importantes. Pero en México los libreros no tienen idea de nada. Tienen la suerte de que pueden buscar en la computadora, pero en general son verdaderamente unos negados. Tendría que haber una forma de reformar el servicio de librería para que se perfeccione: que se instruya a los libreros con un curso de cómo manejar con los libros.

    Lo mismo pasa con los entrevistadores: “oiga, ¿por qué escribe usted?, ¿y este libro de qué se trata?”. Todo ese sistema de improvisación que tenemos en México alcanza a las librerías. Habría que tratar de que los vendedores tuvieran un curso sobre qué son los libros.

    El oficio del escritor es visto con glamour y fascinación. De hecho percibo que cada vez más hay una tendencia a ver a los escritores como celebridades, para conocerlos en las ferias del libro o para pedirles un autógrafo. Pero también hay una parte muy complicada e ingrata. Tú como una autora muy consolidada, en un país como México donde hay pocas librerías, pocos espacios para la crítica especializada, con índices de lectura tan bajos… ¿qué tanto ese contexto te ha hecho sentir pesimista o desanimada?

    A veces me pongo mal, porque tengo muchos libros dispersos por diferentes editoriales. En muchas cosas soy inédita y no me consiguen en las librerías. Autores que me parecen muchísimo menos importantes, venden mucho más que yo, o se leen mucho más. Yo creo que soy importante, pero veo que para muchos no lo soy. Me desanima a veces, pero no me quita las ganas de escribir.

    Creo que soy una autora que de alguna manera tiene algo de clásico, y lo clásico es longseller. Yo soy worstseller. Una vez estuve en una mesa redonda con Angeles Mastretta y Laura Esquivel en la Feria del Libro de Frankfurt y dije que me sentía muy rara porque estaba en una mesa con puras bestsellers, mientras que yo era una worstseller. Laura Esquivel se enojó conmigo, porque pensó que la estaba criticando. Pero sólo estaba dando un dato fidedigno: yo soy worstseller y ellas han vendido como enloquecidas. Son de las autoras que pueden vivir de su obra, cosa que yo no puedo hacer. (Eduardo Rabasa)