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Los ríos errantes

Miguel Tapia

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Editorial: Ediciones Era/ Secretaría de Cultura-DGP

Año: 2017

Páginas: 196

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El escritor Miguel Tapia en las instalaciones de Ediciones Era. Foto: Correo del Libro.

Tona es un chico normal: no es un genio pero es considerado uno de los más listos de su barrio. Le gusta la música y sueña con dedicarse a ella; su mejor amigo, Chuy, transita entre la ambigüedad del cómplice y del traidor. Para mantenerse y ayudar a los gastos de la casa, trabaja como repartidor de empanadas; está enamorado de una hermosa chica recién llegada, Tania, y se ve atrapado frecuentemente por pensamientos profundos que se despliegan de día y de noche.

La ciudad donde vive, un pueblo anónimo pero cuyos habitantes hablan un español con inflexiones del Pacífico mexicano, no tiene tampoco nada de especial. Su mayor luminaria es un maratonista que saltó a la fama nacional tras ganar, sin que nadie lo esperara, una competencia en otras provincias. Las clases altas están separadas por pocos kilómetros y mucha desigualdad de las colonias populares. Un río, en gran parte contaminado, más lleno de piedras que de agua cuando no desecado y subterráneo, permite -como suelen los ríos de las ciudades y de las novelas- que sus habitantes se reflejen en él y vean al horizonte.

Sin embargo, los tiempos que le toca vivir a Tona en este pueblo no son normales. El ruido de fondo de los ejércitos narcos puebla los rumores y los silencios de la ciudad, donde nadie habla de los capos y sus sicarios en voz alta, y donde la policía es otra de las milicias de la muerte. Esta anomalía impulsa a pensar la juventud desde el vitral de la violencia de fondo. ¿Cómo se puede crecer y enfrentar a los demonios internos mientras afuera late la guerra?

Eso es más o menos el conflicto en Los ríos errantes, primera novela de Miguel Tapia, en la que explora la historia de Tona, él mismo un río interior que se riega por tres afluentes: la del tiempo (siempre a punto de ser recobrado), la del lenguaje y la del movimiento unísono de la huida y el retorno.

En esa primera afluente es donde abreva el tema de la novela, el conflicto interno entre Tona, quien se dispone a entrar a una carrera junto a Chuy, en parte para conocer a Tania, y en parte para tener algo que lo disgregue del ambiente saturado de su familia y sus vecinos. Acuciado por los adversarios típicos de la adolescencia (la insatisfacción amorosa, la tensión sexual, los celos, el deber masculino de sobresalir y doblegar a los otros hombres), Tona se mete sin saberlo en una trama confusa, a tal punto que parece inexistente.

¿Qué tienen que ver la recién llegada Tania, Chuy, y la ola de asesinatos que ha plagado a los habitantes? Sólo se sabe que al final, que es el principio, Tona tendrá que huir, escapar del pueblo chico bajo la certeza de que “uno se va de su tierra porque no se aguanta a sí mismo, porque no sabe qué hacer de su propio trasero; si no miren a todos los que regresan” (p.99).

 

La segunda afluente es la más rica y la más interesante: la propia exploración estilística del narrador que desemboca en largas reflexiones que circulan entre la rabieta, el ímpetu erótico y casi masturbatorio, la meditación metafísica, el examen irónico y, por supuesto, la autocompasión y el abatimiento que caracterizan la mente del adolescente. El enojo alcanza incluso a su propio cuerpo, lastrado por el deseo y la impotencia física (literalmente, pues es incapaz de amoldarse a la disciplina atlética): “En el fondo no es sino un chantajista, un tirano desconsiderado. Como a una amante caprichosa e irresistible, hay que complacerlo de vez en cuando para obtener lo que necesitas. Una verdadera puta nuestro cuerpo” (p.161).

De esas erupciones de pensamiento nace la sospecha fundada de que el destino existe, conjetura que parece convivir en perfecta armonía con la sensación de que todos conocen la clave de la vida, excepto uno: “¿Por qué se me dejó vagar así por la realidad, sin un mapa que sugiriera al menos lo perdido que podía estar” (p.168). O la simple invectiva, con tonos de autoayuda en clave negativa, de que la “carrera no comienza en el punto de partida, sino cuando sabes que ya no podrás abandonarla” (p.188).

Pero la mente de este joven –al principio decíamos que era de los más lúcidos- no se queda en su propio torrente de ira. También presta un oído a lo que significa el relato de los muertos y de la guerra exterior en nuestros tiempos, que no es más real sólo porque se repita en las noticias, ni siquiera cuando pulula en las lenguas del pueblo: “Aquello eran sonidos, aire comprimido, balbuceos que tal vez no tenían nada que ver con el mundo” (p.21). Así, ni siquiera los hechos de violencia que caen sobre él mismo le serán tan concretos como la reacción de los demás hacia su cara vencida, o la reprobación a su impulso de huida.

Esa última vertiente, el movimiento perpetuo entre el escape y el regreso es a la vez una reflexión sobre la memoria en la narrativa. Uno se puede ir, pero el río permanecerá bajo la misma piel, parece concluir Tona una y otra vez, por mucho que no haya puesto ni un pie fuera de esa ciudad con su caudal rocoso y marchito. No queda, pues, más que el recuerdo y, quizá, la literatura: “La corriente que desde entonces me arrastra, entre afluentes y remolinos, y me obliga a recorrerla aguas arriba, pisado en los recuerdos como sobre piedras firmes entre los rápidos” (p.149).

Sería difícil encasillar a Los ríos errantes más allá de su tema, la tan conocida novela de formación o de educación sentimental. La atmósfera provinciana de sus personajes, melancólicos incluso cuando cometen sus pirateadas o se aventuran en largas noches de farra, no es folclórica ni el tipo de narración sobre la violencia que se esperaría en un tiempo donde la sangre y los cadáveres se exhiben sin contemplación. A cambio, Miguel Tapia propone una historia de bordes desdibujados, inciertos como la propia adolescencia. Más bien, como la metáfora que conduce esta novela hasta el final: un río de imágenes, de texturas y de polvo.

Olmo Balam – Editor de Correo del Libro.

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La experiencia de leer

Sobre el autor

Miguel Tapia (Culiacán, 1972) es escritor, traductor al francés y docente en París. Publicó relatos y traducciones en las revistas Textos, Literal y Punto de partida. Se desempeñó como periodista en México, Barcelona y París. En 2006 publicó el libro de cuentos Los caimanes, algunos de los cuales fueron incluidos en Los mejores cuentos mexicanos 2004 y en la antología Nouvelles du Mexique, que preparó Métaillé en 2009. Es autor de Señor de señores y Los caimanes (2010) y su primera novela es Los ríos errantes (2017). Mantiene junto a otros escritores el proyecto en línea literaturawiki.org. Es doctor en literatura hispanoamericana por la Universidad Sorbonne-Nouvelle Paris 3, donde enseña desde 2012.

Sobre la edición

Los ríos errantes forma parte de la colección de invierno de 2017 de la editorial Era, que entre otras novelas contó con Entre los indios y La liebre de César Aira, Nunca más su nombre de Joel Flores, Fuego 20 de Ana García Bergua, Marcianos leninistas de Mario González Suárez, la edición conmemorativa de Bajo el volcán con ilustraciones de Alberto Gironella, El pacto de la hoguera de Alfredo Núñez y El rostro de piedra de Eduardo Antonio Parra.

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