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Ramón López Velarde. La lumbre inmóvil

José Emilio Pacheco

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Selección y epílogo: Marco Antonio Campos

Editorial: Era/ Secretaría de Cultura-DGP

Año: 2018

Páginas140

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Un retrato de Ramón López Velarde. Imagen: Especial.

La aparición del Inventario (2017) –la antología que contiene algunas de las columnas que José Emilio Pacheco publicó durante varias décadas (1973-2004)– ha contribuido a destacar la figura de Pacheco como periodista cultural de investigaciones literarias, con notables dotes como crítico literario. De forma adicional y complementaria, la editorial Era acaba de publicar: Ramón López Velarde. La lumbre inmóvil, libro que compila 15 textos sobre el destacado escritor zacatecano que JEP publicó entre 1970 y 2009* en diferentes periódicos y  revistas.

No hay duda de que Ramón López Velarde (1888-1921) es uno de los poetas más reconocibles entre los mexicanos. Premios, parques, escuelas y calles llevan su nombre y, en el inconmensurable imaginario popular, el nombre del escritor nacido en Jerez, Zacatecas, se asocia fácilmente con el poema “La suave patria”. En el caprichoso mundillo intelectual los grandes poetas y críticos, con excepciones contadas, lo han reconocido de diversas maneras en centenares de páginas como el creador de varios de los mejores poemas de nuestra historia. Inclusive, según narran testimonios, Borges podía recitar de memoria algunos de sus versos. Sin embargo, la lumbre poética que cautivó a tantos parece vedada para las generaciones más jóvenes, el distanciamiento que hay con respecto a su obra es notable.

Es posible especular sobre el porqué a los jóvenes nos resulta ajena la obra de López Velarde. Hay una resistencia hacia su figura y su apellido de premio, los cuales se han reivindicado de manera artificial: difícilmente otro escritor mexicano ha recibido más homenajes durante el siglo XX. Además de que, por diferentes motivos, se ha intentado conferir a “La suave patria” la importancia de un segundo himno. Pero esa solemnidad con la que pretendieron canonizar su obra ya hasta parece lejana, por lo que quizá no sea esa la causa que nos ha alejado de su obra. Para la generación de Monsiváis y Pacheco, ironizar acerca de los adornos nacional-revolucionarios de los discursos fue una postura necesaria, casi central, y no es casual que el poema más conocido de Pacheco sea “Alta traición”, y que en el primer verso diga: “No amo mi patria./ Su fulgor abstracto es inasible”. En cambio para las generaciones que crecieron durante el neoliberalismo ese tipo de reivindicaciones mitológicas de próceres y patrias no es que estén completamente desactivadas, pero sí se han desgastado y modificado.

La distancia que hay con respecto a la obra de López Velarde tiene que ver con cuestiones literarias y seculares. Las temáticas católicas y nostálgicas en las que está configurada parte de la obra de Velarde pueden provocar resistencias. Aunque, sin duda, de muy diferente manera a las que tuvo Alfonso Reyes con la poesía del zacatecano que, a diferencia del regiomontano, nunca salió del país. En uno de los mejores artículos del libro, Pacheco documenta la historia del duradero rencor que Alfonso Reyes mantuvo por la obra de López Velarde, al cual menospreció por pueblerino y lo tachó de ser de “esos poetas rotos que traen raídos los traseros del alma”. Pero Alfonso Reyes guardaba rencor por una crítica en la que López Velarde se atrevió a decir que lo prefería como prosista que como lírico.

Imagen: Especial.

En cambio, para las nuevas generaciones, el estigma y la dificultad de adoptarlo en nuestros altares, tiene que ver con los referentes en los que está envuelta su poesía. Versos como “el cíngulo morado de los atardeceres”, “acólito de alcanfor”, “como los brazos del correo chuan”, resultan herméticos, tan complejos como algunos poemas barrocos. Hoy en día no es de dominio popular saber quién fue San Isidro Labrador, como lo fue en tiempos en que hasta los laicos por cultura sabían algo al respecto de la cultura católica, que además era ubicua.

Afortunadamente lo que hizo José Emilio Pacheco en los textos compilados en este libro es insuperable como acompañamiento o acercamiento a la obra de López Velarde. Ante nuestra ofuscación por la lejanía, logra acercarnos a la vida y obra del poeta, y nos muestra cómo las “alusiones perdidas” (como llama a los referentes ambiguos en la obra velardiana) no son mayor obstáculo para acercarnos a su obra que si bien presenta dificultades, puede con una clara contextualización revertir el cauce de la vitalidad de su poesía hacia el presente. Así como para leer El Quijote es preferible una nota que nos diga qué son “los duelos y quebrantos”, o para leer La Iliada conviene saber quién es Apolo, con un poco de la ayuda ortopédica que investigadores como Pacheco nos ofrecen, más un poco de esfuerzo intelectual, es imposible no sorprenderse por la pericia con la que el poeta zacatecano logró mezclar melancolía, ironía y el deseo insatisfecho en poemas únicos en su ritmo y en sus imágenes.

Hay dos elementos clave para una valoración renovada de la obra de López Velarde: la pasión y la claridad con la que Pacheco enfoca al autor desde varios ángulos a lo largo de la vida, sin que estancarse en el elogio repetitivo. Como por ejemplo, la manera en que indaga la biografía del poeta de manera que los poemas tengan otras posibilidades de interpretación; o la importancia que algunas mujeres tuvieron para conformar su obra; o las circunstancias que llevaron a Samuel Beckett a hacer la traducción de algunos poemas de Velarde; o un divertido texto en el que Pacheco se aventura a suponer qué hubiera pasado si se hubiera inventado la penicilina y López Velarde hubiera vivido más años. Además de eso, Pacheco comenta la obra de los estudiosos sobre Velarde, evoca la ciudad que le tocó vivir y presenta datos históricos que nos ayudan a estar más cerca de sus angustias.

José Emilio Pacheco debió sentirse cerca del poeta, pues en otro texto imagina que conversa con él en una plaza de la colonia Roma. Pero el monólogo de Pacheco no es un vano ejercicio de imaginación, a lo largo de los años en sus artículos insistió por rescatar el edificio donde vivió López Velarde, que estuvo abandonado y casi en ruinas. Gracias a su insistencia hoy es un espacio cultural para la poesía y la literatura: La Casa del Poeta ubicada en la avenida Álvaro Obregón. Y sin duda, gracias a la publicación de estas perspectivas de lectura tan amenas como bien documentadas, la obra de López Velarde tendrá más y mejores lectores.

Juan Schulz – Ensayista.


*Tal vez una resaca por los festejos del centenario del natalicio del poeta en 1988 explica que no haya ningún texto fechado en la década de los 90.

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La experiencia de leer

Sobre el autor

José Emilio Pacheco (Ciudad de México, 1939-2014) fue escritor, poeta, traductor, novelista y periodista cultural. Su obra poética, iniciada con Los elementos de la noche y El reposo del fuego, se mantuvo a lo largo de medio siglo e incluye No me preguntes cómo pasa el tiempoIrás y no volverásIslas a la derivaDesde entoncesLos trabajos del marMiro la TierraCiudad de la memoriaEl silencio de la LunaLa arena erranteSiglo pasadoLa edad de las tinieblas Como la lluvia, todos publicados y reunidos en el volumen Tarde o temprano (Poemas 1958-2009).

Sobre la edición

La selección y el epílogo de este libro son obra de Marco Antonio Campos quien reunió y ensambló los 15 textos que José Emilio Pacheco escribió sobre Ramón López Velarde. Los textos aparecieron en revistas y periódicos, a lo largo de la trayectoria de periodista cultural de JEP, en espacios como su columna, “Inventario”, de la revista Proceso y otras publicaciones como Diorama de la cultura, Biblioteca de México, Excélsior Letras Libres.

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