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Teatro de la Gruta XVII: “La bala”

También incluidas en este volumen: "Rumi", "Ataraxia o las ganas siempre sobran", "Aviones" y "El hombre que escuchaba baladas de Alejandra Guzmán"

Sergio López Vigueras, Manuel Barragán, Manolo Díaz, José Manuel Hidalgo y Víctor Hugo Vela Muruato, los autores


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Editorial: Fondo Editorial Tierra Adentro-Secretaría de Cultura-DGP

No. 576

Año: 2017

Páginas: 254

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sergio lopez vigueras

Sergio López Vigueras, en la librería Educal del Centro Cultural Elena Garro en Coyoacán (CDMX). Foto: José A. Rogerio/Correo del Libro.

Sergio López Vigueras (Ciudad de México, 1985) es el autor de La bala, con la que obtiene el Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2017 y que se incluye en el volumen Teatro de la Gruta XVII.

La bala es la historia de Lauro y Valeria, dos jóvenes que siempre se encuentran en la misma ruta de transporte público que los lleva a su trabajo y que, sin embargo y a pesar de los años, nunca se han atrevido a hablarse. En uno de esos tralasdos, sufren un asalto a mano armada.

En esta entrevista, Sergio López habla sobre escribir, estudiar y montar teatro como una experiencia colectiva que no se limita únicamente al acontecimiento escénico, sino a todo lo que lo rodea.

Además, relata cómo fue participar en el concurso de dramaturgia en el que su obra resultó ganadora, sin demérito de las otras tres obras que conforman Teatro de la Gruta XVII: Rumis de Manuel Barragán; Ataraxia o las ganas siempre sobran de José Manuel Hidalgo; Aviones de Manolo Díaz, y El hombre que escuchaba baladas de Alejandra Guzmán de Víctor Hugo Velo Muruato, con un prólogo de Bertha Hiriart, Alejandro Román y Javier Malpica. Piezas que en conjunto, como lo dice el propio Sergio López, se pueden ver como “un prisma para darle otra vuelta a la idea de violencia, a la idea de país en general”.

Sergio, ¿qué significa para ti haber recibido el premio nacional de dramaturgia por La bala?

—Es muy importante en términos de carrera, además de la publicación del texto, lo cual permite circulación, intercambio. Todo eso lo facilita el libro y que llegue a las librerías Educal de todo el país. Eso te da una circulación inmediata, cosa que sería difícil en otras condiciones. Además el premio incluyó la puesta en escena en el Centro Cultural Helénico. Aunque he trabajado en teatro desde hace algunos años, como dramaturgo es de mis primeros trabajos, así que darle esta salida tan pronto es un gran incentivo.

¿Cómo fue el proceso creativo?

—Todo comienza entre 2015 y 2016, cuando se me ocurre la idea. Tenía muchas referencias de gente que había sufrido asaltos en el transporte público. Era un tema que traía en la cabeza, al mismo tiempo tenía ganas de explorar a un personaje internamente, abordar el pensamiento del personaje. Eran dos ideas que venían rondándome y pensé: “claro, el asalto es la situación ideal” porque todo pasa muy rápido, son muchas emociones encontradas y hay mucho terreno a donde ir emocionalmente con los personajes. Suena un poco maquiavélico como escritor, pero ahí encontré un campo fértil para poder asomarme.

El primer personaje al que me asomé fue “Lauro”. Primero tuve la historia contada desde la perspectiva de Lauro, y era casi un monólogo. Después empecé a necesitar a otros personajes para darle profundidad a la situación, otros puntos de vista que completaran el volumen de este acontecimiento. No sólo verlo desde una perspectiva, sino desde otras. Así es como entran en escena “Valeria” y “Jonathan”, así como “El Gordo”, un personaje al que se conoce a través de la voz de los otros. Eso me parece como darle otra capa a la convención teatral desde el texto escrito. Es una potencia para la puesta en escena. Después, integrar las voces de los otros personajes en realidad fue un trabajo de ponerlos a nivel de la primera voz que yo tenía. No quería que fuera la única la voz principal, sino tener tres voces con igualdad de fuerzas.

¿Cuánto tiempo te llevó todo esto?

—Fueron varias etapas a lo largo de 2016. No fue un trabajo continuo, fueron momentos. Entendía alguna cosa y a la computadora. Luego me atoraba en algún punto, leía, daba una vuelta y regresaba.

¿Fue un proceso en solitario?

—Sí, bastante solitario. Cuando participé en el certamen de dramaturgia joven Gerardo Mancebo del Castillo me encontré con tres maestros, porque la primera parte del premio consiste en un taller y conmigo fueron muy generosos Javier Malpica, Bertha Hiriart, Alejandro Román; fungieron como verdaderos maestros y nos guiaron a los finalistas. Más o menos todos pasamos por un proceso similar: completar la obra según nuestros objetivos tanto como podíamos. Pero al tener los conocimientos de los maestros a la mano, ellos sí nos reportaron mucha claridad, sobre todo una perspectiva nueva sobre nuestra voz, una perspectiva que nosotros mismos no podíamos tener.

Al leerla, por la forma en que fue escrita, fácilmente se te olvida que La bala es teatro

—Para mí, es importante que la palabra suba al escenario, que los personajes se sustenten en la palabra. La palabra leída es importante en tanto que lo confronta con uno mismo, el libro se vuelve un espejo en donde uno dialoga con sus pensamientos; sin embargo, siento que cuando la palabra sube al escenario hay algo como de asamblea, como de ágora, al estilo del teatro antiguo… Creo que esa es la esencia del teatro. Es antiguo pero es nuevo. Sigue ocurriendo cada vez que uno va a sentarse a una butaca. No nos igualamos, pero al tener una palabra sobre el escenario, todos negociamos sobre la misma palabra. Vengamos de donde vengamos, llegamos a la sala, cada quien con sus historias, con sus preocupaciones, con sus necesidades y tenemos una palabra en el escenario que nos dice: “vámonos por allá y pensemos sobre esto”.

Esa negociación me interesa mucho llevarla a partir de la palabra porque siento que es el combate, es la forma de enfrentar el mundo de imágenes que nos satura en la vida cotidiana, un mundo con el cual difícilmente podemos negociar, un mundo que en realidad se nos impone a través de la moda, a través de los discursos informativos, televisivos. Es difícil entrar en negociación con un noticiario, donde te dicen: “ayer hubo 50 mil muertos” y ves la foto del bombardeo, el video del bombardeo en no sé dónde. Es difícil negociar con eso, no le puedes dar representación en tu vida. Siento que cuando la palabra está en el escenario ocurre el proceso de “lo está diciendo el otro, pero me lo digo yo mismo, entonces, ¿cómo entiendo, cómo me pongo en el lugar del otro?”. Siento que ahí hay una serie de negociaciones que para mí son interesantes.

Salón principal de la librería Educal del Centro Cultural Elena Garro en Coyoacán. Foto: José A. Rogerio/Correo del Libro

Aparte de la emoción que proyecta el teatro, destaca la energía que hay durante la representación escénica…

—En la vida cotidiana, generalmente tendemos a protegernos; nos encerramos en la casa, luego salimos a una especie de cuartito que es el coche, vamos a la oficina que es otro cuartito. Siento que vivimos siempre encerrándonos en cajitas y justo el trabajo del actor es de los pocos que consisten en romper, en presentarse, en abrirse a la mirada, en enfrentarse al escrutinio del espectador, y la dramaturgia provee un andamiaje para eso. La dramaturgia es esa estructura que permite que ese encuentro se dé poéticamente.

¿Qué piensas sobre la violencia que se maneja en La bala?

—Me interesaba no afrontar la violencia como tema principal, pero al mismo tiempo no la podía negar. Siento que en La bala la violencia funciona como un marco.

También corre en forma paralela una historia de amor…

— Sí, una historia de amor, una historia sobre los miedos, sobre vencerse a uno mismo. El viaje de Lauro es interno, y lo tiene que hacer. Es como la historia de un nadador y la violencia es el mar. La obra es sobre Lauro, sobre lo que él atraviesa, sobre su viaje, y la violencia es esta cosa que lo rodea. Es el medio donde está inmerso y dentro del cual desarrolla su viaje; sin embargo el tema no es la violencia. Para mí es importante que el tema fuera Valeria, Lauro y Jonathan, quien siendo un asaltante representa a la violencia; sin embargo a mí lo que me interesa de él es su relación con El Gordo.

Además hay una violencia de las pistolas, de las armas y los golpes. Es la violencia tangible, la violencia explícita; sin embargo me interesaba también que los procesos internos de los personajes sean violentos en tanto que destruyen lo anterior, es decir, viven un cambio de paradigma, de vida y ese cambio necesariamente es un parto de algo nuevo, lo que implica una renuncia a lo anterior, y como en todo parto hay dolor, sangre, lágrimas y va a dar luz a algo nuevo. Esa es otra forma de la violencia, que implica una ruptura radical, que también me interesaba explorar.

¿De los demás finalistas al premio qué nos puedes decir?

—Para mí fue grato trabajar con ellos; en primer lugar, fueron compañeros con los que pude compartir mi proceso, ellos también fueron abiertos respecto a su proceso. Hicimos generación en cierto sentido. Aunque sólo nos reunimos una semana, compartimos intensamente esos días. Todos leímos las obras de todos, todos servimos como lectores de los otros y como comentaristas, entonces como que fuimos cuidadosos en abrir nuestros procesos, en comentarnos, en enriquecernos mutuamente.

¿Estarías de acuerdo en que cualquiera pudo ganar?

—Totalmente. No sé de qué dependa el primer lugar, pero considero que todas las obras finalistas tienen mucha calidad. Todas tienen enfoques muy particulares. En todos los casos pasaba esto de la violencia como marco. Si uno lee las cinco obras son un prisma como para darle otra vuelta a la idea de violencia, a la idea de país en general.

¿En quién te inspiras para crear a los personajes?

—En nadie en especial. He tomado un poco de quienes me rodean, y de mí mismo. Crear un personaje es un poco asomarse a uno mismo, poner una especie de reflejo de ciertos rasgos. A quien más conoces es a ti mismo. Entonces es un poco un proceso de cómo reaccionaría yo en tal situación, qué haría yo si mi historia de vida fuera ésta. Un poco ir jalando hilos, extrapolando situaciones, extrapolando emociones, extrapolando modos de pensar, para ir conformando una entidad completa.

Luego de trabajar como director, dramaturgo, diseñador escénico, ¿en dónde te sientes mejor?

—Estudié la licenciatura en literatura dramática y teatro en la UNAM, donde había tres áreas de especialización: actuación, dramaturgia y dirección, desde entonces tuve la necesidad de conocer el fenómeno escénico desde sus distintas aristas. Considero que el fenómeno escénico necesariamente es colaborativo, e integra perspectivas muy distintas; es el espectador, el actor, el director, el taquillero, el técnico, el empresario.

No es un fenómeno unitario, tiene una multiplicidad de voces, de intereses, de encuentros que se dan cada noche para que el telón se levante, y esa complejidad me interesó mucho. Sentía la necesidad de complementar mi formación acercándome en primer lugar a los diseñadores porque era un mundo que me era ajeno, yo estaba más cercano a la literatura, y el mundo del diseño me atrapó, el de los diseñadores de escenografía, de iluminación, de vestuario. Pasé mucho tiempo asistiendo a escenógrafos, vestuaristas, etcétera y poco a poco hice, sobre todo de la iluminación, mi oficio de batalla.

Es una labor que me ha dado la oportunidad de conocer gente, de viajar mucho, con distintas compañías y me ha permitido ver esa complejidad a la que me refería. Paralelamente, desarrollé proyectos como director, en los que la dramaturgia surgía más colectivamente, de intereses comunes con los actores. Con otros miembros del equipo íbamos formando los textos y es hasta hace poco cuando me intereso por la dramaturgia como un fenómeno anterior al del ensayo o al de la puesta en escena, como un fenómeno literario en sí mismo. Como este fenómeno doble, que por un lado es palabra para ser leída, pero también es palabra para ser encarnada por el actor. Y ese carácter doble me interesa mucho como dramaturgo.

Para terminar, ¿qué prefieres: teatro comercial o teatro no comercial?

—Hay fronteras que se han ido borrando, sobre todo debido a las políticas públicas, de hace unos 15 años a la fecha y han fomentado que las compañías, en esta idea de grupos y de compañías que había en los años 80, ahora se enfoquen como empresas culturales. Esa es un poco la tendencia actual dentro de los modelos de política cultural, y eso ha llevado a que las fronteras se borren un poco. Sin embargo, hay producciones de vocación más experimental o investigativa que requieren un subsidio, que sí necesitan subvención, porque de otra manera hay cosas que uno no puede explorar en un escenario. Uno no explora por simple curiosidad de vamos a ver qué pasa. Lo que me parece fundamental del artista es que lleve los límites del lenguaje más lejos, que el teatro no siga siendo siempre esa cosa que está uno acostumbrado a ver porque eso se agota y tiende a morir. Uno lleva los límites más lejos en un intento por acercarse más a la vida, por acercarse más a las formas múltiples de la vida de los seres humanos y esa exploración necesita apoyo gubernamental.

José A. Rogerio Girón – Periodista y redactor de Correo del Libro

 

Sobre el autor

Foto: Lagartijas tiradas al sol.

Sergio López Vigueras (Ciudad de México, 1985), estudió la licenciatura en Literatura Dramática y Teatro en la UNAM. Se ha desarrollado como director, trabajando con compañías como Seña y Verbo, TeatroSinParedes, Lagartijas Tiradas al Sol, entre otras.