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Piscinas verticales

Gabriela Torres Olivares


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Editorial: Fondo Editorial Tierra Adentro-Secretaría de Cultura-DGP

No. 572

Año: 2017

Páginas: 128

Ilustrador de portada: Tonatiuh Cabello

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En la frontera norte de México, Gabriela va capturando como la lente de una cámara los colores, ruidos, sensaciones y escenas de los sitios que visita: una bodega, una casa en la playa, los límites de Tijuana. Al completar este intenso recorrido queda la sensación de haber visto una especie de documental “hecho de literatura”, un montaje de imágenes sobre la enfermedad y la memoria.

 

Con Piscinas verticales, Gabriela Torres Olivares obtuvo el Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras/ Border of Words 2017. Es una novela que por momentos parece poesía (crea imágenes con las palabras), y que también alcanza niveles profundos y reflexivos (como ensayo).

Aunque se encuentra viviendo en California, logramos contactar por correo electrónico a esta joven escritora mexicana para hablar de su libro, entre otras cosas:

-Gaby, ¿cuándo y por qué decides incursionar en la literatura?

-Fue hace 20 años. Mi vecino era Óscar David López, que en ese entonces ya era poeta, así que con él y otra amiga compartíamos lecturas. En mí, la escritura sobrevino orgánica y subrepticiamente, la literatura se me volvió una inédita necesidad a la vez que era una nueva complicidad entre nosotros, adolescentes que habíamos sido amigos desde la infancia. Mashupeábamos versos de Pizarnik por diversión, no lo llamábamos “apropiación” porque aún no existía esa palabra en nuestro vocabulario, pero más o menos así comenzó todo.

-¿Cuál fue el reto que representó escribir Piscinas verticales, tu segundo libro en Fondo Editorial Tierra Adentro, luego de Enfermario, serie de cuentos publicada en 2010?

-Entre Enfermario y Piscinas verticales hubo muchas cosas. Está un libro de cuentos inédito, un grupo de ensayos desperdigados y una práctica creativa más encaminada a las artes visuales. Específicamente, el reto de Piscinas verticales fue que es una novela y tuve que vivir con ese proceso de escritura más tiempo del que se vive con la creación de un cuento, sin importar que ese cuento, junto a otros, vaya a resultar en un libro. Entre la escritura de un cuento y otro hay un espacio, y ese espacio no existe en la novela, todo es la novela, aunque se abandone y se retorne a ella, la novela termina hasta que se termina y pueden pasar meses o años.

Además, Piscinas verticales tuvo la fortuna de recibir la beca Jóvenes Creadores que otorga el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca) cuando aún era una larva de proyecto, y en ese sentido tuve que desarrollarla dentro del periodo de beca y mantener una disciplina más rígida porque estaba siendo leída simultáneamente. Aunque una de las complejidades a la hora de desarrollarla fue encontrar la voz, cómo contarla, necesitaba construir esa focalización, generar la forma de entrar en una historia que me exigía entrar de otra manera, no de las maneras ya por mí conocidas o con las herramientas que ya había desarrollado, la pensaba casi como acupuntura, el ritmo y el lenguaje eran sumamente importantes.

-Llama la atención que tu trabajo no es una novela tradicional, en cuanto la estructura y el lenguaje, ¿te interesaba experimentar?

-Siempre me ha interesado experimentar. Lo que pasó con Piscinas verticales es que, dentro de mi proceso, la veo más como la parte final de un proyecto que había venido desarrollando sobre el turismo de la salud en la frontera. Y ese proyecto sucedió en video, en sonido, en imagen, documentos, cartografías y una instalación que hice con otro artista en un museo. Al regresar a la literatura, tenía mucho que contar, sin embargo, la experiencia de todo el proyecto, como lo había conocido, como me había acercado a él, era a través de otros lenguajes, y cuando digo lo de desarrollar una voz, hablo de eso, tuve que amalgamar esos otros lenguajes con la literatura, pensando en imagen en movimiento, en imagen fija, en tipos de lentes, filtros, en sonidos, espectros, en cómo crear documentación, hacer un documental mental, hacerlo literatura.

-¿La escritora que aparece en el libro, ocupada en los preparativos para la realización de un documental, eres tú?

-La escritora y la documentalista son dos personajes distintos. Una vive un instante y otra intenta documentar ese instante dos décadas después. Pero ninguna de las dos soy yo.

-¿Por qué escribir sobre cuestiones tan cotidianas y triviales como por ejemplo observar por la ventana?

-Es bien interesante porque simplificamos las cosas, las damos por sentadas, que así siempre ha sido y nunca de otra manera. Me parece que todo es relevante si le quitamos la inherencia de la costumbre y empezamos a verlo con nuevos ojos, a auscultarlo de otra manera, como extranjeros de nuestros propios objetos o de nuestra rutina. Las cosas más simples tienen detrás historias complejísimas y harto interesantes. Por ejemplo, esto que dices de la ventana, lo escribí o más bien lo pensé, luego de estudiar la perspectiva y su punto de fuga. Y una de las cosas que más me sorprendió fue entender la relevancia del descubrimiento de la perspectiva durante los periodos de las conquistas y las colonizaciones, específicamente las europeas, más allá del mar. Que temían al mar y que cuando entendieron que el horizonte marino era también perspectiva, que no se volvía de pronto una pared que los devoraría o un acantilado a la nada, que el mundo era redondo pero que nuestra perspectiva (dentro del planeta) nunca nos permitiría afirmar su redondez con la mirada, cuando entendieron la perspectiva y su punto de fuga, se embarcaron a colonizar otros territorios; el desarrollo de la noción de la perspectiva puede afirmarse paralelamente en la historia del arte, conquistas y pinturas.

La perspectiva nos acerca o nos aleja de la otredad, nos contamos la historia de nosotros a través de la perspectiva; el espejo primero, el video después, nos hace entender las dimensiones del cuerpo que habitamos en escala del mundo, nos hacen entender algo de nosotros que no sabíamos. Volviendo a la ventana, en ese entonces también había leído un artículo sobre los pueblos originarios prehispánicos y cómo en sus construcciones y estructuras no había ventanas, la noción de “ventaneidad”, y eso me voló la cabeza porque es completamente otra cosmovisión, no menor o mayor o mejor, pero es otra idea del mundo que ya no podemos experimentar.

O también el hecho de que algunas casas antiguas en México, construidas durante el periodo de Santa Anna, tengan ventanas tan pequeñas o no las tengan debido al impuesto exigido por el dictador en ese entonces: entender la perspectiva y cobrar por el pedazo de paisaje que te ha sido dado observar desde tu casa. Así entonces, la ventana es una oquedad importantísima, filosófica, visual, la ventana es un fenómeno, y aquí me interesaba proponerla en su analogía más básica, la de la perspectiva, la noción de la otredad y la idea un yo y cómo todo puede ser verdad aunque no sea real.

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-¿Para ti qué representa el haber obtenido el Premio Binacional de Novela Joven “Frontera de Palabras”?

-Es muy importante en la medida en que lleva el nombre de la región que habito. La frontera era ese lugar en el que nadie, salvo los que viven en ella, pensaba, hasta que vino Donald Trump a ofender a los mexicanos en su totalidad, no solamente a los mexicanos fronterizos. El nombre del premio empodera y visualiza una literatura que no es meramente norteña sino fronteriza, y el premio está dirigido a los escritores paisanos en ambos lados de la barda, y eso es sumamente relevante, es un reconocimiento descentralizado y da otras connotaciones al concepto de frontera, porque no decirla, no empoderarla no la desaparece, sólo la vuelve invisible para quienes no la viven.

-¿Qué caracteriza a los escritores mexicanos residentes en los estados fronterizos de México y Estados Unidos, como tú?

-Un idioma, un gentilicio y rasgos culturales e identitarios en común. Los escritores mexicanos en los estados fronterizos de Estados Unidos están aquí por una diversidad de motivos que van de lo bastante doloroso a lo meramente académico, pasando por un abanico circunstancial. Unos están aquí por motivos políticos: han sido amenazados, no pueden regresar a México, están asilados y viven aquí por condición, sopesando en la balanza si quieren regresar o si quieren vivir, lidiando constantemente con su estatus migratorio y una burocracia orwelliana que siempre parte de la sospecha, viven en estado de excepción, ésa es su urgencia, son sobrevivientes de la violencia en México; otros están aquí por convicción, llegaron porque quieren estudiar maestrías o doctorados.

Otros porque viven con familias bifurcadas; una parte en México, la otra en Estados Unidos y solamente están resolviendo sus estatus migratorios y todos los procesos que ello conlleva: comprobar esa vida dicotómica, la doble vida, éste es mi caso y el de otro amigo escritor: papelería, burocracia. Hay escritores que viven anfibiamente, medio día aquí y medio día en México. Hay otros que ni siquiera tienen documentos, es decir, no tienen la esperanza del asilo o el refugio, de acomodarse en ese alvéolo. Es bastante plural; hay escritores mexicanos viviendo en Estados Unidos con prerrogativas y privilegios, y hay casos de escritores en la completa precariedad, son experiencias no distintas sino antinómicas, ergo sus procesos creativos no comparten rasgos en común.

También es muy distinta la relación que se tiene con este país, dependiendo si en México se es norteño, fronterizo, del sur, costeño o del centro, cambia muchísimo la experiencia, la relación geográfica, del lenguaje y, desde luego, el proceso creativo. Algo que me viene a la mente es una descripción que hice de mí misma hace tiempo en una lectura en Los Ángeles, y es que aquí una no solamente es mexicana sino que está mexicana. Quizás esa sea una característica en común entre los escritores mexicanos que viven en Estados Unidos, que aquí estamos más mexicanos que nunca.

-¿De tu libro qué es lo que más te gusta y por qué? ¿Y lo que menos?

-Me gusta mucho la portada, pero esa no la hice yo, sino mi amigo, Tonatiuh Cabello, que es un gran fotógrafo. La novela, el libro como resultado total, me parece un objeto muy hermoso y me encanta. Y lejos de falsas humildades, me gusta leerlo en voz alta, está escrito a determinados ritmos, de tal forma que al leerlo en voz alta tiene un sentido fonético muy agradable (al menos para mí), estridente en ocasiones, frenético y melódicamente semasiológico, quizás ese resultado haya sido efectuado por mi enamoramiento con el idioma español y la porosidad del lenguaje en la frontera.

No puedo pensar en algo que me guste menos… quizá el hecho de que la imagen de Tonatiuh haya tenido que cortarse para ser verticalizada, acorde al diseño de portadas dentro de la colección. Pero ese corte también adquirió una semántica muy virtuosa conceptualmente: cortar la incompletud. Y ese hecho, que pudiera ser una arbitrariedad estética, se nos volvió serendípico, detonó otro diálogo con la novela, la fotografía no solamente ilustra la portada, se vuelve parte de la obra, se complementan.

-Durante el proceso de escritura, ¿llegaste a pensar en quiénes te iban a leer?

-No en un narratario en común, sino en un receptor muy abstracto, como cuando se habla del “sistema” y no tiene un rostro sino es una entidad que está ahí y es perenne, como una energía o presencia. Pero al final de cuentas esa abstracción soy yo, porque yo me hago la pregunta: “¿funciona? ¿esto es literatura?” Y yo, juez y parte, decido si sí o si no, siempre en nombre o en representación de esos lectores abstractos.

-¿Dónde te sientes más cómoda: escribiendo cuento o novela?

-No sé si es comodidad, nunca he pensado que la escritura genere una sensación de comodidad porque suscita paroxismos y emociones que pueden ser agradables, pero también tribulaciones. En todo caso, por mi formación, que es como cuentista, siento que tengo mayor conocimiento del cuento, más lecturas, más investigaciones, aunada a una experiencia creativa añosa, y esa circunstancia me ha dado la posibilidad de generar mis propias teorías sobre el cuento. Entonces, si es uno de ambos, siento que tengo una experiencia más macerada como cuentista que como novelista.

-¿Quiénes son tus autores favoritos?

-Son muchos, sin embargo, a los que siempre vuelvo son: Diamela Eltit, Severo Sarduy, Clarice Lispector, Marosa di Giorgio y Kathy Acker.

-¿Reconoces alguna influencia literaria?

-Muchísimas. Los mencionados anteriormente y añadiría a Paty Laurent Kullick que fue vital en mi formación, y las lecturas de autores como Mario Bellatin, Shelley Jackson, José Lezama Lima, María Auxiliadora Álvarez, Jorge Luis Borges, Laura Albert, Paulo Leminski, David Foster Wallace, Isabella Santacroce, Gertrude Stein, Pedro Lemebel y un sinfín de autores cuyas obras me desmoronaron los esquemas literarios y de vida. Aunque mis influencias vienen de otros lugares, no solamente de la literatura, estoy en deuda con una larga lista de cineastas y artistas visuales.

-¿Qué sigue para ti? ¿Ya estás trabajando en algún nuevo proyecto?

-Comencé hace días la revisión de un libro de cuentos que he estado escribiendo por años. Aunque no todos son cuentos, hay, digamos, una unidad transversal en la historia. Es más como un experimento que será publicado o no, pero lo estoy revisando en honor a mi neurosis.

José A. Rogerio Girón – Periodista y redactor de Correo del Libro

Sobre la autora

Gabriela Torres Olivares (Monterrey, 1982): narradora. Autora de los libros de cuentos Están Muertos (2003), Incompletario (2007) y Enfermario (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010), además de Regiomonteses (2008). Con Piscinas verticales ganó el premio Frontera de Palabras/Border of Words 2017 que premia a escritores mexicanos con residencia en los estados fronterizos entre Estados Unidos y México.