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Aquella luz púrpura

Alfredo Loera


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Editorial: Fondo Editorial Tierra Adentro-Secretaría de Cultura-DGP

No. 569

Año: 2017

Páginas: 148

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Ilustración: Amanda Mijangos.

Siete historias cortas, muy bien contadas y mejor escritas, conforman Aquella luz púrpura, volumen de cuentos de Alfredo Loera (Torreón, Coahuila, 1983); relatos de personajes agobiados por lo cotidiano y que buscan, ya sea en un bar, en un funeral o en el amor, una vía de escape del pasado que los persigue.

“Aquella luz púrpura”, cuento que da nombre al libro, relata la noche de antro de Fátima y Casio: “la luz púrpura giraba premonitoria de algo muy nocturno, como si esa luz develara las verdaderas caras de los demonios que pudieran estar en el antro”, y cómo surge entre ambos una extraña fascinación, dejando ver la soledad en que se encuentran y el hastío que sienten, especialmente él, quien al correr de los días llega a mostrar un lado más oscuro. Relato urbano de mucha actualidad, en la voz de un narrador omnisciente que logra transmitir diversas sensaciones al lector.

Es en “El cuarto número 5” de una vecindad donde vive la amante de Pedro, y quien un buen día, al salir de su trabajo en una fábrica de pantalones y mientras camina para llegar a su cama a descansar luego de una larga jornada, reflexiona y se pregunta: “¿cómo fue que llegué a este punto?”, y comienza a repasar lo que ha sido su vida, sus padecimientos de salud, así como la relación que lleva con su hijo y con su actual pareja, un hombre casado. Por momentos, el autor (Alfredo Loera) se pone reflexivo: “¿a quién le importaba el amor? A nadie. Siendo sinceros, sí importaba, pero sentía que se le escapaba el tiempo para pasarla bien. No soportaba que la comparara con su esposa, con ésa”, pero justo cuando se dispone a dormir, la protagonista del cuento, una mujer como de 40 años, recibe una llamada que será crucial.

Una original forma de “Nostalgia” es la que se manifiesta en la historia de Rubén, quien acude con sus compañeros de la oficina a un bar, pero al final de la velada descubre que se siente solo y luego de varios intentos por contactar a alguna amiga, en medio de la noche se topa con su esposa (ya muerta), lo que se convierte en una experiencia casi religiosa.

En “Falto de luto” conocemos a Rebeca y su pequeño hijo Manuel, a través de los ojos del amante de ella, por medio de flashbacks muy bien intercalados, y la interacción que hay entre los tres. El relato comienza con el funeral de ella, donde el que hasta eso momento fungía como su pareja sentimental va describiendo cómo eran sus frecuentes visitas a la casa de su amada y su contacto con el niño.

Una forma muy extraña de hacer negocios es la que mantienen Alan, chofer de taxi, y el hombre con quien comparte casa en “Polvo de ángel”. Resulta que después de cuatro meses de ausencia, el primero aparece a bordo de su coche de alquiler, a altas horas de la madrugada, a la casa que tienen y esto los confronta brutalmente.

En “Rumor de agua sobre una roca”, la visita de Victoriano a su madre (doña Laura), quien se encuentra agonizante y recluida en una celda, lleva al hijo a evocar pasajes de su vida en familia, en compañía de su padre (Juan), quien aunque pierde la vida en extrañas circunstancias, se logra hacer presente en el relato. Llama la atención que conforme avanza la historia, los personajes se vuelven más etéreos. Por momentos, resulta se asemeja a la maravillosa Aura (1962), de Carlos Fuentes, aunque en este caso es masculino el protagonista, quien transita entre la vida y la muerte.

Mención aparte merece “Paredones”, especie de alegoría mexicana en torno a la procesión de Semana Santa que tiene lugar en la comunidad de Paredones, por parte de un grupo de mujeres que trabaja en la cantina y el sacerdote del pueblo, en torno a la que se congregan todos los habitantes de aquel poblado. Por las costumbres mexicanas que se muestran aquí, recuerda a las historias de El llano en llamas (1953), de Juan Rulfo.

Por José A. Rogerio Girón-  Periodista y redactor de Correo de Libro.

Sobre el autor

_GY2wxMo_400x400Alfredo Loera (Torreón, Coahuila, 1983) es egresado de la Escuela de Escritores de La Laguna, maestro en literatura mexicana por la Universidad Veracruzana y fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas.