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Poesía de una visión: Alejandro Albarrán Polanco

Persona fea y ridícula

Alejandro Albarrán Polanco


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Editorial: Fondo Editorial Tierra Adentro-Secretaría de Cultura-DGP

No. 566

Año: 2017

Páginas: 104

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Alejandro Albarrán Polanc en una lectura del Área de Libre Poesía de las Américas. Imagen: Canal de Alejandro Albarrán Polanco en YouTube.

¿Quién es la Persona fea y ridícula que le da título a este libro con poemas de Alejandro Albarrán Polanco (Ciudad de México, 1985)? La respuesta no es sencilla pero se esparce a través de estas páginas que combinan versos, fotografías, cajas tipográficas, aforismos y otros dispositivos al margen de la autobiografía.

Persona fea y ridícula es un libro lleno de imágenes y sensaciones en torno a la personalidad de su joven autor. Llama en especial la atención por el manejo que hace tanto del lenguaje como del significado de las palabras, que nos dicen mucho y, al mismo tiempo, no nos dicen nada; ya sea como resultado de la formación de su autor como músico, o por su deseo de llevar a la poesía en español (y latinoamericana) a otros límites, como sus admirados Eduardo Milán o Hugo Gola, Persona fea y ridícula es un volumen inclasificable en el que conviven imágenes, narraciones, prosas y versos.

La cuestión de la autoría se ve cuestionada incluso cuando se revela, al final del libro, que las múltiples notas que hay entre sus páginas no son de Albarrán Polanco sino de un ensayo como el que trata sobre el LSD de Henri Michaux, incluido en su libro Las grandes pruebas del espíritu y las innumerables pequeñas, o fragmentos de Roland Barthes, Ludwig Wittgenstein, Jacques Rubaud, Paul Celan, Julián Herbert y Alejandro Tarrab.

Aunque hace un año regresó a vivir en Xalapa, Veracruz, Alejandro se mantiene muy en contacto con la Ciudad de México y aprovechando que hace unos días vino a promover su libro en la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil 2017, nos reunimos en la librería Educal de la Secretaría de Cultura, en Paseo de la Reforma, para platicar de Persona fea y ridícula.

—¿La afición por la poesía de dónde te viene?

—Siempre me gustó escribir historias, desde inventarle historias a mi mamá, o sea mentiras. A los 18 años me puse a estudiar música en Xalapa, luego vine a la Ciudad de México con una beca para escribir; estuve en el Instituto Literario de Veracruz donde cursé un diplomado en creación literaria. Siempre me ha gustado la música y escribir. Crecí con una tía que era pianista, entonces desde niño tuve un acercamiento más natural a la música que a la literatura. En mi casa había muchos libros, que eran de mi abuelo, pero nadie los leía. Solamente yo. Fue como un acto de rebeldía en contra de los que no leían (mi familia), sentía que leer era ser distinto. Tuve acceso a la biblioteca de mi abuelo, con la que afortunadamente me pude quedar. Él era licenciado, pero adoraba los libros. Tenía de literatura, de historia, historia del arte y muchos de leyes porque era abogado”.

Me gustaba mucho fabular y cuando empecé a tocar la guitarra quería hacer canciones, pero cuando comencé a tocar un poco más me empecé a prejuiciar, bueno me empezaron a prejuiciar los contextos en los que me iba desenvolviendo, entonces quise hacer música culta, música que no dependiera de una letra, más elaborada. Entonces me metí a estudiar música, y de algún modo también quería escribir, pero que lo que escribiera no dependiera de la música. Y lo primero que escribí, en vez de un cuento, fue un poema.

—¿Y te gustó ese poema?

—Más que gustarme, recuerdo que ese poema se lo enseñé a mi papá, y me criticó mucho, me hizo sentir mal, sobre todo porque tenía muchas faltas de ortografía. A mí sí me gustó escribir ese poema, que era muy cursi y lo que sea. Recuerdo que en un principio cuando leía poemas no les entendía. Por eso comencé a leer a poetas más sencillos — no sé, a Sabines, a Neruda— que me fueron llevando. Y conforme los fui entendiendo, empecé a leer otras cosas que me gustaban y así me llevaban a otras y a otras más, hasta que llegué a poetas en otros idiomas.

—¿Entonces has leído a muchos poetas?

—Sí, de esa forma se aprende también mucho de la técnica porque vas viendo las formas de escritura de cada uno y dices: ‘bueno, ¿por qué me gusta el chileno Raúl Zurita?, ¿qué es lo que me gusta de él?’ Por cierto, el poeta uruguayo Eduardo Milán, que vive en México desde hace mucho, tuvo una columna e hizo varias antologías, y Hugo Gola, que tenía una revista que se llamaba El poeta y su trabajo, hicieron una labor de difusión de la poesía latinoamericana que para mí fue fundamental. Era una lectura que nos abrió a una manera de escribir en español, que no era muy común aquí, sobre todo por la tradición que existe. De esa manera conocí a poetas latinoamericanos como Raúl Zurita o Juan Luis Martínez. También a los concretistas brasileños que me impactaron mucho, sobre todo Haroldo de Campos, que tiene un libro que se llama Galaxias, donde los poemas son una condensación y un juego de palabras, así como gran manejo de lenguaje. Me impresionó tanto que busqué hacer algo así con Persona fea y ridícula.

 

—Háblanos un poco de cómo surge la idea de Persona fea y ridícula.

—Los poemas que lo integran los tenía desde hace varios y el libro como está ahora, desde hace cinco años. En el inter salió una plaquette con varios de los poemas del libro en la revista Tierra Adentro dentro de la colección La Ceibita. Este es mi segundo libro, el primero se publicó en 2012 bajo el sello de Bonobos Editores y se llama Ruido. Lo de la plaquette es muy padre porque además de que circula con la revista, muchos escritores tienen a Tierra Adentro como una revista de consulta para ver lo que están haciendo sus pares.

—¿Durante el proceso de elaboración llegaste a pensar en posibles lectores?

—Sí, pensaba en alguien como yo, que tiene mis mismas inquietudes. Porque no puede haber un solo individuo, tiene que haber un ‘otro’ para espejearnos y saber que uno no es ‘ése’. Y ahí como que se parte y se vuelve la ficción del ‘individuo’. Sin el otro no existe el individuo. Si soy honesto conmigo, con mis propias inquietudes y gustos, creo que puedo llegar a muchas personas que son parecidas a mí. Porque no somos únicos, todo el tiempo estamos influenciados por el otro.

La poesía me encanta, y me encanta perderme en los juegos de palabras y atorarme con mis pensamientos, lo que está bien, pero reconozco que eso la vuelve algo muy especializado. Por ejemplo, a mí me gustaría que mi mamá me leyera y cachara lo que estoy intentado decir. Sin embargo, sé que no le entiende. En cambio, ahora que he estado haciendo canciones, sé que le gustan y las entiende pero porque mi pretensión es otra. Ahora bien, si escribiera otro libro de poesía, supongo que no va a tener mucho que ver con este porque mi búsqueda es otra. Antes tenía mucho que ver con eso, un poco más con el virtuosismo del lenguaje. Buscaría la sencillez, trataría de ser directo. Creo que el mensaje es al final lo que importa, y que la retórica a veces lo que hace nada más es poner una tranca para que el otro no pase. Las canciones son mucho más horizontales en ese sentido por su sencillez.

¿Es verdad que escribiste tus textos en estados alterados?

—Algunos los escribí en estados alterados realmente, pero todos provienen de estados alterados, por ejemplo, “Oración de la miliciana Alejandro”, que recuenta un brote psicótico que realmente tuve, pero obviamente no lo escribí durante el brote psicótico, sino después. Pero con el viaje que traía yo olía a sangre en las esquinas y empecé a pensar que había sangre en la casa donde vivía, en una esquina en particular, y me empecé a obsesionar.

“Persona fea y ridícula” es una de las ocho acepciones que tiene el diccionario de la palabra “visión” y que utilizas a lo largo del libro…

—Sí, y la escogí para el título del libro porque se me hace la acepción más padre de la palabra. A muy pocas personas he escuchado decir ‘pareces una visión’. Cuando era niño, se usaba mucho eso de ‘ay, eres un visionudo’ y me gustaba. Además, lo ‘feo’ no se me hace feo. ¿Por qué no ser ‘feo’ y ‘ridículo’? ¿Por qué tener que ser ‘heroico’ y ‘bello’? ¿Por qué todo tiene que tender hacia esa estética?

Luego de que tus poemas fueron traducidos a otros idiomas (inglés, sueco, francés, polaco y portugués), ¿qué piensas?

—Que soy muy afortunado. Ha sido muy azaroso, la verdad. Por ejemplo, al poeta que me tradujo al portugués, que se llama Ricardo Domeneck, lo conocí en México cuando vino a dar un curso al Centro de Cultura de la Embajada de Brasil. Me gusta la traducción porque significa la posibilidad de llegar a más gente.

Alejandro, ¿se pierde algo de la esencia al escribir en computadora?

—Quién sabe. Yo escribo más en la computadora porque tengo una letra horrible. Releerme es un problema para mí. Ahora me cuesta más trabajo agarrar una libreta y una pluma e irme a un lugar sin teléfono. Ahora lo que hago más que escribir es sacar notas de voz con el celular. Es decir, me grabo; si se me ocurre una frase o una idea, la grabo, que es más rápido que escribir.

-¿La imaginación es la herramienta principal para los escritores?

—Hay que mantener eso, tanto como la capacidad de asombro, aunque por momentos pareciera que se ha perdido por completo, aunque el mundo sea horrible, justamente hay que verlo un poco distinto, ver la ventana distinta. Debes inventarte tu realidad, una realidad simbólica y que alimente un poco tu espíritu.

Por José A. Rogerio Girón – Periodista y redactor de Correo del Libro