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Historia de historias

Álvaro Uribe

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Prólogo: Julián Herbert

Editorial: Malpaso

Año: 2018

Páginas: 250

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El escritor Álvaro Uribe. Foto: Especial.

Durante las casi cuatro décadas en que Álvaro Uribe (Ciudad de México, 1953) se ha dedicado a escribir, ha publicado tan sólo tres libros de cuentos, que datan de sus inicios en el oficio. Malpaso acaba de reunir esos tres volúmenes en Historia de historias, una oportunidad para recuperar los relatos cortos del autor mexicano, que hasta ahora eran prácticamente imposibles de conseguir.

Autor que escribe a mano, que reescribe cada párrafo que publica una y otra vez, y construye su realidad literaria como “mosaiquero”, Álvaro Uribe reconoce y agradece vivir bajo la sombra gratificante de dos gigantes: Jorge Luis Borges y Julio Cortázar.

Sobre Borges, recuerda un encuentro fugaz que tuvo con el escritor bonaerense en el que se acercó para hablar con él, pero al tenerlo en frente no supo qué decir, “gracias a lo cual pude escribir un cuento sobre Borges, y a lo mejor todos los demás”. De Cortázar, lo descubrió en la más tierna juventud, durante el tiempo que vivió en París, cuando se enamoró de una muchacha mayor que él y fue ella quien lo introdujo al mundo de Rayuela y la Maga.

Autor sobre todo de novelas, Álvaro Uribe reconoce que los cuentos que ha escrito tienen su origen en un chispazo, un sueño o un momento que determina la necesidad de escribir. En Historia de historias se reúnen Los topos, El cuento de nunca acabar, La linterna de los muertos y un apartado final con tres relatos inéditos.

Conversamos con el autor en las oficinas de Editorial Malpaso, para conocer sus impresiones sobre este libro, donde se reúne una zona casi inédita de su trabajo:

— Hay dos figuras que guían claramente tus relatos, que son Borges y Cortázar. ¿Sientes que te has alejado o acercado a esas dos sombras a medida que sigues escribiendo?

— Me gustaría no haber salido nunca de esa maravillosa sombra… Empecé leyendo a Borges en la preparatoria y no entendí absolutamente nada, en el tiempo en que pensaba si debía dedicarme a la literatura o no. En la duda me llegaron los 18 años. Ahora, sigo teniendo en mi estudio una fotografía suya; cuando estoy en la duda me volteo, le echo un ojo al ciego aquel y le pregunto: “¿vamos bien, maestro?”

Muy joven tuve la fortuna de pasar varios meses en París, donde conocí a una muchacha, mucho mayor que yo. Tuvimos una relación y esta muchacha estaba embebida de Cortázar absolutamente, al grado de llamarse a sí misma “la Maga”. Ella me dio a leer Rayuela. Luego de eso o me tiraba al Sena o me volvía escritor y opté por lo segundo. Cortázar fue la figura tutelar. No es que yo crea que pueda hacer algo igual o mejor, sino que me dan ganas de hacer algo así, de dedicarme a esto.

No me molesta que se diga que soy un borgesiano irredimible. Una manera de salirme, si es que el deseo es salirse de Borges, es pasar del cuento a la novela. Después del tercero de estos libros, La linterna de los muertos, (publicado por primera vez en 1988 y al que se agregaron dos cuentos en la edición de 2006), lo siguiente que hice fue una novela, pero que está hecha de cuentos. Me ha costado mucho trabajo separarme de Borges. Vamos a suponer que lo haya conseguido, pero lo que escribo ahora seguirá teniendo ciertas mañas de adjetivación, algunas construcciones que aprendí ahí. Cuando la influencia es tan fuerte, para qué preocuparse. Sigo siendo un borgesiano feliz.

— ¿Qué efecto tiene el sueño en la escritura de tus relatos?

— Mi primer libro, Los topos, tiene que ver con eso que los poetas llaman inspiración, fueron chispazos que me venían en cualquier momento. Algo pasaba en una fiesta o caminando por la calle que casi me obligaba a sentarme y escribir de una sola sentada estos textos breves, que luego corregía durante horas y horas.

El origen de muchos de los cuentos del segundo libro, El cuento de nunca acabar, son lecturas, quizá porque un escritor joven trata de escribir sobre su propia vida o trata de alejarse de ella. En mi caso, consideraba que mi vida era tan pobre en materia literaria, que preferí irme por el lado de mis lecturas. Así que en vez de propiamente chispazos, lo que había era la lectura de textos muy obvios como La Biblia, La Iliada o La Odisea. De repente se me ocurría una manera de intentar de alguna forma afiliarme a esa tradición.

Progresivamente, hacia el final de este libro y muy claramente en el tercero, La linterna de los muertos, me empezaron a llegar los relatos a través de los sueños. De pronto cada tantos años viene un sueño en el que está dado un núcleo narrativo, que coincide con que tengo la fortuna de no volverme a dormir para recordarlo y que además tengo el tiempo para poder escribir rápidamente ese núcleo. Si no tengo ese chispazo, simplemente no escribo cuentos y me sigo haciendo mis novelas tranquilamente.

Todos vienen de un sueño. Muchos de ellos ni siquiera son acerca de mí. De repente soñé con un fraile que estaba pintando la última cena, entonces sentí la obligación o la libertad de escribir sobre ese tema. Son sueños escasos. Me ha ocurrido sólo tres veces en 12  años. Mientras tanto, sigo escribiendo un montón de páginas de mis novelas. Pero el cuento viene así. A ese paso, suponiendo que viva hasta los 80, me quedan como tres o cuatro cuentos quizá.

En el prólogo a tu libro, Julián Herbert recuerda que los cuentos se hacen “con pulcritud y de rodillas”. La sensación que provocas en el lector, ¿es un esfuerzo deliberado o proviene de una intuición?

La intuición es el sueño y es el origen, pero luego está mi chamba de escritor. Empecé, quizá como todo mundo, escribiendo para expresar mis sentimientos. Cuando pensé que podía dar el paso, ese paso consistió en que ya no escribo para mí mismo. Lo que siento o pienso sólo tiene sentido si se trabaja el lenguaje para que produzca sentimientos y emociones en el lector. Es una búsqueda deliberada de crear efectos especiales. Saber que si manipulas la frase y el adjetivo de tal modo, el lector, incluso inconscientemente, tendrá en principio cierta impresión, aunque una de las cosas hermosas de la literatura es que nunca sabes.

— En estos relatos hay atmósferas comunes, que tienen que ver con los ritos católicos, pero también con una exploración de la vida espiritual. ¿Qué es primero: la palabra o el espíritu?

Es que la palabra logos es ya espíritu, un soplo, hálito que se ha traducido por verbo. Soy agnóstico, aunque no un ateo furibundo: no creo en Dios, pero tampoco creo que se pueda probar la no existencia de Dios. El tema de la divinidad, de lo otro y lo absoluto es un tema filosófico por excelencia. Es otra vez, influencia originaria de Borges, un tema muy rico en posibilidades literarias porque ya en sí es como literatura fantástica. En la época en que estudié filosofía, más por gusto literario reflexivo que por querer ser creyente, le presté atención a algunos textos escolásticos. Hice trabajos sobre santo Tomás de Aquino, que es además una parte fundamental de la historia de la filosofía. Con eso me gusta jugar literariamente.

Cada una de las secciones de Historia de historias es al mismo tiempo un momento de mi vida. Me gusta mucho el tema de si existe o no la divinidad y cómo se define el hombre frente a ella. En ese sentido, Dios existe como motor de la historia. No importa si la identidad Dios tiene realidad propia. Obviamente tiene realidad humana y hay que tomarla en cuenta.

¿Dónde está la unidad de esos tres libros que se reúne en Historia de historias y dónde sus cosas particulares?

El título de Historia de historias sugiere que si tomas el sentido general de historia como sinónimo de cuento, aquí está la historia de mis historias, es mi panorama biográfico lo que une a los cuentos. Es el estudio de una manera de entender la prosa, que empieza con los experimentos casi puros de Los topos, cuentos que casi prescinden de tema, prueba clara de que alguien está jugando a ver qué hace con la prosa. Eso fue evolucionando y se encaminó hacia la novela. Los cuentos ya largos de La linterna de los muertos, particularmente “La audiencia de los pájaros”, tienen muchos de los mecanismos que uso en mis novelas, entre ellos que no haya un narrador sino que los personajes hablen en estilos distintos. Es una especie de muestrario de lo que soy capaz de hacer. En vez de leerte todas las novelas, te lees éste y quedas instruido sobre mis posibilidades.

¿Cómo y dónde la realidad literaria se encuentra con los recuerdos?

Siempre. No se tiene más material anecdótico que el de los recuerdos y el de la fantasía. Se encuentran en ese momento en que brincas del recuerdo a lo que tú le vas añadiendo. Lo que a mí me sucede, y supongo que a mucha gente, es que llega un momento en que ya no sé bien si lo inventé o lo recordé. Mi experiencia se transforma en esa experiencia que está narrada ahí. Me ha sucedido que si trabajo durante meses un texto, termina por ser más real que la realidad.

Además, dónde está la realidad. Cada vez que recuerdas algo ya cambiaste lo que tenía, porque tienes el recuerdo de la vez que recordaste que recordaste y eso va distorsionando la realidad. Me ha sucedido con gente con quienes he vivido determinadas cosas que me habla de lo bien que evoco en un libro algún momento determinado, pero yo sé que es algo inventado. Si logro engatusar a alguien a creer de que de veras vivió una cosa que inventé, pues ya voy por buen camino como narrador.

Carlos Rojas Urrutia – Gerente de mercadotecnia de Educal.

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La experiencia de leer

Sobre el autor

Álvaro Uribe (Ciudad de México, 1953) estudió en  la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM fue agregado cultural en Nicaragua y consejero cultural en Francia. En su primera estancia en París editó la revista bilingüe Altaforte y posteriormente fue coordinador de varias colecciones en el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México. Es autor de Topos (1980), El cuento de nunca acabar (1981), La audiencia de los pájaros (1986), La linterna de los muertos (1988); Recordatorio de Federico Gamboa (1999), La otra mitad (1999) y La parte ideal (2006), entre otras obras. Su novela El taller del tiempo obtuvo el I Premio de Narrativa Antonin Artaud. En 2014 obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia por su novela Autorretrato de familia con perro.

Sobre la edición

Este libro reúne todos los cuentos de Álvaro Uribe. Es decir: contiene cuarenta y un relatos impecables, a un mismo tiempo transparentes y enigmáticos, escritos por uno de los mayores prosistas de la lengua.

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