Home»Nicolás Cabral

Nicolás Cabral

Foto: Especial.

Lugar de nacimiento: Córdoba, Argentina, 1975

linea2-3

Ocupación: Editor y escritor

linea2-3

Conocido por: fundar y dirigir La Tempestad, y por sus libros: Catálogo de formas y Las moradas.

linea2-3

Página oficial de La Tempestad

linea2-3

La tempestad cumple 20 años este 2018, dos décadas en las que ha coincidido con decenas de revistas culturales, algunas de ellas nacidas casi al mismo tiempo (como Tierra Adentro o Letras libres), otras muchas desaparecidas en el transcurso de un inicio de siglo marcado por la marejada digital y su promesa –todavía por cumplirse- de reemplazar a la letra impresa.

Nicolás Cabral ha forjado junto a sus colaboradores y su sentido crítico una revista dedicada a las artes y no al Arte; entre las páginas de La Tempestad se da voz a la pluralidad de practicantes y teóricos del arte contemporáneo, la arquitectura, la danza, el cine, la fotografía, el teatro, la literatura y el activismo político, por mencionar sólo algunas de las disciplina que aparecen, mes a mes, en la revista.

En su edición 135 La Tempestad se transforma con un nuevo diseño gráfico, obra del estudio Sociedad Anónima. El texto central en este número de vigésimo aniversario es, sin duda, el “Manifiesto espectral”, un elogio de las revistas impresas y de su trascendencia en un momento adverso tanto para las publicaciones culturales como para todo lo que no sea digital.

Dos de las invectivas, que homenajean el estilo irónico y subversivo de las vanguardias y sus declaraciones, resumen el ímpetu que La Tempestad ha cultivado durante su historia y que se refrenda ahora en su 20 años: “Un espectro se cierne sobre el fluido inmaterial de la información: el espectro de la revista impresa” y “una revista sin pretensiones históricas no tiene derecho a existir”.

En esta entrevista, acaecida entre los pasillos y vestíbulos del Museo Universitario de Arte Contemporáneo, Nicolás Cabral habla sobre la labor siempre en transformación de hacer una revista impresa sobre las artes de nuestro tiempo; una labor apasionante y azarosa.

Nicolás Cabral en el Museo Universtiario de Arte Contemporáneo. Foto: Eduardo Loza/Correo del Libro.

¿Por qué continuar con la edición de una revista impresa en estos tiempos?

— Es una pregunta recurrente por la desaparición de medios impresos en los últimos años, a pesar de que todavía existen muchos y que todavía la cultura impresa sigue teniendo un peso importante en la cultura de distintos países. De cualquier modo, lo que creemos es que los contenidos de un impreso tienen otro tipo de significación en el papel, que en la web. La web ha generado sus propias dinámicas de lectura y lo que tiende a imponerse en ella —a pesar de que hay revistas de mucha profundidad puramente digitales — es la información y la brevedad. En ese sentido, lo que nosotros hemos querido es reforzar la idea de que el impreso es un formato particularmente útil para transmitir cierto tipo de contenidos, para tener una experiencia de lectura distinta, para establecer una relación entre texto e imagen que no necesariamente se traduce de la misma forma en una pantalla.

Incluso existe la paradoja de revistas digitales que en realidad sólo ofrecen la descarga de un pdf. para leer en pantalla, es decir, todavía están utilizando la idea del papel pero solamente para traducirla a un archivo digital. Nosotros somos una revista impresa y digital. Creemos que lo digital tiene sus dinámicas, que debe plantearse de cierta manera, y que lo impreso tiene otras características. Desde hace un par de décadas se viene augurando el fin de los impresos, más bien lo que habría que ver es por qué siguen siendo necesarios los impresos y para qué tipos de contenido.

Tampoco quiere decir que el impreso tenga que mantenerse a ultranza solamente porque así se ha hecho, es probable que los medios que más problemas están enfrentando sean los periódicos precisamente porque el periódico trata de la información de ayer y en lo digital es la información de hace una hora, de hace media hora, de este instante. En ese sentido, la información como tal, tal vez no amerite el papel. Sin embargo la reflexión o el texto literario o la crítica encuentran en el papel un buen vehículo porque exigen otra temporalidad, porque el lector encuentra otro momento para leer en ese formato, a diferencia de la lectura en el celular o en la pantalla de la computadora.

En el número de aniversario por los 20 años de La Tempestad aparece un “Manifiesto espectral” acerca de las revistas impresas, que recuerda inmediatamente a las vanguardias del siglo XX.  ¿Sigue siendo la revista un espacio idóneo para las vanguardias?

— Bueno, La Tempestad definitivamente ha tenido como inspiración, incluso como modelo, algunas de las revistas que fungieron como el espacio para la discusión o para la difusión de ciertas ideas para las vanguardias históricas; sin embargo, hoy en día las revistas no me parece que sean el espacio de las vanguardias en general.

Para empezar, porque no hay vanguardias, entonces no hay ningún movimiento del cual ser partícipe o del cual una revista podría ser un espacio de discusión de sus ideas.

Ahora, que no haya vanguardias en el sentido histórico del término, es decir, movimientos como los del siglo XX que defendieron ciertas estéticas, no significa que no haya actitudes vanguardistas en muchos creadores. Y lo que la revista ha querido hacer a lo largo de estos años es, de alguna manera, articular una vanguardia que no existe, es decir, poniendo a dialogar a autores dispersos en el planeta con estéticas diversas, pero que tienen algunos puntos de contacto, ya sean temáticos o formales, y a través de eso formar una constelación de dónde está el arte de avanzada en nuestros días, más que una propuesta de vanguardia en el sentido que tenía el término en el siglo XX.

Acerca de este manifiesto, ¿cómo lo escribieron y cuál fue la razón que los motivó a colocarlo al frente de este nuevo rediseño de La Tempestad?

— Para el número del 20 aniversario el equipo de la revista se planteó escribir un manifiesto y también lo que nos preguntamos fue cómo se podía hacer un manifiesto hoy en día, ya que los manifiestos acompañaban a alguna vanguardia y, como decía, una vanguardia como tal no existe en estos tiempos. Sin embargo, lo que hicimos fue una mezcla de parodia de manifiestos históricos, hay alusiones a algunos manifiestos en toda esta trayectoria que va, digamos, del Manifiesto del partido comunista al movimiento Dogma 95 en el cine. Lo que nos planteamos fue una defensa del impreso, pero no en un sentido nostálgico de queremos mantener el impreso porque nos gustan los impresos, sino en el sentido de lo que el impreso puede y tiene que ofrecer en nuestros tiempos, justamente porque el papel sigue ofreciendo posibilidades que no existen en los formatos digitales.

Es un manifiesto escrito a varias manos. Es también un texto que, como algunos manifiestos de las vanguardias, tiene sentido del humor. Lo que propone tiene que ver con la temporalidad: la lectura en formatos digitales tiene la condición de estar sujeta a distractores permanentes, porque los dispositivos se han orientado hacia la multifuncionalidad. Siempre está apareciendo un mensaje personal mientras uno está leyendo la página de un periódico o de una revista. Entonces hay una serie de distractores que el impreso elimina. El impreso plantea un paréntesis. El impreso en sí mismo sí abre un espacio diferente y nos conecta con una temporalidad muy distinta, que no es la de inmediatez, sino la de tomarse el tiempo de leer o de observar.

Foto: Eduardo Loza/Correo del Libro.

—Al hacer un balance de los 20 años de la revista también incluyen una cronología de las revistas que han coincidido con La Tempestad, son numerosas y muchas de ellas han desaparecido. ¿Qué hace diferente a La Tempestad de otras revistas culturales en México?

— Las revistas, llamémoslas culturales, en México siempre fueron mayoritariamente literarias, con algunas notas dedicadas a otras artes y también a la discusión política. Creo que lo que nos ha diferenciado es que nosotros le dimos el mismo énfasis a todas las disciplinas. Siempre fue una revista donde el cine tenía un peso, donde las artes visuales tienen un peso, incluso las artes escénicas, el diseño, la arquitectura y no fuimos nunca una revista puramente literaria, aunque ha habido números donde lo literario es lo predominante. Entonces, este paraguas de lo que llamamos revistas culturales es muy diverso, pero en México sí hubo una tendencia como mayoritaria hacia la revista literaria que adicionalmente comentaba algunos otros fenómenos culturales.

—La Tempestad es también una revista independiente que ha vivido de sus anunciantes y sus suscriptores. ¿Cómo ha sido la experiencia de editar una revista cultural, en muchos casos especializada, que además tiene que sobrevivir por sí misma?

—Para las revistas independientes la situación siempre es paradójica porque, por un lado, lo que te da la verdadera autonomía o lo que te permite la independencia en términos de línea editorial, contenidos, defensas, ataques, planteamientos, es que no estás subsidiado por una institución que en algún momento dado pueda sentir que hay un conflicto con sus propios lineamientos.

Sin embargo, la realidad es que una revista independiente está sujeta a otro tipo de censura y a otro tipo de limitantes, que es el mercado. En ese sentido, una revista cultural, dentro de la crisis generalizada para los impresos  —que es una crisis mundial no nada más en México—, es todavía más vulnerables por su tipo de propuesta, que no es estrictamente comercial. En ese sentido dependemos, por un lado, de la confianza en que es un buen vehículo de comunicación, al margen de sus contenidos específicos; y por el otro, creemos que en estos tiempos va hacer falta una reflexión por parte de los lectores de este tipo de publicaciones, en el sentido de que tiene que su compromiso tiene que ser mayor al que hubo en otras épocas.

Es decir, que sostener una revista tiene que ver con adquirirla, con leerla, con discutirla. Creemos que el papel de los lectores va a ser fundamental para el futuro de las revistas impresas, y específicamente culturales, porque de otra manera se las deja solamente en manos del mercado publicitario, o de posibles apoyos de fundaciones o instituciones de gobierno.

El primer número de La Tempestad apareció en 1998, en un contexto político y social muy complejo en nuestro país que se parece mucho al de ahora; también estamos por conmemorar los 50 años del 68. En un texto tuyo, “Por una crítica vanguardista”, aparecido en un volumen colaborativo llamado Contraensayo (2012), decías que en el arte estaba ausente la política. ¿Ha cambiado ese punto de vista tuyo en estos seis años?

—El arte y la política han estado siempre relacionados, la cuestión que hay que distinguir es que el arte tiene su propia manera de hacer política, que no es la misma que la de los políticos profesionales, ni la de los politólogos o los analistas políticos. El arte tiene una manera de confrontar la sociedad, el orden social, la organización social, pero lo hace a partir de formas, lo hace a partir de un tipo de pensamiento que no es el mismo que el de los medios de comunicación. Cuando digo que el arte debe volver a ser político, no es en el sentido de una política concreta o de que se sume a una campaña para la presidencia de la república, sino que problematice tanto sus propios medios como sus temáticas, de una forma que sea política, pero política dentro de las propias artes. Las revistas, por ejemplo, lo que pueden hacer es tratar de entender cómo las artes piensan las artes. Veo más problemático lo de aplicar posturas políticas concretas a las obras de los artistas porque están hablando lenguajes distintos y ahí me parece que hay una disonancia que nunca se resuelve.

Foto: Eduardo Loza/Correo del Libro.

Para hacer referencia de nuevo a Contraensayo, ahí coincidiste con autores como Luigi Amara, Guadalupe Nettel, Heriberto Yépez o Vivian Abenshushan, todos ellos editores. ¿Hay un impulso creativo que lleva al escritor a editar y viceversa? ¿Cómo es la edición una manera de participar de la escritura?

—Sí, yo creo que son distintas formas de intervención en el espacio cultural. Como creador lo que uno trata es que no intervenga el editor de una manera tan insistente porque hay una parte de la creación que es irracional y una parte donde no todo puede ser calculado. El trabajo editorial es mucho más autoconsciente, diría yo, y tiene que ver además con la obra ajena, no tanto con la propia. Sí, lo que mencionas, es relevante esta coincidencia que hay entre ser ensayista, ser editor y en México en concreto hay una tradición larga de editores-escritores porque no necesariamente un editor tiene que ser escritor, ni por supuesto un escritor editor. Pero hay una vieja tradición y creo que tiene que ver con que hemos tenido que ocupar ciertos espacios en un entorno que hasta hace unos años no estaba tan profesionalizado. Es decir, si queríamos poner a circular ciertas ideas, discutir ciertos postulados, muchas veces la mejor manera de hacerlo no era solamente subirse al barco de una publicación ya existente, sino que a veces —y eso fue en parte lo que dio pie al nacimiento de La tempestad—  había que formar un nuevo espacio para hablar desde otro lugar y no solamente adaptar el discurso propio a la propuesta de otra publicación.

¿Qué balance haces de La Tempestad en sus primeros veinte años?

—Cuando la revista empezó en el 98, quienes la hacíamos obviamente éramos editores muy inexpertos que no teníamos experiencias previas en otras publicaciones y lo primero que hacíamos era La tempestad, entonces eso se refleja en los primeros números, no sólo en algunas inocentadas, sino también en que cambiábamos entre un número y otro, de formato, de diseño, de propuesta, porque estábamos tratando de encontrar el cuerpo que La tempestad debía tener. Ya los últimos años ha sido una revista mucho más estable en su propuesta, salvo que hubo un cambio importante de que pasó de ser bimestral a ser mensual en 2016 y eso obliga también a replantear qué se puede publicar mensualmente, o qué es pertinente publicar todos los meses.

Ahora para el 20 aniversario nos hemos planteado una nueva reflexión sobre todo lo que hemos hecho estos 20 años, lo que está en juego es qué dice una revista impresa a diferencia de una digital, o de un medio digital, y ahí hemos pensado en la materialidad de la revista: en por qué es importante que la revista no se concentre únicamente en el análisis de las obras sino que también los propios artistas estén presentes, como lo han estado en la trayectoria de La tempestad a través de trabajos visuales, de narrativa, de propuestas de otro tipo de proyectos creativos.

Lo que hemos querido es encontrar un equilibrio para que todos los meses el lector encuentre lo mismo una reflexión sobre las artes que trabajos creativos, es decir, la creación y la crítica todos los meses, cuando la revista había tendido a ser más crítica en los últimos años a partir de que se volvió mensual. Entonces eso es lo que ha cambiado, y lo otro es que hemos ido afinando un criterio para tratar menos de analizar las obras de los artistas a partir de las teorías de otras disciplinas, y tratar de ver qué dicen los artistas en sus propios términos como creadores, tratar de entender lo que las obras postulan y no tanto ver si lustran teorías de la filosofía, de la sociología, de la propia política.

¿La Tempestad sigue siendo después de 20 años un acto de rebeldía?

— Hacer una revista cultural impresa a estas alturas tiene un costado de rebeldía, pero en el sentido de que creemos que en La tempestad se ha formado una voz que no está en el resto de las publicaciones, ni en el resto de los medios, y queremos defenderla porque vuelve un poco más diversa la discusión en el ámbito cultural de México. Sobre todo creemos en que la diversidad de revistas y la diversidad de perspectivas es lo que en algún momento hizo de la cultura mexicana un espacio vivo, y que tratar de mantener eso, a pesar de las dificultades que hay hoy en día para las revistas de sostenerse, no es nada más una defensa de nuestros proyectos personales sino también es una aportación y nuestra voluntad de sostener la diversidad en el espacio cultural mexicano.

Olmo Balam – Editor del Correo del Libro.