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Gran Hotel Abismo

Biografía coral de la Escuela de Frankfurt

Stuart Jeffries

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Traducción: José Adrián Vitier

Editorial: Turner Noema

Año: 2018

Páginas: 484

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En primer plano: Max Horkheimer (izquierda) y Theodor Adorno (derecha)

Cuenta Diógenes Laercio en el cuarto libro de la Vida y obra de los filósofos ilustres que la geometría, la música y la astronomía eran requisitos para entrar en la Academia de Platón. Del mismo modo podría decirse que para participar en la Escuela de Frankfurt era indispensable ser marxista o haber leído directamente a Marx.

Gran Hotel Abismo. Biografía coral de la Escuela de Frankfurt de Stuart Jeffries es una summa narrativa de paciencia y agudeza mental que sintetiza en un robusto volumen el pensamiento de los intelectuales marxistas de la primera mitad del siglo XX y, en menor medida, a sus sucesores. A partir de una prosa libre, la biografía coral puede leerse de continuo como si de una novela se tratase. El autor combina los aspectos íntimos de la vida de Benjamin, Adorno, Horkheimer, Marcuse, Fromm, Korsch, Grossman, Sorge y otros más, con el contexto social, político y económico de Alemania, Europa central y Estados Unidos, países en los que desarrollaron su trabajo.

El libro se distancia de la grandilocuencia intelectual que durante los últimos años ha buscado revivir el marxismo a partir de una mezcla heterogénea de psicoanálisis y estudios sociológicos y poscoloniales. Para no caer en errores de interpretación y para conocer qué tipo de marxismo proponían los participantes de la Escuela de Frankfurt, lo primero por hacer, según Jeffries, es adentrarse en la compleja raigambre de las personalidades e intereses particulares de sus integrantes. Lo segundo: trazar las fronteras entre lo dicho, lo interpretado y lo inventado. Finalmente, en un tono dialéctico, construir una narrativa que explique por qué asumieron un compromiso con la teoría y olvidaron la praxis revolucionaria, falta que Marx señalaba en la onceava tesis de Feuerbach.

Gran Hotel Abismo reabre el debate sobre la formación intelectual de cuño marxista que contemplaba fríamente cómo el positivismo lógico inglés y vienés gobernaba la producción académica en occidente. Al lector del siglo XXI le debe resultar indispensable asomarse a la proyección que la investigación marxista sigue teniendo sobre la crítica cultural del capitalismo tardío. Que la memoria no nos falte, pero sobre todo, que el pensamiento no se esconda.

Del Instituto a la Escuela.

Salvo Henryk Grossman, un abogado obrero a quien Jeffries califica de “rareza” y que participó activamente en la praxis revolucionaria, los demás integrantes de la Escuela fueron intelectuales de escritorio. El título del libro proviene de una anécdota: Lukács acusó alguna vez a los frankfurtianos de que sus miembros se hospedaban en un hotel equipado con toda suerte de lujos y desmesuradamente cómodo, lejos de la sufriente realidad obrera.

La primera generación de integrantes de la llamada Escuela de Frankfurt fueron hijos de empresarios exitosos de origen judío: Walter Benjamin, hijo de un hombre de negocios y anticuario; Max Horkheimer, de un propietario textil; Herbert Marcuse, de un hombre de negocios; Friedrich Pollock, del propietario de una fabrica de cuero; Theodor W. Adorno, de un comerciante de vinos; Erich Fromm, hijo de un ortodoxo de la sinagoga local. Todos ellos gracias a su privilegio de cuna pudieron dedicarse por entero al estudio. Estos hijos del nuevo siglo tenían en común su rechazo al dinero y a la burguesía a la que pertenecían.

Contrario a una homogeneidad biográfica, las pasiones que albergaron desde su infancia fueron distintas. Adorno fue un amante de la música de cámara y de la cultura clásica a la que dedicó profundas y añorantes investigaciones en su etapa de madurez. Max Horkheimer fue educado para suceder a su padre en la dirección de la compañía industrial, pero en rebeldía contra ese mandato paternal escribió novelas cortas de crítica social en las que sostenía que el sufrimiento compartido de la clase trabajadora los unía y propiciaría consecuentemente una revolución social. Erich Fromm, a partir de la lectura de Bachofen y su tesis del matriarcado primitivo, orientó su descripción del capitalismo hacia la contraposición del amor paterno y materno. Walter Benjamin, a partir de una sufriente infancia y su tendencia a la melancolía arropada por la lectura de Proust y Kafka durante sus viajes por Rusia e Italia, meditó sobre la historia y en contra de una visión cronológica de la historia, elaboró una narrativa de entradas y salidas constantes. Sus aportes en relación con la obra de arte en la era de la producción técnica y su inconclusa obra magna, el Libro de los pasajes, ambicionaban una reformulación sin igual al consumo de las mercancías que sigue siendo relevante en el mundo contemporáneo.

“Teoría crítica” de Rainer Ehrt. De arriba a abajo y de izquierda a derecha: Max Horkheimer, Theodor Adorno, Herbert Marcuse, Vladimir Lenin, Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci, Walter Benjamin, Karl Marx, Friedrich Engels y Ernst Bloch. Imagen: Rainer Ehrt / Album / AKG-Images/ El País.

Los participantes de la Escuela, piensa Stuart Jeffries, no encontraban su sitio en el mundo. El refinamiento les asqueaba y aunque su espacio idóneo era las universidades, al comenzar la década de los 30 éstas tenían una orientación germanófila en la que no cabían los estudios culturales y mucho menos los de enraizamiento marxista. Casi de manera unánime rechazaron la guerra. Salvo el húngaro György Lukács y el teórico marxista Karl Korsch, quienes se afiliaron al Partido Comunista, los demás pensadores permanecieron alejados de la militancia activa. Marcuse fue un caso excepcional, ya que la Revolución bolchevique lo radicalizó a pesar de que el levantamiento comunista fracasó en Alemania, aunque esta idea seguiría latiendo en sus escritos decisivos de los años 60.

El Instituto de Investigación Social, como se llamó formalmente a la Escuela, surgió a partir de unas jornadas organizadas por Félix Weil -hijo de un adinerado judío exportador de cereales- para debatir el problema práctico del socialismo, en 1923. Un año después, el Instituto abrió sus oficinas con la consigna de construir una metodología científica del marxismo bajo la dirección de Carl Grünberg. Bajo el liderazgo de Grünberg, el Instituto se abocó a documentar la historia del marxismo. Esterilidad pura, a ojos de los frankfurtianos. Contradicción a los ojos de los militantes revolucionarios y alemanes exiliados o como escribe Jeffries: “desde sus inicios, la Escuela de Frankfurt estuvo plagada de paradojas. Marxista, pero no al punto de declarar su filosofía por su nombre…Marxista pero financiada por un capitalista. Marxista pero sin afiliación partidista”.

Más allá de los aportes de Karl Korsch o la obra capital de Lukács, Historia y conciencia de clase —que instituyó términos marxistas de la Revolución bolchevique (reificación y conciencia de clase)— el impulso decisivo que alumbró la fama de la Escuela de Frankfurt se dio cuando Pollock, Horkheimer y Adorno tomaron las riendas del Instituto en 1931. Gracias especialmente a los dos últimos, el Instituto se tornó interdisciplinario y enfocó su estudio en la cultura de masas, la comunicación, la tecnología y la control ideológico del capitalismo. Previsiblemente, los lectores que formaron parte de la nómina de la Escuela de Frankfurt tuvieron diferentes interpretaciones de la obra de Marx.

Puesto que Horkheimer encontró inadecuado proseguir con las investigaciones desde el marxismo científico, propuso la recuperación de otras ideas adyacentes a Marx. El Instituto, amén de la pluralidad de estudios, se convirtió en una plataforma de investigación para los problemas del siglo XX. Pero pronto el ascenso del nacionalsocialismo forzó la fragmentación de sus miembros, misma que se agrandó con el exilio estadounidense y diluyó la cohesión inicial del grupo. El Instituto, después de un largo peregrinar por Europa, desembarcó en Nueva York y se instaló en California. Ya en el exilio y por su cercanía con Hollywood, Adorno y Horkheimer redactaron la Dialéctica de la Ilustración, el escrito emblemático de la Escuela sobre el control social que ejerce la industria cultural.

Ahora bien, no todo sucedió dentro de las aulas del Instituto, ni todas las ideas eran consonantes. Walter Benjamin, el intelectual más fértil y novedoso de acuerdo con Jeffries, nunca estuvo en la nómina académica. Adorno, todavía en su aletargado esnobismo californiano, declaró que Marx quería “convertir al mundo en un gigantesco asilo para pobres”; ideas que no compartía el héroe de las juventudes, Herbert Marcuse y su síntesis revolucionaria de la liberación de Eros, misma que lo distanció de la fusión freudiana-marxista de Fromm.

Concluida la Segunda Guerra Mundial, la Escuela meditó sobre la pertinencia del marxismo en una época que más que alternativas políticas, requería del salvamento técnico. Se produjo una serie de documentos de rehabilitación del concepto de la “negación” : Adorno escribió Dialéctica negativa; Marcuse, El hombre unidimensional y Horkheimer, la Crítica de la razón instrumental. El abismo de las letras al que se habían arrojado los integrantes de la Escuela condujo a planteamientos que han formado parte de la construcción de la libertad, no menos que de la razón.

Para escribir este libro, Stuart Jeffries investigó y desempolvó entre los archivos de dos continentes para trazar la génesis de la Escuela de Frankfurt. Una tarea más difícil de lo que podría pensarse, a veces por la censura que predominó y predominó en los claustros académicos sobre toda lo referente a Marx y la revolución durante la época del terror nazi, y otras veces por la falta de interés de las editoriales. Jeffries, sin desatender las voces de Martin Heidegger, o las de la segunda y tercera generación que tuvieron en Jürgen Habermas y Axel Honneth a sus representantes, ha logrado con Gran Hotel Abismo un prodigioso retrato intelectual que aspira a retornar a los libros y el legado intelectual de los frankfurtianos, temor y temblor del capitalismo.

Fabián Martínez Becerril – Escritor.

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La experiencia de leer

Sobre el autor

Stuart Jeffries (Wolverhampton, Reino Unido, 1962) es escritor, periodista y crítico cultural. Ha trabajado en el diario británico The Guardian durante más de veinte años, llegando a alcanzar el puesto de subeditor, y también como corresponsal del medio en París. Ha hecho crítica de televisión y de espectáculos y colabora además en otros medios como The Financial Times y Psychologies. Vive en Londres.

Sobre la edición

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