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El llano en llamas / Pedro Páramo / El gallo de oro

Edición conmemorativa por el Centenario del nacimiento de Juan Rulfo

Juan Rulfo

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Editorial: RM-Fundación Juan Rulfo

Año: 2017

Páginas: 506

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Juan Rulfo. Foto: Especial

Algo más de medio millar de páginas componen la obra completa de Juan Rulfo. Menos aún si sólo se toma por bueno, por completo, el dúo de libros que publicó en los años 50. El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955) han dominado desde entonces la literatura mexicana. Un dominio ejercido a partir del silencio y la brevedad, bajo el peso de una obra escrita y su contraparte, la que nunca se llegó a verter en letras.

Muy diferente fue la obra de Rulfo a la de, por ejemplo, sus contemporáneos, Octavio Paz y Carlos Fuentes, los otros dos escritores que marcaron el siglo XX de las letras mexicanas, sin llegar a asaltar el lugar que el jalisciense ocupa muy pronto y con sendos libros breves. No sólo por longitud, sino también porque la energía que irradia del lenguaje rulfiano es lunar y no solar. La luna, a pesar de las atmósferas agrestes y soleadas del Bajío, de la provincia que marca la frontera con el norte, es más potente en sus libros que el astro diurno y esparce su reflejo sobre montes, cananas, ríos raquíticos y siluetas de fantasmas. Algo lúgubre y melancólico hay en el centro de Rulfo que fascina tanto como acongoja. Su calor es nocturno, plasma de espíritus.

Sigue siendo inaudita la brevedad de Rulfo, de tintes casi rimbaudianos y rayan en la renuncia a la literatura o, al menos, a la vida del escritor profesional como la conocemos hoy en día. Por mucho que la editorial RM despliegue en su catálogo dedicado al escritor de Sayula numerosos complementos (companions), donde se cuentan borradores, facsímiles, obras fotográficas (que van desde ferrocarriles, escenas oaxaqueñas, hasta paisajes jaliscienses), textos periféricos y algunos críticos y hermenéuticos, 100 años después del nacimiento de Juan Rulfo y a más de medio siglo de haber instalado sobre sus lectores una sombra, se sabe al menos que nunca se dirá lo suficiente sobre el laconismo de sus dos libros.

Si bien Rulfo ya no volvió a publicar un libro de largo aliento, sí se dedicó a cuidar y a perfeccionar su obra hasta el punto de que cada línea tiene sedimentos muy profundos, desde recortes que mejoran la concisión de los cuentos hasta coloquialismos tan sonoros como arcaicos. Por eso no es menos fascinante la historia editorial de los libros “canónicos” de Rulfo y sus periféricos o “apócrifos” –aquí esos adjetivos se tornan casi literales, como si se estuviese hablando de textos bíblicos o de procedencia mitológica, y no de los cuentos y novelas de un escritor del siglo pasado.

Solo el Llano en llamas ha sufrido tantas enmiendas al orden de sus cuentos hasta alcanzar su forma actual, que edición tras edición se ha vuelto un libro con diferentes capas tonales. Quien haya leído más de una vez estos 17 cuentos de Rulfo se sabe, como si se tratara de un álbum, esa secuencia que va desde “Nos han dado la tierra” hasta “Anacleto Morones”. No es sólo la costumbre y la brevedad que permiten leer el libro en cuestión de horas, es la construcción de un volumen de cuentos que nunca pierde su unidad: como en un camino ascendente van circulando los cuentos de “Nos han dado la tierra”, La cuesta de las Comadres”, “Es que somos muy pobres”, “El hombre”, “En la madrugada”, “Talpa”, “Macario”, narraciones en las que se cuentan destinos individuales pero también se construye un cosmos, el del campo mexicano después de la Revolución, la violencia rural, la religión como rito y como superstición, un escenario en común hecho de casuarinas y paraneras.

Así va el libro hasta encontrar su clímax en “El llano en llamas” y “Diles que no me maten”, dos cuentos sobre venganza, asaltantes de caminos, violaciones y pobreza que en 2017 adquieren una densidad terrible, de profecía incluso frente a la barbarie de las guerras del narcotráfico (hoy llamaríamos “sicarios”a sus protagonistas). Después, siguen narraciones más breves, como “Luvina” –prácticamente un poema en prosa-, “La noche que lo dejaron solo”, “Paso del Norte” –uno de los prototipos de la narrativa de migrantes– y “Acuérdate”. Se cierra El llano en llamas con una parábola sobre la paternidad como “No oyes ladras los perros”; una farsa del lenguaje proto-priista, “El día del derrumbe”; “La herencia de Matilde Arcángel” y “Anacleto Morales”, estos últimos se añadieron tiempo después, pero clausuran el volumen con una perfección inigualada en otros libros de cuentos.

Pedro Páramo, mientras tanto, ha inspirado todo tipo de leyendas sobre su manufactura, hasta el punto de que hoy se leen con un mismo fervor el texto publicado y sus borradores: “Una estrella junto a la luna” (de cuando sólo era un cuento proyectado) y sobre todo, Los murmullos (el título provisional para la novela más famosa de nuestras letras).

Influenciada por la novela de la Revolución mexicana –especialmente Nellie Campobello y Mauricio Magdaleno (cuyo El resplandor ya tiene dentro de sí muchos elementos que florecerán en Rulfo); y por autores modernistas como Jean Giono y Charles-Ferdinand Ramuz -como lo apunta Eduardo Antonio Parra-, Pedro Páramo es la novela por excelencia del siglo XX mexicano, la que aúna su milenario pasado rural con la vanguardia y la literatura universal; el lenguaje de los olvidados del campo conjugado con la diversidad de estructuras y voces narrativas de la nouveau roman (por ese entonces a la moda) y de lo que tiempo después se daría en llamar “realismo mágico”, que no fue otra cosa que un desapego de la función positivista de la novela en favor de un regreso a las raíces del arte literario.

La búsqueda de Juan Preciado en pos de su padre, el cacique que da nombre a la novela, es todo lo que el lector quiere ver, pues se trata de un libro abierto (una opera aperta, como decía Eco), inacabable: una encarnación del monstruo de la violencia mexicana –el tigre al que tanto temía Porfirio Díaz, ese mismo que anda suelto hoy-; un preludio del ogro filantrópico que habría de surgir de la guerra civil peleada en suelos de provincia; un sueño donde se dan cita los muertos, miembros de una misma patria: Comala. Junto a El llano en llamas, Pedro Páramo funciona como un díptico, un microcosmos narrativo autosuficiente.

Si Rulfo pensó en una dupla, el mundo editorial ha completado una trinidad. Así es como El gallo de oro ha llegado a forjarse un lugar firme como el tercer libro de Rulfo, aunque siempre fue ante todo una antología de obras reunidas. Primero, el cuento (o noveleta) que da nombre al libro, sobre un pobre diablo que encuentra a un gallo con el don de ganar pelea tras pelea en palenques a lo largo del Bajío. Es un cuento que sin problema podría formar parte de El llano en llamas, pero que se caracterizó porque Rulfo lo quería como modelo para múltiples guiones (todos ellos en gran medida fallidos una vez transportados al cine). Junto a El gallo de oro está otro de los textos de culto de Rulfo: “La fórmula secreta” (1964-1975), un poema de protesta y elegía a la vez que sonoriza la película del mismo nombre, de Rubén Gámez y que contó con la recitación de Jaime Sabines. Están presentados, pues, dos vertientes que Rulfo profundizó como su amada fotografía, el cine y el arte contemporáneo, una demostración de que el autor era también un escritor de su tiempo.

Esta edición de El gallo de oro incorpora además otros textos tempranos como los cuentos: “La vida no es muy seria en sus cosas” y “Un pedazo de noche”, una carta a Clara Aparicio y “Castillo de Teayo”, uno de los textos más raros de Rulfo que comparte lugar con otros fragmentos de tintes autobiográficos: “Mi tía Cleotilde”, “Mi padre” o “El descubridor”.

Esta caja contiene, entonces, lo que la editorial RM llama “textos definitivos” de Juan Rulfo, es decir, aquellos que el propio autor revisó por última vez y los que se han comparado con todas las ediciones anteriores. No es poca cosa, ni para quien se adentre por primera vez a Comala o a Talpa, ni para quienes han leído múltiples veces las sagas rulfianas. Es una edición que, a pesar de su carácter definitivo, no interfiere en la lectura, ya que no cuenta con pies de página ni ensayos introductorios.

Así pues, aquí está Rulfo directo y sin escalas, forjador de un mundo en el que priva la inversión de la materia: el aire gotea, el viento trae consigo los sonidos –casi siempre de voces lejanas y ladridos–, la luna es una presencia líquida como luminosa; no es el poder del oxímoron sino el de las cosas el que se levanta a través de la lengua de este inmenso escritor autor de sus propios libros proféticos: los del futuro que está contenido en el presente.

Olmo Balam – Editor general del Correo del Libro.

 

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La experiencia de leer

Sobre el autor

Juan Rulfo (16 de mayo de 1917, Sayula, Jalisco – 7 de enero de 1986, Ciudad de México) creció en San Gabriel donde recibió las primeras lecciones de lectura durante una infancia marcada por la muerte temprana de sus padres. Más tarde viajaría a la Ciudad de México donde asistió a la Facultad de Filosofía y Letras y tomó cursos de literatura, historia, antropología y geografía de México. Empezó a publicar cuentos en revistas y a ejercitarse como fotógrafo. En 1953 publicó su primer libro, El llano en llamas, y en 1955 Pedro Páramo, mismos que lo harían célebre casi de inmediato. De ahí en adelante se dedicaría a escribir guiones, tomar fotografías, pero ya no a publicar libros completos. Los últimos años de su vida los pasaría como funcionario del Instituto Nacional Indigenista. Desde entonces, su obra se ha convertido en un pilar de la literatura mexicana.

Sobre la edición

Se reúnen en una caja los tres libros rulfianos con el diseño que ya habían tomado en 2016 y un sello dorado del centenario, que lo distinguirá de las próximas encarnaciones de esta versión. Las portadas cuentan además con grabados del ilustrador Artemio Rodríguez: El Llano en llamas tiene unos bandoleros en la portada; Pedro Páramo, dos perros salvajes y El gallo de oro, el ave titular de perfil. La edición además reúne los textos definitivos de Juan Rulfo. La tipografía de los volúmenes es de la familia Linotye Janson Text, versión del húngaro Miklós Kis, bajo la supervisión de Adrian Frutiger.

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