Home»El desconocido del Meno

El desconocido del Meno

Eduardo Sangarcía


linea-verde

Editorial: Fondo Editorial Tierra Adentro-Secretaría de Cultura-DGP

Núm. 574

Año: 2017

Páginas: 104

linea-verde

bolsitaCómpralo aquí

desconocidodelmeno

El escritor Eduardo Sangarcía en la libreria Educal del Hospicio Cabañas, en Guadalajara, Jalisco. Foto: cortesía de Eduardo Sangarcía.

Desde siempre (de la antigüedad a la era moderna) la guerra ha sido un tema recurrente en la literatura, una especie de crisol que pone al descubierto las pasiones humanas, además de que para los escritores significa un reto en cuanto a la reconstrucción de los acontecimientos, de tal forma que al final se llegan a entremezclar realidad y ficción.

Eduardo Sangarcía (Zapopan, 1985) acaba de publicar El desconocido del Memo, cuentos que recrean el conflicto bélico que involucró a Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, entre otras naciones, que se vieron afectadas por la conflagración. Con pleno dominio de la técnica y muy bien documentado, este joven autor presenta 10 historias cortas que conmueven y recuerdan diversos dramas, agrupadas en un libro que forma parte de la colección Fondo Editorial Tierra Adentro (FETA).

Eduardo, luego de ganar los premios Julio Verne y Edmundo Valadés, ¿qué significa para ti haber obtenido el premio nacional de cuento Comala 2017 y la publicación de tu obra en la colección Fondo Editorial Tierra Adentro?

—Representa un importante espaldarazo para mi trabajo, una señal de que mi obra puede resultar significativa para alguien más. La diferencia principal entre este premio y los anteriores es que ahora se reconoce a un libro de cuentos completo y no a una ficción aislada, razón suficiente para tenerlo en más estima. El que además se haya publicado en el FETA es para mí la mayor alegría, pues con ello veo cumplido un sueño largamente acariciado.

¿De dónde viene tu gusto por la literatura?

—Desde que tengo memoria tuve siempre la pasión por la lectura. Me recuerdo releyendo los libros de lecturas de la primaria, tanto el mío como el de mi hermano mayor; también las enciclopedias que había en la casa de mis abuelos maternos. Por desgracia, en mi casa no se acostumbraba la lectura y los únicos libros que había eran los de contabilidad de mi padre. Fue hasta que entré en el bachillerato que conocí la literatura como tal, gracias al profesor del taller de lectura y redacción. Pero el momento realmente significativo, el que me cambió la vida, tuvo lugar cierta mañana en que Alfonso Damián Zepeda, un compañero de clase y gran amigo hasta la fecha, puso en mis manos Aura, de Carlos Fuentes. Recuerdo haber leído la novela corta durante las clases y en el auditorio de la escuela a dónde nos llevaron no sé para qué. Terminé el libro convencido de que quería escribir una historia como ésa, que quería escribir. Esa mañana decidí que quería ser escritor.

—¿Cómo surge la idea de escribir El desconocido del Meno?

—Los primeros cuentos fueron fruto del azar. Para una clase de lingüística en la licenciatura decidí leer el libro de Victor Klemperer, La lengua del Tercer Reich, donde se hace un estudio pormenorizado sobre la influencia que el nazismo tuvo sobre la lengua alemana. En una de sus páginas señala que cierta mañana, después de un ataque aéreo, le sorprendió ver a una multitud arremolinada frente a la pared de un edificio en ruinas. En esa pared, la única que había salido indemne, colgaba un retrato de Adolf Hitler y la muchedumbre murmuraba que esa imagen era la causa de su salvación. En ese momento tuve la idea de escribir “Milagreros”, cuento sobre un escuadrón de soldados cuya misión es entrar a las ciudades bombardeadas y colocar retratos del dictador en los muros que se mantuvieran en pie, como un último acto de propaganda de Joseph Goebbels. Por esas mismas fechas leí un libro de Jean Améry sobre lo que para él significó ser torturado por la Gestapo.

Este testimonio estremecedor, mezclado con el tema de un cuento de Borges y una escena de El laberinto del fauno, dio pie al relato titulado “Héroes”. A este cuento siguió “El elefante”, historia que tiene lugar en Berlín durante los últimos días de la guerra y que por razones editoriales no pudo aparecer en El desconocido del Meno. Este cuento nace de cierta nota que encontré en una página de internet que se dedica a llevar un registro de todos los elefantes que alguna vez han vivido en un zoológico, y que decía que de los cuatro elefantes que habitaban el Tiergarten al principio de la guerra, sólo uno sobrevivió. Contaba con estos tres relatos cuando decidí mandar “El elefante” al Edmundo Valadés. El relato ganó el premio y me dejó en condiciones para optar por una beca del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Decidí entonces escribir un libro que compartiera la misma ambientación –la guerra en este caso– por aquello de que los libros de cuentos temáticos parecen tener una mayor aceptación. Para el resto de los cuentos seguí el mismo esquema de trabajo: leer textos sobre la guerra en busca de un dato que me llamara la atención, que me hiciera sentir que allí había una historia que debía contarse.

Foto: José Antonio Rogerio Girón

¿Fue complicado abordar la Segunda Guerra Mundial?, sobre todo si tomamos en cuenta que esto ocurrió a mediados del siglo pasado.

—No lo fue, porque este conflicto es otra de mis grandes pasiones; he leído mucho sobre el tema.

¿Fue sencillo describir los lugares donde se desarrollan las historias, como por ejemplo la primera, ubicada en el río Meno, de Alemania?

—Siempre resulta difícil hablar de sitios que no se conocen en persona, pero como estas historias están situadas en el pasado, tanto a mí como a un escritor que viva en Frankfurt no nos queda más remedio que acudir a los libros. Además, como narrador, uno tiene sus trucos. Por ejemplo, cuando describí las ruinas de la ciudad de Dresde para “Milagreros” o las de Berlín para “El elefante”, me basé en la impresión que causó en mí un paseo nocturno por el centro de Zapopan, mi ciudad natal, cuando estaban remodelando la plaza y todo era escombros. Otras veces, la narración se impone sobre la precisión descriptiva: en el relato “Un oso de madera” el narrador afirma que Leningrado se había quedado sin árboles a causa del sitio que el Ejército alemán impuso a la ciudad y que llevó a sus habitantes a utilizarlos para calentarse. Lo cierto es que los árboles de parques y lugares públicos fueron puestos bajo protección por orden de Moscú, pero el tono de la historia me hizo decidirme por el dramatismo de la afirmación sobre la precisión histórica.

—¿Qué retos profesionales representó para ti hacer este libro?

—El reto principal fue el sujetarme a escribir relatos que tuvieran un trasfondo común, en este caso la guerra. Como mencioné antes, los primeros cuentos que escribí no fueron planeados como parte de algo más grande, simplemente eran producto de la inspiración. Tuve que domar esa inspiración para escribir el resto de los cuentos del volumen, pues no podía esperar a que se produjesen de manera fortuita. Otro reto fue darle a cada cuento su estilo propio, tratar en lo posible de no repetirme. “Un oso de madera”, por ejemplo, es de un realismo descarnado, mientras que “Barmaley” es el más experimental. Con “A la deriva” quise hacer un homenaje al cuento de Horacio Quiroga, aunque al final no me atreví a dedicárselo, es tan inferior al original.

¿Cuál sería tu cuento favorito y por qué?

—Mi favorito es “El elefante”, que no está incluido en el libro. Dada la cláusula que obliga a que todos los cuentos mandados a concurso sean inéditos, este cuento no pudo incluirse en el manuscrito, y una vez que El desconocido del Meno resultó ganador del premio Comala, mis gestiones para incluirlo en el volumen publicado fueron infructuosas. Es mi cuento favorito por las circunstancias bajo las que fue escrito, los fantasmas que exorcicé en esas páginas. Siento que es una pena que no acompañe a las otras 10 historias incluidas en el libro. De los restantes, siento un cariño especial por “Milagreros”, por ser el cuento que inició el libro. También “El bosque hacia la noche” me gusta por la tristeza que permea la historia. Aunque sin duda el mejor es “El desconocido del Meno”, por algo da nombre al volumen.

En lo personal, ¿qué acostumbras leer?

—Intento leer de todo. Me inclino mucho por los libros de historia y los de divulgación científica; adoro también la ciencia ficción. Tengo un kindle repleto de libros de estos tres géneros, más de los que podré leer en mi vida, pero el hecho de tenerlos allí, en potencia, me produce una extraña felicidad. En cuanto a la literatura seria, hubo un tiempo en el que me enfoqué en autores latinoamericanos del siglo XX: Borges, Onetti, los escritores del Boom. Después crucé la frontera norte: DeLillo, Roth, McCarthy. Últimamente me han atraído autores de lengua portuguesa como Clarice Lispector, Gonçalo M. Tavares y António Lobo Antunes, quien probablemente sea el más grande de los escritores vivos, aunque McCarthy y J. M. Coetzee pueden disputarle tal título.  Me debo todavía a los rusos; apenas este año leí Los hermanos Karamazov. Me debo a Tolstói, a Pushkin, a Turguénev… los rusos son mi asignatura pendiente.

¿Quiénes son tus escritores de cuentos favoritos?

—Más que hablar de escritores de cuentos, quisiera hablar de cuentos concretos, o de libros de cuentos. Ficciones y El Aleph de Borges, por ejemplo; casi todos los cuentos de estos volúmenes son una joya del género. También el Cortázar de Bestiario y Final del juego es un referente; “Circe” es de mis favoritos. Dos cuentos a los que considero perfectos son “El infierno tan temido”, de Onetti y “La muñeca reina”, de Fuentes. Fuera del ámbito hispanoamericano debo mencionar a John Cheever, un maestro en volver opresiva la cotidianidad. “Reunión”, “La geometría del amor” y “El enorme receptor de radio” son imprescindibles. Dos cuentos a los que siempre vuelvo son “Cuatro sillas azules” y “Por fin un encuentro”, de Hanif Kureishi; dos cuentos en los que parece no suceder gran cosa, pero que resultan una revelación.

Cosas muy interesantes están sucediendo en el ámbito de la ciencia-ficción. Baste mencionar a Ted Chiang, cuyo relato “La historia de tu vida” fue llevado al cine el año pasado. Catherine M. Valente tiene una joya titulada “13 maneras de observar el espacio/tiempo” y el relato “Los osos descubren el fuego”, de Terry Bisson, es una gozada. Estos tres relatos y muchos más pueden leerse en la antología de Pepe Rojo y BEF, 25 minutos en el futuro. También quisiera hacer mención del sitio web The short story project, en el cual se está haciendo un extraordinario trabajo para mostrar lo mejor de la narrativa corta actual en cuatro idiomas, entre ellos el español. Un relato publicado en este sitio, “El universo de las cosas”, de Gwyneth Jones, me ha dejado boquiabierto.

Por José A. Rogerio Girón - Periodista y redactor de Correo del Libro.