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Olegaroy

Premio Xavier Villaurrutia 2017

David Toscana

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Editorial: Alfaguara

Año: 2017

Páginas: 312

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David Toscana. Foto: Especial.

Olegaroy es un hombre de 53 años que de pronto despierta a la vida, o por lo menos parece hacerlo después de leer una nota periodística sobre un asesinato. Nunca había estado afuera de su casa, donde vive apegado a los cuidados de su madre y al insomnio que lo consume todas las noches. Esta es la premisa de la novela que lleva el nombre de su protagonista y que le valió al escritor regiomontano David Toscana ganar el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 2017.

La novela Olegaroy está construida como si fuera una casa de dos pisos, en donde a la vez que vemos transcurrir la historia, estamos presenciando las reflexiones por parte de un narrador que responde sobre las preguntas del personaje. David Toscana asegura haber pensado en esta forma de narración no como una manera de hacerle el trabajo al lector, sino como una forma de hacerlo reflexionar, tema sobre lo cual ahonda en esta entrevista, pues para él su preocupación por el lector no queda al terminar de escribir un libro.

Dice María Zambrano que para generar pensamiento siempre se pasa de un primer momento de admiración al de la reflexión, al cuestionamiento. Al leer la novela me dio la impresión de que es lo mismo que sucede con Olegaroy cuando lee por primera vez un periódico y se entera no sólo de un asesinato, sino del mundo que lo rodea…

—Siempre que conocemos algo por primera vez lo cuestionamos. Cuando nos toca un terreno ya transitado simplemente lo aceptamos, pero si tú le enseñas a alguien por primera vez el futbol, se comenzará a hacer preguntas muy ingenuas: ‘¿y por qué el balón no lo agarra con la mano?’; y ya que le explicas, te dice: ‘pero él sí lo hace con la mano’, entonces respondes: ‘es que él es el portero’. Cuando alguien aprende una lengua nueva hay muchas cosas que le parecen incoherentes, como por ejemplo por qué en francés en vez de decir 99 se dice “4 veces 20 y 19”, y entonces haces estas preguntas porque no es parte de tu tradición.

Ese es Olegaroy, un niñote que sale por primera vez a la vida, y entonces cuestiona todo, incluso el matrimonio no se le hace que sea una institución sagrada. Todo esto se queda en la superficie, si no es porque viene el narrador a ayudarle un poco. El narrador y los personajes empiezan a crear algo alrededor de las preguntas de Olegaroy que parecen más profundas, más interesantes. De algún modo es para pararle las antenas al lector, y decirle que en la literatura no hay nada más que leer las anécdotas, hay que estarse metiendo en el texto y haciendo un montón de preguntas. Por eso a mí no me gusta en general la novela policiaca, que es una novela que se suele resolver, y me gusta más otro tipo de novela donde todo queda para el lector.

En ese sentido el narrador de esta novela es muy activo. ¿Lo hizo por una atención hacia el lector? No todos los autores se preocupan de esa manera por caminar junto a lector.

—Creo que el lector siempre tiene que ser un participante más dentro de una novela. No me gustan las novelas donde el autor controla todo. Hay autores que de algún modo se hacen cargo de toda la novela, y otros que dejan muchísimo para el lector. Está por ejemplo Pedro Páramo, donde buena parte de la novela tiene que estar en la mente del lector, en la interpretación del lector. En una novela policiaca generalmente leemos lo mismo; sabemos quién es el asesino. No hay discusión. Me gusta estar más cargado hacia el lado de Rulfo y tantos otros autores que prefiero. La novela es un juego con el lector: yo pongo una parte y tú la otra.

En ese sentido, ¿usted prefiere la literatura que se inclina más por cómo se cuenta una historia que por lo que se cuenta en sí?

—Siempre he dicho dos cosas sobre la novela. Una novela siempre está hecha de palabras, y parece obvio, pero no lo es tanto porque habrá quien diga que está hecha de historia. Creo que la palabra es la protagonista de cualquier novela, la prosa es la que diferencia una novela que simplemente te cuenta una historia de otra que puede ser un arte, porque se supone que la literatura es una de las bellas artes. Me gusta mucho trabajar la palabra, me gusta mucho que se pueda leer una novela a nivel completo, a nivel capítulo, a nivel párrafo o incluso a nivel frase. Siempre digo que si leíste una novela y no subrayaste nada, pues fue una mala novela.

Los que estamos acostumbrados a subrayar a veces leemos un libro y se va todo en blanco, y hay otros en que no dejas de subrayar. Eso normalmente es síntoma de que estas frente a una buena prosa, de sensibilidad, inteligencia, y entonces me quiero robar para mí fragmentos de esa novela a través del subrayado.

Lo que le cambia la vida a Olegaroy, literalmente, es haber leído por primera vez un periódico. ¿Podríamos decir que aquí se presenta el lenguaje como agente de cambio de una realidad?

—El lenguaje es por supuesto el medio natural de todo lo que conocemos. ¿Qué es la religión católica? Por más que creas que ocurrió algo, todo te viene en forma de relato, de palabras: nadie vio a Jesús, pero Jesús está escrito. Entonces no es el espíritu encarnado, es el espíritu apalabrado. Sólo lo conocemos por palabra. Si tú jamás has visitado Australia, lo único que tienes para saber que existe son las palabras. La verdadera conquista de la Nueva España fue hecha por las palabras. En general, la palabra es la que desde hace miles de años es la que moldea lo que sabemos, lo que imaginamos, lo que conocemos.

Me llama la atención que Olegaroy es un hombre insomne. Recuerdo que Cioran decía que haber sufrido insomnio había sido el mayor regalo de su vida, justamente porque durante esos momentos era donde producía más. A su personaje le pasa lo mismo.

—Yo también fui insomne y la novela la escribí durante una etapa larga de insomnio, pero de un insomnio creativo porque no tengo televisión. La mayoría de los insomnes se la pasan viendo televisión hasta las tres de la mañana, hasta que les cae el sueño. Y esto no es lo mismo que pasarse horas en la cama, no digo que alerta y despierto. No, el insomnio tiene la particularidad de que te baja las defensas intelectuales, te sube las sentimentales y es cuando de pronto piensas en la muerte, en un montón de situaciones más bien desagradables, pero que te pueden llevar… bueno, a mí como novelista, me llevó a empezar cosas creativas. Cioran tampoco podía escapar de este insomnio, el insomnio te puede desgastar emocionalmente.

Al leer sobre la forma en como se construyó esta novela hay muchas similitudes entre su personaje y usted, pues estuvo revisando y leyendo periódicos de años pasados en Monterrey para poder hacer esta historia y Olegaroy hace lo mismo. ¿Cómo identificar lo que se queda en la realidad y lo que pasa a ser ficción? ¿Como escritor identifica esa línea?

—Esa línea yo no la alcanzo a ver claramente, porque no me queda claro qué es ficción y qué es realidad. La realidad puede ser algo que quizá podamos tocar, pero toda la realidad tiene que interpretarse. Este mueble yo puedo decir que está muy bonito, tú puedes decir que está horrible. Aun eso que creemos real, si lo vemos en un objeto ya lo podemos discutir, si lo vemos en persona… tú tratas a una persona, pero no sabes si te está diciendo la verdad.

La ficción, bajo ciertos criterios, me parece real. Siempre lo he dicho, para mí, Don Quijote es más real que mi vecino, de mi vecino no sé nada. Nunca he entendido bien esta realidad, esta línea de división. Y por eso se ha convertido en tema de mis novelas. Entiendo lo que voy a llamar ficción, pero cuando quiero profundizar en ella, esa línea ya no la veo. Tú vas a una librería y en la sección de ficción está Guerra y paz y en no-ficción están Las memorias de López Portillo, se me hace que hay más historias y personas verídicas en la primera que en esta última.

En la misma historia de México, hay varias historias. Repito, no voy a ser ingenuo, pero como novelista no me toca navegar en este nivel convencional, sino más profundamente.

Usted, al ser un gran lector de filosofía, ¿escribió esta novela como pago por todo lo que le ha dado?

—Me gusta leer filosofía, nunca voy a decir que soy un conocedor de la filosofía. Si uno estudia medicina, se vuelve médico, pero si uno estudia filosofía no se vuelve filósofo, sólo se vuelve conocedor de ciertas etapas de la filosofía. El filósofo es el que está haciendo las preguntas, y un novelista tiene que ser un filósofo, un filósofo intuitivo, porque al final el que va a hacer las preguntas es el lector, es él quien va a transformar su forma de ver el mundo, sus ideas morales. Te va a decir: “yo pensaba que esto era la justicia, pero es esto otro”.

O como sucede en libros emblemáticos como Crimen y castigo; por ejemplo: ¿tiene un hombre derecho a matar a dos mujeres o no? En el periódico yo sé que no, pero la novela es otra cosa. Nadie le va a quitar a Dostoievski su lugar en la historia de la filosofía, aunque no lo llamamos filósofo sino novelista. Y como lector de filosofía, sentí la tentación de integrarla dentro de la novela, no para dar una historia de la filosofía, sino para hacer que el lector se haga preguntas. Preguntas sencillas de hacer, pero complejas de responder. Por ejemplo, siempre le llamo “Yo” a ese niño que fui, aunque ahora tenga 50 años; nadie podría reconocer que este anciano es un bebé, porque siempre hay una continuidad. ¿Existe ese “Yo” o no existe ese”Yo”? Yo no lo sé.

El filósofo siempre va en busca de la verdad, en mayúsculas…

—Estas verdades siempre se persiguen, pero nunca se alcanzan. La novela de algún modo quiere expresar algo de modo categórico, pero nunca lo hace. Las verdades universales parece que no existen. Vamos cambiando lo que consideramos cierto en una época. La existencia de Dios o la existencia del alma, por ejemplo. Aun cuando pongas a los cerebros más inquisitivos a trabajar en estas cosas, no se llega a nada universal. Desde Sócrates se preguntan qué es la justicia. No nos ponemos de acuerdo, inventamos leyes porque no tenemos respuestas claras, y necesitamos respuestas. No hay verdades universales y puede ser un poco desgraciado, pero gracias a eso nos la pasamos discutiendo, escribiendo novelas. Las humanidades tienen mucho que ver con eso, con la falta de lo universal. Perseguimos lo universal, pero nuca lo encontramos.

Volviendo al tema sobre lo que sabemos que es correcto hacer en la literatura, pero no en la vida real, me interesa su opinión sobre las declaraciones que hizo Vargas Llosa, en el sentido de que el feminismo es el peor enemigo de la literatura. ¿Usted qué piensa?

—El artículo se me hace muy exagerado porque Vargas Llosa habla del riesgo de que muera la literatura, y no llega a tanto. Pero por supuesto que hay un feminismo, que no me gusta llamarlo extremista, pero aún no podemos nombrarlo bien a este feminismo del que no participa mucha gente. Buena parte de los hombres somos feministas, pero es como decir: “¿me gusta la democracia?, sí, ¿somos demócratas?, sí, ¿de izquierda, de derecha o de centro?” Entonces el feminismo hay que vivirlo con distintas ideas, matices, extremismos o tolerancias. Y como es un movimiento que apenas renace, hay una especie de extremismo. Después de la Revolución francesa hubo un momento de extremismo y empezaron a cortar cabezas por aquí y por allá. Después nos daremos cuenta de que exageramos un poco.

Con respecto a la literatura, se está imponiendo una lectura moral de los textos, y eso es lo que no hay que hacer. Hay que seguir leyendo Lolita como cada quien la quiera leer, no hay que avergonzarnos de sentir cierta empatía por Humbert o por Lolita, o por los dos. La novela es este escenario donde podemos liberar todas nuestras pasiones sin consecuencias. Aunque una señora pueda pensar que el marido ideal es Charles Bovary, otra mujer puede decir que es un aburrido de primera. A mí me parece que Emma Bovary es una traidora y van a decir que no, que un hombre no puede ser tan aburrido porque se te va la mujer. Hay que seguir teniendo estas lecturas, no podemos imponer sólo una. La literatura está para eso, para que durante algunas páginas seamos asesinos, pederastas, violadores, seamos infieles, un montón de cosas, pero que sabemos que no las vamos a transportar a la vida real.

Alfonso Navarrete – Jefe de información de la Coordinación Nacional de Literatura del INBA.

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La experiencia de leer

Sobre el autor

David Toscana (Monterrey, Nuevo León, 1961):  ha publicado Estación Tula, Lontananza, Duelo por Miguel Pruneda, Santa María del Circo, Los puentes de Königsberg (Alfaguara, 2009), El último lector (Alfaguara, 2010) y La ciudad que el diablo se llevó (Alfaguara, 2012). Formó parte del International Writers Program de la Universidad de Iowa y del Berliner Künstlerprogramm. Ha sido ganador de los premios José María Arguedas, Antonin Artaud, Colima y José Fuentes Mares. Su obra se ha publicado en 14 idiomas. En Brasil se adaptó su novela Santa María del Circo para teatro y cine. Fue galardonado con el Premio Xavier Villaurrutia 2017 por su novela Olegaroy.

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