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‘No voy a pedirle a nadie que me crea’

Premio Herralde de Novela 2016

Juan Pablo Villalobos

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Editorial: Anagrama

Año: 2016

Páginas: 280

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Juan Pablo Villalobos y, al fondo, Barcelona. Foto: El País.

En uno de los momentos climáticos de No voy a pedirle a nadie que me crea alguien dice: “Aquí no hay personas, hay personajes”. Hasta ese punto de la novela, Juan Pablo Villalobos -no el escritor factual, pero sí el narrador- se ha metido en tal cúmulo de embrollos que la distinción entre ficción y realidad se difumina, no por la verosimilitud, sino porque todo es sospechosamente cómico.

La literatura mexicana ya es, a estas alturas, una de las que mejor ha cultivado el humor. El tópico se ha invertido y tras una larga tradición -que va desde el mismísimo Fernández de Lizardi hasta maestros de la comedia como Ibargüengoitia, Monterroso y Pitol- la comedia se ha vuelto uno de los abrevaderos más visitados por los narradores de nuestro país. El premio Herralde de Novela 2016 se une a esa tremenda constelación que vierte el humor sobre el espíritu de la literatura de nuestros tiempos: el de la novela de auto-ficción y con profusión de estructuras y voces narrativas entrelazadas, el de la literatura que no puede parar de hablar sobre la propia literatura.

No voy a pedirla a nadie que me crea es una comedia de complicaciones que no se detienen ni siquiera con el final. Todo comienza con Juan Pablo, quien en vísperas de viajar a Barcelona para realizar un posgrado en literatura recibe la llamada de su primo, “El Proyectos”, un pariente con pretensiones de emprendedor que a lo largo de su vida se ha distinguido por llevar a mal cabo todo tipo de empresas fallidas. El proyecto de esta ocasión se le ha salido de las manos, como siempre, pero ahora involucra también a su primo, quien servirá de conecte en Cataluña a un grupo criminal cuyas actividades nunca se explican del todo.

A partir de ahí la novela se ensambla con cuatro voces narrativas: la de Juan Pablo, quien escribe a su vez una novela con sus memorias de lo que ocurre en España; la de su novia, que escribe un diario que sirve de contrapunto a la perspectiva de su pareja; las cartas del primo desgraciado que van tratando de enderezar el mal rumbo que ha tomado el proyecto, y, finalmente, las cartas de la madre de Juan Pablo, quizá las más graciosas pues retratan a una señora de clase media, acomplejada y clasista que sermonea a su hijo para que “mejore la raza”, ya que anda por Europa sin sospechar que el caos se ha apoderado de él.

Casi imperceptible por los buenos oficios de Villalobos -el escritor-, hay un juego de puntos vista y planos temporales que se pone en funcionamiento gracias al estilo de los narradores. Las cartas del primo y la madre vienen escritas en segunda persona, lo cual resalta el desquiciamiento de ambos personajes; su tono intimista, casi de confesionario (el monólogo es una de las especialidades de Villalobos, quien ya lo había amaestrado en Fiesta en la madriguera o en su traducción de Todos los perros son azules). Frente a ellos, están los diarios de Juan Pablo y su novia. El primero -como se devela poco a poco- es también una pretendida auto-ficción, a través de la cual Juan Pablo intenta desprenderse del aciago rumbo que ha tomado su vida en manos de un licenciado lépero y una pandilla multinacional que lo obligan a hacer toda clase de fruslerías -como ligarse a una lesbiana- mientras su cara se llena de ronchas vergonzantes. Y como contrapunto, el diario la novia, uno que sí tiene fechas y pretende consignar todo lo que pasa.

El resultado es una novela a cuatro voces, o un cuarteto narrativo en el que, sin embargo, no siempre una línea complementa a la otra; mucho mejor, se contradicen y se niegan mutuamente, tanto por perspectiva como por el estilo de cada uno de los narradores.

Novela barcelonesa por excelencia -no por nada su modelo es el “Diario de Escudillers” que aparece en El arte de la fuga de Sergio Pitol-, la risa se mueve sobre todo tipo de tópicos: el patrioterismo y la corrupción catalanas, el clasismo y la violencia en México, la mezquindad de los provincianos, la estupidez de las academias literarias, la migración en Europa, el activismo de género, las tertulias literarias, el cosmopolitismo (es esta una novela profusa de personajes de diversas nacionalidades y de llamadas telefónicas a través de locutorios) y, por supuesto, Barcelona, capital cultural a la vez que infierno chico.

A final de cuentas, es el propio dispositivo de la narración el que se pone en discusión, una discusión en plan cómico: “la verdad tiene estructura de ficción”, como se da cuenta otro de los personajes que se ven envueltos en la comedia de Juan Pablo. Pues, como tal, la verdad no se puede saber pero sí circunvalar gracias a la literatura. “La vida contada por el mismo que la vive ya es un chiste”. Esta frase de Renzi en los diarios de Ricardo Piglia bien podría acompañar a No voy a pedirle a nadie que me crea, novela donde se constata que, en efecto, la comedia no es otra cosa que una tragedia que le pasa a otro.

Olmo Balam – Editor del Correo del libro.

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La experiencia de leer

Sobre el autor

Juan Pablo Villalobos nació en Guadalajara, en 1973, y creció en Lagos de Moreno, ambas ciudades del estado de Jalisco. Es licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Veracruzana; autor de las novelas Fiesta en la madriguera (2010), Si viviéramos en un lugar normal (2012), Te vendo un perro (Anagrama, 2014) y No voy a pedirle a nadie que me crea (Anagrama, 2016). Es colaborador de diversos medios, como Letras Libres, GatopardoGranta, O Estado de São Paulo y los blogs del English Pen y de la Companhia das Letras. Ingresó al Sistema Nacional de Creadores de Arte de México en la edición 2012.

Sobre la edición

Juan Pablo Villalobos ya forma parte de la lista de mexicanos que han ganado el Premio Herralde de Novela: Juan Villoro (El testigo), Daniel Sada (Casi nunca), Sergio Pitol (El desfile del amor), Álvaro Enrigue (Muerte súbita) y Guadalupe Nettel (Depués del invierno). La colección “Narrativas Hispánicas”, a la que se debe este premio, es un muestrario de la vitalidad de la lengua española en la península ibérica y Latinoamérica; el reconocimiento que en años recientes han tenido las letras mexicanas por parte de la editorial. Asimismo, el Premio Anagrama de Ensayo -que se decidió en 2015 entre Sergio González Rodríguez (Campo de guerra) y Luigi Amara (Historia descabellada de la peluca)– demuestra la buena salud de nuestra literatura y el ansia de experimentación que pervive en los escritores mexicanos; mientras que en 2016 uno de los finalistas fue Luciano Concheiro (Contra el tiempo).

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