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Las tres despedidas de Imanol Martínez

Tríptico sobre las despedidas

Imanol Martínez González


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Editorial: Fondo Editorial Tierra Adentro-Secretaría de Cultura-DGP

No. 562

Año: 2017

Páginas: 98

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El dramaturgo Imanol Martínez en la librería del Centro Nacional de las Artes. Foto: Correo del Libro/José Rogerio Girón.

Tríptico sobre las despedidas, de Imanol Martínez González (Querétaro, 1991), reúne tres piezas teatrales que tienen por común denominador el alejamiento y la separación. Remedios Varo, las radionovelas y las relaciones amorosas longevas conforman un trío de historias puestas en escena y, también, en libro.

La serie abre con Quemar las naves, que narra una biografía falsa de la pintora Remedios Varo ensamblada a través de monólogos y polifonías, de pequeñas estampas radiofónicas y escénicas. Montecassino: relatos para el fin del mundo asume la forma de una radionovela en la que un grupo de actores cuentan su historia frente a un micrófono de radio, mientras afuera se aproxima un cataclismo mundial. Vis a Vis, pieza que cierra la trilogía, es una obra de corte intimista centrada en el  intenso diálogo que sostiene una pareja (Él y Ella) ante la imposibilidad de seguir juntos, donde recuerdan frente a frente y en perspectiva lo que ha sido su vida juntos. Las tres composiciones no sólo demuestran el dominio dramático que tiene su autor, también su ímpetu por la experimentación, tanto narrativa como teatral, pues las obras de Tríptico sobre las despedidas se leen como poemas, relatos o hasta ensayos, y no tanto como libretos para una puesta en escena.

Imanol Martínez, quien vive y trabaja en Santiago de Querétaro, Querétaro, habla para los lectores de Correo del Libro sobre su obra y la escritura desde el punto de vista del dramaturgo:

-Imanol, tras ganar en 2016 el Premio Nacional Manuel Herrera de Dramaturgia por tu obra Neighborhood, ¿qué te lleva a escribir Tríptico sobre las despedidas?

-Es curioso: antes de escribir siquiera la primera línea de la obra con la que gané el premio, Triptico.. ya estaba en proceso de edición; sin embargo, los tiempos cambiaron y el libro terminó saliendo hasta ahora. De cualquier modo, y a pesar de que entre las obras de Tríptico… y la del premio median tres años, me parecen que están muy cercanas. Tríptico…, antes que otra cosa, fue una búsqueda, una forma de probar en papel y en escena diversos formatos para contar una historia; creo que de no haberlas escrito, difícilmente hubiese encontrado un formato con el cual luego escribir Neighborhood.

-¿Y por qué precisamente hacerlo sobre las despedidas?

-Sospecho que uno escribe sobre temas de los que sabe poco o nada, y que sin embargo desea indagar. Las despedidas no sólo me interesan por la posibilidades que brindan para explicarme varios aspectos de la vida, sino porque, como tema, siguen brindándome varios frentes desde el cuál tratarlas, pero sobre todo, porque continúan emocionándome. Por eso son un tema recurrente para mí.

-¿De las tres cuál representó mayor dificultad para ti como autor?

-Las dos primeras (Quemar las naves y Montecassino: relatos para el fin del mundo) las escribí por encargo para ser montadas por una compañía teatral de Querétaro: la Tropa Teatro Artefactos, por lo que se escribieron al pie del escenario. Los actores relataban testimonios de vida que yo iba anotando. Juntos íbamos probando cómo contar tanto las historias personales como las que la investigación nos arrojaba. Por ser la primera, creo que Quemar las naves fue la más complicada, ya que no habíamos hecho nada así antes. Desconociamos si funcionaría o no, y cuál era el mejor camino. A veces andábamos en círculos. También resultó la más complicada de inicio por sus pretensiones: trasladar a la escena un formato mucho más cercano al ensayo que a la dramaturgia.

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Foto: cortesía del autor

-¿Cuál es la que te deja más satisfecho?

-Por ser el caso contrario, Vis a Vis; la única de la trilogía que escribí sin saber que sería llevada a escena. Sobre todo por haberme brindado la posibilidad de contar un relato como el presentado por Darian Leader, autor de La moda negra, (Sexto Piso, 2011), desde un formato que después, como ya comentaba, me permitió contar el del trío de amigos de Neighborhood.

-En Quemar las naves, ¿cómo fue recrear en escena la vida de Remedios Varo?

-En el laboratorio, para escribirla, la única certeza que teníamos era el tema: las despedidas. En el proceso trabajamos entre muchos otros documentos con una biografía de Remedios. Llegamos casi por azar a ella, pero pronto descubrimos que su vida podía leerse desde el tema que nos interesaba, por lo que contarla fragmentariamente nos permitía no sólo hallar la forma de abordar la obra, sino cohesionar las inquetudes que teníamos y que fuimos escribiendo a partir de nuestros testimonios.

-¿Consideras que Vis a Vis refleja la realidad de muchas parejas mexicanas?

-No sabría decir si de las parejas mexicanas, pero sí de buena parte de parejas que conozco. Originalmente me propuse escribir una historia de amor cercana al imaginario que de las parejas existe en el cine más comercial: departamentos de revista, puertas de embarque, caminatas aparentemente eternas por los parques, etcétera. Y poner esos lugares comunes al servicio de la anécdota de Leader, la cual tranformó todo. Intenté abordar un tema que, sin proponérmelo, terminó por cerrar la trilogía: la forma en que las decisiones que toman otros, acaso intentando protegernos, no hacen más que jodernos la vida.

-¿Es cierto que nunca se está listo para las despedidas?

-Creo que no. Al menos en mi caso, siempre las rehuyo. Las concibo como pequeños desvíos en el camino. Porque las cosas en la vida, creo, nunca acaban del todo en el mismo momento: puedes dejar una ciudad y no extrañar ni un rincón de ella, pero pronto descubres que no puedes vivir sin las personas con quienes la recorrías, o viceversa. A veces extrañas la voz metálica en el teléfono, o tan sólo un gesto, pero no a la persona. Por eso, salvo la muerte, todas las demás despedidas suceden tan sólo durante uno de los muchos momentos que componen el progresivo olvido.

-A propósito, ¿de los dramaturgos mexicanos cuál es tu favorito?

-Tuve la oportunidad de comenzar a escribir en el taller de Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio. Fue mi maestro durante un tiempo, y hasta la fecha lo considero el autor más interesante de la dramaturgia mexicana contemporánea.

-En la actualidad, ¿qué posibilidades tiene el teatro para conmover a los espectadores?

-Espero que sí las tenga, pese a la velocidad de las cosas, la saturación de imágenes, sonidos e información. A final de cuentas, el teatro es un arte vivo, un vestigio de la posibilidad que todavía conservamos para reunirnos a escuchar una historia; a un tipo o varios frente a su comunidad contándoles algo.

-Finalmente, ¿consideras que se hace buen teatro en México?

-Por supuesto. Yo tengo la gran ventaja de trabajar en la dirección artística de un festival importantísimo para la comunidad teatral del país, el de la Joven Dramaturgia. Eso me permite conocer lo que se escribe y lleva a escena en otros sitios; teatro no sólo de buena factura sino compuesto de discursos diversos interesantísimos.

Por José A. Rogerio Girón - Periodista y redactor de Correo del Libro.