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Chicharrón de oso y algunos cuentos del fracaso

Ana Fuente Montes de Oca


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Editorial: Fondo Editorial Tierra Adentro-Secretaría de Cultura-DGP

No. 582

Año: 2018

Páginas: 104

Ilustrador de portada: María José Ramírez

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La escritora Ana Fuente Montes de Oca. Foto: Especial.

Chicharrón de oso y algunos cuentos del fracaso es el primer libro de Ana Fuente Montes de Oca, quien ya había publicado algunas de estas narraciones en revistas. Y aunque son cuentos de diversos motivos y entonaciones -que van de lo fantástico a la crítica de violencia política y del machismo- los une el buen humor, el desenfado y la pericia para contar historias de relaciones que se frustran.

De entre los 21 relatos que conforman este volumen, destacan “La herida abierta”, que trata el tema de las desapariciones de personas en México; el que da nombre a la antología, “Chicharrón de oso”, que cuenta desde el punto de vista de una niña la relación entre Soledad y Valente en la frontera norte de México; “Lo que tú quieras, amor”, una instantánea sobre el matrimonio formado por Jimena y Rodolfo mientras van al supermercado; “Las piernas más largas del mundo”, un incidente entre una madre y su hija durante la fiesta de cumpleaños de la pequeña o “Más durmiente que bella”, que trata sobre Ana y su afición por dormir a cualquier hora y en cualquier lugar. Otras variaciones del fracaso se relatan en “Ora pro eo”, sobre Eloísa y la compleja relación con su familia de narcotraficantes; “Cólera triunfal”, inspirada en el caso de La Mataviejitas.

Aquí una entrevista con Ana Fuente Montes de Oca a propósito de su libro.

¿Qué significa para ti la aparición de Chicharrón de oso y algunos cuentos del fracaso en la colección del Fondo Editorial Tierra Adentro?

— Tiene un enorme significado, de entrada porque es mi primer libro publicado. Ha permitido que mis cuentos tengan mucha más difusión y me ha abierto las puertas a conocer un mundo del que yo me había mantenido bastante alejada. Además, tuve la gran fortuna de trabajar con un equipo de gente que entendió que los procesos editoriales en muchos sentidos eran nuevos para mí y tuvo la paciencia de explicarme y orientarme a lo largo de la edición. Curiosamente, todas las personas con quienes tuve contacto en la realización del libro fueron mujeres: Jimena Barrañón y Paola Velasco en la edición, María José Ramírez en la ilustración de portada y Claudia Zepeda en la difusión. Me llena de gusto pensar que en el ámbito editorial hay cada vez más rostros femeninos en todas las etapas de la creación de un libro.

¿Cómo nació la idea de escribirlo?

— No fue concebido como un volumen de cuentos en sí. Fue una propuesta que le presenté a la editorial a partir de 21 cuentos que había escrito para distintas revistas, algunas impresas y otras en línea, a lo largo de 10 años más o menos. A diferencia de otros cuentos que he escrito pensando en que sean parte de un libro completo (tengo otros dos volúmenes terminados que espero algún día logren ver la luz). Eso me permitió tener una gran diversidad de voces, porque no todas fueron construidas en un mismo periodo creativo. No soy la misma que hace 10 años, como tampoco lo son mi forma de escribir, los temas que me interesan y la forma como configuro a mis personajes.

Tras reunirlos, surgió la dificultad de encontrar un título. Decidí que “Chicharrón de oso” le diera título al libro porque hace varios años, cuando llegué a vivir a Baja California, conocí a Valente, el personaje principal de ese cuento, y su historia me maravilló. Pensé que algún día escribiría una novela sobre él pero no ha sucedido, así que mi forma de rendirle homenaje fue que de alguna manera apareciera en el título de mi primer libro. Antes de proponerlo al FETA, realicé varias relecturas y encontré que el hilo conductor era el fracaso: en diversas magnitudes y circunstancias, mis personajes suelen ser retratados cuando el resultado no es el que ellos quisieran.

¿En qué momento surge tu interés por el cuento como género literario?

— Empecé a escribir cuentos desde la adolescencia (aunque espero que esos nunca vean la luz). Desde entonces soy ávida lectora de cuento y novela, mi gusto por la poesía y el ensayo llegó más tarde. No podría decir que en algún momento surgió un interés particular por dedicarme al cuento, más bien diría que no he tenido la inquietud de saltar a otro género de una forma seria. Como mencioné antes, algún día pensé en hacer una novela, pero cuando me siento a escribir mi reflejo natural es crear cuentos. No sé si para bien o para mal, el cuento es mi zona de confort aunque siento que todavía hay para mí muchas facetas por explorar y un sinfín de posibilidades para experimentar con las formas. Me encanta la idea de sacarle más jugo a un género que conozco bien. Reconozco que me he aventurado varias veces en el ensayo, pero nunca me he animado a publicarlos porque creo que es un género del que todavía me falta mucho por aprender.

Frente al ensayo, la novela y la poesía, ¿te parece que el cuento es un género menor?

— No, de ninguna manera. Es una idea bastante difundida, pero errónea. A la poesía se le permite la brevedad porque se reconocen fácilmente los desafíos y las dificultades de la creación poética, pero en el caso de la narrativa pareciera que a quienes elegimos la brevedad se nos acusa de hacerlo porque la cabeza no nos dio para más. A menudo se nos cuestiona cuándo escribiremos una novela, como si fuera sinónimo de madurez narrativa, y me parece que la pregunta misma niega los retos que supone intrínsecamente la creación de narrativa breve. En términos llanos, no es que nos dé pereza escribir más, es que también tiene su chiste. Grandes autores de cuento parece que pasaron a la historia gracias a que también trabajaron otros géneros “serios”: desde esa perspectiva, menos mal que Cortázar escribió Rayuela, o que Borges también era poeta (aunque desde mi óptica era mucho mejor cuentista).

Afortunadamente, me parece que es una idea que poco a poco va perdiendo terreno. Alice Munro, por ejemplo, obtuvo el Nobel en 2013 por su aportación a la literatura a través del cuento. Si bien no creo que el Nobel sea garantía de nada, sí me parece que puede ser un parámetro en cuanto a reconocimiento de géneros se refiere y ha permitido que se vea con otra mirada a otros  géneros considerados “menores”, como el cuento o la crónica.

“Comezón”. Ilustración: María José Ramírez.

Menciona al menos dos cuentistas que acostumbres leer y por qué

— Hay autores que leí hasta agotarlos, como a Raymond Carver. De esas lecturas obtuve mi interés por la vida cotidiana y las circunstancias aparentemente tranquilas que encierran una tensión abrumadora sin grandes gestos ni aspavientos, así como la infinidad de posibilidades en lo no dicho, particularmente en lo que a finales se refiere. También aprendí mucho de leer a Enrique Serna: el humor, la acidez, el aspecto urbano, la decadencia en las relaciones amorosas.

Últimamente he leído mucho a cuentistas argentinos porque tienen una tradición narrativa envidiable: Samantha Schweblin, Federico Falco, Abelardo Castillo, entre otros. Sin embargo, los libros que más busco son antologías de varios autores porque me permiten conocer voces que de otra manera difícilmente hubiera descubierto.

Entre los cuentos de este volumen resalta “La herida abierta”, ¿por qué escribir un cuento sobre desaparecidos en México?

— Escribí “La herida abierta” para una revista en línea en la que colaboraba quincenalmente. En el origen era un cuento sobre lo sucedido en Ayotzinapa, pero conforme fue avanzando vi que podía situarse también en otros tiempos y otras geografías de este país. Es un cuento cuya vigencia reconozco con tristeza porque bien podría hablar de Tlatelolco, de Aguas Blancas, de Acteal, de Tlatlaya, de Creel, de San Fernando y de tantas otras masacres. Son heridas que no cierran porque nunca se les ha hecho justicia y porque no cesan de repetirse, una tras otra, para hacerlas más profundas.

Me parece natural escribir un cuento sobre desaparecidos en un país que, al paso que vamos, estará cimentado sobre fosas clandestinas. Tenemos tráileres llenos de cadáveres pudriéndose porque no caben en las morgues, agujeros en la tierra con cientos de osamentas desconocidas e historias terribles de personas que fueron reducidas hasta las cenizas o disueltas en ácido y que nunca más volveremos a encontrar. Por cada uno de esos cuerpos hay una madre, un padre o un hermano preguntándose qué fue de él. La violencia no se reduce a que contemos muertos y desaparecidos, sino que habría que sumarle los dolientes, los deudos, la gente que ahora es presa de un insomnio permanente. Esa es la vida que yo quise retratar: la de aquellos que se quedan, de por vida, esperando el regreso de los que ya no están.

También hay en este libro varios cuentos cuyo motivo son las relaciones de pareja, ¿te interesa mucho este tema o fue simple casualidad?

— No, ninguna casualidad. Me interesa mucho el tema y creo que a todos los que hemos tenido pareja también. Son relaciones difíciles y muy complejas, tanto en la construcción como en la disolución. La cotidianidad de la vida en pareja, sus dificultades más burdas, los silencios, las microviolencias, el hartazgo, la intolerancia y la incapacidad de terminar una relación disfuncional, entre muchos otros, son rasgos en los que creo que es fácil verse reflejado. No digo que todas las relaciones sean fallidas, pero sí que ninguna es el lecho de rosas que la tradición nos ha hecho creer.

Desde niños hemos crecido con la influencia del cine y la televisión viendo cómo hay conflictos en algún punto de las relaciones amorosas y después se reducen a informarnos que vivieron felices para siempre, pero nadie nos explica cómo lo lograron. Pareciera que esa idea se instala en nuestro subconsciente y aspiramos a encontrar eso, lo cual no puede resultar en otra cosa que frustración pura.

En el libro hay muchos cuentos autobiográficos, otros inspirados en gente cercana a mí y otros más en mi afán de escuchar conversaciones ajenas. La verdad es que en la calle soy muy metiche.

¿Qué te comentó tu mamá cuando leyó “Las piernas más largas del mundo”, que es autobiográfico, está dedicado a ella y considero que es el mejor del libro?

—  Fue un cuento que escribí para regalárselo cuando cumplió años (no voy a decir cuántos). Nos reímos mucho porque recordamos mi cumpleaños número cuatro. Se quejó un poco porque consideró que a través del personaje la convertí en una señora muy modosa que quiere disfrazar de muñequita a su hija y en general mi infancia no fue así, pero aquel día, por alguna razón que desconozco, insistió en enfundarme en el vestidito de tira bordada. Hablamos sobre mi carácter fuerte, testarudo y aferrado, y sobre cómo desde pequeña he tenido mi propio ritmo para hacer todo. Según ella, nada ha cambiado. Yo creo que se equivoca, pero después pienso que mi negación puede ser producto de ese mismo carácter.

Nunca lo había pensado como el mejor cuento del libro porque en cuanto empiezo a leerlo, recuerdo la escena. Todo lo literario se pierde cuando me sitúo hace treinta años, en calzones y camiseta, con los brazos en jarra en el umbral de la puerta de mi casa.

Un tema recurrente en tus historias es el sueño y los sueños, ¿por qué?

— Cuando era adolescente podía dormir hasta 17 horas seguidas. Hoy no puedo dormir tanto, no por falta de ganas sino de tiempo. Sueño mucho porque duermo mucho y duermo mucho porque sueño mucho. Desde aquellos tiempos, suelo tener sueños muy vívidos, para bien y para mal: mis sueños felices son increíbles y mis pesadillas son terribles. En algún momento pude tener cierto control sobre ellos, si me despertaba, podía volver al sueño si me esforzaba, o podía saber dentro del mismo sueño que estaba teniendo una pesadilla y nada de eso estaba ocurriendo.

Me gusta pensar que es como una doble vida. Es mi propia realidad virtual que visito cada noche y en la que nadie más sabe lo que sucede. El sueño y el pensamiento son los únicos sitios que verdaderamente nos pertenecen y que podemos mantener en secreto.

Sueño mucho con la muerte, con la mía y la de la gente que quiero; sueño también con grandes comilonas, con vivir bajo el agua, con caídas desde grandes alturas y que se me caen los dientes. Ojalá algún experto en interpretarlos lea esta entrevista y se ponga en contacto conmigo porque sería una conversación muy interesante.

—  Ora pro eo” y “Cólera triunfal” tiene mucha violencia contenida, ¿de dónde salió?

— Al igual que “La herida abierta”, son historias muy vigentes. “Ora pro eo” es sobre una mujer rodeada por el narcotráfico que no tiene ningún interés en ser parte del negocio pero siempre ha tenido que lidiar con él. “Cólera triunfal” está basado en la historia de Juana Barraza Samperio, La Mataviejitas, y su carrera como luchadora en la Ciudad de México. Mi intención no fue hacer historias sangrientas de temas que podrían serlo, sino retratar la perspectiva de dos mujeres inmersas, una pasiva y otra activamente, en la violencia en México. En ambos casos busqué configurar a los personajes desde la semilla, explorar cómo el entorno es un elemento clave en el desarrollo de esa violencia y de la incapacidad de adaptarse a la normatividad social.

¿Cómo recomendarías tu libro a un amigo?

— Qué difícil recomendar el libro propio, creo que alabanza en boca propia es vituperio. Tal vez recurriría a lo que una buena amiga me dijo sobre él: “me lo leí completo en la fila del banco y me dejó pensando toda la tarde”.

José A. Rogerio Girón – Periodista y redactor de Correo del Libro.

Sobre la autora

Foto: Especial

Ana Fuente Montes de Oca (Ciudad de México, 1984) estudió la licenciatura en lengua y literaturas hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de México (FFyL-UNAM). De 2015 a 2016 fue becaria del Programa de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca). Se ha desempeñado como traductora de inglés y francés y profesora de secundaria, preparatoria y universidad. Es colaboradora de las revistas La Peste Coma Suspensivos e imparte talleres de cuento en Ensenada, Baja California, donde reside actualmente.