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Ciencia ciudadana

Cómo podemos todos contribuir al conocimiento científico

Caren Cooper

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Editorial: Grano de sal/ Secretaría de Cultura-DGP

Año: 2018

Páginas: 292

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Foto: Narrative alchemist.

¿Es necesario tener una bata, una sala aséptica, un microscopio, probetas y una beca para ser un científico? Y si volvemos un poco más realista esa caricatura, ¿tenemos que ser varones blancos y pertenecer a una de las grandes universidades de Occidente?

Caren Cooper cuenta que la propia palabra “científico” (scientist) se originó en 1833, en plena expansión de la ciencia positivista por toda Europa. Aunque el término pronto se extendió para abarcar a cualquiera que tuviera un interés general por las matemáticas, la física o la biología, en realidad surgió como un eufemismo para referirse a Mary Sommerville —astrónoma, lingüista y suffragette escosesa—  como científica y no como “hombre de ciencia”.

En esa breve anécdota se concentran muchas de las dinámicas y condicionantes de la ciencia como actividad en un mundo complejo: la hegemonía masculina sobre el quehacer científico, la vulnerabilidad de las mujeres ante sus colegas hombres, la ciencia como una profesión nacida en la cuna del expansionismo imperialista. En suma, la historia de una ciencia bicentenaria que se desarrolla ahora más como una ocupación de tiempo completo, arbitrada por colegios de investigadores obligados a escribir paper tras paper o limitados por el capital privado y sus intereses.

En última instancia, la división entre ciencia y sociedad está tan interiorizada que la curiosidad del ciudadano de a pie está sometida a la autoridad del científico investido por esta historia de laboratorios, presupuestos privados y gubernamentales, y literatura especializada.

Ciencia ciudadana. Cómo podemos todos contribuir al conocimiento científico no es un libro en contra de ese esfuerzo institucional, pero sí un recordatorio de que las raíces de eso que Gaston Bachelard —poeta, filósofo, físico y epistemólogo— llamaba “el espíritu científico” no están en una investidura ni en un título académico: históricamente, la ciencia ha sido un motivo de preocupación y de ocio para miles de científicos amateurs, de héroes y obreros de la ciencia que han reportado el oleaje de las costas cercanas a su casa, el avistamiento de un ave en peligro de extinción, el movimiento de los planetas desde telescopios caseros, o algo tan cotidiano como el clima del día a día.

Contra el tesón tecnocrático del neoliberalismo, que tiene en la ciencia inaccesible y lucrativa a ultranza uno de sus mejores instrumentos coercitivos, Caren Cooper realiza una historia de la ciencia ciudadana, un esfuerzo colectivo y a pequeña escala que ha permitido realizar investigaciones que un número limitado de científicos profesionales sería incapaz de asumir. Cooper reafirma el papel de aquellos voluntarios anónimos que han entregado su tiempo, su inteligencia y sus mediciones y datos en la construcción de un conocimiento que no sólo es válido y útil, sino que también apela a la curiosidad, el deseo de conocer el mundo y el ocio. Una ciencia que es de carácter público y colectivo.

En tres capítulos que hablan de meteorología como una excusa para algo más que la charla casual, observadores de aves que han ayudado a trazar las grandes rutas migratorias de millones de pájaros, astrónomos amateurs que buscan vida en otros planetas con cámaras digitales, cazadores de microbios y moléculas que tienen tanto que ver con el entusiasmo de Paul de Kruif como con el rigor de Pokémon Go, los monitores de tortugas que han ayudado a proteger el hábitat en común que compartimos con la fauna marina, los mineros de datos que han ayudado a comprender las causas del cáncer recurriendo a las redes sociales o el activismo con miras a reformar el propósito y los presupuestos de las investigaciones de salud pública.

Así como la gobernanza es el derecho y la responsabilidad de participar en las decisiones que afectan al colectivo sin formar parte de un partido político o de una dependencia de gobierno, los científicos ciudadanos ejercen su derecho a participar e interesarse en el esfuerzo político.

Caren Cooper abre su libro con un epígrafe de George Bernard Shaw que es una advertencia y una reflexión sobre lo que está en juego cuando se habla de la ciencia para todos: “El efecto de esta situación es que la medicina como profesión se ha convertido en una conspiración para ocultar sus propios defectos. Seguro puede decirse lo mismo de cualquier profesión: todas son conspiraciones contra los legos”. Y esto antes de que surgieran otras conspiraciones tecnócratas como en la economía y otras ciencias sociales habituadas a un oscurantismo que a veces habla menos de la dificultad de una ciencia que del proteccionismo instalado alrededor de ella.

Así pues, este libro es sobre aficionados al conocimiento de la ornitología, la microbiología o la oncología cuyas contribuciones han sido tan importantes como las investigaciones de los Premio Nobel y los grandes laboratorios. El libro termina con un llamamiento a la acción por parte de la propia Caren Cooper, quien invita a sus lectores a involucrarse en proyectos y equipos de trabajo de todo tipo de disciplinas a través de su portal SciStarter. Nunca como ahora, y con este libro, la ciencia había estado tan cerca de volver a nuestro día a día.

Ensamblado a través de entrevistas y fuentes documentales, e ilustrado con fotos y diagramas que fueron fruto de las contribuciones de científicos aficionados, Ciencia ciudadana es a la vez una historia mínima del entusiasmo científico y un manifiesto por su reconciliación con la sociedad.

Olmo Balam – Editor de Correo del Libro.

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La experiencia de leer

Sobre la autora

Caren Cooper es ecóloga de formación, es profesora en la Universidad Estatal de Carolina del Norte y corresponsable del laboratorio sobre biodiversidad del North Carolina Museum of Natural Sciences. Convencida de que toda actividad científica es un asunto de interés público, Caren es una infatigable promotora de la ciencia ciudadana, la ciencia abierta y la comunicación de la ciencia.

Sobre la edición

La traducción de Laura Lecuona no sólo es rigurosa al verter al español los múltiples términos técnicos que se usan a lo largo del libro, sino que también traslada el sentido del humor y la claridad de Caren Cooper.

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