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De la estupidez a la locura

Crónicas del futuro que nos espera

Umberto Eco

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Editorial: Lumen

Año: 2016

Páginas: 504

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“La Bustine di Minerva” (2016). Reproducción y homenaje a las cajas de cerillos en donde Umberto Eco solía escribir de improviso sus ideas. Imagen: Enrique Lucchese, Flickr.

La muerte de Umberto Eco en febrero del año pasado fue un verdadero terremoto literario en Italia. Se publicaron cientos de obituarios recordando al filósofo (con cariño, dejando las asperezas del pasado en el pasado), hubo programas especiales de televisión, cientos de personas acompañaron al féretro en Milán. La movilización también llegó a las librerías. En menos de 24 horas, su obra póstuma, un mosaico de crónicas sobre temas diversos, vendió 75 mil copias tan solo en Italia.

Eco empezó su actividad como cronista en 1985, cinco años después del éxito mundial de El nombre de la rosa. Escribía para L’Espresso la columna “La bustina di minerva”, que mantuvo activa hasta sus últimos días. Eco elegía sus títulos para recordarnos que todo viene encriptado y en fragmentos.

En el primero de aquellos artículos, Eco aclaraba que su columna no hacía referencia a la diosa de la sabiduría, sino a una caja de cerillos llamada Minerva. “Las mejores ideas vienen por casualidad”, se lee en esa crónica inaugural de un hombre que, como buen fumador profesional, gustaba de anotar las ideas que le asaltaban de repente en los laterales de sus cajas de cerillos. Sin embargo, pese a la negación juguetona, la referencia a la diosa romana es clave para comprender la ambición de estos textos. Por un lado, la velocidad del fuego de los cerillos nos alerta sobre la fragilidad de las ideas, que estallan y se apagan con el aire; por otro, señala lo fácil que es confundir sabiduría con simples destellos.

De la estupidez a la locura. Crónicas para el futuro que nos espera es una selección de esos relámpagos. “Lo ideal es que todo texto sea leído dos veces”, escribe Eco, “una para saber lo que dice y la otra para apreciar cómo lo dice”. Lejos de pontificar desde los conceptos teóricos, Eco compone sus crónicas de manera clara y accesible, como apropiándose de la oralidad del cuentista y cumpliendo con su idea de que “el saber se difunde a través de historias”. Navega a la vez con soltura y profundidad entre personajes tan dispares como James Bond, Silvio Berlusconi, el papa Francisco, Michel Foucault o la filósofa Donna Haraway.

Pocos temas escapan a las reflexiones de Eco. Nunca ofrece soluciones cerradas. Duda, tantea. El título original del libro en italiano, Pape Satàn Aleppe. Cronache di una società liquida, da cuenta de la incapacidad de interpretar el mundo sin saberse un poco ciego. Retoma los versos con que inicia el canto séptimo del Infierno de Dante —“pape Satàn aleppe”— que los estudiosos no han podido descifrar del todo y que también para Eco son impenetrables, abiertos a múltiples significados o incluso a la ausencia de tales. “Me pareció por lo tanto cómodo usarlas como título de esta recopilación”, escribió, “refleja la naturaleza líquida de estos últimos 15 años”.

La fluidez y la incapacidad de descifrar el mundo son elementos clave que aparecen con recurrencia a lo largo del libro. Por esa razón cuesta entender por qué Lumen, en la edición en español del libro, ha sustituido en el título los versos crípticos de Dante por la explicitud: De la estupidez a la locura y la alusión del subtítulo a la teoría de Zygmunt Bauman, por una idea tan general como Crónicas para el futuro que nos espera. Parece arriesgado decir que estas crónicas se dirigen al futuro por venir. Los textos de Eco son un ir y venir en el tiempo, un esfuerzo por dar sentido al pasado, al presente, y no sólo al porvenir que esperamos efectivo, sino a los otros tantos escenarios futuros que no podemos adivinar.

Si, como escribe, “el posmodernismo marcó la crisis de las grandes narraciones”, Eco configura con sus crónicas, collages sin una voluntad ontológica; recompone el mundo parcialmente, por temas, sin abanderar ni destruir modelos ni paradigmas, tan sólo con pequeños ensamblajes que construyen breves espacios de sentido que funcionan como ráfagas de luz.

Eco propone un modelo de búsqueda e interrogación transversal, que transcurre sobre temas clave como la movilidad y la desestructuración del trabajo, la visibilidad como valor o la velocidad de las interacciones humanas. La liquidez no sólo aisló al individuo (sin puntos de referencia ni instituciones a las qué aferrarse), sino que también liquidó su dimensión histórica. Vivimos atrapados en un presente continuo, nos alerta el autor, y esto nos impulsa a un movimiento perpetuo, casi mecánico, sin distancia para la reflexión.

El presentismo, señala igualmente, configura nuestra visión del mundo y nos condena a vivir en un presente compulsivo. Así se explica, por ejemplo, nuestra obsesión por captarlo todo con el teléfono celular (instrumento que exige “una adhesión total al presente y un frenesí de contacto que nos priva de cualquier momento de reflexión solitaria”), por aparecer en televisión a cualquier precio o el crecimiento desenfrenado de la producción, que olvida que “el progreso no consiste necesariamente en ir hacia adelante a toda costa”.

Eco nos desarma con su ironía y también nos hace reír. “De la estupidez a la locura”, el último capítulo que da nombre a la edición de Lumen, es quizás el apartado más provocador, el más indignado y punzante. Básicamente, Eco concluye que las cosas más representativas de nuestro siglo son inútiles o estúpidas: la televisión es estúpida, Bush es estúpido, los prólogos son inútiles (y estúpidos), los habitantes de Twitter son estúpidos, los que creen en el tarot son estúpidos, y los incrédulos del 11 de septiembre también. “No hemos hecho más que empezar, pero seguro que veremos cosas alucinantes”, escribe. Y es que la estupidez y la locura pueden llevarnos a casi cualquier cosa.

Marina Alonso de Caso

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La experiencia de leer

Sobre el autor

Umberto Eco (Piamonte, 1932 – Milán, 2016) estudió filosofía en Turín, interesándose primero por la escolástica medieval y más tarde por la cultura popular contemporánea. Doctor en filosofía, empezó su carrera en televisión. Los medios de comunicación fueron uno de los temas por los que más se interesó como teórico. Fue pionero en el estudio de los signos y su recepción, y supo incorporar sus teorías sobre los límites del lenguaje literario en su propia actividad como novelista. Es autor de ensayos clave en lingüística y semiología como Lector in fabula, La obra abierta o Apocalípticos e integrados, pero es sobre todo conocido por su actividad como narrador. Se consagró con El nombre de la rosa (1980) y el éxito se repitió a partir de entonces con títulos como El péndulo de Foucault (1988) o Baudolino (2000).

Sobre esta edición

A pesar de las casi 500 páginas del volumen, la edición de Lumen es práctica y manejable, y se lee cómodamente. La traducción a cargo de Helena Lozano Miralles y Maria Pons Irazazábal es muy fluida, y la edición del texto es impecable. Se agradece también una bibliografía de las obras que el autor menciona, muy práctico para seguir navegando entre las referencias que comparte.

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