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Sergio González Rodríguez: Crónica de un mundo ultracontemporáneo

Sergio González Rodríguez, autor de obras como Huesos en el desierto, El hombre sin cabeza o El robo del siglo, falleció esta mañana en la Ciudad de México a los 67 años. Retomamos esta conversación en la que el escritor nos habló acerca de la inmediatez como el peligro de nuestros tiempos, sus intereses como creador y periodista, y sobre cómo la lectura cuidadosa puede darnos pistas hacia una realidad más justa. 

 

Unos días antes de esta entrevista, Sergio González Rodríguez (ciudad de México, 1950) presentó en el Centro Cultural Elena Garro su libro más reciente, El robo del siglo. Entonces, afirmó que por más duro y polémico que sea un tema, el escritor debe plantearse además un reto formal: poner sus fuerzas en la “literatura absoluta”, esa que, como escribió en De sangre y sol, “se muestra más aguda e intolerante respecto de cualquier atadura social”.

De ese temperamento creador son resultado libros de ensayo como El centauro en el paisaje o novelas como El triángulo imperfecto y El Artista adolescente que confundía el mundo con un cómic. En esta parcela de su quehacer literario, González Rodríguez se sumerge, casi siempre, en dualidades: sexo y sangre, el misterio del arte y del pasado indígena, el misticismo del México magico, fuente de los enigmas y el oxímoron.

Por otro lado, las crónicas y reportajes de Sergio González no son solamente un recuento documentado de hechos, sino una extensión de la herramienta literaria para personalizar los asuntos de interés público. Si en Huesos en el desierto hay una ánimo de denuncia, en El hombre sin cabeza el autor trata de mirar episodios de su vida íntima frente al espejo de la violencia del narcotráfico.

El robo del siglo (título de connotaciones fílmicas justificadas por el absurdo, la corrupción y los excesos en el caso de Zhenli Ye Gon y “los malditos 205 millones de dólares”) es el último eslabón de una cadena que inicia con Huesos en el desierto (2003), sigue con El hombre sin cabeza (2010), luego El mal del origen: ensayo de metapolítica, y finalmente Campo de guerra (2013), informe del estado del mundo con el que recibió el Premio Anagrama de Ensayo 2014.

Desde los osarios de Ciudad Juárez a la casa de las Lomas donde Zhenli Ye Gon apilaba una montaña de dólares, la obra de Sergio González traza la continuidad de una exploración en los vacíos del estado de derecho en México, que se perpetúa a pesar de las geografías y los relevos de protagonismo. Por otro lado, obsesionado por la transformación global de las relaciones de comunicación y el dominio hegemónico de Estados Unidos, el autor ve en la guerra contra el narco un detonante que ha convertido al mundo en un terreno controlado por las corporaciones militares y financieras.

Sergio González Rodríguez no distingue una línea divisoria entre literatura y periodismo. Ambos temperamentos conviven en él sin revolverse, por lo que a veces parece un escritor dual, cuya obra poliédrica abarca desde los cuentos y los ensayos hasta los informes de corte filosófico y político. En suma, una trayectoria afín al mundo complejo que se ha propuesto conocer y desentrañar.

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    Los dos temperamentos: el periodista y el escritor

    Un escritor no se propone distanciar el periodismo y la literatura. Trato de darle la misma calidad a todo lo que escribo, empleando desde luego toda la formación y experiencia que tengo en el ámbito de la literatura.

    Hay dos temperamentos en su obra. Por un lado es el escritor que se dedica al periodismo. Por el otro, el ensayista y novelista que se dedica, como lo dijo en su libro De sangre y de sol, a la “literatura absoluta”, aquella que no se funda necesariamente en hechos reales. ¿Cómo conviven estos dos temperamentos?

    Esta convivencia viene sobre todo de que nunca me he propuesto una separación entre literatura y periodismo. Sigo pensando que el buen periodismo es literatura. Y así lo han demostrado grandes escritores, desde Octavio Paz hasta García Márquez, que en su momento fueron colaboradores de diarios y revistas. Creo que podemos ver muy claramente que un escritor no se propone distanciar el periodismo y la literatura. Al contrario, son tareas que se interrelacionan. Por eso trato de darle la misma calidad a todo lo que escribo, empleando desde luego toda la formación y experiencia que tengo en el ámbito de la literatura.

      ¿Sus libros de ensayos y narrativa literaria son una forma de distanciarse de los acontecimientos públicos?

    Es alternancia de las posibilidades expresivas. Cuando hago investigaciones dedicadas a publicar un libro sin ficción, lo que hago es distanciarme de lo ficticio. Eso me permite oscilar entre la tensión intelectual y diversos campos. De pronto cuando trabajo temas de alto impacto criminal como Huesos en el desierto o El hombre sin cabeza, el resultado de la investigación es muy grave emocionalmente. Por eso el siguiente libro se vuelve un ejercicio más laxo, menos situado en la obediencia a los hechos. Y por lo tanto crece la posibilidad de la imaginación, de escribir una novela o ensayos sobre temas literarios. La alternancia es necesaria en mi caso.

    Sus libros de ficción, como El artista adolescente que confundía el mundo con un cómic o novelas como La noche oculta o El triángulo imperfecto, ¿se nutren de hechos que no han podido integrarse a sus libros de crónicas?

    Normalmente los temas de las novelas surgen por sí mismos. No hay mucha relación entre un libro de investigación y las novelas, que tienen su propio mundo. Los libros surgen por sí solos con cierta autonomía, no tienen mucha relación, hasta que uno se las da por la propia escritura. La novela es un tejido de cosas dispersas que uno, al momento de escribir, va recuperando. Creo que las novelas que he escrito obedecen a un momento y una inclinación intelectual muy peculiares. Los libros van surgiendo contra el interés de un escritor y esto representa un desafío que uno quiere resolver.

    En cualquier caso, sus libros de ficción y no ficción procuran dar un punto de vista o reconstruir algún hecho público desde su propia visión personal…

    Me interesa mucho el entorno de la propia realidad en relación con el ejercicio de la imaginación y de las posibilidades de la propia inteligencia. Hay una interrelación entre el entorno, la historia, la cultura, la política, el modo como uno lee o cree interpretar esos fenómenos de la vida real. 

    Durante la presentación de El robo del siglo, decía que en sus libros se plantea no solamente documentar hechos recientes, sino plantear un reto formal a la hora de escribir. ¿Cuál fue el reto literario que se propuso para contar la historia de Zhenli Ye Gon?

    Cuando realizo libros de narrativa sin ficción, trato de enfocar el tema de un modo múltiple, interdisciplinario, que a su vez ofrezca la oportunidad de un reto formal específico de acuerdo al tema, a las connotaciones culturales y políticas, a quienes intervienen como protagonistas y a la trama que hay de por medio. En el caso de El robo del siglo, se trataba en un primer momento de establecer una vinculación muy clara de la trama que está detrás. El reportaje en sí no ofrecía las posibilidades de explicar ampliamente la trama, así que elegí la novela sin ficción, que se refiere simplemente a un conjunto de hechos que proceden de la realidad y que, dada la calidad extraordinaria de los episodios relatados, parece una novela.

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    El campo de guerra de la forma expresiva

    Pensamos que basta con una participación en el mundo virtual para modificar la realidad. Esto es falso. Las redes sociales son un medio de comunicación pero no están colaborando a transformar sustancial, material, concretamente la realidad.

    Su libro El centauro en el paisaje fue finalista del premio Anagrama de Ensayo en 1992. Dos décadas después, recibe ese premio por Campo de guerra. ¿Qué transformaciones como ensayista ha experimentado en los 20 años que separan un título de otro? 

    Los libros, como he tratado de explicar, piden una resolución formal específica. Cada libro se ubica en un registro peculiar. El tipo de ensayo que realizaba en El centauro en el paisaje está vinculado más bien al lector-autor, que a su vez transfiere las lecturas al procedimiento de la escritura; una escritura fragmentaria, conjetural, basada en fuentes literarias y que establece una interlocución con temas como lo sagrado, la técnica, la ciudad, el deseo…

    Campo de guerra es un informe, como lo declaro desde el primer momento. Ahí no hay lugar a la especulación. Es una relación de hechos y circunstancias históricas, un retrato de procesos donde el personaje es el propio país y su relación con nosotros. En mi caso, no ha desaparecido el interés o el tono de los libros iniciales, sino que han encontrado otra forma expresiva. El escritor se va movilizando de acuerdo a cada tema y cada tema, conforme a cada libro.

    Ese informe que es Campo de guerra, ¿está también marcado por un lenguaje que proviene de la filosofía contemporánea, sobre todo de Gadamer?

    Desde luego porque, dados los fenómenos que abarca, es necesario un apoyo interdisciplinario. Es un libro que tiene mucho que ver con la política, la geopolítica y el derecho; con la comprensión de los procesos culturales y civilizatorios que hemos vivido en todos estos años.

    ¿Quién le gustaría que leyera este informe?

    Es un libro abierto a especialistas y al público en general. No en vano se llama Campo de guerra, donde está la contradicción de la sociedad consigo misma, la política y los hechos bélicos. Para abordar tal amplitud temática es necesario también un lenguaje que capture lo mismo a expertos que a cualquier lector. Es un libro muy documentado. Las notas son un capítulo en sí que yo siempre invito a que se lea. Hay ahí una serie de apreciaciones que complementan lo que digo. Es necesario que se lean las notas como un capítulo. Ahí es donde el propio lector es desafiado a entrar a otra zona de lectura.

    Cuando uno hace una aseveración como las que se hacen en Campo de guerra, suena absolutamente escandaloso. Cuando te remites a la referencia bibliográfica es posible descubrir que no hay nada que yo invente. Al contrario, soy sumamente escueto para expresar asuntos que son de enorme trascendencia. Y esto tiene que ver con la amnesia: vivimos una época muy mediatista.

    En Campo de guerra, por un lado usted sostiene que hay que visibilizar lo que hacen los grandes poderes militares y financieros, pero a la vez deja traslucir una opinión a favor de los hackers, los insurgentes digitales de annonymous y otros revolucionarios de internet. ¿No es eso una contradicción?

    Lo que sucede es que la complejidad del mundo contemporáneo permite esa participación. Pero la participación en el mundo virtual es minoritaria y de bajo impacto si la comparamos con la influencia concreta, material y sustancial de las plataformas militares aplicadas a la vida pública y civil. No comprendemos la gravedad del asunto. De pronto pensamos que basta con una participación en el mundo virtual para modificar la realidad. Esto es falso. Las redes sociales son un medio de comunicación pero no están colaborando –en algún momento lo harán quizás– a transformar sustancial, material, concretamente la realidad. Ese es el gran problema. Tenemos que entender los procesos de fondo.

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    La amnesia del presente inmediato

    Lo de hoy se muere inmediatamente y surge una noticia que mata a la de ayer. Esto es muy grave porque crece la amnesia y la sensación de que nada pasa en el fondo. Es tal el cúmulo de información que se va perdiendo la memoria.

    Campo de Guerra es un libro construido por grandes pincelazos, que trata de descubrir un proceso macro en unas pocas páginas, muy distinto a sus otros libros, de factura microscópica, donde se abunda en los detalles…

    Uno de los efectos perversos de la inmediatez, de la propia existencia del presente dentro del presente, es el olvido del contexto en el que nos desenvolvemos. Estamos haciéndonos personas atomizadas, sin una vinculación con los procesos que determinan esa atomización. Todo se vuelve una respuesta emotiva dentro de una contienda prácticamente deportiva donde la participación sólo es “me gusta”, “no me gusta”, “estoy a favor de esto”, “estoy en contra”, “le voy a este equipo, le voy al otro”, “me gusta este candidato y no me gusta el otro”. Todo es emotivo, y esa emotividad pierde de vista la razón, la reflexión, la crítica.

    Debemos tener mucha cautela con este tipo de asuntos. Por eso en mis libros trato de abstraer el fenómeno y darle al lector la mayor cantidad de información e instrumentos intelectuales para que entienda el tema que presento. No es una pugna entre buenos y malos, es la vida colectiva, un asunto mucho más complejo. Mientras comprendamos mejor el contexto estaremos en posibilidades de mejorarlo. De otra manera estaremos hundidos en esta inmediatez, en esta amnesia, y en esta verdadera ignorancia de lo que realmente pasa en el mundo y con nosotros en el mundo.

    ¿A qué le atribuye esa inmediatez en la que vivimos sumergidos?

    Sucede que tenemos una realidad contemporánea, o “ultracontemporánea” como yo la denomino, donde se vive el presente dentro del presente. Esto trae consigo también cierta amnesia. No recuperamos un background informativo. De hecho cada vez se pierde más, porque el momento nos impulsa a un tipo de comunicabilidad muy referencial. Lo de hoy se muere inmediatamente y surge una noticia que mata a la de ayer. Esto es muy grave porque crece la amnesia y la sensación de que nada pasa en el fondo, es tal el cúmulo de información que se va perdiendo la memoria.

    ¿Este proceso de degradación y de la inmediatez, ¿también se ve reflejado en el medio literario?

    Creo que en un momento dado los escritores mexicanos llegaron al final del siglo XX con una idea muy vinculada a la superioridad de la práctica literaria por encima de la realidad. Sin embargo, la realidad comenzó a contradecir esta confianza. La guerra contra el narcotráfico, los casos de violencia extrema, hicieron que el gremio literario, intelectual y creativo de México comenzara a cobrar mayor consciencia de una realidad que parecía muy distante una o dos décadas antes. Estábamos muy acostumbrados a un momento de enorme triunfalismo en la última década del siglo XX, donde se presumía que México iba a ser un país de primer mundo. Esto acompañó muchas de las preocupaciones intelectuales. En pocos años se vio que era un engaño, y el engaño nos llevó a ver lo que era propiamente la realidad y sus contradicciones. 

    Han transcurrido diez años desde la publicación de Huesos en el desierto. Aun cuando los sucesos de Ciudad Juárez ya no tienen la resonancia de antes, el mapa de feminicidios ha cambiado sus coordenadas pero aun persiste, ¿qué opina de esta situación?

    Desgraciadamente tenemos un país de amnesia. Desgraciadamente México es un osario. Tenemos cantidad de casos no resueltos, de impunidad absoluta de los delitos, como los asesinatos contra mujeres en Ciudad Juárez. No hubo satisfacción para la justicia, no fueron resueltos los casos, la impunidad persiste. El gobierno manipuló para no resolver estos asuntos y sí dar la impresión de que los había resuelto. Esto es muy grave y pasa en México todos los días. Actualmente podemos hablar de algo semejante en el caso de los desaparecidos y al parecer asesinados en Iguala, los 43. Es un problema integral del país, de la sociedad en la que hemos vivido y en la que hemos aceptado vivir. Mis investigaciones buscan poner esto en evidencia. Es increíble: sigue habiendo un enorme déficit de injusticia que es uno de los grandes problemas de este país. La desigualdad, la pobreza, la impunidad de los delitos. De eso tratan mis libros.

    Entrevista: Olmo Balam Juárez González

    Fotografías: Alejandra Ugarte Bedwell