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El tiempo del cocodrilo

Uriel Mejía Vidal


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Editorial: Fondo Editorial Tierra Adentro-Secretaría de Cultura-DGP

No. 579

Año: 2017

Páginas: 128

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uriel mejia vidal

Uriel Mejía Vidal en la librería Educal del Centro Cultural José Emilio Pacheco, en Tlalnepantla, Estado de México. Foto: José A. Rogerio.

Bernal Toscano en compañía de su esposa y su hija regresa a Zencual. Luego de bajar del autobús y recorrer las calles del pueblo, se disparan los recuerdos que incluyen la descendencia de este mítico animal que se convirtió en azote de toda la región y que le da título a esta novela: El tiempo del cocodrilo.

Este libro es obra de Uriel Mejía Vidal, nacido en 1990 en un lugar llamado Cuanalán, municipio mexiquense de Acolman, donde vive con su familia, y se siente orgulloso de sus raíces, tanto que las quiso plasmar en El tiempo del cocodrilo, novela por la recibió el Premio Nacional de Novela Joven José Revueltas 2017.

Entrevistado en la librería Educal del Centro Cultural José Emilio Pacheco, ubicado en Tlalnepantla, Estado de México, Uriel nos habla de los orígenes de su novela y sus actividades creativas que incluyen la docencia literaria, la dramaturgia y la crítica. Luego de agradecerle por haber venido desde Texcoco, a donde estuvo en la mañana de ese día para presentar su libro, comenzamos a platicar:

Uriel, desde que estudiabas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, te pasabas viajando desde tu casa en el Estado de México hasta Ciudad Universitaria en el sur de la Ciudad de México y aún hoy vives lejos. ¿Cómo has vivido esta circunstancia?

—Hace un año me gané la beca de la Fundación para las Letras Mexicanas, y eso me ayudó muchísimo porque ya tuve tiempo para escribir. Desde la preparatoria me empecé a meter a los concursos, aunque claro, no ganaba porque la calidad literaria era bastante baja, pero bueno… Posteriormente cursé la carrera de literatura dramática, en la UNAM. Cuando estaba en el CCH Azcapotzalco hacía dos horas y media de camino, y hasta CU podían ser hasta tres horas. Estoy acostumbrado a los viajes maratónicos. Siempre entrando por Indios Verdes. Sigo viviendo en Cuanalán, municipio de Acolman, en el Estado de México.

Solamente así se logran las cosas que valen la pena…

—Sí, con un poco de esfuerzo y sacrificio, además como que uno valora más este tipo de logros. A veces no hay suficientes escuelas cerca de donde uno vive y se tiene uno que mover a la ciudad.

¿Qué representa para ti José Revueltas y el haber recibido un premio que lleva su nombre?

—Es un honor, sobre todo por venir de una familia ilustre como ésa. Los Revueltas son una familia emblemática en México. José Revueltas es un autor que me gusta porque fue arriesgado en sus estructuras y porque reflejó de una manera precisa y al mismo tiempo piadosa, la realidad de su tiempo. En cuanto al premio, inicialmente fue una sorpresa, porque no me lo esperaba; sobre todo porque yo me dedicaba a escribir desde antes, estaba en algunas antologías, así que recibir el premio hizo que la atención se fijara un poco más en mi obra y que las miradas sean hacia mí para invitarme a platicar con estudiantes, con gente de otros estados, a participar en las ferias del libro. Ha significado un gran cambio en mi vida, un cambio positivo del cual estoy aprendiendo muchísimo.

Sabemos que parte de tu escritura se origina en las historias que te contaron tus bisabuelas Bertina y Josefina.

—Cuando yo era chico, mi padre trabajaba largas jornadas y mi madre estaba bastante ocupada con las labores de casa. Tenía como 7 u 8 años, salía al patio y mis bisabuelas llegaban a contar lo que les pasaba en el día y entre esas cosas me hablaban del pasado y sobre las leyendas de nuestro pueblo, entre las que destaca la que decía que en el cerro había un cocodrilo, que cada cuatro años bajaba a los pueblos aledaños por un tributo, porque las tierras en un principio eran de él.

Ellas me contaban estos cuentos y en parte por mi edad y en parte porque eran muy buenas contadoras de historias, yo lo creía todo. Cuando cumplí la mayoría de edad, quería escribir sobre esta historia, pero pensaba que iba a ser de tipo infantil, no esperaba que fuera una novela de este estilo, porque tenía mucho que ver con la fantasía infantil. Como era un niño, agrandaban todo y por ejemplo decían que cuando bajaba el cocodrilo, las camas brincaban con las pisadas del cocodrilo, y la gente tenía un miedo tan grande que se metía debajo de las cobijas. Las bisabuelas son las mejores contadoras de historias del mundo.

Creo que la novela es un espejo de las tradiciones de mi pueblo y sobre todo, algo que me hace feliz al escribirla, es el hecho de que muchas de las que se muestran en El tiempo del cocodrilo, ya eran tradiciones perdidas u olvidadas. Si le pregunto a la gente de mi edad o alguien más joven sobre la leyenda del cocodrilo, es muy probable que nadie la sepa, y de alguna manera lo que quería hacer es rescatar eso.

¿Cómo fue escribir El tiempo del cocodrilo?

—Cuando estudiaba la Universidad, ya traía la espina de contar esta historia pero sentía que como obra de teatro no podía explorar todo, porque es una novela muy de imágenes, de paisajes, de descripciones largas, entonces sentía que la narrativa era el mejor medio. Aunque al principio estuve reacio a escribirla y pensaba: no, es que tal vez quien la lea va a pensar que es una novela muy infantil o ingenua, por el aspecto fantasioso, pero descubrí que hay cierta ternura en ver un asunto desde la perspectiva maravillosa o mágica, que se puede impregnar de belleza. Fue hasta que salí de la carrera y me titulé que dije: “voy a empezar a escribir esta novela”. Comencé por unos capítulos aislados porque primero pensé que podían ser cuentos, o a lo mejor un relato largo, no me imaginaba que iba a tener la extensión de una novela.

Dada la forma en que está escrito, el libro podría leerse por partes y en cualquier orden, como cuando Ignacio se “roba” a Gilda para hacerla su mujer y cierras con los papás de ella diciendo: “ahora empezaremos a envejecer”…

—Justamente esa es una de las anécdotas que me contaban las bisabuelas, que antes no se acostumbraba pedir permiso a los padres, sino que la costumbre era “robarse” a la mujer, como un acto épico de amor. Es un ritual de lo que se acostumbraba hacer en aquellos tiempos y que tenía que ver con la idea del amor romántico. Entonces pensaba que era increíble que todas esas cosas se hayan perdido. Quise retratarlas para recuperarlas y en principio son cuatro historias que se van uniendo, por lo que parecen cuentos individuales.

De la serie “Sequía” de Alexander Lucatero, imagen utilizada en la portada de “El tiempo del cocodrilo” de Uriel Mejía Vidal. Foto: Alexander Lucatero Blogspot.

De los personajes, como Nazario Toscano Uribe, Bernal Toscano Cocodrilo, el gato Usili y el cocodrilo, ¿quién te cae mejor?

—Los personajes no humanos: el cocodrilo y Usili, por cierto inspirado en mi gato, que me estuvo acompañando durante la escritura de la novela. Siento que el gato representa la soledad del hombre porque los gatos son solitarios. Además, lo quise incluir a manera de homenaje. Y en cuanto al cocodrilo, en ningún momento se aclara si es un cocodrilo o si es un hombre que se volvió cocodrilo. Quería que esa sensación quedara en la novela, porque cuando a mí me contaban la historia yo nunca pensaba en un cocodrilo como tal, en principio porque no los conocía, entonces quise mantener esa sensación de extrañeza al leer sobre el cocodrilo en la novela.

Eso se nota aún más cuando aparece “la hija del cocodrilo”, cuyas escenas dan miedo porque se alude más a un ser oscuro que puede ser cualquier cosa…

—Es un misterio que quiero que el lector tenga hasta el final de la historia. De alguna manera, el cocodrilo mismo no sabe bien qué es y tiene esa incertidumbre de nunca encontrarse en un lugar del mundo porque no encuentra su motivo de vivir, por eso se apropia de la que posteriormente se va a volver su hija.

¿Qué es lo más difícil cuando se escribe un libro así?

—Los últimos capítulos fueron especialmente complicados: ¿Cómo terminarla? Yo sabía con qué imágenes terminarla, sabía cuál era la sensación que quería lograr y con qué palabras quería finalizar la novela, pero no sabía cómo llegar a ese punto. Batallé mucho porque yo escribo con frases largas regularmente, así que conforme avanzaba mis frases se iban volviendo más largas, los capítulos se extendían, sobre todo porque había muchos cabos que se tenían que unir.

En ese entonces trabajaba como profesor y todavía no tenía la beca de la Fundación para las Letras Mexicanas, y me tenía que hacer espacio en la agenda de actividades, sobre todo para sentarme y ponerme en serio a escribir. Sin embargo, lo más difícil de toda la novela fue el manejo del tiempo, es decir, la historia transcurre en un lapso de 100 años, así que para evitar confusiones tenía que tener líneas de tiempo de cada uno de los personajes, para que no hubiera huecos ilógicos en la novela. Entonces a pesar de que el tiempo no se marca en específico, sí tuve mucho cuidado en respetar mis propios tiempos históricos de la novela. Todo es un gran flashback.

¿Por qué crees que a los lectores les gusta leer sobre las tradiciones mexicanas?

—Porque en Latinoamérica se tiene una imagen muy distinta de lo que son las tradiciones, de la que se tiene en Europa, por ejemplo. Las tradiciones latinoamericanas son únicas y, sobre todo, la gente encuentra un vínculo social en las tradiciones. Conocer las tradiciones de otros lugares a uno le produce cierta empatía. Como decir: “mira, cómo en este pueblo hacen esto cuando están enamorados”. Las tradiciones nos enorgullecen.

Por momentos, tu novela recuerda el estilo y los temas de Juan Rulfo y Gabriel García Márquez, ¿qué piensas de eso?

—Me siento honrado y al mismo tiempo injustificadamente honrado porque son mis grandes ídolos y no creo que mi novela se acerque en calidad a Rulfo ni a García Márquez, ellos son inalcanzables. A pesar de que me gustan mucho, yo tenía como referentes a otros escritores cuando escribí El tiempo del cocodrilo y ellos son: Eugene O’Neill y Pearl S. Buck, así que cuando mencionan a Rulfo, Elena Garro, García Márquez, me sorprende; sin embargo, son lecturas que acostumbro, que disfruto, entonces de alguna manera estoy empapado de esa forma de escribir. Los cargo conmigo.

¿A qué tipo de lector crees que le pueda gustar El tiempo del cocodrilo?

—Creo que a los jóvenes porque en esencia es, simple y sencillamente, una novela de amor, de amor fraternal, de cómo este ser mitológico que está en la soledad de su vida, logra experimentar una especie de amor hacia su hija. De cómo Ignacio, que es quien se roba a la chica, encuentra una especie de amor inconcebible. Es una exploración sobre el amor, sobre lo que considero que pudiera ser el concepto universal del amor. Por eso creo que a los jóvenes les puede gustar, aunque todas aquellas personas que gustan de la narrativa latinoamericana podrían encontrar aquí algo de su agrado.

¿En tu casa qué te han comentado de El tiempo del cocodrilo?

—Mi familia me ha dicho que es una novela complicada, aunque aclaro que ellos no son grandes lectores. Al final se reunieron para comentar entre todos la lectura. Me dijeron que les gustó muchísimo. Creo que es una novela que puede resultar un poquito retadora al principio, sobre todo porque parece que hay muchas anacronías, muchas rupturas temporales. Hasta que las cuatro historias convergen es cuando empieza a transcurrir de manera lineal. Además, me han comentado que sí refleja lo que de verdad sucede en los pueblos de por acá.

¿Y ahora qué va a pasar con tu faceta de dramaturgo?

—Honestamente, estudié dramaturgia pensando en la narrativa. Quería que los mecanismos dramáticos que iba a aprender en la carrera me sirvieran para hacer que mis cuentos y mis novelas corrieran con más naturalidad, entonces estudio dramaturgia pensando en mí mismo como narrador, en ser un narrador más maduro, así que me considero dramaturgo de formación pero narrador de vocación. En este momento estoy escribiendo una obra de teatro; sin embargo, el proyecto que ahorita me tiene mucho más concentrado es un libro de cuentos que tiene que ver con el aspecto dramático que he aprendido en la carrera.

¿Algo que quieras agregar?

—Espero que a la gente le guste la novela, que la disfrute. Estoy agradecido porque ya es mi segundo libro en Fondo Editorial Tierra Adentro, dado que a veces a los jóvenes nos cuesta trabajo encontrar oportunidades en este país para publicar un libro. El otro es Teatro de la Gruta XV, donde participo como dramaturgo con la obra El ciego hizo caso; es una antología de varios autores, los finalistas del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo Castillo 2015. Es la historia de mi padre, un capítulo doloroso en la vida familiar, el momento en que pierde su trabajo, decide irse a Estados Unidos y es víctima de una estafa. Ahí lo retrato tal y como pasó.

José A. Rogerio Girón – Periodista y redactor de Correo del Libro

Sobre el autor

urielmejíamadrid12Uriel Mejía Vidal (Estado de México, 1990): licenciado con mención honorífica en Literatura Dramática y Teatro por la UNAM. Es fundador de la compañía Donaukinder Teatro y fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas. Obtuvo mención honorífica en el concurso Punto de Partida 44, en la categoría de fotografía en 2013. En 2015 fue ganador del Concurso de Crítica teatral Criticón, organizado por la revista Paso de Gato y Teatro UNAMademás de recibir mención honorífica en el Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo y formar parte del libro Teatro de la Gruta XV. Ha publicado en revistas como Este País, Pliego16Punto en línea.