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Una sociedad de señores

Dominación moral y democracia

Mario Campaña

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Prólogo: Constantino Bértolo

Editorial: Jus

Año: 2017

Páginas: 352

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El escritor Mario Campaña. Foto: Sandra Lario/Zero Grados.

“Vivimos en una sociedad de señores”, afirma Mario Campaña al inicio de este ensayo. A partir de esa idea, propone un recorrido por los andamiajes sobre los que se han construido nuestras sociedades modernas; en particular las democracias occidentales. Un libro que abre un debate urgente y necesario sobre la auténtica naturaleza de nuestras sociedades y sobre su futuro.

Pedimos a Mario Campaña que respondiera por escrito un cuestionario que intenta agrupar algunas reflexiones que surgen a partir de la lectura de su libro. Compartimos aquí de manera íntegra las respuestas del autor, que conversará con Juan Villoro el próximo lunes 22 de enero en el Centro Cultural Elena Garro de Coyoacán, para dar a conocer Sociedad de señores a los lectores mexicanos:

Como demuestra su ensayo, es un hecho de la naturaleza humana que alrededor del poder se forma una estructura de tipo señorial. ¿Es posible alumbrar una cultura verdaderamente democrática, que vaya a contracorriente de lo que parece ser el flujo natural de las sociedades humanas?

–Mi libro no habla de una estructura de poder de tipo señorial sino de una doctrina y, más aún, de una cultura señorial, muy visible en las sociedades occidentales de hoy, pese a que tiene bases y contenidos profundamente antidemocráticos, que distorsionan nuestras democracias. Una cultura democrática no tiene por qué ir en contra del “flujo natural de las sociedades humanas”; al contrario, hace más fluido el devenir humano, constituye siempre un avance en las relaciones de los seres humanos entre sí. Uno de los logros de la aristocracia antigua fue postular convincentemente que sus valores eran los de toda la especie humana. Sin embargo, lo cierto es que esa cultura no tiene nada de natural; nadie ha demostrado que haya una humanidad plena y una subhumanidad, una superior y otra inferior, o que sea propio de la naturaleza humana el afán de dominación o de fama, por ejemplo.

Afirma que un problema de quienes constituyen algún tipo de resistencia respecto al modelo social en que vivimos es que no sabemos desmontar los argumentos del gran capital. ¿Dónde hay que buscar ese conocimiento que nos hace falta como sociedad para enfrentar en su propio juego (el de los cortesanos) a nuestros grandes señores?

–El gran capital toma muy en serio la importancia que tienen los argumentos en las relaciones de producción y de reproducción social. Por eso invierten millones de dólares en fundaciones, congresos, departamentos universitarios o equipos de investigadores para cooptar o al menos alinear a todo tipo de productores de argumentos o al menos de opiniones, ya sean científicos, intelectuales, profesores, políticos, periodistas, etc., para elaborar y poner en circulación argumentos a favor de sus modelos, económicos, políticos, sociales y culturales, que son siempre de dominación, el modelo de los señores. Desafortunadamente, ésta es una época en que los argumentos de los señores, generalmente travestidos, se imponen sin paliativos, a veces adoptando figuras seudodemocráticas.

Encontrar los argumentos opuestos, liberadores, es a mi juicio la más urgente y la más alta tarea de los demócratas de hoy. Encontrar esos argumentos quiere decir elaborar los contenidos de la cultura democrática. ¿Las fuentes? Hemos de buscarlas y encontrarlas, desde la cultura y la práctica popular y sus tradiciones, hasta la filosofía y las artes más avanzadas, pues un pensamiento teórico y artístico opuesto al señorial ha existido siempre. La traición de las llamadas izquierdas es precisamente no haber ofrecido argumentos alternativos a ese pensamiento señorial, del que la misma izquierda no se ha terminado de desprender.

Usted define a un “señor” de la vida moderna como alguien “convencido de su superioridad moral, que habla del honor, la excelencia, la superioridad, el mérito”. En los países latinoamericanos hay un modelo aun más mezquino de ese personaje: los herederos jóvenes, que aúnan al despotismo la ignorancia supina y el exhibicionismo sin límites. ¿Ve en esa figura una forma de decadencia de las estructuras señoriales?

–En cierto sentido se puede hablar de decadencia de la cultura aristocrática, pero solo con respecto a algunos conceptos y valores, no a todos. En cambio, la cultura señorial, que comprende el fondo aristocrático y el aporte burgués, sigue indemne y vigente. Los retoños, esos jóvenes herederos de los ricos latinoamericanos, sin duda piensan, sienten y actúan como señores. Están convencidos de su superioridad, de una supremacía que sienten como natural y que les hace despreciar a lo que ellos a menudo llaman “basura”, o sea las clases pobres. Esos jóvenes han sido modelados por la educación, la familia, la sociedad y el Estado señorial que predomina en América Latina. El llamado socialismo del siglo XXI nunca puso en cuestión estas bases profundas de la dominación.

Como usted menciona, “las crisis ayudan a sacar a la luz muchas cosas”. En una sociedad expuesta a la sobreinformación, donde nada sucede fuera de los ámbitos del capital, ¿a dónde hay que voltear a mirar para encontrar nuevas maneras de vivir, verdaderamente transgresoras?

–No creo que haya que mirar hacia otro lugar en la búsqueda de “nuevas maneras de vivir”, cualquiera que éste fuese. Ya no cabe. Al menos no por ahora. Ha habido muchos intentos de salir del flujo principal de la historia que empezó en Grecia y Roma e invadió luego todo el planeta. Los dos más ambiciosos fueron el de los jesuitas en América del Sur, en la primera Modernidad, y el del socialismo en el siglo XX. Con menos ambición, a escala individual o grupal, en la segunda mitad del mismo siglo se hicieron peregrinajes hacia la India, el Tíbet, el Japón o las comunidades originarias de América Latina…., sin que pasara nada. Porque lo cierto es que las democracia occidentales ya no pueden volver a modelos anteriores; hace mucho que sobrepasaron el punto de no retorno.

Con respecto a la transgresión, no veo que haya normas religiosas, morales o sociales con fuerza prescriptiva a las que se pueda aplicar esa antigua noción. En realidad solo quedan dos normas: una es la legal y la otra es moral, la del autointerés, que nos impele a la utilidad y el lucro. Quien incumple la primera se pone al margen de la ley; fallar en la segunda nos condena a la marginalidad. De la famosa transgresión de antes solo ha quedado su opuesto, su lado negro, que se llama ilegalidad o marginación. Por eso, proclamarse transgresor ahora tiene algo de impostura, más de cinismo y arrogancia que de ingenuidad. Apartando a la ley positiva, no hay líneas que se puedan sobrepasar, excepto el de la misma humanidad, que está siendo rebasada precisamente en esta época. Nuestra única norma moral, repito, es el autointerés. En eso somos monoteístas. ¿O hubo escándalo, conmoción o condena cuando Obama, el católico Obama, el representante de un Estado, ordenó no enterrar el cadáver de Bin Laden, como mandan los preceptos de la Iglesia católica y de todo principio humanitario y de la tradición religiosa y moral, sino lanzarlo al mar? Todavía Lutero se rebeló contra la usura y la avaricia, pero ahora el mismo banco del Vaticano practica el préstamo con intereses y hasta los dirigentes de la izquierda tienen su dinero a plazo fijo. En el actual estado de cosas, aquellas supuestas búsquedas alternativas han quedado al descubierto como meras avanzadillas de la interminable expansión del capitalismo, como en Europa lo fueron, en el siglo XI, por ejemplo, los caballeros, las sectas religiosas y los mercaderes. Para mí, la única alternativa de hoy es profundizar en la democracia, pero no en la de las instituciones, sino en una democracia cuya esencia sean los valores democráticos, una auténtica cultura democrática.

¿Cómo son distintas la sociedad de señores europea y la latinoamericana?

–No he hecho ningún estudio comparativo, y dudo que alguien se haya preocupado de hacerlo, pero tengo la impresión de que el señorío europeo, y en general de los países ricos, es más profundo pero menos ostensible que el latinoamericano, que es extremadamente violento y ostentoso. El funcionamiento de las instituciones de las democracias europeas es más avanzado; las relaciones sociales e individuales allí son menos jerarquizadas. Sin embargo, en los países ricos el mundo del señor y el del ciudadano están tan sumamente alejados como si fueran planetas distintos, cosa que no ocurre en América Latina, un continente donde los ricos, los señores, tienen a los siervos, ciudadanos o clientes en la acera del frente, separados solo por muros o vallas que cualquier día pueden caer.

¿Cuáles son las sombras y oscuridades que considera no alcanza a mirar en el análisis histórico y social que hace en su libro?

–Muchas. Mi libro es solo una tentativa de empezar a pensar en un tópico que ha permanecido oculto hasta ahora, el de la supervivencia de principios aristocráticos y señoriales que tienden a destruir la base misma de la democracia. Descubrir cómo, bajo qué mecanismos, qué disfraces, qué justificaciones, qué circunloquios o circunvalaciones hemos practicado y cómo seguimos validando esos valores en nuestras defectuosas democracias es algo que va a tomarnos mucho tiempo, si acaso conseguimos poner por fin en marcha esa tarea. Todo está atravesado por tantas justificaciones, determinaciones y variables, que es muy difícil distinguir algo en la maraña. En la novela La feria de las vanidades, Miss Crawley dice a la institutriz Rebecca: “te considero mi igual en todos los conceptos”, pero enseguida la manda a atizar el fuego y arreglarle el vestido. Afirmamos una cosa y la negamos inmediatamente.

¿Podría compartirnos algunos ejemplos prácticos de lo que para usted debería ser “la ética de lo pequeño y la reciprocidad”?

–Primero: ¿cree usted que las catedrales de Londres, Milán y Reims tuvieron o tienen algún valor religioso? No. Sin discusión. Fueron ideadas como símbolos políticos. La fe y la vida espiritual no necesitan de la monumentalidad sino de templos concebidos de otras maneras. Compare esas catedrales con las pequeñas construcciones circulares de la Iglesia cristiana de otros tiempos, pensadas para la comunión del creyente y su dios. Segundo: hay una frase maravillosa de José Martí sobre la celebraciones que dice: “Y el vino, de plátano, y si sale agrio, es nuestro vino”. Los pueblos no necesitan ni la grandeza ni la grandilocuencia señorial para celebrar, para ser felices. Necesitan paz, justicia, respeto por sus fiestas y valores. Finalmente, hay un cuento de Tolstoi que le invito a leer para pensar acerca de la ética de lo pequeño que yo propongo; se llama “¿Cuánta tierra necesita un hombre?”. La conclusión de Tolstoi, o más bien del enterrador del protagonista, que muere en su ambición de acaparar terrenos, es: dos metros de la cabeza a los pies; esa es toda la tierra que necesita un hombre.

¿Vislumbra hoy en día algunos brotes (o semillas) de esa “revolución moral” a la que apela en su libro?

–En la cultura popular siempre cabe esperar brotes o semillas; allí siempre queda la esperanza del florecimiento, dado el lugar distante que ocupan los pobres respecto al poder y las exigencias prácticas que ello plantea para su sobrevivencia. La cultura popular tiene que ser colaborativa porque en ello le va la vida. Es cierto que a nivel superficial todo lo popular está cooptado por el mercado y el consumo, pero más profundamente, no. La perspectiva popular puede servirnos de inspiración. Cuando digo popular, pienso en todas las clases y grupos sometidos, subordinados, dominados.

Usted, antes que historiador o ensayista, es esencialmente poeta. ¿Cómo encaja este ensayo en el corpus de su obra escrita hasta hoy?, ¿se mueve en un sentido distinto a su trabajo poético?

–No sé qué decirle. Todo lo he escrito por necesidad interior y Una sociedad de señores no es una excepción. Todos estamos obligados a participar en la solución de los problemas comunes, los escritores también, aunque casi siempre se desentienden. No pienso en corpus ni en encajes, sino en mi propia paz y en lo que puedo y debo hacer. Esa investigación tenía que hacerla y sus resultados debía comunicarlos de un modo que me pareciera responsable y estuviera a mi alcance. Vi que tenía que ofrecer esos resultados en forma de libro, no de conversaciones de café, y con un grado de plausibilidad que al menos le permita ser objeto de una consideración reposada.

Dicho esto, debo agregar que un par de sagaces lectores y buenos conocedores de mi trabajo sostienen que Una sociedad de señores está fuertemente conectado con mi novela Bajo la línea de flotación (Sevilla, 2016 y Bogotá, 2017) y con el ciclo de poemas que terminé este año con el volumen Pájaro de nunca volver, publicado por Candaya, en Barcelona

Carlos Rojas Urrutia – Gerente de mercadotecnia de Educal.

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La experiencia de leer

Sobre el autor

Mario Campaña (Guayaquil, Ecuador, 1959) es poeta, narrador, ensayista e investigador de literatura. En 1996 fundó la revista Guaraguao, especializada en cultura latinoamericana, que dirigió durante 20 años. Ha escrito cinco libros de poemas: Cuadernos de Godric (1988-2016, Premio Nacional de Ecuador), Días largos y otros poemas (2003), Aires de Ellicott City (Candaya, 2006), En el próximo mundo (Candaya, 2011) y Pájaro de nunca volver (Candaya, 2017); además, el libro de relatos Bajo la línea de flotación (2016) y los ensayos Francisco de Quevedo, el hechizo del mundo (2003), Baudelaire. Juego sin triunfos (2006), De la flor al tallo: el discurso crítico de las poetas hispanoamericanas (2010), Necesidad de América (2010) y Linaje de malditos. De Sade a Leopoldo María Panero (2014). Es autor además de cinco importantes antologías de poesía hispanoamericana contemporánea, entre las que destaca Casa de luciérnagas. Antología de las poetas hispanoamericanas contemporáneas.

Sobre la edición

Juan Antonio Montiel (editor de Jus) dice: “este libro es un muy buen ejemplo del modo en que queremos hacer las cosas en Jus: es un libro sobre el pasado y el futuro de la democracia (…) un libro extraordinariamente documentado, impecable desde el punto de vista teórico, pero no va dirigido a los estudiosos, sino a la gente común. Parte de una intuición: la democracia, desde sus mismos orígenes, posee un elemento aristocrático, una serie de valores que siempre han estado ahí y que han hecho imposible que el proyecto democrático se realice cabalmente. A partir de esa intuición, Mario Campaña recorre la historia entera de la democracia e intenta imaginar una democracia plena y verdadera que, en su opinión, no vendrá de la movilización política, sino de la transformación de los valores”.

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