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Enero 2018

Histórico

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Corrección, selección y edición: Héctor Manjarrez, Paloma Villegas, José Ramón Ruisánchez y Virginia Ruano

Editorial: Era-UNAM

Año: 2017

Páginas: 2075 (3 volúmenes)

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Inventario

Antología (1973-2014)

José Emilio Pacheco

Desde un recuerdo para Salvador Allende en el año de su muerte, 1973, hasta un homenaje a Juan Gelman, José Emilio Pacheco trabajó hasta el final de sus días -literalmente-, en su Inventario, la columna más legendaria del periodismo y la literatura mexicanas del siglo XX. Cuando José Emilio murió en 2014, la reunión de esos textos periodísticos-ensayísticos saltó inmediatamente como el gran proyecto que acarrearía el trabajo de editores, correctores y archivistas.

No hubo que esperar mucho -dadas las dimensiones de la empresa- pues en 2017, por fin, Era editó uno los libros más esperados del circuito literario mexicano, un monumento al periodismo cultural del siglo XX y no sólo en nuestra lengua o en el espacio mexicano. Inventario. Antología reúne en sus tres volúmenes medio millar de textos que Pacheco escribió con el fervor de las fechas de entrega, la numeralia de las efemérides y una prosa que quiso siempre acercarse al gran público sin descuidar su propia belleza.

Surgida de una propuesta de Eduardo Antonio Parra, aprobada por el propio JEP, la Antología reúne y corrige textos que circularon por diarios y revistas de la capital y que se muestran por primera vez en forma de libro. El resultado, más que un conjunto de notas o de ensayos periodísticos, es una enciclopedia en miniatura del conocimiento humanista, pues José Emilio Pacheco no se limita a conmemorar los aniversarios luctuosos o las décadas de tal o cual escritor, a veces los inventarios son oportunidad para ensayar en público sobre la historia de México, el teatro de vanguardia, el cine y la vida, el espíritu de la poesía. Aparece aquí hasta el infame affaire Donoso, ese episodio burlesco que involucró a Vicente Leñero, a un linotopista de estilo cruel como el mejor de los críticos, a Juan García Ponce y al enfurecido escritor chileno.

Sin embargo, hay una actitud que prevalece en el compendio y que nos dice que hay algo mortuorio y elegiaco en el periodismo cultural, dedicado casi siempre, por motivos de agenda, a celebrar a los grandes muertos de la historia literaria en fechas simétricas y en múltiplos de 10. Si detrás de esta antología duerme una teoría de la actividad del columnista y, en específico, del ensayista cultural, se podría decir que es el género periodístico que mira hacia atrás por esencia. En el caso de Pacheco, es una constancia de que no todo está dicho (ni de clásicos como Victor Hugo, Jack London o Ramón López Velarde, ni de los contemporáneos -de entonces- como Sergio Pitol, Octavio Paz o Ricardo Piglia) y que cada época le imprime a sus héroes una nueva vida, la de la relectura.

También puede comprobarse gracias a esta recopilación, que el periodismo cultural no es una rama de la comunicación o el periodismo, sino de la literatura.

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Luchino Visconti y otros escritos sobre cine

Salvador Elizondo

Aunque el título nos depara una lectura italófila, en realidad, los ensayo de Salvador Elizondo sobre Luchino Visconti y el subsecuente sobre su Muerte en Venecia son los únicos que, explícitamente, tienen un tema italiano, que es la especialidad de Ai Trani ediciones.  Pero eso no demerita esta edición, que nació primero como un rescate del libro perdido de Elizondo sobre el director italiano y que sirvió como motor para reunir, de una vez, otros textos cinéfilos del autor de Farabeuf, él mismo fotógrafo y cineasta, seguidor atento de las evoluciones del montaje y la técnica cinematográfica.

Aunque hay aquí un interés estético y, por tanto, filosófico sobre el cine, los ensayos de Salvador Elizondo transpiran deleite, sobre todo por el cine experimental, que es hoy, en gran parte, el cine clásico. Aparece aquí la faceta más cinéfila de Elizondo, quien se revela como un crítico más que ocasional y un asistente inveterado de las salas de cine: además de los ensayos sobre Visconti (un director afín a la literatura como afín era Elizondo al cine), hay aquí ensayos sobre Einsenstein (y la inevitable mención a ¡Que viva México!), de las visiones de Fernando de Fuentes, Julio Bracho, Alain Resnais, Luis Buñuel, una reseña sobre el Rojo amanecer de Jorge Fons o Sólo con tu pareja de Carlos Cuarón, o sobre el documentalista de la Alemania nazi Erwin Leiser o la música de Raúl Lavista; incluso hay  una carta a Dolores del Río (“Muy admirada señora:”), y un balance prácticamente periodístico sobre la caída económica y creativa del cine mexicano en los 60. Además del epílogo de Christopher Domínguez Michael (a quien se debe el ímpetu inicial de esta edición elizondiana), hay algo más que no consigna el libro pero que acompaña a la lectura de estos textos sobre cine con gracia e intimidad: las fotos de Paulina Lavista, que muestran a Elizondo por las calles, o revisando la lente de su cámara, o mientras compra un boleto en una taquilla, o acostado en la cama con una máscara de luchador mientras juega con su perro.

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Prólogo: Paulina Lavista

Epílogo: Christopher Domínguez Michael

Editorial: Ai Trani/Secretaría de Cultura-DGP

Año: 2017

Páginas: 248

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Traducción: Guillermo Piro

Editor: Vanilla Planifolia/Secretaría de Cultura-DGP

Año: 2017

Páginas: 240

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La cocina futurista y otros textos

Filippo Tommaso Marinetti y Fillìa (Luigi Colombo)

Aunque suena utópica e inclinada al caos de imaginar el porvenir, el futurismo no fue una vanguardia como el surrealismo o el dadaísmo, interesados por los atavismos de los sueños y de la belleza. Al contrario, podría decirse que de todas las vanguardias del siglo XX, el futurismo fue la más organizada y la que tenía un programa claro que abarcaba el arte, y también los reinos de la arquitectura, la política y la ciencia. No por nada, el símbolo del futurismo eran las máquinas, alabadas por su velocidad, su eficiencia y, sí, por su inhumanidad caracterizada por un mundo mecanizado y poblado por robotniks. El futurismo quería llegar hasta la cocina, como lo muestra este volumen llamado, lógicamente, La cocina futurista.

Aunque no aparecen formalmente los manifiestos, se relatan aquí las vicisitudes culinarias del autor del Manifiesto futurista, de 1909 y El manifiesto técnico de la literatura futurista (1912), el infame Filippo Tommaso Marinetti, poeta, editor y pretendido instigador de masas y que terminaría como cortesano de Mussolini y su fascismo, tan parecido en ocasiones al futurismo. Ya visto desde una lente literaria y estética, el futurismo aparece aquí en toda su ambición culinaria: una serie de banquetes futuristas en los que se discute sobre los extranjeros, la manera correcta de comer en la época futurista, el amor por la comunicación telefónica y recetas para platillos como la inventina (“nombre genérico de las poli bebidas refrescantes y levemente embriagantes que sirven para encontrar de manera fulminante una idea nueva”).

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Praderas temporarias / Prairies temporaires

César Moro

César Moro (1903-1956), alias de Alfredo Quíspez Asín, es uno de los poetas de la vanguardia latinoamericana cuya obra todavía está por descubrirse. Colaborador de Emilio Adolfo Westphalen, colaborador en revistas surrealistas con André Breton e instigador de la primera exposición surrealista en nuestro país; y antes que nada poeta bilingüe que escribió casi toda su poesía en francés y en tres ciudades: París, Lima y la Ciudad de México. Praderas temporarias/ Praires temporarires es un volumen definitivo para entender la poesía de nuestro continente en la primera mitad del siglo XX: francófilo sin ser afrancesado, en sus poemas sobre las ciudades y el cosmopolitismo, de símbolos clásicos de los sueños surrealistas como los caballos muertos, paraguas (de aceite), ataúdes o las puertas de la noche. El libro se organiza en tres apartados que cubren los periodos de 1932-1937 (entre París y Lima), 1938-1947 (México), y 1948-1955 (Lima), en suma, más de 20 años que abarcaron la travesía completa de César Moro por el mundo y por la lengua francesa.

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Traduccción, posfacio y selección: Reynaldo Jiménez

Editorial: Libros Magenta/Secretaría de Cultura-DGP

Año: 2017

Páginas: 332

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Versiones y prólogo: Hernán Bravo Varela

Editorial: Bonobos/Secretaría de Cultura-DGP

Año: 2017

Páginas: 332

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Carta al mundo

Veinticinco poemas

Emily Dickinson

Carta al mundo. Veinticinco poemas es tanto un libro de Emily Dickinson como de su traductor, Hernán Bravo Varela, quien se rehúsa a considerar a la poeta estadounidense como “oscura” e “incomprensible”, mucho menos si se quiere usar esos adjetivos como un halago para una poesía heterodoxa, con sus propias leyes (o normas) de puntuación, uso de mayúsculas y de nominación. O para decirlo como el propio Bravo Varela: “Sus canciones, como las de San Juan de la Cruz, son ‘canciones del alma en la íntima comunicación’, no la epopeya surgida de la voz cantante y fundacional de todo un pueblo (…) Sus poemas no fueron concebidos para leerse en público, sino para ser entregados en propia mano a su lector imposible y póstumo”. Por eso afirmo que éste es un libro también de Hernán Bravo Varela, pues sus traducciones son esa cita imposible con un lector mexicano del siglo XXI, dispuesto a trasvasar 25 de los mil 765 poemas que la Dickinson escribió como ella quiso y sin miedo a la posteridad literaria, a la que retó con el desafío que ningún poeta o escritor moderno parece plantearse hoy en día: la no publicación.

Reseñas por Olmo Balam, editor del Correo del libro.

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