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Breve historia del ya merito

Varios autores

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Edición y prólogo: Rodrigo Márquez Tizano

Textos: Luigi Amara, Bef, Claudina Domingo, Pablo Duarte, Guillermo Fadanelli, Julián Herbert, Rodrigo Márquez Tizano, Antonio Ortuño, Daniela Tarazona, Carlos Velázquez, Raúl Vilchis, Juan Pablo Villalobos, Juan Villoro y Gabriel Wolfson.

Editorial: Sexto Piso

Año: 2018

Páginas: 216

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Un graffiti de en las afueras del Estadio Azteca con la imagen Pique, la mascota del Mundial de México 1986. Imagen: Streetart Chilango-Flickr.

Con permiso de Sexto Piso, reproducimos el prólogo de Rodrigo Márquez Tizano a este volumen de textos sobre los fracasos mundialistas de la Selección mexicana de futbol.

En Sexto Piso se habían guardado los cambios. Corría ya el año mundialista cuando comenzamos a cranear este libro que, por entonces, apenas aspiraba a convertirse en un elogio de la derrota. La historia de la Selección contada en lapsos de cuatro años, desde el 62, porque con el Jamaicón comienza el auténtico periplo del hambre. Minuto 90 y el cuarto árbitro a punto de encender su minutero. Pero el año mundialista es laxo con nuestras reticencias y ofrece licencia para desbarrar y pintarse la jeta color bandera y hacerse baba de ola y truene de matraca y convencernos de que sí se puede aunque nunca se haya podido y que aun cuando se pueda, si llega a poderse, nos vamos a tomar una licencia para desbarrar y mandar todo a la matraca porque en realidad lo que queremos es cantarle a lo imposible. Para creer que tenemos un país y no un mamey. A ser mexicano uno se acostumbra, pero buscar en el hábito una identidad nacional es, cuando menos, sospechoso. Aprendemos rápido: carrancear es un verbo regular. A las balas les decimos parque. Si hubiera parque no estuviera usted aquí. ¿Quién lo dijo? Qué más da. En el 93 Martinica se comió nueve goles en el Azteca y Zague hizo siete. Fue la primera vez que me dio gusto haber nacido en México. También fue la primera vez que quise dejar de ser mexicano. Un amigo escritor, incapaz de distinguir una pelota de una madeja de quesillo, tiene por costumbre mundialista ponerse de pie frente a la TV cuando suena el himno de México. Se lleva la mano derecha a la altura del corazón, saluda a la bandera y se pone a cantar con los jugadores. Nunca falta un patriota que lo acompañe, ni el orondo historiador de cantina que proponga un brindis por el masiosare, electo en algún inexistente certamen como el segundo himno más bello del planeta después de La Marsellesa.

Cada año mundialista trae consigo una promesa –el Quinto Partido, mito fundacional de nuestro credo- y un sistema de monetización multinivel tan eficiente que ha logrado independizarse de los resultados, sobre todo si toca compartir grupo con Alemania. Editar un libro sobre la selección mexicana en pleno año mundialista podría parecer una maniobra más para usufructuar la maltratada lealtad del aficionado nacional. Podría, si nuestro reloj fuese el conteo regresivo de una televisora. Pero esta Breve historia del ya merito lleva mucho escribiéndose en elipses y corrientes circulares. En tropiezo y huguiñas y penales fallados y penales que no eran pero fueron. En la soledad del Ángel en Reforma. Ahora bien, ¿cuánto tiempo cabe en un año mundialista? Según mis cálculos, medio año gregoriano y cien de los cósmicos. Una cuauhtemiña bien vale una década de torrados, y un brochazo del Maestro Galindo, directo al lienzo, hasta dos.

El año mundialista, en principio, divide la espera en múltiplos de cuatro, pero resulta complicado sincronizar su magnitud física sin que el tiempo de los afectos se traslape, siempre en presente, y suceda cada vez que lo invocamos. ¿Hay alguna unidad lineal para calcular el tiempo que pasó suspendido en el aire Manolo Negrete en medio del área búlgara? ¿En qué momento transmutó en plomo la papaya convidada por el Vasco Aguirre? ¿Y el arquero Mijailov? De vez en cuando divagará entre las estrías de los presentes simultáneos, en busca de ese 1986 donde la pelota se marcha al fin, indolora, por la línea de meta. El año mundialista es sus variaciones.

Así, cada uno de los textos que componen este libro es un pliegue único en el tiempo que, a su vez, desemboca en otros tantos. Conviven, sin distinción de género, la autobiografía, la ficción, el collage, el trabajo de archivo, el ensayo, la entrevista y la crónica. Formas de cristalizar la memoria en un lugar habitable. Desde el tránsito sentimental entre el futbol escuchado al futbol visto que evoca Juan Villoro en su texto sobre Inglaterra 1966, pasando por el salvaje Distrito Federal del 70 donde un jovencísimo Guillermo Fadanelli comienza a asimilar las claves del desencanto, o la Guadalajara del 86 en la que Antonio Ortuño usaba, bajo la casaca verde, una color rojo furia, hasta la Coahuila convulsa de este siglo, Julián Herbert, en 2006, y Carlos Velázquez, en 2014, logran desbaratar en maneras de entender, al unísono, juego y mundo. También hay espacio para los futuros que nunca llegaron, como el que propone Juan Pablo Villalobos en su texto-objeto sobre Japón-Corea 2002, para narraciones paralelas, como el relato que Claudina Domingo hace de Francia 98, para la acumulación de descripciones, notas y elementos no narrativos, como sucede en el recuento que hace Gabriel Wolfson sobre la aventura del seleccionado mexicano en Estados Unidos 1994 y hasta para disquisiciones sobre la geometría de los fracasos, como el ensayo de Luigi Amara sobre España 1982, año mundialista perdido de antemano.

Sobre todo, las piezas de esta Breve historia del ya merito, son maneras de apropiarse del azar y de prolongar la fugacidad de un ciclo por medio de procedimientos sensoriales. De transitar la fragilidad inmanente a la experiencia y negar su certidumbre una, dos, todas las veces. Cada campeonato arranca de vuelta en la infancia y nos recuerda que a veces es mejor envejecer en mundiales que en sexenios. ¿Pero subvertir las nociones cotidianas del tiempo no involucra negarse a interpretar el transcurrir como un trayecto bidimensional? Quienes suscriben que la vida es eso que pasa entre Mundial y Mundial, como si el futbol fuese un carro alegórico para interpretar el mundo, lo convierten en un asunto utilitario. Ordenan los hechos acaecidos en años mundialistas en atrás y adelante, quizá para establecer relaciones de causalidad. Nos hacen pensar que el futbol es necesario por los dividendos que proporciona y no por el futbol mismo. El deporte comenzó a pensarse en términos de importancia desde que la obligación se impuso al juego. Entendemos el futbol como cultura del esfuerzo, de la recompensa. Y así nos va.

¿Para qué sirve el futbol? Para lo mismo que la ternura. Arrigo Sacchi dijo alguna vez que el futbol es la cosa más importante entre las cosas que menos importan. ¿Y en el futbol qué es lo importante? ¿Los goles? ¿Vencer o ser vencido? ¿Volverse, al menos cada cuatro años, parte de un todo? Esta Breve historia del ya merito no es un apología del perdedor ni una representación lógica de nuestras miserias. Tampoco un estudio de la proclividad nacional al fracaso. No somos analistas de daños. Este ya merito es una franja de resistencia ante la tecnología del razonamiento estadístico y económico del juego. La historia no la escriben los que ganan ni los que pierden. La reescriben los que renuncian al tiempo. Si cada año mundialista es una escenificación de la épica al alcance de todos, cabe aclarar que lo sobrenatural y lo inesperado juegan un papel fundamental en la construcción de esa heroicidad lírica que en algún momento dejó de preguntarse quién ganó para comenzar a cuestionarse qué significa ganar. Quizá por ello Negrete sigue ahí, suspendido sin medida, ajeno a la gravedad y a los dictámenes de los victoriosos o los derrotados, como un astronauta flotando en el infinito cosmos de la memoria.

Rodrigo Márquez Tizano – Escritor y editor de Vice Argentina, Dulce Ciencia Editores y Solidaridad Press.

 

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La experiencia de leer

Sobre el editor

Rodrigo Márquez Tizano (Ciudad de México, 1984) escribe, edita y da clases en la universidad. Es autor de los libros de relatos Caballos de fuerza (Arteletra, 2008) y Todas las argentinas de mi calle (MoHo, 2010). Ha sido becario del programa jóvenes creadores del FONCA (2012 y 2015) y es maestro por la Universidad de Nueva York. Trabaja como editor de la revista Vice y forma parte de la Dulce Ciencia Editores, sello editorial dedicado al mundo del boxeo. Yakarta (Sexto Piso, 2016) es su primera novela.

Sobre la edición

En este volumen se reúnen 14 textos correspondientes, cronológicamente, a las participaciones de la Selección mexicana en los Mundiales de futbol. Bef escribe «La historia de El Jamaicón Villegas» (Chile 1962); Juan Villoro, «Las manos del tiempo» (Chile 1962 e Inglaterra 1966); Guillermo Fadanelli, «El vanidoso anfitrión» (México 1970); Pablo Duarte, «La mordida del perro negro» (Alemania 1974); Rodrigo Márquez Tizano, «El año de la pesta» (Argentina 1978); Luigi Amara, «La pelota cuadrada» (España 1982); Antonio Ortuño, «El nacimiento de una maldición» (México 1986); Raúl Vilchis, «Estampas de los que no llegaron» (Inglaterra 1990); Gabriel Wolfson, «Todos unidos por una pasión: el año aciago» (Estados Unidos 1994); Claudina Domingo, «Estática» (Francia 1998); Juan Pablo Villalobos, «Ese mundial lo íbamos a ganar» (Japón-Corea 2002); Julián Herbert, «Ahora imagino cosas» (Alemania 2006); Daniela Tarazona, «Al otro lado del río» (Sudáfrica 2010); Carlos Velázquez, «Por favor, yo necesito un gol» (Brasil 2014).

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También puedes leer

 

El texto de Antonio Ortuño de este volumen

Juan Villoro: "El fútbol es una novela"

"El mundo Mundial": la columna de Martín Caparrós sobre el mundial de futbol

'En qué pensamos cuando pensamos en fútbol': Simon Critchley y sus pensamientos sobre futbol

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