Home»Viaje a bordo de ‘La pulga de Satán’

Viaje a bordo de ‘La pulga de Satán’

La pulga de Satán

Mariana Orantes


linea-verde

Editorial: Fondo Editorial Tierra Adentro-Secretaría de Cultura-DGP

No. 563

Año: 2017

Páginas: 104

linea-verde

bolsitaCómpralo aquí

 banner post

Leer La pulga de Satán es replicar los brincos de, precisamente, una pulga; pues en sus ensayos Mariana Orantes (Ciudad de México, 1986) salta de la historia de una legendaria embarcación fantasma hasta los paseos por la Unidad Habitacional Nonoalco-Tlatelolco y la naturaleza de los gatos.

Según los relatos, La Pulga de Satán fue una embarcación mercantil capaz de transportar a grandes velocidades todo tipo de cargamentos, le llamaban así por su tamaño y su capacidad “casi sobrenatural” para sortear toda clase de dificultades. El espíritu de ese barco vive en esta serie de 21 ensayos cortos escritos por Mariana Orantes, quien zarpa a través de la escritura por todo tipo de temas.

El volumen arranca con un primer bloque titulado “De Paseo con la Neurosis” que incluye: “Pequeño funcionario con cartera”, donde a partir de la visita a un banco trata la deshumanización de la burocracia. Luego en “Divagación de café” vemos con cierta ironía las implicaciones sociales y la extraña sensación que produce el uso cada vez más generalizado del internet y las redes sociales. “Un paseo por Tlatelolco” hace un recuento histórico y de los hechos que tienen que ver con aquella zona que se ubica al norte de la Ciudad de México. Posteriormente viene “El camino de los niños perdidos”, donde analiza el fenómeno de los menores desaparecidos, a partir del caso de la niña Daniela Xóchitl Elizarrarás Rojas. Finaliza la primera parte con “Memento mori”, reflexión sobre la muerte y las circunstancias en que ésta puede producirse.

Después vienen “Los Divertimentos”, ensayos cortos sobre el albatros (ave marina) y los gatos, entre otros temas, y al final “Cinco viejos maestros y una feminazi”, donde la autora del libro hace un recuento de lecturas como las de William Blake, Brueghel el viejo, Carlos de Sigüenza y Góngora, Roberto Juarroz  y sus experiencias como feminista en un entorno de machismo institucionalizado.

-Mariana, ¿cuándo nace tu vocación de escribir?

-Fue a la edad de 6 o 7 años, cuando comencé a escribir, y de las primeras cosas que quise hacer fueron cuentos. Mi abuela me contaba que cuando ella era niña,  yendo por el antiguo camino a Pachuquilla (en el estado de Hidalgo), llevaban un borreguito y se encontraron a un grupo de revolucionarios armados acampando y en torno a una fogata. A ella le dio mucho miedo. Quisieron acercarse un poco para verlos mejor, pero de pronto desaparecieron. Se convirtió en una historia de fantasmas que yo quise escribir en la primaria para un trabajo que nos pidieron. Cuando le dije a mi abuelita que había escrito el cuento y lo vio, no pudo contenerse y comenzó a llorar. Por cierto, aunque ella podía leer, no sabía escribir. Cuando la vi, pensé: ‘¿por qué está llorando?’, ¡algo hice mal!’ Ahí me di cuenta de que las palabras tienen un efecto, tienen una importancia, causan algo en las personas. Después se me fue un poco la onda de escribir hasta que en la universidad retomé esa inquietud.

-¿Y dónde te encontraste con los libros?

-Mis padres no son muy lectores. Mi papá un poco, pero tiene una formación en temas de administración y economía. Estudió administración de empresas, entonces sus libros siempre han estado relacionados con su profesión, no son muy divertidos. A mi mamá no le gusta leer, aunque a una de mis tías sí y ella fue la que me regalaba libros. A mi abuela paterna, que murió cuando yo estaba muy chiquita, le gustaba mucho escribir, pero por esta cosa de que tenía que ser la señora de la casa, mi abuelito nunca la dejó; de hecho la golpeaba cuando ella intentaba escribir. Así que para mí fue también una cosa como de rebeldía el hecho de escribir. A mi abuelita la golpeaban por no cumplir sus deberes. Ella mandó una vez un cuento a una revista y ganó un premio, entonces mi abuelo vio eso y consideró que estaba descuidando las labores del hogar y la golpeó. Todas las cosas que mi abuela escribió las tiraron, las rompieron y las quemaron. Cuando mi mamá se dio cuenta que me gustaba leer, y que tenía por ahí un libro y ese era el único libro que leía y releía, o que leía los libros de texto y los resolvía al derecho y al revés tres veces, me compró libros. Iba al bazar de cosas viejas y me compraba libros, muchos cuentos de hadas. Si algo me gusta en esta vida son los cuentos de hadas. Sin saber mucho de literatura ni nada porque no le gusta leer, mi mamá me compraba libros que veía en las librerías de viejo, sobre todo cuentos.

-¿Te gusta algún autor o libro en especial?

-Me encanta el cuento de Barba Azul, y entre las muchas versiones que hay me gusta la de Ángela Carter, La cámara siniestra; de hecho tengo tatuada en un brazo la llave roja de Barba Azul.

-¿Y de qué forma se cruza el teatro en tu camino?

-En realidad yo no tenía ningún interés en el teatro, hasta que conocí a mi maestro, mi amigo y mi todo, que es Hugo Hiriart,  a quien está dedicado el libro. Fue él quien me invitó a traducir y adaptar la obra Rey Lear, de William Shakespeare, y que finalmente se presentó en la UNAM. Después de esta experiencia tan intensa me enamoré del teatro. Tengo muchas ganas de volver a meterme ahí, aunque ahorita no he tenido tiempo por La pulga de Satán, pero sí me gustaría montar algo. Resultó un buen ejercicio literario, pues no es nada fácil adaptar a Shakespeare. Además tuvimos que traducirlo y adaptarlo al contexto mexicano actual. Me gusta mucho traducir poesía, de repente traduzco poemas del inglés al español.

-Se podría decir que incursionas de forma multidisciplinaria en la literatura…

-Ya tenía hechos varios de estos ensayos, acomodados y todo, pero sentía que les faltaba un poco de unidad, y quería hacer algunos juegos de ficción. Entonces en “El albatros y la canica” menciono una embarcación del siglo XIX, La pulga de Satán, y decidí abordar esa idea porque el barco específicamente no existió, yo me lo inventé para jugar con la ficción. Hay algo que no me gusta tanto, y es justo que muchos de los ensayos, sobre todo los académicos, siempre es como: “ah, tengo esta fuente y esta fuente me respalda, y como es así tienes que creerme”. ¿Pero por qué te tengo que creer si en esta época hay una falsa erudición? Voy a Google, busco algo que se ajuste al tema de mi ensayo, y ya con eso me salen un montón de libros y referencias, y todo lo utilizo para meterlo en mi ensayo, aunque yo no haya hecho investigación profunda sobre el tema. Eso es algo que no me gusta, esa falsa erudición. Entonces decidí jugar con eso, inventarme algunas cosas, sobre todo en los ensayos de la segunda parte. Me divertí un chorro escribiéndolos y dando como referencias, de repente, entre verdaderas e inventadas. Hay unos ensayos cuyas referencias todas son ciertas; por ejemplo “El camino de los niños perdidos” y “Don Carlos y los cometas”. Al final vemos cómo los casos más espeluznantes -los niños desaparecidos, la muchacha que se ahorcó en Facebook- son casos reales que rayan en la ficción y la ficción bien podría ser real.

-La misma brevedad de los textos te permite hacer esos juegos…

-Exacto. En las venas ensayísticas de México ya existe esa venita del ensayo corto, que empieza con Julio Torri. Cuando trabajé en la Fundación para las Letras Mexicanas, mi tutor, el doctor Vicente Quirarte, nos enseñaba mucho sobre el ensayo corto y a mí algunas cosas me picaron mucho la curiosidad.

-En “Divagaciones de café”, que por cierto es muy divertido, hablas de las redes sociales…

-Las redes sociales nos están dando otra forma de entendernos y comunicarnos. Justo en ese ensayo una de las cosas que más me preocupa es eso. Qué pasa si te mueres o te suicidas y tu Facebook se queda abierto para la eternidad o hasta que estallen los servidores de Facebook. Esa “proto-personalidad” que tienes ahí, esa “proto-persona” que muestras al mundo y que das a conocer a través de fotos sobre lo bien que te la estás pasando en tus vacaciones, pero también cuando denuncias cosas y haces activismo. Se vuelve como una persona a la que aspiras ser. Pero cuando te mueres, lo que se queda ahí flotando para siempre es tu vanidad. Eso queda como recordatorio para las otras vanidades que están ahí,  prueba que exististe. Eso es cuando alguien se muere, pero en el caso de que se suicide y su última fotografía permanezca ahí, me parece algo muy fuerte porque ya se quedó ahí, a menos de que la den de baja, porque los familiares lo pueden solicitar. Me tocó investigar acerca de un caso en que una chavita había matado a otra, pero lo había anunciado en Twitter. De hecho, después de que la mató, comenzaron a acosarla en Twitter, a decirle “asesina” los amigos cercanos, y a raíz de esto fue que la aprehendió la policía. La atraparon justo cuando fue al funeral, pero todo ocurrió básicamente en Twitter.

-¿Qué nos puedes comentar acerca de “El camino de los niños perdidos”?

-Me preocupa mucho la situación de la violencia, de hecho tengo un libro inédito sobre el tema; sobre violencia, asesinatos y crímenes en México. Es un trabajo de investigación, pero como te puedes dar cuenta, no puedo dejar de hacer chistes, entonces trato de meterle sarcasmo y acidez. Me preocupa porque tengo un primo desaparecido en Tamaulipas. Desde 2010 está desaparecido. Es un tema que me da mucha cosa… A mi tía le destrozaron la vida, aunque ella sigue esperando a que él regrese. Para mí es algo que entre que entiendo y no entiendo, entonces el ensayo me sirve para tratar todos estos temas a través del conocimiento de mí misma.

-De los 21 ensayos incluidos en La pulga de Satán, ¿cuál es tu favorito?

-Todos y ninguno.

-¿Cuál es el que te costó más trabajo escribir?

-En cuanto a investigación, el más difícil fue “Don Carlos y los cometas” (sobre la teoría de los cometas de Carlos de Sigüenza y Góngora), porque hay muchas fuentes, además la prosa novohispana, sobre todo ya científica, en la línea astronómica y filosófica, es un poco más compleja. A nivel personal serían dos: “Me dicen la feminazi”, así como “…Y me gusta ser una zorra (Anacorma)” porque hablo de la violencia en la prepa, la violencia sexual que uno sufre, de cómo pasa desapercibida y tienes que lidiar con ella a cada momento. Y fueron los que más trabajo me costaron, pero los que también más disfruté porque saltar al ruedo es muy interesante.

-¿Hay algún ensayo que te hubiera gustado dejar para una mejor ocasión cuando lo viste publicado?

-Los dos últimos que tratan sobre el feminismo; de hecho mi editor me comentó que rompían un poco con el resto, y me preguntó si los quitábamos, pero le pedí que se quedaran porque tenía esa necesidad catártica de que se publicaran ya, aunque me hubiera gustado trabajarlos un poco más. De hecho, me gustaría escribir un libro sobre estas experiencias que son un poco más personales.

-En el libro recuerdas a Chéjov cuando escribes que “en el arte no se puede mentir”…

-Es una idea a la que regreso siempre, me preocupa mucho. Inicialmente, cuando entré a la universidad me inscribí en la carrera de letras hispánicas, pero coincidió con que descubrí a los grandes escritores rusos, entre los que estaba Chéjov, y de repente hasta dejé de ir a clases para leer a los rusos. Al final no me pude titular por eso y me arrepentí. Comencé a recuperar toda esa tradición de la literatura hispánica, especialmente los místicos españoles y luego lo latinoamericano, del siglo XIX para acá. Pero tuvo que ser un aprendizaje autodidacta, toda mi formación viene de los rusos, especialmente de Chéjov, que para mí es el autor más grande. Siempre quise escribir cuentos como él. Me di cuenta de que no podía y me puse a hacer otra cosa. Mi sueño ideal es escribir cuentos, pero me cuesta muchísimo trabajo. Y la frase de Chéjov no tiene que ver con que tengas que decir siempre la verdad, porque justo estos ensayos de ficción caen un poco en decir una pequeña mentira blanca, sino en las intenciones del autor con respecto a su literatura, a lo que él quiere hacer y a lo que él es en sí mismo.#

Por José Antonio Rogerio Girón-  Periodista y redactor de Correo de Libro.

Fotos tomadas en la librería del Centro Cultural Elena Garro (Educal).