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Atenea Cruz: maternidad, fantasmas y erotismo

Ecos

Atenea Cruz


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Editorial: Fondo Editorial Tierra Adentro-Secretaría de Cultura-DGP

No. 561

Año: 2017

Páginas: 107

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Atenea Cruz. Foto: José Rogerio/Correo del Libro

Ecos, novela debut de Atenea Cruz (Durango, 1984), logra crear diversas atmósferas, gracias a las que podemos descubrir las oscuras motivaciones de los protagonistas, quienes participan en “esta mezcla de pesadilla erótica, crudeza psicológica y exploración ambivalente del amor, la soledad y el deseo”.

La historia comienza una noche, cuando Celia, sumida en la desesperación, recorre su casa, situada a la orilla del bosque, para darle de comer al pequeño Bruno, el hijo que tuvo con Raúl, un solitario militar. La novela tiene además como escenario un circo, donde la misma Celia es la estrella del show ecuestre.

No es el primer libro de Atenea Cruz, quien ya ha escrito poemarios y cuentos, así como textos para revistas como Tierra Adentro, Crítica, Frontal y Vice. Actualmente radica en la ciudad de Durango, pero tiene planeado venir a la Ciudad de México a cursar una maestría en literatura mexicana contemporánea en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

La escritora, a quien entrevistamos en el Centro Cultural Elena Garro, nos confesó: “Estoy muy contenta de estar en Tierra Adentro, era algo que yo tenía claro desde los 18 años, que fue cuando comencé a leer la revista y luego los libros. Además, aquí están muchos amigos muy queridos y gente que admiro mucho”.

Entendemos que Ecos es tu primera novela…

—Tengo dos libros de cuentos, tres de poesía y es la primera vez que escribo novela. Creo que de aquí pa´l real… porque me gustó mucho. Lo que más me gusta leer y escribir es narrativa, aunque comencé mi formación literaria muy chiquita, y de niña empecé a ir a talleres de poesía, que para mí fue como una segunda lengua. Me metí a la literatura escribiendo poesía y por eso lo hago todo el tiempo, pero mis intereses están totalmente claros en la narrativa. Incluso una vez un poeta, Daniel Bencomo, que está también en Tierra Adentro, me dijo: “eres una narradora disfrazada de poeta”. Nunca me había aventurado en la novela porque me parece un género complicado, de largo aliento, mientras que el cuento se me hace muy benévolo. Es amable porque te permite ir leyendo un libro en cachitos, también puedes escribirlo en una sentada, a veces, y desarrollas nada más una idea. En cambio, la novela son palabras mayores. No me había animado, pero después de ésta. Le batallé escribiéndola, no digo que no, pero me quedé con ganas de más. Creo que me voy a instalar ahí un buen rato.

¿Qué te llevó a contar la truculenta historia de Celia Santana?

—Creo que tiene que ver con mis inquietudes. La novela es una mezcolanza de mis intereses. Como narradora, me interesan en primer lugar los personajes femeninos, es un campo en el que me sé mover porque lo conozco de primera mano, pero siempre mujeres que estén apoyadas en su fuerza o en sus propias ideas. O sea, tienen que ver conmigo, es como una forma de vida. En el caso de Celia, llegué por varias inquietudes. Primero, para mí la maternidad es un tema que me asusta mucho, no es algo que quiera y busque en mi vida personal. En México, cuando las mujeres llegamos a cierta edad, te comienzan a preguntar que para cuándo los hijos, que si no te piensas realizar como mujer, y comentarios de ese tipo. Y yo siempre he cuestionado: ¿pero por qué? Hay personas para todo. Entonces pensé: puedo subvertir eso.

Toda la gente cree que la maternidad es una bendición, pero qué tal si mi personaje no quiere ser madre, y además le toca tener un niño con un problema tan fuerte que le causa una repulsión, como es el labio leporino doble. Esto se juntó con que alguna vez vi un documental y me impresionaron las imágenes de los niños. Qué difícil debe ser tener un niño al que no puedes ni alimentar y que se le sale la leche porque está abierto, que lo tienen que operar y siempre va a llevar esa marca. Y se fueron juntando las cosas.

¿Entonces habías escrito algo al respecto con anterioridad?

—Ecos fue originalmente un cuento que escribí hace 10 o 12 años, sobre una pareja que estaba feliz, pero tiene un hijo que nace con labio leporino doble y se les va todo al traste. La mujer se siente muy presionada, las circunstancias la rebasan. Es víctima de una especie de locura materna y ahoga al niño. Esa era la anécdota. Años después estuve en un taller con Julian Herbert, donde me di cuenta que podía desarrollar la historia. Le fui metiendo cosas, pues resulta que un tiempo trabajé en una compañía de teatro e hice un poco de circo contemporáneo. Me gustó mucho. Cuando conocí a los personajes que se meten en ese rollo, me di cuenta de que era un ambiente como enrarecido, muy literario. Lo guardé, lo fui echando en una bolsa y a la hora que me senté a escribir la novela, todo lo fui mezclando. Y creo que no podía haber salido de otra manera porque la situación no es como para hacer una novela más fresca, ni con sentido del humor. Era tocar la parte más oscura de una mujer, de una madre, de un ser humano, pues tienes que manejarlo con dramatismo. Bueno, a eso habría que sumarle que a mí me gustan las películas y los libros de suspenso. Cuando vi la película Los otros pensé: “algún día quiero hacer algo así”. Los fantasmas son como una huella de dolor o de coraje que se queda, así que metí un poco de fantasmas. Fue así como encimé varias cosas que me interesaban y creo que la novela me dio el espacio para tratarlas todas.

¿Qué sucede en cuanto a la forma en que está presentada Ecos?

—Un par de amigos la han leído y se pusieron a cortazarear, leyendo de forma alternada los capítulos y creo que se puede leer así. Esto obedece a dos cosas: primero, yo no la escribí en sentido lineal, sino que lo fui haciendo conforme las ideas me iban atacando. Cuando la terminé eran más de 150 cuartillas, así que le corté bastante. Noté que había cosas que sobraban. Luego dejé descansar medio año, vi cosas que le faltaban y se las agregué. Después hice una prueba: todo fue desordenado para acomodarlo en un sentido lineal progresivo. Hice también un esquema en el que numeraba los capítulos, les ponía de qué trataban, empecé como si fueran barajas a ver si funcionaban y en qué orden. Noté que aunque son tres mujeres en la historia, Celia dominaba, por lo que tuve que alternar los capítulos de ella porque sus monólogos resultaban cansados, ya que el personaje es muy fuerte. Entonces cuando la acomodé en forma lineal y progresiva, la vi bien, pero pensé en que si yo fuera un lector común y me dicen “esta novela es de fantasmas”, y a la mitad no han aparecido todavía, dirían: “me están estafando”. Entonces decidí voltearla de manera que quedara primero lo más atractivo para mí, que es esa como la aparición, cómo ahoga al niño, por qué está martirizando a su esposo, y por qué si ella es un fantasma de todas maneras vive ahí… A mí me parece que como quedó es la estructura que mejor funcionó, pero el libro se puede leer de otras maneras.

Aunque viene una numeración por capítulos que establece un orden de lectura distinto…

—Este otro orden obedece a la forma en que la escribí. Me gusta ser sintética, y como los capítulos son cortos, eso permite que se combinen en la lectura sin que realmente se afecte el desarrollo de la historia. Esa era mi idea. En el caso de las tres llamadas en que viene presentada, fue porque notaba tres momentos muy claros: la vida de Celia en el bosque, la vida de Celia en el circo y todo lo que eran sus antecesoras (mamá y abuela). Por eso decidí separarlos y jugar con la idea de un espectáculo de circo, aunque en orden inverso atendiendo al desarrollo de la historia.

En otra parte leemos “para su infortunio la amó profundamente”, respecto al amor de Raúl por Celia. ¿Qué piensa al respecto?

—El amor puede ser venturoso, yo sí creo en el amor de finales felices. También creo que puede ser un sentimiento que se desgasta. A veces el amor nos empuja a relaciones muy desafortunadas, como en el caso de Raúl, y en el de Celia también, porque según me han contado quienes han leído la novela, les resulta muy antipática. Cuando estaba tallereando la novela con unos amigos, me decían: “esta mujer es insoportable, todo lo que le pasa se lo merece”, y a mí me causa mucha lástima porque veo a una jovencita sofocada por su madre, que a la vez es un personaje muy sufrido, porque nunca concreta lo que quiso ser, suplantaba a la hermana muerta. Entonces llega esta chica que por un lado está sofocada y encuentra libertad en el amor y la pasión, pero le voltean la tortilla. Entonces se vuelve profundamente amargada. Es todavía más triste su historia en tanto uno se da cuenta de todo lo que debió haber amado, y no fue capaz de lograrlo. No quería a su mamá, no quería a su esposo, no quería a su hijo. Quiso a alguien y ese alguien no la quiso. No creo que el amor sea así, aunque puede conducirte tanto a lugares maravillosos como a sitios muy desafortunados. En este caso, desafortunadísimos para todos. Además ella es como una explosión porque arrasa con todo a su alrededor. Todo con lo que entra en contacto Celia se destroza.

Aunque llama la atención que siendo militar, Raúl sea un pedazo de pan…

—Este personaje fue creado pensando en darle un equilibro a la historia porque todos los otros son fuertes y dominantes. Las mujeres e incluso el enano, que es un personaje muy dominante, pues desde que aparece domina a Celia. Quería darle un equilibro a esto y necesitaba un contrapunto. Porque si vamos a tomarnos la licencia de que los fantasmas existen, tiene que haber el que asusta y el asustado, así es que necesitaba a Raúl. Sé que puede ser contradictorio porque en el ejército les forjan el espíritu, pero dejo entrever que es un personaje solitario, con muchas ganas de tener amor, de poseer un hogar, dispuesto a todo, incluso tolerar a una mujer aunque estuviera loca y fuera insoportable… Lo que yo veo en muchas relaciones, entonces no me parece tan extraño.

A propósito, Atenea, ¿qué clase de libros lees?

—Desde los 11 años soy adoradora ciega de Jorge Ibargüengoitia. Espero algún día escribir con la ligereza que él lo hacía, me refiero más al sentido del humor, porque toca temas trascendentales para la historia y las personas, pero lo hace de una manera sagaz, irónica. Todavía no llego a eso, a mí se me sale lo intensa. Por otro lado, leo mucho a mis contemporáneos, por ejemplo: Eduardo Antonio Parra, Daniel Espartaco Sánchez. Me gusta también Raymond Carver. Entre las mujeres, me encantan Inés Arredondo y Amparo Dávila, porque crean atmósferas. Esta última es para mí una referencia obligada cuando escribo cuentos. A Liliana V. Blum la leo mucho.

Naciste en los años 80, ¿consideras que formas parte de los Milennialls?

—Eso es algo que no me preocupa. Mis intereses en la escritura no son los de hablar de este tiempo en concreto. Incluso mi novela la tengo ambientada entre los años 30 y 40 del siglo pasado. La pensé en esa época porque tendría que ser una en la no fuera accesible operar a un niño como Bruno, con labio leporino. Tuve que situarla en un tiempo en que eso de verdad fuera un impedimento. Cuando escribo lo que menos me preocupa es si está conectado con este momento histórico. Soy más de pensar en relaciones humanas, en procesos internos, en las vivencias de los personajes en el momento en que están.

¿Y qué viene después para ti?

—Ahorita estoy empezando una novela policiaca. Primero, porque me gusta mucho leer policiaca, además ahorita está de moda. Con Ecos me agoté por el tratamiento, por la hechura. Porque aprender a hacer un novela, nomás haciéndola. Tengo ganas de seguir en el género de la novela, pero quería algo que me permitiera divertirme con mis personajes, lo que no sucedió con Ecos. Con el género policiaco puede uno ser profundo y divertido a la vez. También tengo un libro de cuentos que tienen que ver con experiencias sexuales de mujeres. Todavía no sé si se va a convertir en una novela o termina siendo un libro de cuentos. Llevo ya dos años trabajándolo.

Por José A. Rogerio Girón - Periodista y redactor del Correo del Libro.